14 nov 2011

BOMBAS, PUENTES Y EMPLEO...

PAUL KRUGMAN
DESDE NUEVA YORK



Hace unos años, el representante Barney Frank acuñó una expresión acertada para muchos de sus compañeros: keynesianos armamentistas, definidos como aquellos que creen "que el Gobierno no crea puestos de trabajo cuando financia la construcción de puentes o investigaciones importantes o reconvierte a los trabajadores, pero cuando construye aviones que nunca van a usarse en un combate, eso es, por supuesto, la salvación económica". Ahora mismo, los keynesianos armamentistas se muestran enardecidos (lo que hace que éste sea un buen momento para ver lo que realmente está pasando en los debates sobre la política económica).



Lo que está haciendo saltar a los defensores de los grandes gastos militares es la proximidad del plazo tope para que el llamado súper comité acuerde un plan para la reducción del déficit. Si no se llega a ningún acuerdo, se supone que ese fracaso desencadenará recortes en el presupuesto de defensa.



Ante esta perspectiva, los republicanos -que normalmente insisten en que el Gobierno no puede crear empleo y que han defendido que la clave para la recuperación está en un gasto federal menor, no mayor- se han apresurado a oponerse a cualquier recorte en el gasto militar. ¿Por qué? Porque, según dicen, esos recortes destruirían empleo.



Por eso, el representante republicano por California Buck McKeon atacó en su día el plan de estímulo de Obama diciendo que "lo que California o este país necesita no es más gasto". Pero, hace dos semanas, McKeon -que ahora es el presidente del Comité de Servicios Armados de la Cámara- advertía en The Wall Street Journal que los recortes en Defensa que se prevé que se producirán si el súper comité no consigue llegar a un acuerdo, eliminarían puestos de trabajo y harían subir la tasa de paro.



¡Menuda hipocresía! ¿Pero qué hace que esta forma concreta de hipocresía sea tan imperecedera?



Empecemos por lo primero: el gasto militar sí crea empleo cuando la economía está deprimida. De hecho, muchas de las pruebas de que la economía keynesiana funciona provienen del seguimiento de los efectos de los rearmes del pasado. A algunos liberales no les gusta esta conclusión, pero la economía no es una cuestión de moralidad: el gasto en cosas que a uno no le gustan sigue siendo gasto, y más gasto crearía más empleo.



¿Pero por qué iba alguien a preferir gastar en destrucción que gastar en construcción, o fabricar armas que construir puentes?



El mismísimo John Maynard Keynes proponía una respuesta parcial hace 75 años, cuando se fijó en la curiosa "preferencia por formas completamente derrochadoras de gastar los préstamos en lugar de por formas parcialmente derrochadoras, las cuales, debido a que no son completamente derrochadoras, tienden a ser juzgadas según principios empresariales estrictos". Efectivamente. Gasten dinero en algún objetivo útil, como la promoción de las nuevas fuentes de energía, y la gente empezará a gritar: "¡Solyndra! ¡Despilfarro!". Gasten dinero en un sistema de armas que no necesitamos y esas voces se mantendrán calladas, porque nadie espera que los F-22 sean una buena propuesta de negocio.



Para abordar esta preferencia, Keynes propuso juguetonamente enterrar botellas llenas de dinero en minas abandonadas y dejar que el sector privado las desenterrase. En esa misma línea, yo insinuaba hace poco que una falsa amenaza de invasión alienígena que requiriese un enorme gasto antialienígena podría ser justo lo que necesitamos para volver a poner la economía en marcha.



Pero también hay motivos más siniestros tras el keynesianismo armamentista.



Por un lado, admitir que el gasto público en proyectos útiles puede crear empleo es admitir que dicho gasto puede, de hecho, ser bueno, que a veces el Gobierno es la solución, no el problema. El miedo a que los votantes puedan llegar a la misma conclusión es, diría yo, el principal motivo por el que la derecha siempre ha considerado la economía keynesiana una doctrina de izquierdas, cuando en realidad no lo es en absoluto. Sin embargo, el gasto en proyectos inútiles o, aún mejor, destructivos, no les plantea a los conservadores el mismo problema.



Aparte de eso, hay un argumento defendido hace mucho tiempo por el economista polaco Michael Kalecki: admitir que el Gobierno puede crear empleo equivale a empequeñecer la supuesta importancia de la confianza empresarial.



