8 mar 2014

“Hay que estudiar un poco porque los libros no muerden”

Argentina
Reforma judidicial.

“Hay que estudiar un poco porque los libros no muerden”
El juez de la Corte Suprema, Eugenio Zaffaroni, critió al diputado del Frente Renovador por su propuesta para modificar el Código Penal.


Zaffaroni, calificó “un ridículo” al referente del Frente Renovador, Sergio Massa, por sus propuestas plasmadas en un anteproyecto de ley de reforma del código penal, al punto de sugerirle “estudiar un poco”, porque “los libros no muerden”.

En ese sentido, el juez de la Corte marcó que “con actitudes como ésta, Massa está demostrando la inmadurez de la clase política”.

Zaffaroni explicó que “el proyecto está entregado en el Ejecutivo” e indicó que “estos señores están hablando de algo que no está publicado”.

A su vez, señaló, que no sabe “cuál será el texto que les han alcanzado”.

Asimismo, el magistrado corrigió a Massa y le explicó que “la excarcelación es una cuestión procesal, no del código penal; el código penal no regula la excarcelación ni regula la prisión preventiva, son del código procesal”, por lo que le indicó a Sergio massa “que estudie un poco eso”.

De la misma forma, Zaffaroni especificó que “no es cierto que se elimina la prisión perpetua, nosotros nunca tuvimos prisión perpetua” y detalló que “(Mariano) Moreno la llamó prisión perpetua, pero nunca lo fue”.

Además, explicó que ”la prisión perpetua efectiva sería anticonstitucional” y aclaró que ”el máximo de prisión es de 30 años; el máximo admitido internacionalmente”.

Por otro lado, y en relación al massismo marcó “que quieren hacer un plebiscito para una cuestión penal que no se puede hacer”.

En tanto, le pidió a Massa “que vuelva a la facultad de derecho y que agarre los libros que no muerden”.

EEUU eleva fondos para operaciones subversivas del Pentágono

EEUU eleva fondos para operaciones subversivas del Pentágono

El secretario de Defensa, Chuck Hagel, solicitó este miércoles al Congreso más de 7.700 millones de dólares para esas unidades élites, lo que representa 10 por ciento por encima de lo asignado en 2014, además de un aumento del personal de 66.000 a 69.700 efectivos.

Hagel argumentó que las FOE desempeñan un papel clave en la lucha contra el terrorismo, en la respuesta a crisis en la arena internacional y el desarrollo de relaciones con sus similares en otras naciones, en particular entre los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Uno de los principales objetivos es lograr que las FOE, que están presentes en más de 70 naciones, integren una estructura vinculada a través de redes de comunicaciones seguras con alcance global, para llevar a cabo acciones de subversión como las que realizan en Ucrania en cooperación con sus aliados.

En este sentido, el jefe del Comando de Operaciones Especiales, almirante William McRaven, dijo recientemente ante el Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes que las unidades que él dirige incrementarán su presencia en los próximos años en todo el mundo.

Al esbozar su plan perspectivo denominado Visión 2020, McRaven resaltó que las FOE cumplirán las misiones con efectividad gracias a sus vínculos estrechos con la CIA, la Agencia de Seguridad Nacional, el Buró Federal de Investigaciones y la Agencia Antidrogas de Estados Unidos.

Como ejemplo de la creciente importancia que Washington concede a estas fuerzas, el almirante destacó el inicio de inversiones por más de 50 millones de dólares en las instalaciones de la jefatura de ese mando en MacDill, estado de Florida, a pesar de los recortes generales anunciados para el Pentágono.

En el área civil, los programas de subversión de Washington también recibieron fuertes partidas este año, como es el caso del Departamento de Estado con más de 46.000 millones de dólares, que incluye fondos para la Agencia de Desarrollo Internacional de Estados Unidos.

El presupuesto asigna 1.100 millones de dólares para actividades subversivas en Siria, y otros 400 millones para acciones similares en interés de la influencia de Washington en todo el Medio Oriente.

Esto es solo una muestra de la intromisión de Washington en los asuntos internos sirios, pues medios de prensa estadounidenses revelaron recientemente que el Congreso de ese país aprobó en secreto el envío de armas y ayuda financiera a las bandas que operan en la nación del Levante.

Un informe de la Corporación Rand, uno de los llamados tanques pensantes estadounidenses, señala que las FOE tienen hoy más misiones que nunca antes, a la par que su financiamiento conjunto se ha quintuplicado desde 2001, tendencia que sigue su curso actualmente.

En la medida en que Estados Unidos reduce las intervenciones militares en gran escala, crece la importancia de las FOE como brazo armado y de apoyo a grupos subversivos, agrega el estudio.

