Por Luis Bruschtein
06 de junio de 2026
Las deslealtades de Patricia Bullrich y los sobresaltos de Javier Milei ocuparon la escena hasta que esta mañana se conoció el fallecimiento del Indio Solari, un ídolo popular de la estirpe de Maradona. Son fenómenos que constituyen un acontecimiento social que protagoniza el pueblo. De la misma forma que la conmoción que produjo desplazó a un segundo plano a Bullrich y a Milei, también ocupó las líneas de esta columna que se enfoca en los hechos políticos de la semana.
Aunque sus canciones expresan una poética de la realidad, el Indio fue discreto en sus declaraciones políticas durante su apogeo. Pero cuando comenzó a despedirse fue más abierto. Declaró que era peronista y fue a visitar a la proscripta y encarcelada Cristina Kirchner a su prisión domiciliaria.
“El lujo es una vulgaridad” dijo en “Un poco de amor francés” en los años ’90. Dicen que la frase es de Bioy Casares, pero lo que importa es cuando lo dijo el Indio en el contexto de un menemismo que proponía el lujo como expresión del éxito. Es una frase que hoy también se resignifica cuando lo único que respetan los libertarios como paradigma y meta es el lujo dorado de Donald Trump.
A fines de los ’80 y en el menemismo, la mayoría de los jóvenes estaban lejos del lujo y más cerca de los abusos de la represión, de las dificultades para conseguir trabajo o estudiar, más cerca de la marginalidad y más lejos de la única existencia que reconocía el menemismo en las luces de la fama y el lujo. En las letras y en la música del Indio, en cambio, esas generaciones se podían reconocer, allí estaban sus realidades.
El Indio surgió en los años ’70, sobrevivió en los sótanos durante la dictadura y comenzó a brillar en los ’80 y ’90. Y de los primeros públicos mínimos pasó al pogo más grande de la historia. Convocó a las distintas generaciones que escuchaban en su música lo que no se decía en los discursos hegemónicos de la época. “Lo escuché en la cárcel”, “me sacó de la droga”, “empecé a los doce años a ir a los recitales”, “Walter Bulacio me abrió la cabeza” se escuchó decir en la multitud que se autoconvocó en la Plaza de Mayo.
El ídolo es popular o no es ídolo. Porque es producido por el pueblo. Es un intercambio, un camino en dos sentidos donde ambos extremos se nutren en un proceso de creación de cultura, de identidad, que son procesos que en definitiva tendrán un correlato en la política. El Indio ni Maradona van con la hipocresía y los caretas ni los reaccionarios.
No es casual que el Congreso, o Martín Menem, rechazó el pedido para velarlo en sus instalaciones. Ni es casual que la impresionante autoconvocatoria popular fuera en la Plaza de Mayo, donde muchos lo recordaban con un un pogo y otros con sus guitarras se unían para entonar las canciones del Indio con los curas y pastores que realizan una semana de ayuno “contra el hambre del pueblo” y para despertar conciencia.
Decenas de miles de personas seguían hasta anoche en la Plaza para expresar su tristeza. Como el 24 por los derechos humanos, como en la marcha por la educación, con los jubilados y con los “disca”, la multitud anoche en la Plaza se proyectaba como otra expresión de lo popular peligrosa para el gobierno que en un primer momento amagó con reprimir.
Las canciones del Indio hablan sobre el futuro, aunque sean del pasado, como dice en “La vida es una misión secreta”: “Fácil de imaginar/ furias que arribarán/ en jovencitos que/ sin justicia ni compasión/ cumplirán la misión/ verán lo que yo ví”.
El Indio es setentista como otra protagonista de esta semana, la senadora Patricia Bullrich. Y hay una canción que parece dedicada a ella, que se llama Sheriff: “Sheriff! Sheriff! meté bala, por favor!/ Sheriff! Sheriff! con tu gracia criminal/ Sheriff! Sheriff! no permitas que pise mierda en mi jardín/ Sheriff! Sheriff! partíles el buñuelo y quitá mi pena así”.
Cuando alguien está obligado a una visita, ni se saca el abrigo cuando llega para irse lo antes posible. En la famosa foto del encuentro de la senadora del Gatillo Fácil con la hermana presidencial, Bullrich está con el abrigo puesto y Karina Milei con una camisola. Hay una que se quiere ir apenitas después de la foto.
Milei le pidió a Bullrich esa reunión. La senadora aceptó, pero al día siguiente le “partió el buñuelo” cuando el Senado aprobó los pliegos de la jueza que Milei había vetado. El argumento nefasto fue que la mujer era familiar de un periodista que lo critica. Pero en realidad, la aspirante es parte de la familia judicial, con padre y marido en el sistema feudal macrista. Los pliegos fueron aprobados por una parte del peronismo, lo que provocó otra polémica en una fuerza que no termina de ponerse de acuerdo.
El Indio estaba en las antípodas de la mano dura y el gatillo fácil y de los hipócritas, como los que reclaman mano dura para los delincuentes, pero cuando se trata de femicidio, como el de Agostina Vega, revictimizan a la víctima para justificar o subestimar el crimen. Se dijo: “Algo habrá hecho”, para erotizar al asesino, o “la familia no puso límites...” a la piba.
La ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, dijo que en estos casos es necesario investigar “la verdad completa”. Es una frase que se usa para justificar el terrorismo de Estado. Las dos, el “algo habrá hecho” y “la verdad completa” fueron usadas por la propaganda de las Juntas de Comandantes para justificar sus crímenes. Monteoliva comenzó su carrera en Colombia como asesora del general Oscar Naranjo, también conocido como “el general de la muerte”, estuvo al frente del Plan Colombia, famoso por sus “falsos positivos” y los cientos de ejecuciones extrajudiciales.
Son frases que se usaron ahora desde el sentido del patriarcado para bajarle el precio al femicidio, palabra que el gobierno quiere sacar del Código Penal y que los funcionarios trataron de no formular. Son frases que se usaron también para justificar el terrorismo de Estado. El lenguaje las enlaza, son de la misma familia. La masiva marcha feminista del 3 de junio enterró esas declaraciones. Pero es una victoria circunstancial porque volverán a surgir, estimuladas por el gobierno.
La seguridad es un problema grave y las principales víctimas son los sectores populares. Pero los discursos de mano dura como el de Bullrich se montan en forma demagógica sobre esa realidad para justificar la represión a las protestas y reclamos. Estos dicursos siempre son promovidos por gobiernos que aplican ajustes y empobrecen aún más a los sectores populares. Les interesa más el control de las expresiones populares que la problemática de la seguridad.
Hay una lógica, una sincronía incluso en los eventos, en los hechos inesperados, como el fallecimiento de un ídolo popular, el protagonismo de una mujer emblemática de la violencia represiva que ese ídolo repudió, la elección de la Plaza de Mayo para recordarlo y la coincidencia con la protesta contra el hambre popular. Quizás la visión apocalíptica de “La vida es una misión secreta”, no opera como una visión irremediable del futuro, sino como advertencia. Que se hace todavía más punzante con la permanencia en un sustrato de la sociedad, de esas frases que usó la dictadura.