9 ago 2013

LO QUE LE HACE BIEN A LA IZQUIERDA

Número 1003 | agosto 04 de 2013 | Año 8ª LO QUE LE HACE BIEN A LA IZQUIERDA En memoria y homenaje a dos grandes dirigentes obreros uruguayos: Ruben Sassano y Washington “el perro” Pérez Los señalamientos de IVÁN ALTESOR, en un seminario internacional en México, han tenido repercusiones. Para los que participamos activamente en aquella Huelga, el momento del quiebre del Transporte, la aparición de unidades en las calles, significó una pequeña conmoción. Con el Transporte en la calle se quebraba el esfuerzo del resto del movimiento obrero capitalino y había que liquidar rápidamente aquel peligro. Eso implicaba esfuerzos a dos niveles: uno de los gremios combativos, que disponía en aquel momento de una formidable red de militantes, activistas, delegados y responsables a diferentes niveles en las grandes fábricas, además de las direcciones. Se trasmitió por esas direcciones a las bases el problema y se señaló que perentoriamente había que “sacar” al transporte de la calle. A como diera lugar, con una ofensiva multitudinaria desde los grandes centros fabriles combativos. El otro fue a nivel de la dirección, la búsqueda de contactos con los dirigentes de los gremios del transporte capitalino en cuestión, a efectos de averiguar qué había pasado y re-impulsarlos a retomar la lucha, haciendo aquellos su parte con los afiliados y miembros del gremio para re-iniciar la lucha. La primera parte fue la más efectiva, una red de jóvenes obreros, salieron desde las fábricas ocupadas con sus motos, mientras en los talleres se fabricaban los “miguelitos” con los cuales sembrar las calles. El hierro de varillas de 6 se consiguió solidariamente en las cooperativas de construcción de viviendas a dónde se llegó en camiones de las empresas ocupadas en búsqueda de la solidaridad. Toneladas de varilla de hierro fueron cargadas, llevadas en los camiones secuestrados de los depósitos de la empresa, transportados a los talleres y allí una militancia obrera, cortó y dobló los “miguelitos”, se les afilaron las puntas y un equipo de soldadores dejó los artefactos terminados, listo para que otros, en sus motos los transportaran a las vías por las que circulaban los vehículos del Transporte. Fue un momento decisivo en el cual los gremios combativos y su aguerrida militancia cumplieron un papel central en el esfuerzo general. Otros, en otras partes, fabricaron otros elementos tan efectivos como los primeros y que no exigían menos riesgo, sino quizás uno mayor: las cajas de zapatos, pintadas interiormente con cemento de zapatero, regados después sobre el material fresco con pólvora negra de caza y los productos de combustión inicial (un preservativo lleno de nafta) y el ácido iniciador de la combustión. Empaquetadas luego por manos femeninas, con ellos subían los activistas a los ómnibus que circulaban (con escaso público ocupante, por cierto en los momentos iniciales del quiebre) se sentaban en algún asiento del fondo, perforaban la cubierta de embalaje y dejaban la primitiva bomba incendiaria, en el asiento para que se produjera el incendio que obligaba -con la quema del asiento en cuestión y las llamas- a causar el pánico deseado para que los conductores alegando peligro para la unidad y eventualmente para sus vidas retornaran –pasivamente- a la lucha, como carneros fracasados. En la lucha todo vale, porque estábamos en una confrontación de clases muy seria, una prueba de fuerza entre los golpistas y la parte combativa de la clase trabajadora dispuesta a defender la legalidad de su causa. De esa manera se “frenó” al transporte capitalino. Pero luego llegaron los informes sucesivos de las gestiones de las direcciones de los gremios combativos, con sus compañeros “descarriados” del Transporte y entonces en asambleas pequeñas dentro de las mismas fábricas ocupadas, participando los que habían desarrollado las acciones las cosas quedaron mucho más cl aras. Lo que después se presentó –para la historia futura- como “errores”, “faltas de previsión” y no haber estado a la “altura de las circunstancias” era en realidad otra cosa. En aquellos gremios donde “existían directores obreros” (Amdet, era uno de ellos), la prédica continuada del reformismo sindical, la conciliación de clases, generaba dirigentes obreros aburguesados, dispuestos a sabotear los esfuerzos colectivos, porque ya no creían en la lucha, y no en ese momento, sino desde hacía años. El reformismo obrero en Uruguay no venía solamente desde los sectores más atrasados de la clase, se cultivaba también celosamente desde las direcciones políticas reformistas y sus patrañas de “transición política pacífica del capitalismo al socialismo”. Para la militancia “combativa” que impuso su voluntad en la prueba, el “frenar” al transporte y sacar las unidades de la calle, fue un triunfo que fortaleció la Huelga General. En las fábricas ocupadas lo s otros obreros vieron con sus propios ojos que con esas acciones se había restablecido la voluntad de lucha y la huelga podía continuar. Se decidió también en aquellos momentos, que el conocimiento