por Manlio Dinucci
Red Voltaire | Roma (Italia) | 2 de mayo de 2026
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El Sunday Times del 26 de abril de 2026, un claro ejemplo de la propaganda de guerra.
Las grandes compañías petroleras, principalmente las estadounidenses y las británicas, están siendo los principales beneficiarios de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. En interés de sus accionistas, mientras más dure la guerra, mejor.
Red Voltaire | Roma (Italia) | 2 de mayo de 2026
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El Sunday Times del 26 de abril de 2026, un claro ejemplo de la propaganda de guerra.
Las grandes compañías petroleras, principalmente las estadounidenses y las británicas, están siendo los principales beneficiarios de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. En interés de sus accionistas, mientras más dure la guerra, mejor.
Mientras se celebra el Primero de Mayo –la fiesta de los trabajadores, dedicada a los derechos conquistados, inscritos en nuestra Constitución y a los derechos que todavía están por conquistar–, crece y se extiende una crisis que pudiera barrer con todo eso.
Y no es sólo una crisis económica. Se trata del desmantelamiento, a través de la guerra –que se libra tanto con armas como con instrumentos económicos, políticos e incluso mediáticos–, de las bases del derecho internacional. Las consecuencias socio-económicas ya afectan a miles de millones de personas a escala mundial.
La onda de choque de la crisis se basa en un fuerte aumento de los precios de la energía: el Banco Mundial prevé que los precios de la energía aumentarán este año en un 24% y que su incremento, así como el de los fertilizantes, va a provocar un aumento generalizado de los precios de las materias primas, lo que se traducirá a su vez en una oleada de despidos y una deterioración de las condiciones de vida para la mayoría de la población.
El epicentro de la crisis es la guerra que Estados Unidos e Israel desataron contra Irán y el subsiguiente bloqueo del estrecho de Ormuz y de los puertos iraníes. Como gran parte del tráfico naval que pasa por el estrecho de Ormuz se dirige hacia Europa y Asia, el bloqueo ha provocado en esas dos regiones del mundo crecientes dificultades con el suministro energético y bruscos incrementos de los precios de los carburantes y del gas, incrementos que se agregan al ya provocado por la reducción y la interrupción de las importaciones europeas de gas natural a bajo precio, en virtud de las decisiones tomadas por la Unión Europea en el marco de la guerra que la OTAN libra contra Rusia a través de Ucrania.
Quienes se benefician con esta crisis son las grandes compañías petroleras, sobre todo las de Estados Unidos y Gran Bretaña. Las ganancias de la estadounidense ExxonMobil y de British Petroleum ya se han multiplicado por dos. Las compañías estadounidenses están vendiendo cada vez más petróleo y gas natural en Asia y Europa, ahora que también disponen del petróleo venezolano que Estados Unidos se apropia desde que sus fuerzas especiales secuestraron al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.
Esto explica por qué el presidente estadounidense Donald Trump acaba de rechazar la proposición iraní de desbloquear por completo el estrecho de Ormuz para tratar después otros aspectos del diferendo. Mientras más tiempo se mantenga cerrado el estrecho de Ormuz, más dinero ganan los magnates estadounidenses, las principales transnacionales –principalmente las del sector energético–, los grandes grupos financieros y los colosos del complejo militaro-industrial, cuyos intereses están siendo representados y garantizados por la administración Trump.
¿Qué hace la Unión Europea ante esta situación? La presidente de la Comisión Europea, la alemana Ursula Von der Leyen, pide más inversiones «para la defensa» de Europa: los presupuestos militares de los países miembros de la UE van a multiplicarse por dos durante el quinquenio 2025-2030, sobrepasando en total los 1 000 millardos [1] de euros anuales, lo cual corresponde a lo que exigían Estados Unidos y la OTAN.
Los gastos militares de Italia que ya se sitúan en un promedio diario de 120 millones de euros, tendrán que elevarse aún hasta los 280 millones diarios. Eso significa una militarización creciente de la industria europea.
El ejemplo emblemático es Alemania. Mientras que el sector automovilístico, que antes era dominante, enfrenta una grave crisis, con la supresión de decenas de miles de empleos como consecuencia inmediata, empresas como Schaeffler –uno de los principales proveedores mundiales de la industria automotriz, ya que es capaz de producir prácticamente de todo, desde sistemas de propulsión hasta cojinetes de bolas– está pasando de la producción civil a la industria militar, fabricando ahora drones de ataque, equipamiento para tanques de guerra y componentes para cazabombarderos.
