3 may 2026

HACIA EL ORDEN TOTALITARIO

Los postulados de Alexander C. Karp, de Palantir
La República de los Cínicos

Por Rodrigo Martin Iglesias
03 de mayo de 2026 



(Archivo -)


Imaginen por un momento que Robert Oppenheimer, padre de la bomba atómica, hubiera decidido ejercer de profeta. Que en lugar de evocar el verso del Bhagavad Gita —“me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”—, hubiera escrito un manual de autoayuda geopolítica de trescientas páginas. El físico no lo hizo, pero alguien ha ocupado ese espacio ochenta años después.

Alexander C. Karp, el enigmático director ejecutivo de Palantir —la empresa de análisis de datos que trabaja para ejércitos y servicios de inteligencia—, publicó The Technological Republic, un libro que ha escalado en las listas de ventas y que se presenta como una llamada al despertar de Occidente. Conviene leerlo con atención. Pero no por las razones que su autor imagina.

La tesis de Karp es sencilla y, a primera vista, atractiva: Silicon Valley ha traicionado su vocación original: en lugar de construir grandes proyectos al servicio de la nación, los mejores ingenieros diseñan aplicaciones para pedir comida a domicilio. Occidente, amodorrado en sus comodidades, ha olvidado que el poder duro —el hardware militar, la inteligencia artificial aplicada a la defensa— decide el destino de las civilizaciones. Mientras tanto, China avanza. La única respuesta posible, sostiene el libro con tono de urgencia, es una nueva alianza entre el Estado y las grandes empresas tecnológicas como la suya. Una república tecnológica, la llama.

El diagnóstico es seductor. La terapia, sin embargo, es letal. Y la biografía intelectual que el libro oculta es más reveladora que la que exhibe.



Alexander Karp. (SCOTT OLSON/Getty Images via AFP)

El árbol genealógico que el libro esconde


Para entender qué propone realmente The Technological Republic, conviene preguntarse de quién es hijo este manifiesto. No de Jefferson, desde luego. Ni siquiera de los padres fundadores de internet. El pensamiento de Karp hunde sus raíces en una corriente mucho más oscura y mucho menos confesable: la llamada Ilustración Oscura, ese movimiento antiliberal que sueña con sustituir la democracia por una suerte de monarquía corporativa gestionada por un consejero delegado omnipotente.

El principal ideólogo de esta corriente es Curtis Yarvin, un bloguero estadounidense que lleva años argumentando que el gobierno de la mayoría es un error y que las naciones deberían administrarse como empresas. Su gran valedor financiero e intelectual ha sido Peter Thiel, el multimillonario cofundador de PayPal y, atención al dato, también cofundador de Palantir. Es Thiel quien pronunció aquella frase que debería figurar como epígrafe oculto del libro de Karp: «Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles». El círculo se cierra. La genealogía queda expuesta.

Pero hay más capas bajo la superficie. El filósofo que mejor explica el funcionamiento interno del argumento de Karp es Carl Schmitt, el jurista que legitimó jurídicamente el nazismo. Fue Schmitt quien definió la política como la distinción entre amigo y enemigo, y quien sostuvo que la verdadera soberanía reside en la capacidad de decidir sobre el estado de excepción, al margen de las leyes ordinarias. Karp no menciona a Schmitt en su libro, pero respira su aire en cada página: la insistencia en que hay que identificar al enemigo —China—, la descalificación del debate democrático como una pérdida de tiempo, la urgencia de una élite que decida rápido y sin ataduras. Todo es Schmitt traducido al vocabulario de Silicon Valley.

Luego está Friedrich Nietzsche, omnipresente aunque discretamente administrado. La caricatura que Karp hace de sus rivales —esa Silicon Valley que solo produce «aplicaciones de calcetines»— es un retrato robot del «último hombre» nietzscheano, ese ser despreciable que solo aspira a la comodidad y la seguridad. Frente a él, Karp alza la figura del guerrero-ingeniero, una criatura aristocrática que encarna la voluntad de poder y que no se disculpa por ejercerlo. Es una retórica tonificante, sin duda. Pero también es la coartada filosófica para despreciar cualquier proyecto tecnológico que no sirva a la maquinaria militar o al control estatal.

