La independencia de Estados Unidos: 250 años de una gran ficción
Jorge Majfud
Jul 4, 2026

Luego de varias victorias de los ottawas, liderados por Pontiac a principios de los años 1760, el general Jeffery Amherst ordenó el envío de un pañuelo y dos frazadas contaminadas con el virus de la viruela como forma de reconocimiento a su valentía. La enfermedad se extendió del otro lado de los Apalaches con su dolorosa muerte que cubría los cuerpos de llagas, fiebre y vómitos. Los reportes de la época mencionan un foco de viruela “más efectivo que las armas de fuego” entre los nativos alrededor del año 1764.
El general Amherst escribió: “debemos usar todos los recursos a nuestro alcance. Todos los prisioneros deben ser ejecutados… Extirparlos será la única forma de proteger nuestra seguridad”. ¿Suena conocido?
El 7 de octubre de 1763, Gran Bretaña había firmado con las naciones indígenas el tratado Royal Proclamation, el que sería la razón para desatar la Revolución contra este derecho de los pueblos indígenas a no ser acosados, robados y masacrados del otro lado de los Apalaches.

En 1765, un mes después del ataque contra los cheroquis, Fauquier escribió a la junta: “los Paxton Boys de Pensilvania han enviado un mensaje a nuestra gente: nadie tiene por qué sufrir por el asesinato de un salvaje”. El grado de impunidad y fanatismo de los colonos se parecía mucho al del siglo XXI.


Pintura de John Trumbull. Yale University Art Gallery
En diciembre de 1773, los colonos arrojaron la carga de té de un barco británico a la bahía de Boston. Fue la fundación del Tea Party y del mito de la Revolución Estadounidense que estudiarán niños y jóvenes en las escuelas y repetirán los viejos en Fox News. El ataque fue realizado por colonos vestidos de mohawks, el pueblo más al Este de la Liga de las Seis Naciones iroquesa. Este travestismo era una práctica común de las milicias de colonos, quienes solían vestirse como sus adversarios y ondear la bandera del enemigo.
Otro mito fundador que cubría la verdadera motivación de la rebelión de los hombres blancos (ricos, esclavistas) contra Gran Bretaña y contra sus propios gobiernos locales: el derecho a ignorar el Tratado de 1763 entre nativos y británicos; el derecho a despojar a los nativos de sus tierras para ocuparlas o venderlas a los nuevos inmigrantes blancos.
De la misma forma, el gentilicio americano, usado por los colonos para referirse a los nativos, pasó a ser el gentilicio de la “patota de dementes armados” (al decir de Benjamín Franklin) que luchaban por la libertad de expropiar a los nativos. De la misma forma, los esclavistas lucharon más tarde por su libertad de esclavizar a otros y de expropiarle la mitad del territorio a México como si fuese otro “país vacante”. De la misma forma que los cowboys, un siglo después, serán la apropiación cultural del expropiado vaquero mexicano.
En diciembre de 1773, los colonos arrojaron la carga de té de un barco británico a la bahía de Boston. Fue la fundación del Tea Party y del mito de la Revolución Estadounidense que estudiarán niños y jóvenes en las escuelas y repetirán los viejos en Fox News. El ataque fue realizado por colonos vestidos de mohawks, el pueblo más al Este de la Liga de las Seis Naciones iroquesa. Este travestismo era una práctica común de las milicias de colonos, quienes solían vestirse como sus adversarios y ondear la bandera del enemigo.
Otro mito fundador que cubría la verdadera motivación de la rebelión de los hombres blancos (ricos, esclavistas) contra Gran Bretaña y contra sus propios gobiernos locales: el derecho a ignorar el Tratado de 1763 entre nativos y británicos; el derecho a despojar a los nativos de sus tierras para ocuparlas o venderlas a los nuevos inmigrantes blancos.
De la misma forma, el gentilicio americano, usado por los colonos para referirse a los nativos, pasó a ser el gentilicio de la “patota de dementes armados” (al decir de Benjamín Franklin) que luchaban por la libertad de expropiar a los nativos. De la misma forma, los esclavistas lucharon más tarde por su libertad de esclavizar a otros y de expropiarle la mitad del territorio a México como si fuese otro “país vacante”. De la misma forma que los cowboys, un siglo después, serán la apropiación cultural del expropiado vaquero mexicano.
