por Thierry Meyssan
Red Voltaire | París (Francia) | 12 de mayo de 2026
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En Occidente no se entiende la posición de Irán frente a Estados Unidos y a los aliados del imperio. La guerra no sorprendió al pueblo iraní. Sabía que tendría que enfrentarla, por su posición antiimperialista. Ya en pleno conflicto, Irán no está tan interesado en negociar el fin de las hostilidades como en sentar las bases de un nuevo orden internacional. Irán acepta sufrir en aras de hacer avanzar sus intereses. Mientras Washington trata de ganar militarmente, Irán avanza políticamente.
El presidente estadounidense Donald Trump, y con él todos los dirigentes políticos y comentaristas occidentales, creen que los iraníes tendrían que tratar sólo de escapar a las bombas del Pentágono y de recuperar un nivel de vida aceptable. Así que tendrían que renunciar a su programa nuclear y abrir el estrecho de Ormuz.
Pero ya está claro que no es eso lo que preocupa a los iraníes. Los occidentales no entienden en lo absoluto lo que quieren los iraníes, un pueblo para ellos totalmente desconocido. En Occidente todavía no entienden los mensajes de Mohammad Mossadegh y de Ruhollah Khomeiny: los iraníes pueden liberar su propio país de la explotación colonial anglosajona y también liberar al mundo de la dominación colonial occidental hallando en su religión la fuerza necesaria para concretar esa revolución.
Mohammad Mossadegh demostró a principios de los años 1950 que era posible recuperar los bienes de la Nación. Nacionalizó el petroleo iraní y negoció la parte que su país concedería a las compañías extranjeras. La CIA estadounidense y el MI6 británico lo derrocaron, pero no pudieron borrar de las memorias lo que había hecho. Mossadegh ya había logrado despertar una Nación explotada.
Durante largos años, Ruhollah Khomeiny nunca dejó de soñar que cada musulmán podría seguir el ejemplo de los profetas Alí y Hussein y dedicar su vida a la justicia. Imaginó que Irán lograría liberarse de su interpretación dolorista de la leyenda dorada del islam; que sería capaz de liberarse y de liberar al resto del mundo. Ese sueño le costó verse excomulgado por los demás ayatolas… y también hizo posible que el estadounidense Zbigniew Brzezinski, el consejero de seguridad nacional del presidente James Carter, lo escogiera para sustituir al shah Mohamed Reza Pahlevi.
Es cierto que Khomeiny, extremadamente orgulloso, había combatido a Mossadegh, pero nunca cuestionó su concepción de la soberanía de Irán.
De la Revolución Islámica iraní hemos retenido sólo sus excesos y momentos de locura. Todas las revoluciones provocan derramamiento de sangre, pero no las condenamos todas de la misma manera. En el caso de Irán recordamos las condenas a muerte de iraníes acusados, con razón o sin ella, de ser agentes de las potencias coloniales o del Irak de Sadam Hussein. Pero nunca se habla de la guerra que esas potencias impusieron a Irán. La prensa occidental nos recuerda diariamente los excesos de la policía religiosa contra las mujeres que se niegan a portar el velo tradicional, pero nunca se habla de la represión contra los hombres que se niegan a dejarse crecer la barba.
Pero en Francia también cometimos ese tipo de excesos. Nuestros ancestros condenaron a muerte a quienes apoyaban los ejércitos de las monarquías coaligadas contra la Revolución Francesa, que querían restaurar el orden del “derecho divino”, e incluso llegaron perpetrar masacres históricas contra la población de la región de Vendée. Los “sans-culotte” impusieron su indumentaria y martirizaron a quienes persistían en seguir vistiéndose como en tiempos del Antiguo Régimen [1]. Pero sabemos que esos horrores no eran la Revolución sino incidentes en el proceso de creación de un nuevo orden, basado en la libertad y la igualdad.
En el Irán de nuestros días se sabe que el decenio de la terrible guerra (de 1980 a 1988) que las potencias occidentales le impusieron a través de Irak era sólo el preludio del verdadero enfrentamiento. En aquel momento, se trataba de impedir que se constituyera la República Islámica. Hoy se trata de hacer realidad el sueño de Khomeiny.
