6 abr 2026

VIDAS QUE IMPORTAN

Enrico Calamai: “Los migrantes que mueren de a miles son los nuevos desaparecidos”
El excónsul italiano que salvó a cientos de personas en la última dictadura


Por Karina Micheletto

05 de abril de 2026 



Enrico Calamai en la Facultad de Sociales de la UBA. Foto Leandro Teysseire ( Leandro Teysseire)


Rechaza el mote de “Schindler argentino” y el lugar de héroe individual. En su visita recibió decenas de reconocimientos y el premio mayor: el abrazo de sobrevivientes que le deben la vida.
“Tan solo hice lo que había que hacer”, repite Enrico Calamai. A lo largo de los encuentros, reconocimientos y abrazos que recibirá en esta visita a Buenos Aires, todo a su alrededor desmentirá su enfática afirmación. Al menos la parte de “tan solo”. Y es que su rol como cónsul italiano en la última dictadura -e incluso antes en Chile como vicecónsul, tras el golpe a Allende- fue decisivo, audaz y creativo para salvar cientos de vidas, de militantes y perseguidos políticos en grave peligro, hombres, mujeres y niños, incluso algunos de origen no italiano, a los que logró sacar del país encontrando diversas vías.

Durante su estadía en Argentina, Calamai no solo se emocionó profundamente al participar como invitado especial de la marcha del 24 de marzo y de su escenario. También recibió distintos reconocimientos como el “Sara Solarz de Otasinsky”, entregado por el Colectivo de Sobrevivientes Testimoniantes de la Esma, por su “ejemplo de coraje y solidaridad“.


Y, sobre todo, el abrazo de Madres y Abuelas y de sobrevivientes como el fotógrafo Julián Athos, que tenía 2 años cuando llegó con su mamá a “la pensión Claudia”, también llamada “la pensión de Calamai en Roma”. Y que sintentizan sin dudar, con palabras cargadas de cariño y admiración: “Enrico me salvó la vida”; “Enrico salvó a toda mi familia”.


Risas compartidas con Taty Almeida. Foto: Guido Piotrowski (Guido Piotrkowski)También leer: “Calamai nos salvó la vida”

Lo impresionante de los relatos de aquellos a quienes ayudó es que el rol de Calamai no se agotaba en la confección de los documentos y pasaportes que habilitaban la salida del país, ni en alojar alojar clandestinamente a tantas personas dentro del propio Consulado durante semanas, o meses.

Junto a colaboradores como el representante de los sindicatos italianos, Filippo Di Benedetto, y con una red que se extendía por países limítrofes e Italia, armó un circuito semiclandestino que incluía estrategias diversas, y que lograba subir a barcos o aviones a personas perseguidas y amenzadas. El mismo los acompañaba hasta el puerto o las escotillas, o los trasladaba en autos diplomáticos, e incluso intercedía por ellos en las cárceles.


Enrico Calamai En la marcha, con la imagen de Laura Bonaparte. Foto: Julián Athos. (Gentileza -)

Le costó literalmente la carrera diplomática: tras rescatar a un número no identificado de personas -se habla de entre 300 y 500- se hizo evidente la cinematográfica tarea a la que se había encomendado. Y el Estado Italiano lo retiró del cargo. Luego fue enviado a destinos “exóticos” y menos “problemáticos”, de Asia y Africa.

De visita junto a su hija Sadna, Calamai intenta -sin éxito- minimizar su rol en aquellos años de plomo en diálogo con Página/12. Despliega su profunda formación humanista y denuncia el migranticidio en lo que ubica como “un exterminio de masas contemporáneo”: “Los nuevos desaparecidos”.


Calamai Enrico Calamai. Foto Leandro Teysseire ( Leandro Teysseire)

-¿Cómo está viviendo esta Argentina de contrastes, entre una marcha como la del 24 de marzo y Milei yendo por más?

-Yo de Milei no puedo decir mucho, en el sentido de que, electoralmente, no puedo comprender la racionalidad de un voto de este tipo. Puedo definirlo en la forma de neofascismo, como lo que tenemos en Italia, pero no tengo instrumentos para analizarlo.