Luego de varias victorias de los ottawas, liderados por Pontiac a principios de los años 1760, el general Jeffery Amherst ordenó el envío de un pañuelo y dos frazadas contaminadas con el virus de la viruela como forma de reconocimiento a su valentía. La enfermedad se extendió del otro lado de los Apalaches con su dolorosa muerte que cubría los cuerpos de llagas, fiebre y vómitos. Los reportes de la época mencionan un foco de viruela “más efectivo que las armas de fuego” entre los nativos alrededor del año 1764.
El general Amherst escribió: “debemos usar todos los recursos a nuestro alcance. Todos los prisioneros deben ser ejecutados… Extirparlos será la única forma de proteger nuestra seguridad”. ¿Suena conocido?
El 7 de octubre de 1763, Gran Bretaña había firmado con las naciones indígenas el tratado Royal Proclamation, el que sería la razón para desatar la Revolución contra este derecho de los pueblos indígenas a no ser acosados, robados y masacrados del otro lado de los Apalaches.
No era una promesa de independencia, sino un acuerdo de regulación que le permitía a los nativos cierta autonomía como colonias, junto con la promesa de no agresión. A cambio, le iban a proporcionar a la autoridad europea estabilidad política y más impuestos, algo que Londres necesitaba luego de la Guerra de los siete años con Francia.
Según el historiador Ned Blackhawk, “tal como lo definió Benjamín Franklin en 1764, ‘una patota armada de dementes’ definieron las políticas de la región”―y de los siglos por venir. La Pennsylvania Declaration of Rights and Constitution, firmada en setiembre de 1776 por un comité de ciudadanos llamados a sí mismos “Hijos de la Libertad”, establecerá su propia Carta de Derechos y será la base de la constitución del país, proclamando “que todos los hombres nacen igualmente libres e independientes, y tienen derechos naturales, como gozar y defender la vida y la libertad, poseer y proteger la propiedad…; que el gobierno debe ser instituido para el beneficio común y no para el enriquecimiento particular de ningún hombre, familia o grupo…; que el pueblo tiene derecho a portar armas para su propia defensa… y, como los ejércitos permanentes en tiempos de paz son peligrosos para la libertad, no deben mantenerse”.
Según el historiador Ned Blackhawk, “tal como lo definió Benjamín Franklin en 1764, ‘una patota armada de dementes’ definieron las políticas de la región”―y de los siglos por venir. La Pennsylvania Declaration of Rights and Constitution, firmada en setiembre de 1776 por un comité de ciudadanos llamados a sí mismos “Hijos de la Libertad”, establecerá su propia Carta de Derechos y será la base de la constitución del país, proclamando “que todos los hombres nacen igualmente libres e independientes, y tienen derechos naturales, como gozar y defender la vida y la libertad, poseer y proteger la propiedad…; que el gobierno debe ser instituido para el beneficio común y no para el enriquecimiento particular de ningún hombre, familia o grupo…; que el pueblo tiene derecho a portar armas para su propia defensa… y, como los ejércitos permanentes en tiempos de paz son peligrosos para la libertad, no deben mantenerse”.
En 1765, un mes después del ataque contra los cheroquis, Fauquier escribió a la junta: “los Paxton Boys de Pensilvania han enviado un mensaje a nuestra gente: nadie tiene por qué sufrir por el asesinato de un salvaje”. El grado de impunidad y fanatismo de los colonos se parecía mucho al del siglo XXI.
En 1766, el gobernador de Virginia, Francis Fauquier, en una carta al gobernador de Pennsylvania, reconoció la violenta milicia de colonos, los Augusta Boys: “por experiencia, le puedo decir que es imposible llevar a alguien ante la justicia por el asesinato de un indígena… [Para los asesinos] es una acción meritoria, y saben que están protegidos”. Derechos especiales. ¿Suena conocido?
Quedaba claro que la libertad y la democracia solo se aplicaban a “hombres libres”, es decir, blancos y propietarios con derecho exclusivo a la libertad para promover “su propia felicidad”, un radical contraste con el mundo nativo americano.
Uno de los revolucionarios de la independencia, el mulato Lamuel Haynes, en 1776 reaccionó a la “Declaración de independencia” con un largo ensayo titulado “La libertad postergada”, anotando la contradicción entre “todos” y “raza”. Seguramente, fue el primero en señalar la hipocresía de la célebre frase “Todos los hombres son creados iguales” en una supuestamente nueva sociedad que confirmaba la legalidad de la esclavitud.
Para 1773, en violación del Royal Proclamation, el 40 por ciento de los colonos blancos ya vivía en territorios nativos ocupados. Violaban las leyes de sus propios Estados cuando iban ganando y solicitaban asistencia militar de sus gobernadores cuando iban perdiendo. Benjamín Franklin, quien trabajó por décadas con los delegados indígenas y conocía muy bien su sistema de democracia directa, criticó esta violencia fanática, pero se cuidó de no darles ningún crédito sobre la concepción ideológica de la nueva república anglosajona.