La Circular de Entrenamiento TC-18-01 del Pentágono, publicada en noviembre de 2010 bajo el título “La Guerra no Convencional (GNC)”, reafirma la importancia que el mando militar norteamericano confiere a dichas unidades élites.

En ese sentido señala que las FOE son factores claves en las acciones subversivas “para explotar las vulnerabilidades psicológicas, económicas y políticas de un país adversario, desarrollar y sostener las fuerzas de la resistencia y cumplir los objetivos estratégicos norteamericanos”.

Al respecto, el documento afirma que las FOE son las únicas específicamente designadas para este tipo de contienda, por sus capacidades únicas para infiltrarse en territorio enemigo, entrenar a los grupos subversivos y coordinar las acciones de estos.

PL
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HIGINIO POLO: Las guerras de Washington

3/07/14 •
HIGINIO POLO / KAOSENLARED

Estados Unidos todavía no ha renunciado a mantener la supremacía global, y sigue utilizando para ello su capacidad diplomática, su influencia en los organismos internacionales, su peso económico y su impresionante fuerza militar.
El general Wesley K. Clark, que fue comandante supremo de la OTAN a finales de los años noventa, reconoció en 2001 (y publicó en 2003: Winning Modern Wars: Iraq, Terrorism and the American Empire) que los planes norteamericanos para atacar Iraq tendrían continuidad en Siria, Líbano, Irán, Somalia y Sudán. Detrás de esa planificación estaba buena parte del establishment norteamericano, en el gobierno, en el Pentágono, los institutos de pensamiento o think-tanks, y las corporaciones, con protagonistas como el corrupto Paul Wolfowitz (que llegó a ser subsecretario de Defensa (y, antes, embajador en Indonesia, donde apoyó al siniestro Suharto), quien elaboró la denominada “doctrina Wolfowitz” que postulaba el unilateralismo en las relaciones internacionales y las “guerras preventivas” para asegurar el predominio norteamericano en el siglo XXI. En general, todo el sector neoconservador norteamericano, desde Dick Cheney hasta Donald Rumsfeld pasando por el propio George W. Bush, por William Kristol y Richard Perle, mantenía esa visión belicista y participaron en el desarrollo de los planes y guerras de agresión que han ensangrentado la primera década del siglo XXI, y cuya inercia ha continuado durante el mandato de Obama.

Los años de Bush vieron una ofensiva generalizada en diferentes áreas del mundo, dirigida a imponer el “nuevo siglo americano”. Afganistán e Iraq fueron las guerras más relevantes, sangrientos conflictos que todavía no se han cerrado, pero no fueron los únicos: guerras secretas de baja intensidad como las impuestas a Irán y Pakistán, y operaciones punitivas desarrolladas en diferentes países de África y Asia (Somalia, Sudán, Yemen, Libia, Siria), y programas de desestabilización en la periferia rusa y en las regiones chinas que cuentan con movimientos nacionalistas, dan fe de la determinación norteamericana de sostener su hegemonía planetaria con el recurso a la fuerza y a la guerra. Algunas de esas guerras de baja intensidad son letales: solamente en Pakistán, según los cálculos de Amnistía Internacional, Estados Unidos ha asesinado con sus drones a más de cuatro mil personas en la última década. Y la presidencia de Obama no ha roto, ni mucho menos, con esa dinámica.

A la ambición de remodelar Oriente Medio, ahogar a Irán y acabar con los últimos aliados de Moscú, se añadieron planes concretos para incluir Asia central en el área de influencia de Washington, reduciendo a Rusia a la condición de una potencia regional impotente, y el diseño de un nuevo “cinturón sanitario” alrededor de China, el país que, hace más de una década, aún era la sexta economía mundial, pero que se perfilaba ya como un desafío estratégico de envergadura para Estados Unidos. No era para menos: cuando se inició la invasión norteamericana de Afganistán, en 2001, no solamente Estados Unidos superaba con creces el PIB chino; también Japón, Alemania, Francia y Gran Bretaña tenían un poder económico mayor que China. Sin embargo, como ya temían los analistas del establishment norteamericano, el impresionante crecimiento económico chino iba a cambiar la situación, y todas las tendencias indican, s egún las estimaciones del FMI, que China sobrepasará (en PPA) el PIB norteamericano en 2017: tres años de plazo para el temido momento que Washington ha querido impedir por todos los medios. Los problemas se acumulan para Washington: el elevado endeudamiento (17 billones de dólares para la deuda gubernamental… que asciende a 60 billones si se añaden las deudas de gobiernos locales y Estados e instituciones financieras), el lamentable estado de las infraestructuras en Estados Unidos (puentes, red viaria, falta de nuevas comunicaciones), y el previsible fin del papel del dólar como moneda de reserva internacional no auguran mejores tiempos.