Lo que sí puedo decir es que vi esa poderosa maravilla de la marcha del 24, esa fuerza volcánica, telúrica realmente, en la que se expresaban rabias, dolor, amor. El amor hacia las Madres, ¡en una sociedad patriarcal, idolatrar a la madre! Es como una una fuerza prehistórica, pero que está ahí, en lo profundo. Una cosa maravillosa, como que da escalofrío.

-En esta visita a Argentina se abrazó con sobrevivientes a los que salvó. ¿Cómo fueron esos reencuentros?

-Me emocionaron mucho, y mucho más que otros encuentros anteriores. Y es que a los 80 tienes todo en carne viva. Es como si uno estuviera más vulnerable, me he dado cuenta de eso.

-Sé que no le gusta que lo llamen “el Schindler argentino”...

-¡Nooo! Primero, porque es un poco demasiado. Y luego porque yo no era un hombre de negocios. Yo era un funcionario de un Estado democrático, con una constitución democrática, que sabía lo que había pasado en los juicios de Nüremberg después de la Segunda Guerra Mundial, y que sabía que si tus superiores te exigen que cumplas con deberes en contraste con las normas de derecho internacional, como son las de protección de derechos humanos, no tienes por qué hacerlo, es responsabilidad tuya si lo aceptas.

-Pero podría no haberlo hecho. Y eligió hacerlo.

-Sí, elegí porque era mi deber. Era mi deber moral, antes que nada, y también ontológico. Yo estaba pagado, tenía un sueldo para proteger a mis ciudadanos. Era un tío joven que veía lo terrible que ocurría, y que tenía instrumentos para hacer algo. Y así fue: hice lo que había que hacer.

-Aún asumiendo un riesgo.

-Sí, sí, eso no lo puedo negar, pero no era lo importante. Lo importante era dar una mano. Quizás mirándolo desde hoy, se le da otra dimensión, pero si tú lo estabas viviendo, era lo normal. Hice lo que había que hacer.

-En una de las charlas habló de los inmigrantes como el chivo expiatorio actual, y los comparó tanto con las víctimas de la dictadura argentina como con las del nazismo. ¿Por qué?

-Es evidente que el occidente avanzado, sobre todo Estados Unidos y Europa, está en crisis profunda, una crisis que es económica, social, política, cultural, una crisis global, generalizada, no diferente de lo que ocurría en Europa al terminar la primera guerra mundial. Cuando aparecieron partidos políticos que supieron atraer a las masas apuntando el dedo contra un responsable, que no era la sociedad en sí, sino un sujeto colectivo que culturalmente aparecía distinto, una minoría en contraste con la mayoría silenciosa que sufría la terrible situación económica y social de entonces, y que podía magnetizar los sentimientos de agresividad que esa situación provocaba, ofreciendo una solución fácil: no producir más sin encontrar al culpable. Entonces creo que construir al enemigo interior, el que está entre nosotros, es la misma exacta respuesta.

En Italia tenemos un gobierno neofascista, que de la “lucha contra la inmigración” ha hecho uno de sus elementos fundamentales. ¿Qué quiere decir “luchar contra la inmigración” Pues, sencillamente, hacer morir cuanta más gente posible. Hacer desaparecer a cuanta más gente posible.

-Es muy fuerte que esa sea la figura que los define: desaparecidos. No aparecen nombrados de ese modo en la escena pública.

-Mira, yo formo parte de una asociación que se llama justamente “Nuevos Desaparecidos”, porque consideramos que la estrategia es la misma. Es externalizar las fronteras, llevarlas cada vez más al sur: Libia, Gabón, Níger... el nada mediático. Que se mueran donde nadie los ve. Porque la gente tiene que seguir viviendo tranquilamente y no asumir que esto es un tema, como pasaba aquí en aquellos años. Todos esos migrantes que mueren de a miles y todos los días son los nuevos desaparecidos, son los subversivos de los 70.

-Dijo también que los políticos europeos creen que nunca van a ser juzgados, que actúan con la misma impunidad de los militares genocidas argentinos, seguros de que no pagarán por sus actos. ¿Cree que tienen razón?