En su momento pudimos ver como el viejo ayatola Ruhollah Khomeiny no trató de recuperar los bienes que el shah le había quitado. Lo primero que hizo al poner pie en suelo iraní, fue exhortar el ejército a ponerse del lado del pueblo y llamar todo el pueblo a ponerse del lado de los oprimidos.
Eso es lo que Irán está haciendo hoy en día.
Desde el primer momento de la agresión, Irán sabía que no podía derribar los aviones de guerra israelíes y estadounidenses. Las fuerzas armadas iraníes lograron destruir algunos bombarderos en vuelo pero Irán optó por demostrar a los Estados árabes del Golfo que las potencias coloniales los explotan y respondió a los bombardeos israelo-estadounidenses con ataques contra las bases militares de Estados Unidos en Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, en Kuwait, Qatar y Jordania. Explicó además a cada uno de esos Estados que estaban haciéndose cómplices de la agresión estadounidense, ya que habían cedido partes de sus territorios a Estados Unidos, que los utilizaba como trampolín de su agresión.
El caso del sultanato de Omán es un poco diferente. Se trata de un Estado neutral que no alberga bases militares extranjeras, pero el 12 y el 13 de marzo Omán permitió que bombarderos y drones sobrevolaran su territorio para llegar hasta Irán. Después un duro altercado con las autoridades de Irán, el gobierno de Omán puso fin a esas intrusiones. Pero los otros Estados del Golfo, que sí tienen bases extranjeras en sus territorios, no pudieron cambiar de posición y se empeñaron en enarbolar la resolución 2817 del Consejo de Seguridad, que viola el derecho internacional y acepta como superior el punto de vista occidental.
En aquel momento, nadie entendió lo que estaba sucediendo. Los comentaristas internacionales afirmaron que los iraníes adoptaban un comportamiento absurdo al atacar a sus vecinos de la región. Pero, con el tiempo, cada uno de esos 6 Estados comenzó a preguntarse si en realidad no estaba siendo culpable de los ataques que sufría, si el problema no era más bien el hecho que habían aceptado que Estados Unidos instalara bases militares en sus territorios para “protegerlos” y que en realidad esas bases los convertían en mercenarios de Occidente y en blancos legítimos para los iraníes.
Insistiendo en ese sentido, el gobierno de Irán escribió a los gobiernos de Alemania, Reino Unido, Chipre, Rumania y Bulgaria para hacerles saber que, al autorizar las fuerzas de Estados Unidos a usar sus bases militares para implementar su agresión, ellos también podían ser blanco de una respuesta militar.
Los iraníes mencionaron después la complicidad de gran parte de los Estados de todo el mundo –con excepción de Rusia, Bielorrusia y China– en el robo de los fondos de Irán depositados en el extranjero y en las sedes de los bancos iraníes con los que ya nadie se atreve a mantener relaciones. En aquel momento, nadie dio importancia a aquella observación de Irán, así que nadie entendió de qué hablaban los iraníes cuando anunciaron un procedimiento administrativo para autorizar el paso por el estrecho de Ormuz. Y otra vez los comentaristas internacionales se burlaron de lo que veían como una torpeza de los iraníes, asumiendo que querían imponer el pago de una autorización de paso a través de un canal natural.
Los iraníes explicaron que únicamente autorizarían el paso de los barcos de países no implicados en la agresión y que sólo pedían a los demás garantías bancarias en caso de accidente. Fue entonces cuando cundió el paníco entre las compañías marítimas: ¿Cómo presentar garantías bancarias al sistema bancario de Irán… excluido del sistema bancario mundial desde hace 30 años por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos?
Esta vez, Irán se dirige a todos nosotros. Nos muestra que nos hemos hecho cómplices de una política cuyo objetivo es rendirlo por hambre, y que ni siquiera nos habíamos dado cuenta de ello. Exactamente igual que Alemania, Arabia Saudita, Bahréin, Bulgaria, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Kuwait, Qatar, Rumania y Reino Unido, países que hoy son cómplices de una agresión militar sobre la que ni siquiera fueron consultados.
