26 abr 2020

FALACIAS NEO

¿Qué importa más? ¿La vida o las ganancias?
El coronavirus y las miserias del capitalismo

Por Pedro Gaite
26 de abril de 2020
Pagina/12


"Debemos abandonar el individualismo que es propio de este sistema y pensar en salidas colectivas", propone Pedro Gaite. Imagen: Bernardino Avila

La pandemia nos invita a repensar(nos). A revisar un sistema que prioriza las ganancias exorbitantes de unos pocos por sobre la posibilidad de las mayorías de tener una vida digna. Que prioriza la producción y el consumo desenfrenados por sobre el cuidado y la sustentabilidad del medio ambiente. 

La pandemia del coronavirus puso de manifiesto las miserias del capitalismo financiero. Los países europeos evitaron tomar medidas duras contra el virus por temor a afectar la economía y hoy Europa tiene más de un millón de contagiados y mueren miles de personas por día.

Donald Trump se enfrenta a los gobernadores que decretaron la cuarentena a pesar de que Estados Unidos ya es, por mucho, el país con más contagiados y muertos. Su principal asesor económico, Larry Kudlow, dijo que el costo económico de cerrar las fronteras del país para evitar la propagación quizás no valiera la pena. El vicegobernador de Texas, Dan Patrick, consideró que las personas mayores de ese país están dispuestas a morir para no dañar la economía y sostener a Estados Unidos tal y como es. “¿Está diciendo que hay peores cosas que morir por coronavirus?", le preguntó quien lo entrevistaba, y Patrick no dudó: "Sí".

En Latinoamérica Jair Bolsonaro exige la reapertura de comercios, despidió al ministro de Salud por estar de acuerdo con el aislamiento social y, como Trump, enfrenta a los gobernadores que establecieron la cuarentena ante la “gripesinha”. Incluso había decretado la posibilidad de suspender contratos de trabajo durante cuatro meses sin goce de sueldo, pero tuvo que dar marcha atrás ante el bombardeo de críticas.

Decisiones que están impulsadas por la lógica capitalista, cuyo objetivo es la maximización de las ganancias. La epidemia del coronavirus solo puso sobre la mesa una pregunta que subyace al capitalismo: ¿Qué importa más: la vida o las ganancias? 

DESIGUALDAD

Desde la óptica del capital el virus puede hasta terminar siendo positivo. La población que morirá es en su mayoría sobrante desde el punto de vista productivo. Adultos mayores que cobran una jubilación y no aportan a la generación de riqueza. Cuando Dan Patrick responde que hay algo peor que la muerte, solo manifiesta cuál es la lógica que mueve al sistema.

Desde que se confirmó el primer caso de coronavirus (21/1/2020) la enfermedad mató a unas 183 mil personas en todo el mundo (al 22/4). En este mismo periodo fallecieron otras 950 mil personas, por otras causas, por no acceder a la atención médica, según la ONG Oxfam. La pobreza es más letal que el virus. Esta pobreza es la otra cara de la extrema desigualdad que genera el sistema.
En 2019, los 2153 milmillonarios que había en el mundo poseían más riqueza que 4600 millones de personas. Para esa elite el crecimiento de su riqueza es un cero más en sus cuentas bancarias. Podría reducirse a una décima parte y podrían seguir pagando cuantas mansiones, yates y lujos desearan. Mientras tanto casi la mitad de la población mundial vive con menos de 5,5 dólares por día.

Uno de esos milmillonarios es Paolo Rocca, dueño de Techint, que despidió a 1450 trabajadores de su empresa constructora en medio de la cuarentena argentina. Bien podría pagar esos salarios con parte de los 400 millones de pesos que se ahorró el año pasado por la exención privilegiada de cargas sociales que obtuvo del gobierno macrista. Ni que hablar con los 9100 millones de pesos que blanquearon los directivos de la empresa en 2016.

La máxima expresión de la lógica capitalista es el neoliberalismo. Este dogma descansa sobre tres grandes premisas:
1. El mercado es el mejor asignador de recursos.

2. La meritocracia

3. La teoría del derrame.


EL MERCADO

La idea madre del neoliberalismo es que el mercado es el mejor asignador de recursos, y que por lo tanto la intervención del Estado en la economía debe reducirse a la mínima expresión. Cada individuo (o cada país) buscando su propio beneficio individual contribuye de la mejor manera posible a maximizar el beneficio social.

Esta falacia se manifiesta más claramente en situaciones críticas. En estos días atravesados por la crisis del coronavirus vemos a fundamentalistas de la desregulación reconocer el rol clave del Estado. Todos los países llevan adelante una política fiscal y monetaria expansiva para intentar frenar la caída de la actividad económica.

En algunas potencias mundiales como Francia, el Reino Unido y Alemania los paquetes fiscales superan el 14 por ciento del PIB. Son las mismas potencias que de la mano del FMI le exigieron a Grecia un severo ajuste que hundió a esa economía en ocho años de recesión y una caída de 30 por ciento del PIB y de los salarios reales.

