Por Sergio Kiernan
26 de enero de 2024

Una vez al año, puntual, Ignacio bajaba a la ciudad para hacer trámites. Muy paisano, con la tonada suave de las sierras cordobesas, flaco flaquísimo, de ojos celestes y acuosos, era un típico producto argentino, genéticamente puro Sicilia y en todo un criollo. Se quedaba por la capital lo menos posible, porque se mareaba y no podía dormir del ruido. Autos, sirenas, gente que pasaba hablando abajo de su ventana... ¿cómo se puede dormir así? Pero siempre se estiraba hasta el tren del domingo a la noche para la ceremonia del mediodía, los ravioles en familia.