Sin embargo, la planificación estratégica norteamericana para detener su relativa decadencia se ha revelado fallida, pese a victorias regionales, como Libia, y pese a que mantiene un poder económico y militar que no es, precisamente, desdeñable. El estallido de la crisis económica en 2008 agudizó las tendencias negativas en Estados Unidos, mostrando su paulatino debilitamiento económico y el hecho de que posee un porcentaje cada vez menor del PIB mundial. La llegada de Obama a la presidencia supuso la reelaboración de la política exterior, aunque resignándose a aceptar muchas de las decisiones de Bush (empezando por el mantenimiento de Guantánamo, y por la actuación de los grupos de operaciones especiales que asesinan sin ningún tipo de control judicial), ensimismándose en las disputas domésticas mientras los círculos de poder se debaten entre la ambición de mantener el predominio y la paulatina aceptación de que el ascenso chino hace inevitable la negociación de un nuevo diseño estratégico mundial. Con Obama, Washington, sin abandonar la vieja inercia de los años de Bush, ha renunciado a impulsar de forma decidida la apertura de una nueva etapa en las relaciones entre las grandes potencias, pese al anuncio de grandes iniciativas (como la presentada en junio de 2013, en Berlín, ofreciendo un desarme nuclear a Rusia, que Moscú no tomó en serio a la vista de los planes norteamericanos de desarrollar escudos antimisiles), que son poco más que operaciones de propaganda.

El año 2013, se iniciaba con una tensión sin precedentes entre Estados Unidos y Rusia, por la ley Magnitski, apoyada por Obama (que vetaba a dieciocho magistrados y altos funcionarios rusos), medida que la Duma rusa contestó con la ley Dima Yákovlev, (llamada así por un niño ruso adoptado que murió abandonado en un coche por su padre adoptivo norteamericano), al tiempo que, en reciprocidad, el Ministerio de Exteriores ruso publicó una lista donde aparecían los nombres de los jefes militares de Guantánamo, implicados en torturas, así como asesores del gobierno y agentes de la DEA. Las disputas se encarnizaban.

En abril de 2013, el asesor de seguridad nacional norteamericano, Tom Donilon, entregó una nota de Obama al presidente ruso, abordando las diferencias políticas y militares, sobre los escudos antimisiles y el armamento atómico, y presentó algunas propuestas comerciales. El ministro de Exteriores ruso, Lavrov, mantiene que la normalización de las relaciones con Washington es una cuestión central para Moscú, aunque es consciente de que Rusia ha sido engañada en varias ocasiones por Estados Unidos, faltando a sus compromisos: lo hizo con la integración del Este de Europa a la OTAN, con incorporación de las repúblicas bálticas, y continúa haciéndolo con el persistente intento de apoderarse de Ucrania y Georgia, además de las operaciones que desarrolla en Asia central, algunas públicas, otras encubiertas. También lo hizo con la imposición de una fuerza de la OTAN en Afganistán, con la mentira sobre el escudo antimisiles para, supuestamente, defenderse de Irán, y con las operaciones militares contra Libia y Siria, países que mantenían buenas relaciones con Moscú. Es obvio que Moscú no puede confiar en la seriedad de las palabras de Washington. El último informe elaborado por el Departamento de Estado norteamericano sobre el cumplimiento de los acuerdos de desarme, añadía sal a las heridas acusando a Rusia de incumplir la Convención sobre prohibición de armas bacteriológicas y tóxicas, así como la Convención sobre armas químicas, y los acuerdos sobre armas convencionales en Europa. El informe obviaba citar la falta de ratificación del Tratado de Prohibición de Ensayos Nucleares, que Washington se comprometió a hacer. No hay avances en las negociaciones de desarme, pese a que, incluso en Estados Unidos, han aparecido serias críticas al escudo antimisiles, como las defendidas por un grupo de científicos del MIT, donde destaca el físico Theodore Postol, y pese a la propuesta de desarme planteada públicamente por Obama en Berlín.