Los llamamientos a la confianza siempre han sido un punto de debate clave para quienes se oponen a los impuestos y la regulación; las quejas de Wall Street respecto al presidente Barack Obama forman parte de una larga tradición en la que los empresarios adinerados y sus relaciones públicas sostienen que cualquier indicio de populismo por parte de los políticos molestará a las personas como ellos y que esto es malo para la economía. Sin embargo, una vez que uno reconoce que el Gobierno puede intervenir directamente para crear empleo, esa queja pierde mucha de su fuerza persuasiva, de modo que la economía keynesiana debe rechazarse, excepto en aquellos casos en los que se utilice para defender contratos lucrativos.



Así que me alegro del repentino auge del keynesianismo armamentista, que está revelando la realidad que se oculta tras nuestros debates políticos. Básicamente, quienes se oponen a cualquier programa serio de creación de empleo saben perfectamente bien que dicho programa probablemente funcionaría, por la misma razón por la que los recortes en defensa harían subir el paro. Pero no quieren que los votantes sepan lo que ellos saben, porque eso perjudicaría sus planes más generales: mantener a raya la regulación y los impuestos de los ricos. THE NEW YORK TIMES

9 nov 2011

NUNCA ES TRISTE LA VERDAD...LO QUE NO TIENE ES REMDIO...

Lo dice la copla popular y este caso el dolor se acrecienta...
Uruguay como sabemos es considerado paraiso fiscal y nos
guste o no es una realidad insoslayable.Que sea un poco
menos o mas que otros estados no lo hace por ello ni mejor
ni peor, pero viendo el significado que adquiere esta condicion,
y la defensa corporativa que se hace del sistema financiero
uruguayo, debemos decir que es LA gran materia pendiente
que los gobiernos del Frente no han querido o podido modificar.
Este sistema laxo por el que se han ido miles y miles de recursos
de toda latinoamerica, de sus vergonzantes oligarquias ya sean
argentinas, brasileñas y ainda mais, nunca nos ha provocado
escozor , pues han quedado " para el pais" las migajas de la
triangulacion hacia otros destinos parecidos, donde la evasion
fiscal , la fuga de divisas y el dinero del narcotrafico, se dan
la mano para favorecer el desarrollo del primer mundo.
La increible proliferacion de sociedades "off shore" o sea
ficticias y para el unico fin de triangulacion, nos muestra el
grado de impunidad que han logrado y casi nulo control que
tiene la sociedad sobre un flujo de dinero que hace escala,
se acomoda, y sigue viaje " hacia destinos mas rentables".
Y el hecho casi logico de que alguna vez logremos tener DOCE
CONVENIOS de doble tributacion, que mas que controles
son via libre a no pagar impuestos aqui y alla , no modificara
en nada una ingenieria hecha y perfeccionada para evadir
contribuciones "ominosas" de estados que "despilfarran" en
gasto social...
Esta herencia, desarrollada en su mayor parte durante el apogeo
del neoliberalismo y cuyo unico fin sigue siendo proteger al
capital del aporte contributivo a la sociedad, ha contado con
una base de apoyo privado que no ha escatimado esfuerzos
en hacer ver como beneficiosa, toda desregulacion que de alguna
manera - a su criterio- coartara la libre empresa y el drenaje de
utilidades sin contrapartida de re-inversion , dejandole al estado
ademas de las deudas, los daños colterales si algo sale mal y a la
sociedad toda el costo social de los ajustes hipotecando el futuro.
Nada de esto hubiera podido llevarse a cabo, si aquellos que hoy
se espantan de la realidad, no hubieran apoyado canallescamente
toda medida que en ese sentido, fueron tomando desde muchos años
atras, la partidocracia blanquicolorada que en bien de cuidar sus
mezquinos intereses, no vacilaron en empobrecer y endeudar al
pais condicionando su desarrollo.
Y es claro que el pais por su caracteristica territorial se perfilara
como enfocado a los servicios- el financiero es uno de ellos- y
mirara a sus vecinos mayores con entusiasmo, sobre todo si buena
parte de la fuga de capitales pasa por aqui ,( algo queda en Punta)
y otros muchos mas aprovechan las "ventajas" del sistema para
triangular utilidades y desarrollar sociedades que encubren actividades
de toda indole por las que no se espanta nadie...
Por esto y porque de alguna manera sirve para haber empezado a
desandar el largo camino de pobreza y desigualdad, se le puede
dar al FRENTE la oportunidad de revertir esta situacion a fin de
poner al capital al servicio de la produccion, revertiendo esta
nefasta ecuacion de la cultura de renta y usura.
Porque ahora ya no quedan excusas , tampoco hay mucho margen
para barrer abajo de la alfombra y con poco , aprovechando la
imagen positiva que tiene hoy la sociedad para regular la actividad
financiera, se podria avanzar bastante en revertir la imagen.
Despues sera el turno de las zonas francas y los estimulos fiscales
a quienes decididamente no los necesitan...para hacer hay mucho.
Veremos si existe esa voluntad de terminar con los privilegios.
Todo lo demas, es folklore para los medios que desinforman.

