El avance del Estado Islámico (EI o Daesh, en árabe) desde el este del país, la lucha fratricida entre cientos de milicias armadas que responden a tribus, grupos islamistas radicales y sectores políticos, y la imposibilidad de encaminar un gobierno de unidad que alcance un acuerdo de paz marcan el derrotero de Libia, el país que, hasta no hace mucho tiempo, fue un ejemplo de desarrollo para África.
LEANDRO ALBANI
El Estado Islámico avanza sobre Libia mientras el actual gobierno de unidad hace equilibrio en su propia fragilidad.
Todavía hoy, los estertores del derrocamiento de Muammar Al Gaddafi -y su posterior asesinato el 20 de octubre de 2011 en manos de mercenarios respaldados por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)- suenan con fuerza y repercuten en las muertes de civiles y en un profundo caos del cual las potencias, principalmente Estados Unidos, muestran su preocupación pero poco hacen para detener una sangría humana que parece no tener fin.