-Temo que sí. Hoy sería imposible, y ya sabemos que Naciones Unidas y la Corte Penal Internacional están bajo ataque, de Trump, de Rubio, del gobierno israelí. Están aterrados porque los amenzan, los sancionan, los borran de la vida civil y les destruyen sus carreras. O sea, los criminales persiguen a los jueces.

-Escribió Diario de un cónsul italiano. ¿Cómo continuaría hoy ese diario?

-Diría que el Nunca Más no se completó jamás. Jamás. Fue una expresión de optimismo. Porque seguimos desapareciendo. Hoy sufrimos, no un genocidio porque técnicamente no cabe esa definición (no es un único pueblo, ni una etnia ni una religión en común la que se busca eliminar), pero sí algo terrible y análogo: un migranticidio. Medio siglo atrás el poder descubrió, con los diabólicos militares argentinos, la comodidad de poder desaparecer a la gente.

Desde el tiempo de Antígona que el poder mata, pero devuelve los cadáveres. Hoy ya no se hace, ya no es necesario. Y es muy cómodo para el poder desaparecer a la gente sin que se vea nada, sin que se represente nada, sin que se sepa, sin que siquiera se pregunte: simplemente, las personas desaparecen. Seguimos en el mismo lugar.

-Vera Jarach decía: el Nunca Más es hoy. ¿No cree posible esa lucha como intento vital?

-Sí, hay gente que se opone, pero las desapariciones siguen ocurriendo. Tal vez sea un impulso vital, que en cada generación haya una Antígona, un contraste entre el poder y el individuo: una estructura universal. Hay que luchar en cada generación. Sabiendo que aquello contra lo que se lucha, se volverá a reproducir. Pero sabiendo que hay que luchar.


Enrico Calamai Uno de los premios recibidos. (Guido Piotrkowski)
Palabras de Enrico Calamai al recibir el premio “Sara Solarz de Otasinski” en la ex Esma

“Siento con gran emoción y con un gran honor este reconocimiento. Pero, más que nada, lo que siento es que en esta reunión, en este lugar, viven emociones, reviven emociones pasadas, viven ecos, muy fuertes.

Lo que pensamos fue muerto, sigue viviendo de alguna forma hoy y seguirá viviendo entre nosotros. La memoria es muy importante, especialmente en una época trágica como la que estamos volviendo a vivir.

Basta ver lo que está ocurriendo en Estados Unidos, esas bestias con la mascarilla que persiguen los migrantes no pueden no recordarnos a los que persiguían aquí por la calle, a la gente, a los estudiantes, a los jóvenes. Es como si volviéramos a vivir a nivel mundial lo trágico, lo dramático, lo espantoso que ocurrió. Que fue hecho, porque no ‘ocurrió’, fue deliberadamente hecho por los militares en Argentina. Entonces, yo creo que no podemos no utilizar la memoria sin intentar interpretar el mundo, el horror del genocidio en Gaza, el horror de lo que hicieron con un jefe de Estado democráticamente elegido en Venezuela.

El horror que están planificando y actuando con una guerra sin otra finalidad que el interés por el petróleo. Y una guerra que se actúa de manera distinta a las anteriores. Se actúa apuntando a los civiles, lo cual está prohibido, es crimen contra el derecho humanitario, el derecho de guerra.

Pero si se bombardea una escuela y se matan a 170 niños, habrá 170 parejas aterradas y el terror se esparcerá por el país. Eso es lo que quieren, aterrar. Y el terror lo hemos vivido también aquí. Hemos aprendido a sobrevivir con el terror.

Es de una dureza extrema mirar esta realidad. La memoria de lo que ocurrió aquí, en estos edificios que nos rodean, tiene que llevarnos a comprender la atrocidad de lo que está ocurriendo en el mundo hoy. Y tiene que ayudarnos a buscar alguna forma de resistencia. Como la que supieron encontrar y actuar las Madres, a nivel mundial. Una resistencia pacífica y no violenta. Tan vital como aquella que nació en Argentina.

Me voy a permitir haceros una una confesión que nunca, he hecho, ni a mí mismo, y que aquí, entre tanta emoción, estoy pensando. Yo me morí al irme de Buenos Aires. Yo sobreviví, pero muerto, por lo que había visto.

Conseguí organizarme e ir para adelante, pero también me considero un sobreviviente, de algo tremendo.

Muchas gracias".