22 ene 2026

LA VORACIDAD POR EL SAQUEO

“Make Iran great again”


Por Daniel Kersffeld

20 de enero de 2026 - 0:01



(AFP -/AFP)


El 10 por ciento de las reservas mundiales de petróleo y el 15 por ciento de las reservas de gas natural han sido suficiente incentivo para que primero el Reino Unido y luego también los Estados Unidos realizaran una serie de intervenciones destinadas, desde hace más de un siglo, a alterar la escena política y económica de Irán.

El inicio fue en 1901, cuando el millonario inglés William D’Arcy recibió el permiso por parte del Sha Mozaffareddín I para la búsqueda de petróleo: se descubrió en 1908, lo que dio origen a la fundación de la Anglo-Persian Oil Company, la primera compañía en extraer crudo en el país y con una importancia central para el despliegue imperial del Reino Unido por todo el planeta.

Durante la Primera Guerra Mundial el Reino Unido ocupó casi todo el territorio persa y, al concluir el conflicto, consolidó su presencia promoviendo el ascenso al poder del general y primer ministro Reza Jan, conocido luego como “Reza Pahlavi”, en contra del débil monarca Ahmad.

Con una visión claramente pro occidental, Pahlavi llevó adelante una política de modernización del país siempre bajo el influjo determinante de Londres y de la comercialización del petróleo.

Sin embargo, para mediados de los años ’30, el gobernante intentó refrenar las ambiciones del Reino Unido, ahora ya desde la Anglo-Iranian Oil Company (AIOC), promoviendo un acercamiento con Alemania: su salida del poder en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, fue resultado de la invasión y ocupación de territorio persa por parte de fuerzas británicas y soviéticas.

Muhammed Reza Pahlavi, hijo del Sha depuesto, asumió el gobierno mientras en la sociedad crecía el rechazo a la presencia británica simbolizada en la AIOC, una poderosa corporación que extraía las riquezas del país sin mayor aporte en políticas sociales, educativas o de infraestructura, tal como se había comprometido en su acta fundacional. Las protestas sociales fueron en aumento.

En agosto de 1953, una operación conjunta entre la CIA y el MI6 conocida como Operación Ajax, destituyó al popular primer ministro Mohammad Mossadegh, responsable de la nacionalización del petróleo, y devolvió todo el poder al Sha, quien se encargó de restablecer los privilegios económicos del Reino Unido a través de la AIOC: un año después cambiaría su nombre a British Petroleum, revelando explícitamente su carácter imperial y la naturaleza dependiente del país.

La riqueza en recursos estratégicos, pero también la extrema volatilidad del escenario político y las repercusiones geopolíticas ante cualquier posibilidad de cambio motivaron al Reino Unido a abrir el juego para la conformación en 1954 del holding Iranian Oil Participants Ltc, en el que confluyeron las principales compañías petroleras de esa época, lideradas por British Petroleum: Gulf Oil, Royal Dutch Shell, Compagnie Française des Pétroles, Standard Oil y Texaco.

Con Irán como principal centro de explotación petrolera a nivel mundial, el conglomerado coordinado desde Londres llegó a controlar el 85 por ciento de las reservas hasta la crisis económica de 1973. Muhammed Reza Pahlavi fue el principal garante de este proceso de expropiación desde la empresa pública National Iranian Oil Company (NIOC): su imagen como líder reformista y como exitoso playboy se exportaba hacia Occidente, mientras su policía política, la temida SAVAK, se encargaba de eliminar cualquier tipo de disidencia política, sobre todo, desde la izquierda.

La revolución islámica de 1979 implicó la nacionalización de los recursos estratégicos, y el fin del holding petrolero. Recién en estas dos últimas décadas, y bajo la política de sanciones impuestas por Occidente, el gobierno iraní abrió la posibilidad de negocios conjuntos con las principales multinacionales, pero manteniendo siempre la centralidad de la empresa estatal de hidrocarburos.

La total apertura económica, mucho más que la política, es hoy la exigencia fundamental de Estados Unidos y del Reino Unido, aprovechando el creciente descontento contra la situación económica y contra el régimen de los ayatolas, cada vez más cuestionado por la sociedad iraní por su carácter teocrático, represivo y profundamente retardatario.

Las protestas que comenzaron a fines de 2025 y que hasta ahora contarían con al menos 3 mil muertes fue el detonante para que, una vez más, se imponga la narrativa sobre el reemplazo del opresivo régimen islámico por otro en el que, en cambio, impere la “libertad”, confiando en que esa transición descomprima (aunque no resuelva) los acuciantes problemas sociales del país.

Con una oposición fragmentada, perseguida y en el exilio, quien hoy se presenta como el futuro de Irán es, en realidad, un representante de su pasado más oprobioso. El hijo del Sha derrocado en 1979, también llamado Reza Pahlavi, se asume como su natural heredero y como recambio frente a la posibilidad de crisis orgánica del régimen islámico: por ahora, más un deseo que una realidad.

Sin experiencia política y sin un anclaje real en la movilizada sociedad iraní, el “príncipe heredero” sólo ostenta su cercanía con Trump (quien ahora duda sobre su capacidad de gobierno, presentándolo apenas como “un buen tipo”), su diálogo con Netanyahu (un dato no menor frente a la permanente dialéctica bélica entre Israel e Irán) y, de nuevo, el apoyo del gobierno británico como la puerta de entrada para la búsqueda de consensos más amplios en la Unión Europea.

La reorientación estratégica, la apertura económica, la privatización del petróleo y el gas, el fin del programa nuclear y el reconocimiento a Israel, son algunas de las propuestas del aspirante a monarca que, por ahora, sólo cuenta con el apoyo de las principales compañías petroleras (los voceros de ExxonMobil y Chevron manifestaron su interés en “estabilizar” a Irán), y también de las tecnológicas de Silicon Valley que, además de administrar redes sociales producen buena parte de los más modernos dispositivos de seguridad y defensa de los Estados Unidos. Está, además, Elon Musk, quien provee internet a través de Starlink frente al bloqueo informativo en Teherán.

Aunque lo desmientan o lo relativicen, Trump y Keir Starmer abrieron la posibilidad de un conflicto abierto para defender a su candidato, por lo que los líderes árabes de la región se comunicaron con la Casa Blanca para que desista de un ataque militar a gran escala contra Irán con la única finalidad de brindar una “ayuda” a los manifestantes que “ya estaría en camino”. Además, una renovada ofensiva bélica sólo echaría más leña al fuego, fortaleciendo el discurso de la clase política iraní en su batalla existencial por la supervivencia en contra de Occidente.

Pero la incentivación de una política de desestabilización no sólo impacta en la nación persa: son inocultables sus efectos directos en la región pero, sobre todo, en la economía de China, socio comercial preferencial y, en la actualidad, principal comprador del crudo iraní. De igual modo, afectaría la capacidad de estabilización de Rusia en el Asia central ocasionando, incluso, un nuevo horizonte crítico más allá del frente ucraniano abierto por la OTAN hace cuatro años.

Si bien son varios los gobiernos de la región que rechazan a la república islámica iraní, más temor genera la inestabilidad y la pérdida de un equilibrio que fácilmente podría desembocar en enfrentamientos bélicos y en el accionar descontrolado de organizaciones extremistas. Frente a los pedidos, Trump habría reculado en sus intenciones bélicas. Aunque sólo por el momento.

Como demuestra la historia y las experiencias más recientes, las intervenciones de Occidente para provocar abruptos y violentos cambios de gobierno por lo general, no han tenido finales felices. Una afirmación que vale tanto para Medio Oriente como así también para América latina.