No obstante, Putin, como una muestra de buena voluntad, aceptó a ceder una base a la OTAN, en Ulianosvsk, para la campaña militar norteamericana en Afganistán, aunque las diferencias sobre Siria (Ginebra 2), sobre las negociaciones con Irán, el escudo antimisiles o la prevista ampliación de la OTAN hacia el Este, y la intromisión en Ucrania, Moldavia y Georgia, siguen dañando sus relaciones. Afganistán, origen de las rutas de la droga, tiene suma importancia para Moscú, y el gobierno ruso está muy interesado en la pacificación del país y en la lucha contra el narcotráfico, pero nada es seguro: el general John R. Allen, jefe militar de la OTAN en Afganistán (y a quien Obama le había reservado la jefatura de la alianza), presentó su renuncia y fue sustituido por Joseph Dunford Jr., el hombre que deberá organizar la retirada, mientras las actividades secretas de la CIA, de los comandos de operaciones especiales de Washington, y de la propia OTAN, han alimentado los canales de los traficantes de drogas afganos y de los señores de la guerra. No hay que olvidar que sectores de la CIA y del Pentágono han colaborado con organizaciones de narcotraficantes para teledirigir sus acciones y ponerlas al servicio de sus propios objetivos: el predominio político en Asia. Moscú está muy interesada en limitar el flujo de drogas: Rusia, donde causan miles de muertes cada año, es uno de los países más afectados del mundo. Es cierto que, en Afganistán, Estados Unidos ha intentado combatir los cultivos de opio, pero su política se ha saldado con un evidente fracaso, que ha agravado la situación en el país (muchos campesinos pobres acaban en manos de los narcotraficantes por deudas, y deben, incluso, entregar en pago a sus propias hijas) y que amenaza a Rusia. Sin olvidar su implicación en las guerras: buena parte de las actividades de los grupos armados que combaten al gobierno sirio de Bachar al-Asad se financian con el narcotráfico afgano: Víctor Ivanov, responsable del FSKN ruso (el organismo para combatir el narcotráfico) ha afirmado que unos veinte mil mercenarios presentes en Siria dependen del dinero conseguido con la venta de heroína en diferentes países asiáticos y europeos, como Rusia.

Mientras se debilita el poder económico y político estadounidense, se fortalece su maquinaria bélica. El despliegue de la OTAN en Asia pretende asegurar el predominio norteamericano: las ambiciones sobre bases militares permanentes en Afganistán, Iraq, Kirguizistán (e, incluso, en Uzbekistán), además de en Filipinas, Indonesia, Japón y Corea del sur, tienen esa lógica, y la OTAN colabora con ella. Además, la diplomacia norteamericana trabaja para atraerse a su ámbito de influencia a Kazajastán y Turkmenistán. Esa estrategia no es nueva: ya en 1997, bajo Yeltsin, y a iniciativa del senador republicano Sam Brownback, Estados Unidos aprobó la Silk Road Strategy Act para consolidar los nuevos Estados centroasiáticos, estimular las tendencias de ruptura con Moscú, y atraerlos hacia su ámbito de influencia, utilizando todo tipo de medios diplomáticos y también operaciones secretas de la CIA, el Pentágono y de servicios de inteligencia aliados, como Arabia, Israel o Turquía.

Ese recurso a operaciones secretas es utilizado también por las compañías petroleras, que contratan empresas de mercenarios, hecho que, junto a la intervención militar abierta en muchas zonas, y la sistemática utilización por parte del gobierno de Obama de compañías de mercenarios (“contratistas”, según el hipócrita lenguaje del Pentágono y del Departamento de Estado), ha creado una mayor confusión en muchas zonas y alimenta el terrorismo como reacción, terrorismo que países como China o Rusia se esfuerzan por contener porque temen que aumente en el interior de sus países: los recientes atentados en Xinjiang y en el Cáucaso ruso así lo muestran. Ese proceder viene de lejos: Bakú, por ejemplo, ha sido utilizada desde hace años por los servicios secretos norteamericanos (con el gobierno azerí cerrando voluntariamente los ojos) para introducir mercenarios islamistas en las regiones rusas de Chechenia y Daguestán, muchas veces en colaboración con la mafia chechena dedicada al narcotráfico. No hay que olvidar que el presidente Ilham Aliyev (como antes su padre, el ya fallecido Gueidar Aliyev), que recibió apoyo de las empresas petrolíferas occidentales, dirige un gobierno-cliente de Estados Unidos. Las compañías petroleras norteamericanas (y británicas) permanecen tras esas pantallas de mercenarios, y su capacidad para corromper funcionarios y ministros es un recurso más en el desarrollo de la influencia política norteamericana.