Eso presupone la continuación por tiempo indefinido de la guerra contra Rusia. Con ese objetivo se alimenta la idea de que existe un feroz enemigo que amenaza Europa, con imágenes que recuerdan las que utilizaba la propaganda nazi-fascista contra la URSS durante la Segunda Guerra Mundial.
Y no es sólo una crisis económica. Se trata del desmantelamiento, a través de la guerra –que se libra tanto con armas como con instrumentos económicos, políticos e incluso mediáticos–, de las bases del derecho internacional. Las consecuencias socio-económicas ya afectan a miles de millones de personas a escala mundial.
La onda de choque de la crisis se basa en un fuerte aumento de los precios de la energía: el Banco Mundial prevé que los precios de la energía aumentarán este año en un 24% y que su incremento, así como el de los fertilizantes, va a provocar un aumento generalizado de los precios de las materias primas, lo que se traducirá a su vez en una oleada de despidos y una deterioración de las condiciones de vida para la mayoría de la población.
El epicentro de la crisis es la guerra que Estados Unidos e Israel desataron contra Irán y el subsiguiente bloqueo del estrecho de Ormuz y de los puertos iraníes. Como gran parte del tráfico naval que pasa por el estrecho de Ormuz se dirige hacia Europa y Asia, el bloqueo ha provocado en esas dos regiones del mundo crecientes dificultades con el suministro energético y bruscos incrementos de los precios de los carburantes y del gas, incrementos que se agregan al ya provocado por la reducción y la interrupción de las importaciones europeas de gas natural a bajo precio, en virtud de las decisiones tomadas por la Unión Europea en el marco de la guerra que la OTAN libra contra Rusia a través de Ucrania.
Quienes se benefician con esta crisis son las grandes compañías petroleras, sobre todo las de Estados Unidos y Gran Bretaña. Las ganancias de la estadounidense ExxonMobil y de British Petroleum ya se han multiplicado por dos. Las compañías estadounidenses están vendiendo cada vez más petróleo y gas natural en Asia y Europa, ahora que también disponen del petróleo venezolano que Estados Unidos se apropia desde que sus fuerzas especiales secuestraron al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.
Esto explica por qué el presidente estadounidense Donald Trump acaba de rechazar la proposición iraní de desbloquear por completo el estrecho de Ormuz para tratar después otros aspectos del diferendo. Mientras más tiempo se mantenga cerrado el estrecho de Ormuz, más dinero ganan los magnates estadounidenses, las principales transnacionales –principalmente las del sector energético–, los grandes grupos financieros y los colosos del complejo militaro-industrial, cuyos intereses están siendo representados y garantizados por la administración Trump.
¿Qué hace la Unión Europea ante esta situación? La presidente de la Comisión Europea, la alemana Ursula Von der Leyen, pide más inversiones «para la defensa» de Europa: los presupuestos militares de los países miembros de la UE van a multiplicarse por dos durante el quinquenio 2025-2030, sobrepasando en total los 1 000 millardos [1] de euros anuales, lo cual corresponde a lo que exigían Estados Unidos y la OTAN.
Los gastos militares de Italia que ya se sitúan en un promedio diario de 120 millones de euros, tendrán que elevarse aún hasta los 280 millones diarios. Eso significa una militarización creciente de la industria europea.
El ejemplo emblemático es Alemania. Mientras que el sector automovilístico, que antes era dominante, enfrenta una grave crisis, con la supresión de decenas de miles de empleos como consecuencia inmediata, empresas como Schaeffler –uno de los principales proveedores mundiales de la industria automotriz, ya que es capaz de producir prácticamente de todo, desde sistemas de propulsión hasta cojinetes de bolas– está pasando de la producción civil a la industria militar, fabricando ahora drones de ataque, equipamiento para tanques de guerra y componentes para cazabombarderos.
Eso presupone la continuación por tiempo indefinido de la guerra contra Rusia. Con ese objetivo se alimenta la idea de que existe un feroz enemigo que amenaza Europa, con imágenes que recuerdan las que utilizaba la propaganda nazi-fascista contra la URSS durante la Segunda Guerra Mundial.
Por ejemplo, el Sunday Times, diario británico de referencia escribe, basándose en “informaciones” de la inteligencia ucraniana, que «las tropas rusas hambreadas recurren al canibalismo».
Manlio Dinucci
Manlio Dinucci