ARGENTINA
El Día del Trabajador, de 1945 al presente
Por Gustavo Campana
01 de mayo de 2026

(WEB, Samanta Schweblin)
La historia de las luchas obreras argentinas y un legado que le sigue hablando a la actualidad
Gustavo Campana repasa la historia de las luchas obreras en Argentina y explica por qué todas dialogan de cierta manera con la actualidad que viven los laburantes bajo un nuevo gobierno opresivo como el de Javier Milei.
El 18 de junio de 1945, 319 entidades de la industria y el comercio firmaron un documento que reclamaba el regreso del control social a través de la represión estatal. Un texto que hablaba de la muerte obrera sin necesidad de nombrarla.
Desde 1919 el país ha vivido dentro de una casi perfecta tranquilidad. El capital hablaba de enero del 19, más exactamente de la locura vivida entre los días 8 y el 14 cuando la ciudad de Buenos Aires fue escenario de la matanza obrera que abrió uno de los capítulos más terribles de la historia argentina: la Semana Trágica.
A mediados del 45, los empresarios querían volver a los crímenes aleccionadores que dejó aquella masacre luego de la huelga de los metalúrgicos en el barrio porteño de San Cristóbal.
Los laburantes de la Sociedad de Hierros y Acero Limitada de Vasena e Hijos pedían una jornada de trabajo de ocho horas. Más de 700 muertos y cerca de 4.000 heridos. Hombres y mujeres ejecutados por el ejército, la policía y los grupos paramilitares de Manuel Carlés.
Muchos cayeron en la puerta de la fábrica, en la actual plaza Martín Fierro, producto del ataque con ametralladoras, cañones y obuses que propuso el general Dellepiane.
Otros cayeron en el trayecto hacia el Cementerio de La Chacarita el 19 de enero, cuando por Corrientes iban cerca de 200.000 personas en el cortejo fúnebre y desde las iglesias salían los asesinos de la Liga Patriótica.
Los mismos rifles de la oligarquía salieron a matar familias judías del barrio del Once y Balvanera, porque en su ignorancia asociaban judíos con rusos y jugaban también a terminar con los bolches de la revolución del 17.
Recién cuando las balas callaron, Yrigoyen convocó a las partes para negociar y los reclamos obreros se transformaron en realidad, pero la conquista se quedó una década sin poder atravesar los muros de la fábrica. El resto de los trabajadores tuvo que esperar hasta la ley 11.544 del 29 para laburar ocho horas.
Antes, el regreso a la esclavitud con la conquista del desierto, los tanitos de la Rosales, los lavanderos, cocineros, foguistas, abandonados por la armada en alta mar en 1892, los asesinatos ordenados por Ramón Falcón del primero de mayo de 1909 en la Plaza Lorea, los fusilamientos de la Patagonia y la masacre de la Forestal.
Después, en la segunda mitad del siglo XX, llegó la venganza de Robustiano Patrón Costas. “Lo que nunca le voy a perdonar a Perón es que durante su gobierno y luego también el negrito que venía a pelear por su salario se atrevía a mirarnos a los ojos y ya no pedía", discutía.
O la venganza del almirante Rial. La Libertadora llegó para que en la Argentina el hijo del barrendero muera barrendero.
Las bombas en el acto de abril del 53, la muerte que llovía del cielo en junio del 55, los paredones de fusilamiento del 56, el plan Conintes en tiempos de Frondizi, las ejecuciones de Trelew y a partir del 24 de marzo de 1976, más de 600 centros clandestinos de detención, tortura y muerte para llevarse a 30.000.
La democracia no fue un escudo protector perfecto para poder frenar la barbarie de la civilización.
El 12 de abril del 95, el asesinato del obrero de la construcción Víctor Choque se convirtió en la primera muerte después del regreso de derechos y garantías. Dos años más tarde, en Cutralcó, un balazo policial le arrancó la vida a la empleada doméstica Teresa Rodríguez. En noviembre del 2000, en Tartagal, fue asesinado de un disparo en la cara el piquetero Aníbal Verón.
Los 39 muertos de diciembre de 2001 y después Kosteki, Santillán, Fuente Alba, Mariano Ferreyra, y una lista muchísimo más larga y siempre el dedo que gatilla responde a un ADN que, por convicción u obediencia debida, parte desde el mismo lugar.
Hoy, hoy es un día donde se mezcla el homenaje a los muertos que pelearon por los derechos que conquistaron y gozaron generaciones de trabajadores con la bronca de este tiempo de restauración conservadora, con el poder real festejando una reforma esclavista con ínfulas del siglo XIX.
Nuestros muertos y los sobrevivientes saben que los laburantes convirtieron a la utopía en realidad más de una vez.
Todos son hijos, aunque no lo sepan, del Estatuto del Peón de Campo y del país con línea de producción a tres turnos. Y como sentenció Leopoldo Marechal en aquel inolvidable megáfono muy poco antes de morir y sin saber que estaba hablando para cualquier casillero del futuro, dijo: actualmente hay dos Argentinas, una en defunción, cuyos cadáveres usufructúan los cuervos que la rodean, y otra, como en Navidad y crecimiento, que lucha por su destino y que padecemos orgullosamente.