China es el tercer protagonista del triángulo estratégico. Las reformas impulsadas por el nuevo gobierno chino, que pretenden, entre otras cosas, la disminución del peso de las exportaciones en su economía, y el desarrollo del mercado interno, se acompañan de diferentes proyectos estratégicos, la mayoría orientados a su reforzamiento económico y al impulso de un mundo multipolar. La presión china, aunque también rusa y de otros países, para reformar el FMI, el Banco Mundial e incluso la OMC, va de la mano del desarrollo de nuevos acuerdos comerciales de China en diferentes áreas del planeta, como en la ASEAN, en países americanos como Perú, Chile y Costa Rica, y en Asia y Oceanía (Nueva Zelanda); y del retroceso del dólar como moneda, junto a la creciente internacionalización del yuan, inaugura nuevos escenarios casi impensables hace pocos años: China ha cerrado acuerdos para comerciar en las respectivas monedas, sin utilizar la divisa norteamericana, con países tan relevantes como Brasil o Japón, y otros.

Estados Unidos responde a la nueva realidad con el “giro hacia Asia”, proclamado por la diplomacia norteamericana, cuya expresión no deja de ser el reconocimiento de su pérdida progresiva de influencia en el mayor continente y el más poblado. Washington es consciente de que el fortalecimiento chino en Asia va a limitar su presencia, aunque no renuncia a perder su histórico protagonismo conquistado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial: por eso, la aparición de focos de conflicto en el sudeste asiático, la periódica reactivación de crisis en la península coreana, decisiones japonesas o filipinas a propósito de disputas marítimas, son la expresión de la política norteamericana de contención a China, sin olvidar que también utiliza las cartas del particularismo nacionalista en Tíbet, Xinjiang, o incluso en Mongolia interior. Washington sigue contando con sólidos aliados en Asia: Japón, Corea del Sur, Filipinas y Thailandia, y pretende reforzar sus acuerdos con Indonesia, India y Malaisia, tentando incluso a Vietnam. Mientras China pretende abrir canales diplomáticos de negociación de las disputas asiáticas, Estados Unidos estimula enfrentamientos y pretende, además, estar presente en las negociaciones bilaterales entre países. La reclamación china de las islas Diaoyu (Senkaku, para Japón), ocupadas por Estados Unidos al final de la Segunda Guerra Mundial, y traspasadas a Tokio en 1972, ha dado lugar a nuevos enfrentamientos, potencialmente peligrosos. Pekín exige que los aviones que atraviesen el espacio aéreo de las islas se identifiquen, lo que ha llevado al secretario de Defensa norteamericano, Chuck Hagel, a dar garantías al gobierno japonés de que Washington protegerá militarmente la soberanía nipona sobre las islas, y a dar instrucciones para que sus aviones de guerra patrullen la zona e ignoren el espacio aéreo chino sobre las islas. Portavoces del gobierno norteamericano mostraron su preocupación por el proceder chino que, según Washington, “inquieta a sus vecinos”.

Un nuevo marco de relaciones internacionales está entre los objetivos de la diplomacia china y rusa, que contemplan también la aportación de la India. Con ocasión de la duodécima reunión de los ministros de exteriores chino, ruso e indio, en Nueva Delhi, Wang Yi, ministro de Asuntos Exteriores chino, proponía a finales de 2013 que China, Rusia y la India impulsaran su cooperación para alcanzar la condición de aliados estratégicos, coordinándose ante las crisis y disputas internacionales más relevantes (con especial atención a Siria, Irán, Afganistán y la península de Corea), con el objetivo de democratizar las relaciones internacionales y avanzar hacia un mundo multipolar. El ministro chino no olvidó reseñar la importancia de la cooperación para desarrollar la propuesta de la nueva ruta de la seda, con las posibilidades económicas que puede abrir. China ha propuesto también desarrollar un “corredor económico” que una Bangla Desh, India, Birmania y China, con especial atención a los transportes ferroviarios y la construcción de plantas energéticas.

China no apuesta por sustituir a Estados Unidos en una posición hegemónica en el mundo, pero trabaja por desarrollar un nuevo orden mundial, que supere la etapa de predominio norteamericano, fuente de muchos de los problemas actuales. Tampoco quiere verse arrastrada a enfrentamientos militares, aunque no deja por ello de definir las líneas rojas que Estados Unidos no debe traspasar. El viejo mundo vigilado por el gendarme americano está llegando a su fin, y las estructuras políticas internacionales crujen. La ampliación del viejo G-7 y su conversión en el G-8 no han resuelto la práctica inoperancia de este grupo que, hace un cuarto de siglo, pretendía ser un gobierno mundial de facto, dirigido por Estados Unidos. De hecho, el nuevo G-20 es el reconocimiento del fracaso y de la inutilidad práctica del G-7, rasgo que, unido al reforzamiento de la OCS, eje de la política exterior china, y a la aparición de plataformas informales como los encuentros de los BRICS, anuncian ya el nuevo mundo multipolar. Ante ello, no es ninguna casualidad que Susan Rice, asesora para la Seguridad Nacional del gobierno de Obama, insistiese, a finales de 2013, en que Asia era “el principal foco de atención” de su país, asegurando que el sesenta por ciento de su flota estaría centrado en el Pacífico en un plazo de cinco o seis años. Corea del Norte, Japón, Filipinas y el Mar de la China meridional serán escenarios de nuevas disputas.