Ahora vamos a tener que escoger entre seguir tratando de hambrear a los iraníes, fingiendo además que no estamos conscientes de ello, o liberarnos de Estados Unidos.
Thierry Meyssan
[1] Referencia histórica al sistema de gobierno anterior a la Revolución Francesa, o sea la monarquía absoluta de Luis XVI (1774-1791). Nota de Red Voltaire.
Pero ya está claro que no es eso lo que preocupa a los iraníes. Los occidentales no entienden en lo absoluto lo que quieren los iraníes, un pueblo para ellos totalmente desconocido. En Occidente todavía no entienden los mensajes de Mohammad Mossadegh y de Ruhollah Khomeiny: los iraníes pueden liberar su propio país de la explotación colonial anglosajona y también liberar al mundo de la dominación colonial occidental hallando en su religión la fuerza necesaria para concretar esa revolución.
Mohammad Mossadegh demostró a principios de los años 1950 que era posible recuperar los bienes de la Nación. Nacionalizó el petroleo iraní y negoció la parte que su país concedería a las compañías extranjeras. La CIA estadounidense y el MI6 británico lo derrocaron, pero no pudieron borrar de las memorias lo que había hecho. Mossadegh ya había logrado despertar una Nación explotada.
Durante largos años, Ruhollah Khomeiny nunca dejó de soñar que cada musulmán podría seguir el ejemplo de los profetas Alí y Hussein y dedicar su vida a la justicia. Imaginó que Irán lograría liberarse de su interpretación dolorista de la leyenda dorada del islam; que sería capaz de liberarse y de liberar al resto del mundo. Ese sueño le costó verse excomulgado por los demás ayatolas… y también hizo posible que el estadounidense Zbigniew Brzezinski, el consejero de seguridad nacional del presidente James Carter, lo escogiera para sustituir al shah Mohamed Reza Pahlevi.
Es cierto que Khomeiny, extremadamente orgulloso, había combatido a Mossadegh, pero nunca cuestionó su concepción de la soberanía de Irán.
De la Revolución Islámica iraní hemos retenido sólo sus excesos y momentos de locura. Todas las revoluciones provocan derramamiento de sangre, pero no las condenamos todas de la misma manera. En el caso de Irán recordamos las condenas a muerte de iraníes acusados, con razón o sin ella, de ser agentes de las potencias coloniales o del Irak de Sadam Hussein. Pero nunca se habla de la guerra que esas potencias impusieron a Irán. La prensa occidental nos recuerda diariamente los excesos de la policía religiosa contra las mujeres que se niegan a portar el velo tradicional, pero nunca se habla de la represión contra los hombres que se niegan a dejarse crecer la barba.
Pero en Francia también cometimos ese tipo de excesos. Nuestros ancestros condenaron a muerte a quienes apoyaban los ejércitos de las monarquías coaligadas contra la Revolución Francesa, que querían restaurar el orden del “derecho divino”, e incluso llegaron perpetrar masacres históricas contra la población de la región de Vendée. Los “sans-culotte” impusieron su indumentaria y martirizaron a quienes persistían en seguir vistiéndose como en tiempos del Antiguo Régimen [1]. Pero sabemos que esos horrores no eran la Revolución sino incidentes en el proceso de creación de un nuevo orden, basado en la libertad y la igualdad.
En el Irán de nuestros días se sabe que el decenio de la terrible guerra (de 1980 a 1988) que las potencias occidentales le impusieron a través de Irak era sólo el preludio del verdadero enfrentamiento. En aquel momento, se trataba de impedir que se constituyera la República Islámica. Hoy se trata de hacer realidad el sueño de Khomeiny.
En su momento pudimos ver como el viejo ayatola Ruhollah Khomeiny no trató de recuperar los bienes que el shah le había quitado. Lo primero que hizo al poner pie en suelo iraní, fue exhortar el ejército a ponerse del lado del pueblo y llamar todo el pueblo a ponerse del lado de los oprimidos.
Eso es lo que Irán está haciendo hoy en día.