También analizan estatizar sus empresas más importantes ante las dificultades financieras que genera el coronavirus. Claro que a Grecia le exigieron privatizar el sistema de energía, telecomunicaciones, puertos, aeropuertos y cuanta empresa estatal hubiera.
Es la doctrina de “patear la escalera”. Todos los países centrales se desarrollaron en base a políticas proteccionistas en sus etapas tempranas de desarrollo, con un Estado activo que invirtió en sectores estratégicos y/o generó los incentivos para que el sector privado lo haga. Luego exportaron al mundo las ideas del libre comercio como la receta del éxito, y cuando no lograron convencer a los líderes de la periferia limitaron su margen de acción con una red de instituciones como el FMI, el Banco Mundial y la OMC.

LA MERITOCRACIA

El imaginario neoliberal plantea que el éxito (y su ausencia) es resultado exclusivo del esfuerzo personal. Pero se estima que una tercera parte de la riqueza de los milmillonarios proviene de herencias. Mientras ven crecer cómodamente sus fortunas por el frenesí de la especulación financiera, el sistema se sostiene sobre empleos precarios y mal remunerados.

Las tareas de cuidado de niños y niñas, personas mayores y/o con enfermedades físicas y mentales y las tareas domésticas diarias son el ejemplo más claro. Si nadie invirtiera tiempo en estas tareas la economía mundial colapsaría por completo. Las mujeres realizan tres cuartas partes de este trabajo, en general sin recibir un centavo. Por eso el 42 por ciento de las mujeres en edad de trabajar no forma parte de la mano de obra remunerada, frente al 6 por ciento de los hombres.

De la misma manera en los países de bajo desarrollo humano los años promedio de escolaridad no llegan a cinco, mientras en los de muy alto desarrollo humano superan los 12. Claramente las oportunidades no son las mismas. La meritocracia está mediada por el género, el status social, raza, etnia, nacionalidad.

EL DERRAME

El tercer mito del neoliberalismo es la teoría del derrame, la cual postula que una distribución de la riqueza regresiva, o sea más para los más ricos, es lo mejor para la sociedad. Como los que más tienen son los dueños de los medios de producción, si tienen más invertirán más y eso generará empleo y beneficiará al conjunto de la sociedad. Así se justifica la reducción de impuestos, la flexibilización laboral e incluso la estatización de sus deudas. Solo 4 centavos de cada dólar recaudado provienen de impuestos sobre la riqueza.

Los millonarios gozan de los impuestos más bajos en décadas y además a través de maniobras financieras como cuentas fantasmas en paraísos fiscales eluden hasta el 30 por ciento de sus obligaciones fiscales. 

Mientras tanto las grandes mayorías intentan pescar alguna migaja que se derrame, en general con poco éxito. Un aumento de medio punto porcentual en el impuesto al patrimonio del 1 por ciento más rico permitiría recaudar fondos necesarios para invertir en la creación de 117 millones de puestos de trabajo en sectores como la educación y la salud.

Así es como opera el capitalismo financiero, especialmente en su versión neoliberal. Un sistema que prioriza las ganancias exorbitantes de unos pocos por sobre la posibilidad de las mayorías de tener una vida digna. Que prioriza la producción y el consumo desenfrenados por sobre el cuidado y la sustentabilidad del medio ambiente.

¿Cómo se explica, si no, que el 1 por ciento más rico de la población mundial tenga más del doble de riqueza que 6900 millones de personas? ¿Que día tras día 10 mil personas mueran por no tener acceso a la salud? ¿Que uno de cada cinco niños en el mundo no pueda acceder a la educación? ¿Que se exploten montañas y se contaminen miles de litros de agua para obtener metales preciosos para alimentar el ego de una minoría privilegiada? ¿Que se arrase con bosques y selvas esenciales para la vida con el fin de aumentar la superficie de cultivo de alimentos transgénicos? ¿Que el avance de la tecnología sea una amenaza para millones de puestos de trabajo en vez de una oportunidad para eliminar los trabajos precarios y mejorar la vida de millones de personas? ¿Que la ciencia y la tecnología se siga poniendo al servicio de la industria armamentística, para luego matar seres humanos? ¿Que Estados Unidos tenga más misiles que camas en hospitales? ¿Que en la Argentina los fondos buitre obtuvieran una rentabilidad de 1600 por ciento a costa del hambre del pueblo?

La pandemia del coronavirus nos invita a repensar(nos): ¿Qué producimos? ¿Cómo lo hacemos? ¿Para qué y para quién? ¿Qué trabajos son esenciales para la supervivencia humana? ¿Cuáles mejoran nuestra calidad de vida y cuáles simplemente reproducen un sistema de exclusión?

Es momento de repensar la forma en la que nos organizamos como especie. Los recursos naturales alcanzan para que todos los habitantes del planeta accedan a una vida digna, sin hambre ni necesidades básicas insatisfechas. Pero para ello debemos abandonar el individualismo que es propio de este sistema y pensar en salidas colectivas. El avance de la ciencia y la tecnología nos da una oportunidad única para que los trabajos insalubres y que nadie querría hacer sean realizados por máquinas. Es momento de que la ciencia y la tecnología estén al servicio de mejorar la calidad de vida de todos y todas. Momento de poner a la vida y al medio ambiente en el centro.

Pedro Gaite
* Economista UBA. Becario doctoral CENES-Conicet.
*Nota: Los datos incluidos en el artículo son de la ONG Oxfam.

@pgaite5