Estados Unidos todavía no ha renunciado a mantener la supremacía global, y sigue utilizando para ello su capacidad diplomática, su influencia en los organismos internacionales, su peso económico y su impresionante fuerza militar. Continúa siendo la mayor potencia militar del planeta, pero esa circunstancia no le permite, paradójicamente, ganar las guerras modernas ni aumentar su influencia estratégica. Incluso le ha creado problemas entre sus aliados: sus relaciones con Arabia, Israel, Egipto o Pakistán, no pasan por sus mejores momentos, y es obvio que las negociaciones abiertas con Irán son el reconocimiento implícito de los límites de su política exterior. Las guerras se libran como en el pasado, pero también con drones, operaciones secretas, comandos para raptar personas, con el pupilaje de grupos terroristas, la financiación de grupos políticos, con el espionaje planetario de la NSA, como ha puesto de manifiesto el caso Snowden: Estados Unidos se ha adjudicado la condición de modelo a seguir, de democracia ejemplar, que tiene derecho a juzgar al resto de los países, a exigir cambios y decisiones, e incluso a imponer su opinión por la fuerza. Así, es Washington quién decide el grado de democracia de cada país, la justicia de una decisión y la bondad de cualquier política. Quienes se oponen a su visión y a su estrategia, son calificados de tiranías.

1.Mientras Europa no consigue salir de la crisis para emerger como un protagonista internacional, el nuevo orden mundial que llega estará organizado, con toda probabilidad, alrededor de tres grandes potencias, China, Estados Unidos y Rusia, y una segunda corona de países que, con estatus de potencias regionales, tendrán también protagonismo internacional: India, Brasil, Unión Europea (o, en su defecto, Alemania), y Japón. Estados Unidos se resiste a aceptarlo; sin embargo, la realidad se impone, y las guerras modernas de las que hablaba el general Wesley K. Clark no han traído el fortalecimiento del poder del cowboy pendenciero que siempre ha sido Washington, y otros frentes han aparecido, hasta el punto de que el veterano Henry Kissinger, viejo criminal de guerra y atento lector del mundo que viene, se revela consciente de la disminución del poder norteamericano, y mantiene que el nuevo orden internacional girará en torno a Estados Unidos, China y Rusia: sabe que Washington debe compartir la aurora de un tiempo nuevo.

7 mar 2014

Ucrania: entre mafias y expansionismo militar



Ucrania: entre mafias y expansionismo militar

MÉXICO (Uypress/Other News -Alejandro Nadal La Jornada, México)

La crisis en Ucrania puede desembocar en una lucha armada de terribles consecuencias.
Aun si no estalla una guerra, el conflicto en Ucrania y Crimea marcará las relaciones internacionales y las percepciones europeas, estadunidenses y rusas durante los próximos lustros de manera decisiva.

Las raíces de esta crisis constituyen una madeja compleja y por eso hay que desconfiar de las narrativas simplificadoras (provenientes de Moscú o Washington). Entre las causas que llevan al conflicto actual se encuentra la expansión del militarismo estadunidense que nunca abandonó sus obsesiones de la guerra fría. También se encuentra la voracidad del capital financiero que busca consolidar el neoliberalismo en Ucrania.

Las mafias en el poder en Rusia y en Kiev son el complemento perfecto para detonar el conflicto. Para el pueblo ucranio las opciones han sido permanecer bajo el dominio de mafias que simpatizan con Moscú, o entregarse a mafias inclinadas al acercamiento con la Unión Europea y Washington. El telón de fondo de este coctel explosivo es la larga historia de nacionalismos y movimientos separatistas.

Sin duda para muchos lectores hablar de "expansión del militarismo estadunidense" suena exagerado. Pero hay que considerar los siguientes elementos. En 1949 se creó la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Su misión era clara: contrarrestar las fuerzas que la Unión Soviética tenía estacionadas en su territorio y en los países de Europa del este. La URSS replicó creando su propio bloque, con el Tratado de Varsovia.

La OTAN parecía haber perdido su razón de ser al derrumbarse la URSS. Los arsenales nucleares de Estados Unidos y Rusia fueron objeto de varios tratados de reducción de armas estratégicas y en términos generales se generó una atmósfera de cierta distensión. Pero las corrientes más conservadoras en Estados Unidos no resistieron la tentación de aprovechar el momento para buscar la expansión de la OTAN y desplazar la línea divisoria de la antigua guerra fría hasta la frontera con Rusia.

