13 mar 2017

El precio del golpe

Por Eric Nepomuceno
Desde Río de Janeiro
13 de marzo de 2017 
Página/12
Fotografía del autor

Hace pocos días Michel Temer, que ocupa la presidencia de Brasil desde el golpe institucional del año pasado, afirmó que la economía empezaba a mostrar resultados excelentes. Bueno, tratándose de un caballero que al discursar en el Día Internacional de la Mujer dijo que el papel de ellas era esencial para saber de los aumentos de precios en supermercados, se puede esperar cualquier cosa. Inclusive semejante disparate.La verdad verdadera es bien otra: el país paga, con la peor recesión de su historia, el precio del golpe institucional que empezó en 2015 y culminó con la destitución de Dilma Rousseff en mayo del año pasado, sacramentada tres meses después por la legislatura de más bajo nivel de las últimas muchísimas décadas, con parte substancial de diputados y senadores directamente comprados –no hay otra palabra– para asegurar el golpe, siempre bajo la mirada bovina de la Corte Suprema de Justicia.

Por estos días, leer los diarios económicos es como adentrar en literatura de horror, mentiras y fracaso. Y el noticiero político se parece cada vez más a las páginas policiales, en las cuales lucen sus talentos los principales –y también los secundarios– integrantes del gobierno ilegítimo.

Sin embargo, lo peor es saber que todavía falta mucho para que se alcancen los verdaderos objetivos del golpe: destrozar las leyes laborales, liquidar conquistas de décadas en la seguridad social, abrir de par en par puertas y ventanas al entreguismo más avaro, o sea, las tan mencionadas ‘reformas’ anunciadas y prometidas por Temer y su gente.
Jamás, ni siquiera en tiempos de Fernando Henrique Cardoso (menos aún en su segundo mandato, 1999-2002), el neoliberalismo actuó en mi país con semejante furia. Hay datos alarmantes que salen de entidades que pueden ser clasificadas de cualquier cosa, excepto de simpatía o cercanía con la izquierda en general, y Lula y el PT en particular.

El Banco Mundial, por ejemplo. En un informe sobre el año de 2015, cuando el gobierno de Dilma Rousseff estuvo literalmente paralizado por la Cámara de Diputados presidida por Eduardo Cunha, herramienta principal de los golpistas, la pobreza aumentó en Brasil, de 7,4 al 8,7 por ciento de la población.

Ha sido la primera vez en diez años que el número de brasileños pobres creció. Pues para 2016, las proyecciones indican que ese porcentual se acercará peligrosamente a 10 por ciento. Uno en cada diez brasileños será pobre. Si Lula logró sacar a Brasil del mapa mundial del hambre, Temer y los suyos lo que hacen es aumentar el número de pobres existentes en el país.

Otra institución tan respetada por los neoliberales y los golpistas irresponsables, el Fondo Monetario Internacional –el fatídico FMI–, alertó ampliamente sobre los riesgos de que se llegase a donde llegamos: hace un año, un análisis de la institución decía que “los principales riesgos para la economía de Brasil” estaban en un “escenario político turbulento”.

Bueno, más turbulento que ahora, imposible o casi. Y digo “casi” porque es imposible prever qué vendrá en el futuro inmediato. La semana que viene, por ejemplo. O la otra. Fueron muchos y seguidos los avisos del FMI alertando que las acciones para destituir a la presidenta Dilma Rousseff y desalojar al PT del poder afectarían duramente la economía del país. Nadie los oyó, ni en el empresariado, menos aún en el mercado financiero, tampoco en las grandes centrales patronales.

Cuando el FMI –¡el FMI!– dijo y repitió que la negativa de sus excelencias tanto en la Cámara como en el Senado en aprobar las medidas de ajuste fiscal preconizadas por la entonces mandataria podría llevar el país a la quiebra, los que pasaron la vida arrodillados frente a semejante altar prefirieron, de repente, voltearle la espalda. En el Congreso, mejor ni hablar: sonó más alto, mucho más, la voz del mercado que canjea votos por intereses, votos por puestos y presupuestos, y muchas, muchas veces, votos por dinero sucio.

¿Y qué dice ahora el FMI? Que la perspectiva es la de que la economía brasileña continúe paralizada o casi. Es decir: que el desempleo siga destrozando vidas. Que la pobreza siga creciendo. Que el país siga destrozándose lentamente.

Este es el retrato de un país en descomposición ética, política, moral y, claro, económica. Este es el precio, terrible precio, tenebroso precio, de la traición llevada a cabo por una manga de resentidos, con el frustrado Aécio Neves y Fernando Henrique Cardoso a la cabeza, que no se resignaron jamás a las cuatro derrotas consecutivas sufridas en las urnas electorales.

Este es el precio del cinismo, de la ambición y la cobardía de la pandilla que gravita alrededor de un hombrecito cuya estatura moral, ética e intelectual puede ser cubierta por una hoja seca en las veredas del mundo.

De un hombrecito que seguiría siendo la insignificancia conspiradora y corrupta de siempre si no lo hubiesen alcanzado a las inalcanzables alturas del sillón presidencial, usurpado por sus jefes y entregado a él por pura conveniencia. Al fin y al cabo, para tal misión no le falta talento. Temer siempre ha sido un conspirador desleal. Es la figura perfecta para la misión que le fue conferida.