29 sept 2025

VAN POR TODO

La extrema derecha ya no quiere romper Europa, prefiere mandarla

OTHER NEWS (Por Eva Maldonado* – Diario Sabemos) 
26.09.2025








Del “fuera de Bruselas” al “más cañones en Bruselas”. Le Pen, Meloni y Orbán han descubierto que la UE sirve para blindar fronteras y firmar contratos millonarios de defensa.





La extrema derecha europea ha cambiado de piel. Lo que antes eran pancartas contra el euro o discursos contra "los burócratas de Bruselas" es hoy la gestión paciente de los resortes comunitarios. Ya no se trata de salir, sino de moldear Europa desde dentro, canalizando fondos hacia armas y construyendo una arquitectura migratoria excluyente. Una integración que avanza sin aplausos ni referendos, pero que transforma a la UE en un espacio más centralizado y menos democrático.

El nuevo traje de los euroescépticos

Hace apenas una década, Marine Le Pen prometía que Francia abandonaría la moneda común. Hoy sonríe en Estrasburgo rodeada de traductores y asesores, y nadie en su partido pronuncia ya la palabra Frexit. Giorgia Meloni, que basó buena parte de su carrera en denunciar "las élites no electas de Bruselas", gobierna Italia sin renunciar a los fondos europeos y comparte escenario con Ursula von der Leyen en Lampedusa. Viktor Orbán, que fue tratado como un verso suelto indomable, se pasea por los pasillos de Bruselas truequeando vetos por subsidios agrícolas y contratos de infraestructuras.

No es que hayan cambiado de convicciones, es que descubrieron que el poder estaba en la mesa que tanto despreciaban. Salir era costoso, quedarse rentable. Y las instituciones europeas, diseñadas para avanzar con lentitud burocrática, se han convertido en el vehículo ideal para agendas iliberales que se presentan como defensa de la soberanía.

El pegamento de la guerra

La guerra de Ucrania ha sido un acelerador. Los presupuestos de defensa se dispararon en toda la UE: Berlín sacó de la chistera un fondo de 100.000 millones de euros; Varsovia compró blindados y cazas a un ritmo nunca visto; incluso países históricamente reticentes, como Bélgica o España, se apresuraron a cumplir con el 2% del PIB exigido por la OTAN.

Bruselas apareció como coordinador: compras conjuntas, fondos de investigación militar, ayudas para la industria armamentística. Lo que en apariencia era un cumplimiento aliado se transformó en una federalización discreta. Armas compartidas, presupuestos armonizados, soberanía que se traslada hacia arriba.

La paradoja es que la extrema derecha, antaño enemiga de cualquier cesión, lo celebra: presentan la militarización como garantía de independencia nacional, aunque el efecto real sea exactamente el contrario.

Fronteras como ensayo general

El otro terreno es la migración. La llamada "Fortaleza Europa" ya no es eslogan, es una política en marcha. Frontex dirige drones, patrullas y bases de datos biométricas. El nuevo pacto endurece las devoluciones y delega el control en países poco ejemplares en derechos humanos, de Libia a Túnez.

El lenguaje de la ultraderecha "invasión", "amenaza cultural" ha sido absorbido por el centro político. Cuando la presidenta de la Comisión se dejó ver con Meloni en la isla de Lampedusa, lo que se escenificaba era que esa retórica ya no pertenecía solo a los extremos.

Las fronterasse han convertido también en laboratorios tecnológicos de control: algoritmos predictivos, registros masivos, vigilancia intensiva que primero se ensaya con los migrantes y después se extiende al interior. La línea que separa la seguridad exterior de la vigilancia ciudadana es cada vez más fina.

Un federalismo del miedo

No habrá nunca una votación para unos "Estados Unidos de Europa" en versión ultraderecha. No lo necesitan. La integración se está produciendo de manera subterránea, empujada por la presión militar y migratoria. Un federalismo sin épica, sin urnas, sin relato común.