Gustavo Campana repasa la historia de las luchas obreras en Argentina y explica por qué todas dialogan de cierta manera con la actualidad que viven los laburantes bajo un nuevo gobierno opresivo como el de Javier Milei.
El 18 de junio de 1945, 319 entidades de la industria y el comercio firmaron un documento que reclamaba el regreso del control social a través de la represión estatal. Un texto que hablaba de la muerte obrera sin necesidad de nombrarla.
Desde 1919 el país ha vivido dentro de una casi perfecta tranquilidad. El capital hablaba de enero del 19, más exactamente de la locura vivida entre los días 8 y el 14 cuando la ciudad de Buenos Aires fue escenario de la matanza obrera que abrió uno de los capítulos más terribles de la historia argentina: la Semana Trágica.
A mediados del 45, los empresarios querían volver a los crímenes aleccionadores que dejó aquella masacre luego de la huelga de los metalúrgicos en el barrio porteño de San Cristóbal.
Los laburantes de la Sociedad de Hierros y Acero Limitada de Vasena e Hijos pedían una jornada de trabajo de ocho horas. Más de 700 muertos y cerca de 4.000 heridos. Hombres y mujeres ejecutados por el ejército, la policía y los grupos paramilitares de Manuel Carlés.
Muchos cayeron en la puerta de la fábrica, en la actual plaza Martín Fierro, producto del ataque con ametralladoras, cañones y obuses que propuso el general Dellepiane.
Otros cayeron en el trayecto hacia el Cementerio de La Chacarita el 19 de enero, cuando por Corrientes iban cerca de 200.000 personas en el cortejo fúnebre y desde las iglesias salían los asesinos de la Liga Patriótica.
Los mismos rifles de la oligarquía salieron a matar familias judías del barrio del Once y Balvanera, porque en su ignorancia asociaban judíos con rusos y jugaban también a terminar con los bolches de la revolución del 17.
Recién cuando las balas callaron, Yrigoyen convocó a las partes para negociar y los reclamos obreros se transformaron en realidad, pero la conquista se quedó una década sin poder atravesar los muros de la fábrica. El resto de los trabajadores tuvo que esperar hasta la ley 11.544 del 29 para laburar ocho horas.
Antes, el regreso a la esclavitud con la conquista del desierto, los tanitos de la Rosales, los lavanderos, cocineros, foguistas, abandonados por la armada en alta mar en 1892, los asesinatos ordenados por Ramón Falcón del primero de mayo de 1909 en la Plaza Lorea, los fusilamientos de la Patagonia y la masacre de la Forestal.
Después, en la segunda mitad del siglo XX, llegó la venganza de Robustiano Patrón Costas. “Lo que nunca le voy a perdonar a Perón es que durante su gobierno y luego también el negrito que venía a pelear por su salario se atrevía a mirarnos a los ojos y ya no pedía", discutía.
O la venganza del almirante Rial. La Libertadora llegó para que en la Argentina el hijo del barrendero muera barrendero.
Las bombas en el acto de abril del 53, la muerte que llovía del cielo en junio del 55, los paredones de fusilamiento del 56, el plan Conintes en tiempos de Frondizi, las ejecuciones de Trelew y a partir del 24 de marzo de 1976, más de 600 centros clandestinos de detención, tortura y muerte para llevarse a 30.000.
La democracia no fue un escudo protector perfecto para poder frenar la barbarie de la civilización.
El 12 de abril del 95, el asesinato del obrero de la construcción Víctor Choque se convirtió en la primera muerte después del regreso de derechos y garantías. Dos años más tarde, en Cutralcó, un balazo policial le arrancó la vida a la empleada doméstica Teresa Rodríguez. En noviembre del 2000, en Tartagal, fue asesinado de un disparo en la cara el piquetero Aníbal Verón.
Los 39 muertos de diciembre de 2001 y después Kosteki, Santillán, Fuente Alba, Mariano Ferreyra, y una lista muchísimo más larga y siempre el dedo que gatilla responde a un ADN que, por convicción u obediencia debida, parte desde el mismo lugar.
Hoy, hoy es un día donde se mezcla el homenaje a los muertos que pelearon por los derechos que conquistaron y gozaron generaciones de trabajadores con la bronca de este tiempo de restauración conservadora, con el poder real festejando una reforma esclavista con ínfulas del siglo XIX.
Nuestros muertos y los sobrevivientes saben que los laburantes convirtieron a la utopía en realidad más de una vez.
Todos son hijos, aunque no lo sepan, del Estatuto del Peón de Campo y del país con línea de producción a tres turnos. Y como sentenció Leopoldo Marechal en aquel inolvidable megáfono muy poco antes de morir y sin saber que estaba hablando para cualquier casillero del futuro, dijo: actualmente hay dos Argentinas, una en defunción, cuyos cadáveres usufructúan los cuervos que la rodean, y otra, como en Navidad y crecimiento, que lucha por su destino y que padecemos orgullosamente.
Sea como fuere, todo aquí está en movimiento y como en agitaciones de parto.
Entonces, dignos compatriotas, empecemos otra vez.
Entonces, dignos compatriotas, empecemos otra vez.