Desde el primer momento de la agresión, Irán sabía que no podía derribar los aviones de guerra israelíes y estadounidenses. Las fuerzas armadas iraníes lograron destruir algunos bombarderos en vuelo pero Irán optó por demostrar a los Estados árabes del Golfo que las potencias coloniales los explotan y respondió a los bombardeos israelo-estadounidenses con ataques contra las bases militares de Estados Unidos en Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, en Kuwait, Qatar y Jordania. Explicó además a cada uno de esos Estados que estaban haciéndose cómplices de la agresión estadounidense, ya que habían cedido partes de sus territorios a Estados Unidos, que los utilizaba como trampolín de su agresión.
El caso del sultanato de Omán es un poco diferente. Se trata de un Estado neutral que no alberga bases militares extranjeras, pero el 12 y el 13 de marzo Omán permitió que bombarderos y drones sobrevolaran su territorio para llegar hasta Irán. Después un duro altercado con las autoridades de Irán, el gobierno de Omán puso fin a esas intrusiones. Pero los otros Estados del Golfo, que sí tienen bases extranjeras en sus territorios, no pudieron cambiar de posición y se empeñaron en enarbolar la resolución 2817 del Consejo de Seguridad, que viola el derecho internacional y acepta como superior el punto de vista occidental.
En aquel momento, nadie entendió lo que estaba sucediendo. Los comentaristas internacionales afirmaron que los iraníes adoptaban un comportamiento absurdo al atacar a sus vecinos de la región. Pero, con el tiempo, cada uno de esos 6 Estados comenzó a preguntarse si en realidad no estaba siendo culpable de los ataques que sufría, si el problema no era más bien el hecho que habían aceptado que Estados Unidos instalara bases militares en sus territorios para “protegerlos” y que en realidad esas bases los convertían en mercenarios de Occidente y en blancos legítimos para los iraníes.
Insistiendo en ese sentido, el gobierno de Irán escribió a los gobiernos de Alemania, Reino Unido, Chipre, Rumania y Bulgaria para hacerles saber que, al autorizar las fuerzas de Estados Unidos a usar sus bases militares para implementar su agresión, ellos también podían ser blanco de una respuesta militar.
Los iraníes mencionaron después la complicidad de gran parte de los Estados de todo el mundo –con excepción de Rusia, Bielorrusia y China– en el robo de los fondos de Irán depositados en el extranjero y en las sedes de los bancos iraníes con los que ya nadie se atreve a mantener relaciones. En aquel momento, nadie dio importancia a aquella observación de Irán, así que nadie entendió de qué hablaban los iraníes cuando anunciaron un procedimiento administrativo para autorizar el paso por el estrecho de Ormuz. Y otra vez los comentaristas internacionales se burlaron de lo que veían como una torpeza de los iraníes, asumiendo que querían imponer el pago de una autorización de paso a través de un canal natural.
Los iraníes explicaron que únicamente autorizarían el paso de los barcos de países no implicados en la agresión y que sólo pedían a los demás garantías bancarias en caso de accidente. Fue entonces cuando cundió el paníco entre las compañías marítimas: ¿Cómo presentar garantías bancarias al sistema bancario de Irán… excluido del sistema bancario mundial desde hace 30 años por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos?
Esta vez, Irán se dirige a todos nosotros. Nos muestra que nos hemos hecho cómplices de una política cuyo objetivo es rendirlo por hambre, y que ni siquiera nos habíamos dado cuenta de ello. Exactamente igual que Alemania, Arabia Saudita, Bahréin, Bulgaria, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Kuwait, Qatar, Rumania y Reino Unido, países que hoy son cómplices de una agresión militar sobre la que ni siquiera fueron consultados.
Ahora vamos a tener que escoger entre seguir tratando de hambrear a los iraníes, fingiendo además que no estamos conscientes de ello, o liberarnos de Estados Unidos.
Thierry Meyssan
[1] Referencia histórica al sistema de gobierno anterior a la Revolución Francesa, o sea la monarquía absoluta de Luis XVI (1774-1791). Nota de Red Voltaire.