3 abr 2026

AMBICIONES IMPERIALES Y REALIDAD

La OTAN: apenas un “tigre de papel”

Por Daniel Kersffeld

02 de abril de 2026 - 0:01



(EFE -)


La impopular guerra que Estados Unidos e Israel llevan adelante contra Irán, justo desde hace un mes, estaría por sumar a una víctima impensada, apenas, un “tigre de papel”, retomando la expresión popularizada por Mao Tsé Tung y que por estas horas ha retomado Donald Trump. La alianza militar más poderosa de la historia está crujiendo bajo la realidad de una potencia dispuesta a doblegar a uno de sus tradicionales oponentes en Medio Oriente, en un conflicto bélico que no encuentra solución a la vista y que, al mismo tiempo, los gobiernos europeos buscan presentar como demasiado alejado de sus prioridades políticas y de sus principales necesidades.

Si bien las declaraciones de Trump sobre una posible retirada de la OTAN se remontan a años atrás, los comentarios al periódico británico The Telegraph, publicados el 1 de abril, fueron los más claros y despectivos hasta la fecha. Nadie duda de que una eventual salida de Estados Unidos supondría, en esencia, el fin de la OTAN, que prosperó durante décadas, justamente, bajo el liderazgo político y el apoyo financiero de Washington.

Ahora, ante el acelerado aumento de los precios del petróleo y frente al agotamiento de sus recursos armamentistas, Trump ha buscado la manera de involucrar activamente a los gobiernos europeos para que lo acompañen en esta nueva cruzada en pleno siglo XXI. Ha planteado la validez del célebre artículo 5° del estatuto que establece que, si un miembro de la Alianza es atacado, el resto debe defenderlo. Sus socios, en cambio, apelan a la idea opuesta al afirmar que la OTAN fue creada solo con fines defensivos: no sería el caso de Estados Unidos ante Irán.

En el mejor de los casos, sus contrapartes se han mostrado cautelosos y dubitativos frente a una iniciativa para la que no fueron consultados ni tampoco invitados a participar. Sólo en estas últimas semanas la demanda de Trump adquirió un peso cada vez más decisivo, frente a las dificultades evidentes para derrotar al potencial bélico de Irán, en una historia de subestimación y menosprecio del enemigo que, por lo visto, se ha transformado en recurrente en la historia militar estadounidense desde mediados del siglo pasado.

La soledad de Estados Unidos frente a sus otrora aliados hoy constituye un factor indiscutible, tal vez, también irreversible. Mientras tanto, la impopularidad creciente de la guerra busca ser capitalizada políticamente por gobiernos de todo el espectro político, incluso, por aquellos que ideológicamente son cercanos al trumpismo.


En un inicio, fue el socialista Pedro Sánchez quien decidió mostrarse como el crítico más duro a Trump. De ahí la prohibición del acceso al espacio aéreo español a los aviones estadounidenses involucrados en la guerra, y la imposibilidad de utilizar sus bases militares para ningún otro fin que no fuera la ayuda humanitaria. Similares medidas tomaron el gobierno de centro derecha conducido por Emmanuel Macron en Francia e, incluso, por la neofascista Giorgia Meloni, en Italia. 

Polonia también rechazó una solicitud informal para redesplegar los sistemas de defensa aérea Patriot en el Golfo Pérsico. Mientras que el laborista Keir Starmer pretendió honrar la histórica alianza entre Washington y Londres ofreciendo un portaaviones, que fue rechazado por Trump por considerarla como una participación militar pobre y tardía.

Hasta el presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, quien ocupa un cargo principalmente protocolar, se ha manifestado en contra de la agresión contra Irán, al afirmar que se trata de “un error peligroso” que viola el derecho internacional.

Las respuestas de Trump frente a los gobiernos europeos de la OTAN fueron contundentes: si antes los calificó como “cobardes”, recientemente les señaló que ellos mismos podían ir a buscar su propio petróleo en el estrecho de Ormuz, ahora bajo control militar de Irán.

Lejos de la coyuntura actual, los políticos europeos con más recorrido todavía recuerdan cómo, en plena guerra del Golfo, entre 1990 y 1991, el gobierno de George H. W. Bush fue capaz de conformar en un corto plazo una alianza de más de cuarenta países para liberar a Kuwait de la invasión iraquí comandada por Saddam Hussein y, de paso, para establecer una estratégica presencia estadounidense en pleno Golfo Pérsico.

Los tiempos son distintos. Hace treinta y cinco años, la Unión Soviética se encontraba en plena extinción y la avanzada de Irak sobre su país vecino se presentaba como una oportunidad ideal para que una coalición occidental, con participación activa de Estados Unidos, Reino Unido y Francia, recuperara posiciones en Medio Oriente e interviniera directamente en el mercado internacional de explotación y distribución de petróleo.

Ahora la situación es otra. Con todos los problemas económicos que sufre desde hace años y aun en medio de las protestas masivas en contra del régimen de los ayatolas, Irán no es Irak. Además, se asume que la intervención armada de Estados Unidos e Israel responde, en principio, a necesidades específicas de sus gobiernos, ya sea por factores económicos y de control energético o bien por seguridad territorial y por búsqueda de legitimidad frente al acoso judicial y a la acelerada pérdida de popularidad.

Esta crisis pone de manifiesto que, al menos desde la llegada de Trump al gobierno, hace ya más de un año, la OTAN se encuentra en una bifurcación en su direccionalidad política.

Washington aboga por fortalecer sus propias capacidades económicas y militares, llegando al extremo de pretender avanzar sobre los reclamos soberanos de otra nación coaligada dentro de la misma Alianza Atlántica, como es el caso de las exigencias en torno a la ocupación de Groenlandia, territorio insular perteneciente a Dinamarca. Las expresiones del presidente en el último foro de Davos, en enero, no dejaron dudas sobre su creciente animadversión en torno a la Alianza.

Dentro de esta misma dinámica, Estados Unidos tomó el poder en Venezuela y busca controlar ahora el mercado de recursos estratégicos existente en el subsuelo iraní, tanto para aprovechamiento propio como para impedir el normal abastecimiento de China, su principal antagonista en términos comerciales.

En cambio, Bruselas optó desde un principio por sostener al cada vez más debilitado régimen de Volodímir Zelenski en Ucrania frente al fantasma de una avanzada militar por parte de Moscú, un relato que, en la actualidad, solo es publicitado por el establishment político, en parte, como justificación para el sostenimiento de un amplio circuito de distribución de armamentos con dirección a Kiev, indispensable para alimentar a las alicaídas economías de las naciones europeas.

Por otro lado, nuevas obras de infraestructura, incentivos financieros y préstamos bancarios también forman parte del horizonte europeo para la reconstrucción de Ucrania, por lo que los gobiernos europeos prefieren alentar con recursos militares una guerra que, sin embargo, les ha generado enormes dificultades económicas, por ejemplo, frente a la dependencia del petróleo y, principalmente, del gas proveniente de Rusia.

Con todo, las advertencias y amenazas proferidas desde la Casa Blanca, en principio, estarían dando resultado, ya que los miembros de la OTAN y otros gobiernos con relaciones estratégicas con Occidente se han comprometido a garantizar la seguridad de la navegación en el estrecho de Ormuz una vez que la guerra haya terminado.

Nadie busca generarle mayores pesares a Trump: por el contrario, buena parte de las relaciones exteriores de los gobiernos europeos hoy apunta a complacer y a evitar mayores desavenencias con Estados Unidos mediante acuerdos y soluciones pautadas en medio de crecientes resquemores y de una irrefrenable desconfianza. Todos ganan. Sobre todo, la Casa Blanca