Quedaba claro que la libertad y la democracia solo se aplicaban a “hombres libres”, es decir, blancos y propietarios con derecho exclusivo a la libertad para promover “su propia felicidad”, un radical contraste con el mundo nativo americano.
Uno de los revolucionarios de la independencia, el mulato Lamuel Haynes, en 1776 reaccionó a la “Declaración de independencia” con un largo ensayo titulado “La libertad postergada”, anotando la contradicción entre “todos” y “raza”. Seguramente, fue el primero en señalar la hipocresía de la célebre frase “Todos los hombres son creados iguales” en una supuestamente nueva sociedad que confirmaba la legalidad de la esclavitud.
Para 1773, en violación del Royal Proclamation, el 40 por ciento de los colonos blancos ya vivía en territorios nativos ocupados. Violaban las leyes de sus propios Estados cuando iban ganando y solicitaban asistencia militar de sus gobernadores cuando iban perdiendo. Benjamín Franklin, quien trabajó por décadas con los delegados indígenas y conocía muy bien su sistema de democracia directa, criticó esta violencia fanática, pero se cuidó de no darles ningún crédito sobre la concepción ideológica de la nueva república anglosajona.
Para Jefferson, los británicos no solo firmaron un tratado de no agresión, sino que “ayudaron a los salvajes sin compasión” para que atacasen a los blancos de la frontera. “Esta gente sólo conoce el lenguaje de las armas y están dispuestos a exterminar a los colonos”. ¿Suena conocido?
John Jacob Astor.
Los territorios indígenas eran una oferta ilimitada de expansión del capitalismo. El primer millonario de la nueva república americana creada en 1776 por esclavistas que luchaban por la libertad fue el alemán John Jacob Astor. Su fortuna nació del monopolio de pieles con los indígenas, de la exportación de opio a China y, finalmente, del negocio de bienes raíces, el que derivará en el siglo XIX en la prosperidad de Manhattan.
Los territorios indígenas eran una oferta ilimitada de expansión del capitalismo. El primer millonario de la nueva república americana creada en 1776 por esclavistas que luchaban por la libertad fue el alemán John Jacob Astor. Su fortuna nació del monopolio de pieles con los indígenas, de la exportación de opio a China y, finalmente, del negocio de bienes raíces, el que derivará en el siglo XIX en la prosperidad de Manhattan.
Poco antes, en 1839, el senador Nathaniel Tallmadge dirá que uno de cada cien dólares en circulación en todo el país era propiedad de John Jacob Astor. Los cálculos modernos lo confirmarán: su fortuna ascendía al uno por ciento del PIB de Estados Unidos.
Hoy quedan en su memoria el Waldorf Astoria Hotel y un legado que consolidó el espíritu de la nueva nación imperial: La libertad del despojo según la Ley del revólver.
La creación de Estados Unidos se debió al deseo de libertad de los colonos de despojar a los pueblos nativos aún más allá de los Apalaches. La misma Declaratoria de la Independencia de 1776 fue una larga autovictimización a través de la criminalización de los legítimos dueños de los territorios deseados y la proyección de culpa sobre el Rey George III, quien habría “provocado insurrecciones internas entre nosotros e intentado atraer contra los habitantes de nuestras fronteras, los despiadados indios salvajes, cuya conocida regla de guerra es la destrucción indiscriminada de todas las edades, sexos y condiciones”.
*Novelista, ensayista, traductor y profesor universitario uruguayo-estadounidense. Actualmente es profesor en Jacksonville University. Resumen de un capítulo del libro Tawiscara. El secuestro de la democracia (2026).
La creación de Estados Unidos se debió al deseo de libertad de los colonos de despojar a los pueblos nativos aún más allá de los Apalaches. La misma Declaratoria de la Independencia de 1776 fue una larga autovictimización a través de la criminalización de los legítimos dueños de los territorios deseados y la proyección de culpa sobre el Rey George III, quien habría “provocado insurrecciones internas entre nosotros e intentado atraer contra los habitantes de nuestras fronteras, los despiadados indios salvajes, cuya conocida regla de guerra es la destrucción indiscriminada de todas las edades, sexos y condiciones”.
*Novelista, ensayista, traductor y profesor universitario uruguayo-estadounidense. Actualmente es profesor en Jacksonville University. Resumen de un capítulo del libro Tawiscara. El secuestro de la democracia (2026).