Acosado por sucesivas derrotas en el Congreso –el rechazo a su proyecto de eliminar el Obamacare- y en la Justicia, por el tema de los vetos a la inmigración de países musulmanes, Donald Trump apeló a un recurso tan viejo como efectivo: iniciar una guerra para construir consenso interno.
El magnate neoyorquino estaba urgido de ello: su tasa de aprobación ante la opinión pública había caído del 46 al 38 por ciento en pocas semanas; un sector de los republicanos lo asediaba “por izquierda” por sus pleitos con los otros poderes del estado y sus inquietantes extravagancias políticas y personales; otro hacía lo mismo “por derecha”, con los fanáticos del Tea Party a la cabeza que le exigían más dureza en sus políticas anti-inmigratorias y de recorte del gasto público y, en lo internacional, ninguna concesión a Rusia y a China.