La OTAN no sólo no desapareció, sino que cultivó sus ambiciones estratégicas en lo que había sido el espacio soviético durante la guerra fría. Esa expansión se inició con Clinton y prosiguió con Bush. Para algunos analistas esto se acompaña de los sueños del Pentágono de ver un día a la flota estadunidense fondear en Sebastopol y Balaclava, los principales puertos de Crimea. Pero lo que es sueño para el Pentágono es una pesadilla para el nacionalismo ruso.

En 1999 Polonia, Hungría y la República checa ingresaron a la OTAN, en medio de un feroz debate y la oposición de Rusia. En 2004 tocó el turno a las repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania), además de Eslovenia, Bulgaria y Rumania. Muy pocos analistas se detuvieron a pensar cómo interpretaría Rusia este proceso.

George F. Kennan, probablemente el más agudo y más experimentado artífice de la política exterior estadunidense, advirtió en 1997 que la expansión de la OTAN constituía "el error más grave y ominoso de Estados Unidos en la historia de la posguerra". Para Kennan este acto "inflamaría el militarismo ruso, ahogaría la democracia y, en general, porque impulsaría a la política exterior rusa hacia objetivos que no serían de nuestro agrado".

Nadie lo escuchó, y en 2008 George W. Bush propuso planes para que Georgia y Ucrania se convirtieran en miembros de la OTAN. Por eso el comunicado del encuentro de la OTAN en abril de ese año señala que "Georgia y Ucrania serán miembros de la OTAN", aunque sin especificar la fecha. El conflicto entre Rusia y Georgia de 2008 alertó a los europeos sobre el riesgo de seguir por esta vía y eso frenó los planes de otorgar a Ucrania un "plan de membresía", el primer paso para acceder a la OTAN. La lectura rusa de todo este proceso fue inmediata: Washington y sus aliados no habían abandonado sus prioridades de la guerra fría y su estrategia seguía siendo rodear Rusia por todos sus flancos.

Después del colapso de la URSS, Ucrania se convirtió en el tercer estado en cantidad de armas nucleares (después de Estados Unidos y Rusia). Pero en 1996 todo su armamento nuclear había sido entregado a Rusia y Ucrania se convirtió en un estado libre de armas nucleares. A pesar de que el ejército ucranio no podría detener una ofensiva rusa, tampoco estamos en presencia de una fuerza despreciable y cualquier conflicto armado tendría consecuencias desastrosas. La economía mundial, y en especial la europea, no están para afrontar el castigo de un espectacular repunte del precio de petróleo, desplome de los mercados de valores y volatilidad sin paralelo en las principales divisas.

Para lograr una mayor integración económica con Ucrania, la Unión Europea buscó negociar un pacto que daría a Kiev un estatus privilegiado en lo comercial y financiero. Bruselas ofreció además un trato especial en materia de visas y otros incentivos, pero sin otorgar la membresía. El verdadero objetivo de la UE es reducir la influencia rusa, en especial después de la iniciativa de Putin en Siria (que enfrió los planes más intervencionistas de Estados Unidos) y el otorgamiento de asilo a Snowden (hecho que Washington no perdona).

El paquete ofrecido por la UE incluía las típicas medidas de austeridad que pusieron de rodillas a Grecia y tanto daño han causado en Europa. Pero lo más importante es que el tratado con la UE incluía cláusulas de contenido militar que obligarían a Ucrania a seguir lineamientos estratégicos de la OTAN. Para Moscú esto era el colmo y por ello intensificó la presión sobre el corrupto presidente ucranio Yanukovich. El 9 de noviembre pasado Putin se reunió en secreto con su homólogo ucranio para firmar un tratado alternativo entre Kiev y Moscú. En la recta final, además de acceso al mercado ruso Putin ofreció condonar parte importante de la deuda ucrania y varios miles de millones de euros en créditos.

El anuncio generó una oleada de protestas que terminó por derrocar a Yanukovich. Moscú sintió que perdía la oportunidad de frenar las pretensiones de expansión de los estadunidenses y europeos. La intervención en Crimea es una respuesta, arbitraria, peligrosa y rebosante de ilegalidad. Desgraciadamente ninguna de las potencias que hoy pretenden dar lecciones de civilidad a Moscú tiene las manos limpias. La hipocresía de Washington es grande, pero no alcanza a ocultar su desprecio por el derecho internacional. Los ejemplos de la invasión de Irak y Afganistán (antes de que el Consejo de Seguridad autorizara una intervención) todavía están frescos en la memoria.