El Parlamento Europeo queda relegado: apenas opina sobre los grandes instrumentos de defensa, mientras lobbies como Airbus o Leonardo ocupan los despachos donde se deciden las prioridades. Cada paso refuerza la centralización, pero también la opacidad y la falta de control democrático.

Europa aparece así más fuerte en el tablero internacional, pero más débil como democracia. Una integración que avanza no desde la solidaridad, sino desde el miedo. Y con unos protagonistas que hace apenas unos años clamaban contra la propia idea de Europa.

*Eva Maldonado, redactora en Diario Sabemos, Asesora de la Presidencia de la Conferencia Eurocentroamericana.


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Hoy abordamos una tercera confusión, más sutil pero igualmente peligrosa: la tendencia a equiparar “invadir un país” con “sacar un gobierno”. A primera vista, ambas acciones parecen conducir al mismo resultado: la salida de un gobierno o un régimen. Pero en política el origen y los actores definen la legitimidad de un acto. Y en este caso, la diferencia no es de grado, sino naturaleza.

La dinámica interna, la intervención

Cambiar, derrocar, deponer, sacar, o forzar una dimisión son expresiones de una dinámica política interna. Pueden ser legales o ilegales, pacíficas o violentas, democráticas o autoritarias, pero en todos los casos surgen del seno de la propia sociedad: del parlamento, del ejército nacional, de la presión ciudadana, de una guerrilla, de una transición concertada, de un referendo o de decisiones individuales del propio gobernante. Incluso en los casos más extremos, como un golpe de Estado, el actor principal es interno. Es el pueblo, las instituciones o las élites del país las que disputan su propio destino.

Una invasión o intervención extranjera, en cambio, rompe con esa lógica. No es el país y su gente la que actúa, sino un poder externo que impone su voluntad mediante su fuerza militar, la presión económica o la manipulación política. No es un cambio político, sino una sustitución forzada que conduce a que el nuevo gobierno termine respondiendo a los intereses del invasor. Y aunque se revista con el lenguaje de la “democracia” o los “derechos humanos”, su esencia es la negación de la soberanía. La decisión sobre quién gobierna ya no pertenece al país, sino a una potencia extranjera.

El piso semántico, la «extracción»

La trampa está en mezclar ambos hechos como si fueran equivalentes. Cuando se dice que “hay que sacar al presidente” y se equipara con “Estados Unidos debe sacar al presidente”, se borra la frontera entre autodeterminación y dominación. Esa asimilación no es casual:construye un piso semántico para justificar la intervención. Se crea la ilusión de que, si un pueblo puede remover a su presidente, entonces también sería legítimo que un poder extranjero lo haga en su nombre.



La otra figura retórica es la llamada “extracción” o “eliminación” de un gobernante, presentada con eufemismos como “acto cinético letal” o “remoción quirúrgica”. No se trata de un simple desliz del lenguaje. Es en realidad una estrategia discursiva deliberada que busca borrar la frontera ética, jurídica y política entre un cambio de gobierno que surge de la propia sociedad y la actuación de un comando especial extranjero que ejecuta asesinatos selectivos.

De esta manera se prepara el terreno ideológico para justificar operaciones encubiertas, sanciones o golpes de Estado inducidos desde el exterior, presentándolos como “soluciones” a problemas internos, cuando en verdad responden a agendas geopolíticas ajenas al interés nacional.

Por eso es tan importante utilizar el lenguaje con precisión. Invadir no es derrocar. Confundir dos hechos distintos no solo distorsiona el 
análisis, también normaliza la violencia de las potencias bajo la apariencia de solidaridad. Pedir una intervención es pedir que una potencia extranjera decida por el pueblo venezolano. Y eso no es solidaridad. Es colonialismo con otro nombre.



Defender la soberanía no es estar a favor o en contra de un gobierno, sino el derecho de un pueblo a acertar y a equivocarse, a corregirse y decidir por sí mismo sobre su propio futuro sin tutelas ni intervenciones.

* Politólogo y analista político venezolano. Cofundador del Movimiento al Socialismo, fue ministro de Trabajo

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