22 may 2026

LA EMPIEZAN A VER

Primeras observaciones de un mundo cultural en descomposición

Por Mario Goloboff

22 de mayo de 2026 - 0:01


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Entre las múltiples señales que me han llamado la atención, en este obligatorio retorno a Francia para estar junto a los míos en tiempos de depre y de debilidad, hay tres hechos a distinguir en el campo cultural.

Una primera recorrida a la FNAC, fundada por dos militantes de izquierda, Max Théret y André Essel en 1954 para vender y distribuir libros baratos, que se llamó así para significar una Federación Nacional de Achats (compras), fundida ahora con otro gigante del comercio; DARTY, y convertida en un líder europeo de la distribución de bienes culturales, juegos, videojuegos, productos técnicos, electrodomésticos, con más de 1500 locales abiertos en el mundo, 30000 empleados y billones de euros de ventas aquí y allá.

Todo tipo de aquellos productos de la modernidad están en los escaparates de los primeros pisos, y el tercero, reservado como siempre a los libros, abarrota los estantes y las cajas de nuevas y bonitas ediciones de las editoriales famosas y con textos de creación de todo el mundo. Predominan en este campo los franceses naturalmente, los italianos, con nuevos autores, algunos latinoamericanos sin importancia como Isabel Allende, o autores de moda como Leonardo Padura, las buenas escritoras argentinas, como Samanta Schweblin y Mariana Enríquez, y escritores de menor cuantía. 

También los clásicos rusos, los que han quedado a través del tiempo, pero (y eso también llama la atención, nada nuevo ni interesante de los otrora países socialistas después de más de un cuarto siglo de haber caído los muros. ¿Es que no hay autores después del comunismo? ¿Qué se ha hecho de los poetas y escritores que circulaban los famosos samizdat y llenaban la boca de Occidente en los años del poder soviético?

El otro fenómeno cultural que ensombrecía Francia a mi llegada es el copamiento por parte de la ultraderecha de la voluminosa Editorial Grasset. El grupo Hachette, propietario de Grasset, acaba de echar a un editor respetado, Olivier Nora, desplazado y reemplazado, en la práctica, por un hombre de la casa, el multimillonario Vincent Bolloré, quien atiende principalmente al ideólogo conservador Alain de Benoist, para el que J. J. Rousseau era un filósofo reaccionario, y a los políticos Jordan Bardella, Philippe de Villiers, Marion Marechal Le Pen y otros de la misma especie. 

Gisele Sapiro, socióloga y directora de investigaciones del CNRS (Centro Nacional de la Investigación Científica) sostiene en Le Monde, de manera alarmante, que el hecho “no representa solo un epifenómeno de la historia del capitalismo financiero” sino que “amenaza el patrimonio cultural e intelectual de Francia”. Dado el “poder de artillería” del grupo Hachette que no maneja solamente Grasset pero también señoras casas como Fayard, Stock, la mayoría de manuales escolares y el 80% del mercado de edición de África francófona.

Entre los más de doscientos cincuenta autores que se han ido de Grasset en solidaridad con Olivier Nora están Dominique Bona, Jean-Paul Enthoven, Delphine Horvilleur, Bernard-Henri Lévy, Richard Malka, Tania de Montaigne, Michelle Perrot... Y el escritor Dan Franck ha denunciado: “Nosotros vivimos un momento fascista-stalinista”. Firmaron simultáneamente un documento de protesta que entre otras cosas sostenía: “Tenemos un punto en común: rechazamos ser los rehenes de una guerra que persigue imponer el autoritarismo en la cultura y en los medios”.

Si para algo sirve la historia, en este caso es bueno recordar el papel de competitividad que jugó el grupo Hachette en la distribución de la prensa después de la Segunda Guerra Mundial, habiendo tenido ya acusaciones de proximidad con el gobierno de Vichy (más que colaboracionista). No sorprende, pues, que los hechos hayan alcanzado dimensión fuera del hexágono y que haya autores internacionales, como el premio Nobel surcoreana Hans Kang, el islandés Jón Kalman Stéfansson, el multinacional All Smith, hayan adherido a la causa “Olivier Nora”.

Otro hecho que conmueve al mundo cultural francés, y más allá todavía, es la crisis que está viviendo la Biblioteca Nacional Francois Mitterrand, que ocupa 365.000 m2 con sus 15 millones de archivos que tocan todas las disciplinas, 3000 lugares para analizarlos, un cine, 1600 empleados de distinto rango y 1,2 millones de visitantes por año. 

Pero en el edificio principal de los siete sitios que cubre, incluidos los históricos de la rue Richelieu (IIeme) o del Arsenal (IVeme), no funcionan los ascensores, hay “fugas” a repetición de calefacción, la ventilación y la electricidad está vetusta y no hay conformidad con las normas de circulación de personas con movilidad reducida, señalándose una falta de inversión que se agrava por la ausencia de renovación, lo que llevaría a 500 millones de euros el gasto a contemplar en el futuro inmediato para poner todo en orden. Así “el templo de las bibliotecas parisienses” se viene abajo sin que detengan su caída los sucesivos ministros de cultura ni los cultos presuntos candidatos a las próximas elecciones.

Creo que las tres observaciones sirven para considerar el estado actual de la cultura en Francia, país que siempre se ha destacado por su potencia en tal terreno.