Por Alvaro García Linera
7 de mayo de 2023

Hubo un tiempo en el que las “recomendaciones” del FMI sobre como reorganizar la economía eran leídas, defendidas y ejecutadas como si tratara de un mandato divino. Eran los años 90s del siglo pasado cuando cada estudio del curso de la economía mundial o convenio alcanzado con tal o cual país, no solo emanaba un enjundioso optimismo histórico con lo que se estaba proponiendo, sino que, además, venia acompañada de una apodíctica y eficiente difusión piradimidal que iba de ministros de economía, a parlamentarios; de asesores económicos de gobiernos; a reconocidos empresarios locales; de prestigiosas universidades a comentaristas de televisión y periódicos; de académicos a tertulianos de café, que se relamían los labios con cada frase, con cada dato, con cada sugerencia de este organismo internacional.