Queda poco tiempo para desactivar la crisis. Si no se aprovecha se tomará el sendero que conduce al conflicto armado. Moscú podría retirar sus tropas de Crimea a cambio de regresar al status quo ex ante (leyes de extranjería y del idioma ruso). Pero el tono belicoso y la amenaza de sanciones provenientes de Washington y Bruselas no van a calmar los ánimos. 05.03.14

Apple acusado de gigante evasión fiscal; Google, Apple, Starbucks y Amazon, en la mira

AUSTRALIA

Escrito por: Martin PARRY

Apple acusado de gigante evasión fiscal; Google, Apple, Starbucks y Amazon, en la mira

El gigante estadounidense Apple transfirió a Irlanda miles de millones de dólares en beneficios realizados en Australia para eludir impuestos en este país, revela el jueves el principal diario económico australiano, en momentos en que el G20 quiere poner fin a estas prácticas.

Multinacionales como Google, Apple, Starbucks o Amazon están en la mira de varios gobiernos occidentales

El muy respetado Australian Financial Review (AFR) obtuvo los balances financieros de diez años de Apple Sales International, una división de Apple que, según el diario, está en el corazón de un sistema de optimización fiscal implementado por el grupo informático.

Unos 8.900 millones de dólares australianos (5.850 millones de euros, 7.800 millones de dólares estadounidenses) en beneficios antes de impuestos realizados durante 10 años en Australia fueron transferidos a una estructura en Irlanda, donde las tasas sólo representan 0,7% del volumen de negocios, según el diario.

En 2013, Apple declaró un beneficio bruto de 88,5 millones de dólares australianos (AUD) en Australia, tras haber transferido a Irlanda, vía Singapur, unos 2.000 millones AUD de volumen de negocios, añade AFR.

Apple no quiso responder a las preguntas de la AFP.

Australia está dispuesta a recuperar los impuestos que las empresas evitan pagar en su territorio, reaccionó el Secretario de Estado de Finanzas, Mathias Cormann.

“Las empresas que operan en todo el mundo no pagan necesariamente el importe justo de impuestos allá donde obtuvieron beneficios”, aseguró Cormann, aunque sin nombrar a un grupo en particular.

Google, Apple, Starbucks o Amazon, en la mira

Multinacionales como Google, Apple, Starbucks o Amazon están en la mira de varios gobiernos occidentales, sobre todo en Europa, acusadas de evadir impuestos mediante mecanismos sofisticados de optimización fiscal que son legales.

En 2013, los dirigentes de las grandes potencias del G8 prometieron la creación de un “modelo común” para que las multinacionales comuniquen a las autoridades fiscales de cada país los impuestos que pagan y dónde lo hacen.

Los dirigentes del G8 instaron a los Estados a modificar las reglamentaciones que permiten a esas empresas la transferencia “artificial” de sus beneficios de un país al otro para evadir impuestos.

En Francia por ejemplo, gracias a una serie de montajes financieros perfectamente legales, el gigante de internet Google paga sólo una pequeña proporción de impuestos.

La práctica totalidad de sus ingresos, declarados en Irlanda tras transitar por Holanda, es transferida luego al paraíso fiscal de Bermudas, donde está instalada la filial Google Ireland Holdings. Irlanda practica una tasa impositiva muy baja a las sociedades, del 12,5%.

Acusaciones “creíbles”
La organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) examina actualmente esta cuestión fiscal a solicitud de los ministros de Finanzas del G20, a través de su proyecto BEPS (Base Erosion and Profit Shifting, es decir, “Erosión de la base fiscal y desplazamiento de beneficios”).

La OCDE presentará su informe durante una reunión del G20 en Cairns (Australia) en septiembre.

Las reformas contempladas tienen como objetivo evitar que las multinacionales padezcan una doble imposición, pero también obligarlas a pagar lo justo.

Respecto a las acusaciones del diario australiano contra Apple, Antony Ting, profesor de fiscalidad en la escuela de comercio de la universidad de Sídney, califica de “creíbles” las cifras reveladas por el rotativo.

“Apple ha eludido pagar impuestos sobre beneficios de un total 44.000 millones de dólares estadounidenses (EUR 32.000 millones) estos cuatro últimos años en varios países”, asegura, basándose en un informe que aparecerá en abril en la British Tax Review.

Según él, otras empresas hacen lo mismo. “Las estructuras son perfectamente legales. Ése es el problema. Los gobiernos deberían hacer más para poner fin a estas fallas”, concluye Ting. AFP