18 oct 2011

SI LO DICE THE ECONOMIST....

Mayor carga fiscal sobre los ricos


En el mundo desarrollado tendrán que pagar más y hay maneras de lograrlo sin dañar el dinamismo de la economía

Las cornetas han sonado y los perros están ladrando. En todo el mundo desarrollado ha comenzado la caza de más impuestos a la riqueza. Los últimos presupuestos de austeridad de Francia e Italia han aplicado un 3% de sobretasa a quienes tengan ingresos que superen los 500.000 euros (U$S 680.000) y 300.000 euros respectivamente Los tories británicos están siendo atacados simplemente por considerar la posibilidad de dejar sin efecto la tasa máxima "temporaria", propuesta por los laboristas, del 50% del impuesto sobre la renta cuando los ingresos superen las 150.000 (U$S 235.000). Ahora Barack Obama ha propuesto un nuevo plan de reducción del déficit que directamente apunta a aumentar los aportes tributarios de los ricos, dentro del cual se incluye una "norma Buffett" destinada a garantizar que ningún hogar en el que ingresen más de US$ 1 millón anuales pague una tasa tributaria promedio inferior a la de las familias de "clase media" (Warren Buffett ha señalado que, a pesar de ser multimillonario, paga una tasa tributaria promedio inferior a la de su secretaria). Recurrir a los ricos para acabar con el déficit "no es lucha de clases", dice Obama. "Es matemáticas".

En realidad, no se trata simplemente de matemáticas (o en realidad matemática). La cuestión de si aumentarles los impuestos a los ricos o no radica en la concepción política de la dimensión que debe tener el Estado y el rol que debe desempeñar en la redistribución. La matemática dice que técnicamente podrían reducirse los déficits con sólo aplicar recortes en el gasto, tal como opina la oposición republicana. La expresión lucha de clases suele estar cargada de implicancias, pero pone en la palestra un debate pendiente y fundamental en las sociedades occidentales: ¿quiénes deben pagar los platos rotos de equilibrar las finanzas públicas?

LEVIATÁN. Por lo general, The Economist tiende a inclinarse a favor de un gobierno de pequeñas dimensiones y en contra de las subas de los impuestos para hacer frente a un Estado de bienestar insustentable. Rechazamos la idea, implícita en gran parte del debate actual, de que la suba de las tasas tributarias de los ricos esté justificada por el papel desempeñado por la industria financiera en este trance: el desquite es un argumento endeble en materia de política tributaria. Tampoco el actual patrón de contribución al erario público es claramente "injusto": el 1% más rico de la población estadounidense paga más de un cuarto de todos los impuestos federales (y un total del 40% de los impuestos a las ganancias), para llevarse menos del 20% de los ingresos antes de impuestos. Y el acto reflejo de ir contra los ricos, como lo es la suba de impuestos de los laboristas en Gran Bretaña, rara vez redunda en una buena política. Las tasas impositivas marginales elevadas desalientan la inversión y por más que Obama hable de "millonarios y multimillonarios", no bastará con sólo subirles los impuestos a ellos para acabar con el déficit de Estados Unidos. Por lo tanto, el debate nunca podrá dejar de ser sesgado. Pero existen buenas razones para argumentar por qué los ricos deberían pagar más impuestos, aunque no, en líneas generales, de las maneras que proponen los gobiernos de los países desarrollados.

