Alberto Rodríguez García
7 ago 2020
En un tiempo de podredumbre moral y decadencia espiritual, en el que el dinero y el poder valen más que todo lo demás, donde Oriente Medio es el patio trasero de las potencias incapaces de asumir que el colonialismo terminó (al menos sobre el papel), la maquinaria de injerencia nunca se detiene. Jamás descansa. Ni siquiera tras –y casi durante– el drama de la explosión del puerto de Beirut, con más de 130 muertos y 5.000 heridos, ni siquiera entonces descansa. Ni siquiera cuando las familias todavía están llorando a sus mártires.