La teología judía, en la que Karp fue educado, aporta el revestimiento más íntimo. El software de Palantir es presentado bajo la luz de un «lenguaje de creación» que ordena el caos como el Verbo divino del Génesis. La historia de supervivencia del pueblo judío se seculariza para justificar una nación permanentemente en pie de guerra. Incluso el sociólogo Robert Bellah es convocado para legitimar la idea de que las masas necesitan una «religión civil» que las mantenga unidas. Pero aquí está la trampa definitiva: esa religión civil es solo para el pueblo. La élite que gobierna —los Karp, los Thiel— queda eximida de creer en ella. La fe para los crédulos, la gestión del poder para los cínicos.

Las trampas de su argumento

Una vez expuesto el árbol genealógico, las falacias del libro se vuelven visibles como costuras mal disimuladas.

La primera es la caricatura del adversario. Todo Silicon Valley queda reducido a un estereotipo frívolo, como si no existieran miles de ingenieros trabajando en energías limpias, medicina personalizada o herramientas de educación accesible. La exageración no es un error: es el requisito narrativo para que la opción militarista de Karp parezca la única alternativa sensata.

La segunda es la inevitabilidad fingida. Karp presenta la carrera armamentística en inteligencia artificial como un hecho consumado ante el que solo cabe subirse al tren o ser arrollado. No contempla moratorias, acuerdos internacionales ni regulaciones. El conflicto, como en Schmitt, es ontológico: negarlo sería infantil. Esta petición de principio le ahorra tener que demostrar lo que afirma.

La tercera es la contradicción íntima que recorre todo el libro. Se nos dice que se trata de defender la libertad y la democracia, pero los medios propuestos —una fusión Estado-corporación sin supervisión ciudadana, un decisionismo de élite al margen del debate público— son la negación misma de lo que se dice defender. No es una torpeza argumental. Es la manifestación práctica del programa de la Ilustración Oscura: utilizar el lenguaje de la democracia para demolerla desde dentro.

El síntoma que el libro no quiere ser

The Technological Republic ha sido recibido con entusiasmo por sectores influyentes de la derecha estadounidense. Se entiende: el libro ofrece un vocabulario patriótico para legitimar lo que hasta hace poco se consideraba un exceso autoritario. Pero convendría leerlo con la misma distancia con la que se hojea un catálogo de armas: admirando la ingeniería, quizás, pero sin olvidar para qué sirve.

Hay una ironía final que merece ser subrayada. El libro que denuncia el nihilismo de Occidente es, él mismo, un monumento al nihilismo. Porque un proyecto que instrumentaliza la fe sin sentirla, que defiende la cultura sin creer en ella y que exige sacrificios en nombre de una trascendencia que sus líderes no comparten, no es una alternativa a la decadencia. Es su expresión más depurada.

Karp promete una república. Lo que en realidad describe es un lugar donde la libertad es una palabra gastada, la democracia un estorbo burocrático y los ciudadanos, meros datos que procesar. Una república gestionada con eficiencia falaz, decorada con retórica de grandeza y bendecida por una fe que sus sumos sacerdotes ya han dejado de profesar.

La advertencia más grave que nos deja este libro no está en lo que dice. Está en lo que revela sin querer: que el mayor peligro para una democracia no es el ataque frontal de sus enemigos declarados, sino la traición silenciosa de quienes dicen defenderla mientras vacían de sentido cada una de sus palabras.

Hay libros que merecen ser leídos porque iluminan; este merece ser leído porque delata. Sin quererlo, sin saberlo quizás, Karp ha escrito la confesión de una élite que ya no cree en nada mientras exige que los demás crean en ella. La república que propone es aquella donde los tecnólogos deciden y los ciudadanos obedecen. Una república sin política, sin deliberación, sin pueblo. Solamente poder absoluto, gestión algorítmica y silencio.

Rodrigo Martin Iglesias es arquitecto y doctor en diseño, profesor titular de Diseño de Futuros (UBA).