Primero, los déficits de Occidente no deberían abordarse solamente con recortes en el gasto. El gasto público debería decididamente hacerse cargo de la peor parte: hay muchísimas áreas en las que podría hacerse adelgazar al ineficiente Leviatán y el estudio de los pasados programas de reducción del déficit sugieren que resultan mejor cuando predominan los recortes. La relación de cuatro a uno de Gran Bretaña está bastante bien. Pero, tal como se desprende de esta misma relación, la experiencia también nos demuestra que la suba de los impuestos también debería considerarse. En Estados Unidos la recaudación de impuestos es, en términos históricos, baja, fruto de años de reducciones en las tasas. Tanto allí como en cualquier otra parte, el aumento de los impuestos debe soportar parte de la carga.

Segundo, existe un argumento político para hacer que los ricos paguen más. Los recortes al gasto recaen de manera desproporcionada sobre los menos favorecidos y aún antes de la crisis, los ingresos promedios se estaban estancando. Mientras tanto, la globalización ha estado premiando a los exitosos con más y más generosidad. El apoyo del electorado a los programas de austeridad vigentes depende en gran medida de cualquier nuevo ingreso que se pueda obtener de la población rica.

Pero, ¿cómo se hace? Hasta ahora la mayoría de los gobiernos se han concentrado en aumentar las tasas impositivas marginales sobre la renta, algo a lo que la mayoría de los ricos responde con agilidad. Los capitalistas hacen que sus ingresos provengan de fuentes menos gravadas, como las ganancias de capital; se mudan; trabajan menos; corren menos riesgos empresarios. Aún cuando es difícil asegurar cuán determinantes serán estos efectos, parece ser que lo que importa es el valor del nivel máximo, por lo que la tasa británica del 50% es más peligrosa que la propuesta de Obama de subir la tasa máxima del impuesto federal sobre la renta del 35% al 39,6%. Quien gane U$S 1 millón pagará más impuestos en Londres que en cualquier otra capital financiera. La excusa de que en la década de los setenta era peor no inspira mucha confianza.

EFICIENCIA. Dada la necesidad del mundo desarrollado de crecer a mayor velocidad, los gobiernos no deberían fiarse demasiado de las subas abruptas de los impuestos (en especial, cuando son innecesarias). De hecho, el tercer argumento para obtener más dinero de los ricos es que no hace falta aumentar las tasas impositivas marginales para lograrlo, sino que basta con hacer que el código tributario sea más eficaz.

El alcance de esta medida resultaría más evidente en Estados Unidos, que depende mucho más que otros países de los impuestos sobre la renta y ampara un complejo número de deducciones, que van desde los pagos de intereses sobre las hipotecas hasta los servicios de salud provistos por los empleadores, con lo que la base de la recaudación tributaria es muy estrecha. Deshacerse de las deducciones simplificaría el código y permitiría recaudar hasta un billón de dólares más al año. Debido a que los principales beneficiarios de las deducciones son los ricos, serían estos últimos quienes más paguen. Y debido a que las tasas marginales permanecerían intactas (o reducidas), esta reforma no afectaría su intención de generar riqueza.

En Europa, donde los sistemas tributarios son más eficientes, una opción sería desplazar una parte mayor de la carga fiscal desde las provenientes de las ganancias hacia las generadas por la propiedad, lo que aumentaría la recaudación proveniente de la población rica pero tendría un menor impacto sobre la predisposición a correr riesgos. El "impuesto a la mansión" propuesto por los liberales demócratas británicos causaría así menos daño que la tasa del 50%. Y a ambos lados del Atlántico aún queda espacio para reducir la brecha entre las tasas impositivas sobre los salarios y los premios y las que recaen sobre los dividendos y las ganancias de capital. Esa brecha explica por qué Buffett, cuyos mayores ingresos provienen de las ganancias de capital y los dividendos, tiene una tasa impositiva promedio más baja que su secretaria. Además, es la única protección con la que han contado los inversionistas para salvaguardar los millones que acumulan.

Hay que lograr un acuerdo básico. Imaginemos un sistema tributario que haya logrado equiparar las tasas máximas sobre los salarios y sobre el capital y que virtualmente haya eliminado todas las deducciones. Para evitar gravar las inversiones dos veces, este sistema no aplicaría impuestos a las ganancias empresariales. También habría espacio para una tasa máxima mucho más baja en el impuesto sobre la renta. ¿El resultado? Una mayor recaudación de impuestos provenientes de la población rica, sin dañar el dinamismo de la economía. Entonces, sí valdría la pena hacer sonar las cornetas.