de lo sucedido no debía servir para dividir a los que luchaban de aquella minoría de dirigentes de los gremios reformistas (no las bases, que nunca supieron nada de esos renunciamientos ni lo sospecharon). Eso se discutiría más tarde en los organismos correspondientes, cuando se triunfara en esa prueba de fuerza, donde necesitábamos de la unidad para llevar a buen término la Huelga General Es por eso que hubo “dos balances” de la Huelga General, el de la mayoría controlada por el reformismo y el de los “gremios combativos” que no estaba reducido a las 3 EFE (Funsa, Fed. de la Salud y Fed. Obreros y Empleados de la Bebida) La Huelga General uruguaya –lo hemos dicho en otras oportunidades- fue la lucha más seria encarada en tiempos modernos, por una clase –la clase obrera- en Uruguay. Nunca antes en la historia nacional, una clase había demostrado tan claramente que era el único paladín de todo el pueb lo, la única clase capaz de aglutinar detrás de sí al conjunto de capas y clases en las que se dividía la sociedad nacional Era la confirmación de lo que hoy se niega denodadamente por tantos, que los clásicos del socialismo, no habían realizado sus estudios y sus obras sobre el capitalismo en vano. Todos ellos, los anarquistas y los socialistas marxistas. No es casualidad tampoco, que en la celebración de estos 40 años de aquel evento, se hayan levantado en toda la prensa, las voces de los reformistas tipo Luis Iguini o Vladimir Turianski Ellos son los “únicos voceros” que la burguesía reproduce y se pretende que sus testimonios queden para la historia silenciando conscientemente otros que son muy críticos de lo que realmente sucedió en aquellas jornadas (1) Y decimos esto no para revivir viejas polémicas con el reformismo que se sostuvieron en el pasado, pero que aún perduran en el presente. En un presente, donde el reformismo “post-moderno” (en Uruguay, país dependiente y subdesarrollado!!!) donde otros reformistas retoman aquellos tristes cami nos a través de grupos organizados dentro de la Convención misma, mientras que desde el espectro político ciertos “progresistas” nos llaman a “superar las viejas ideas socialistas que son del S. XIX” (nos dicen) al mismo tiempo que en otros ámbitos señalan que es necesario “dejar de pasarnos cuentas” entre el eje central del Imperialismo y las naciones de la América del Sur. Todo eso lo conocemos. Lo vio nuestra generación en América Latina antes. Es un viejo camino de conciliación de clases, que para los explotados no tiene novedad alguna que les sirva para su emancipación definitiva del yugo del capital Pero debemos apartarnos de ellos, porque no son nuestros “salvadores” y mucho menos nuestros “amigos”. Son en realidad los “arrepentidos” de todas las luchas pasadas en las que nunca participaron, además Es por eso que hemos saludado la formidable franqueza de Iván Altesor en el No. 998 de “La Posta” (2) Sabemos bien, que la coincidencia es momentánea, circunstancial. Pero su testimonio es el testimonio de un comunista valiente, que se anima a decir las cosas por su nombre a pes ar de que concite la crítica y el repudio de otros, sus antiguos camaradas. Y es con esos comunistas (de pasado reformista) con los cuales se realizarán las verdaderas discusiones que el tiempo futuro demandará, en la lucha general, de nuestra América Latina como parte de una lucha más amplia que abarca el planeta entero. Será una coincidencia con discrepancias, con momentos de tensión arduos y difíciles, pero que la madurez general de las circunstancias hará fructificar. Las revoluciones –cuando llegan- son el producto acumulado de tensiones sociales inevitables que se imponen sobre los argumentos y los pensamientos de los hombres, sus actores. Los “obligan” por así decirlo, a coincidir y pensar correctamente. A la izquierda uruguaya, apartarnos de los caminos trillados, el “gofio” repetitivo y ramplón de algunos nos hará mucho bien. Será el heraldo de que toda la sangre derramada por esta generación, (y también las generaciones pasadas, de otros luchadores, que nos antecedieron) no fue en vano. Que tuvo aciertos y muchos errores. Pero que empezamos –finalmente!! !- a dar los pasos necesarios, para estar a la altura que demandarán las circunstancias Por esos tiempos que pertenecen al futuro!!!! Arriba los que luchan!!!! notas (1) Recomendamos a las nuevas generaciones, leer muy atentamente, con visión crítica los argumentos de Turiansky o de Iguini, inclusive los de León Lev. En el caso de los primeros bajo “una fraseología unitaria”, de toda “la clase” se esconden los argumentos reformistas de antes y de siempre. La “clase” para ellos, eran los sectores obreros que respondían a las directivas del “partido”. Como eran “la mayoría” deberían tener razón. Se olvidaron de otros, que antes de ellos fueron también “mayoría” pero que cuando las papas quemaron demostraron que en realidad eran una minoría que no interpretaba para nada los tiempos que corrían. León Lev es un caso diferente, fue un militante esforzado, pero también cerrado y esquemático. Tuvo sin embargo consecue ncia en “la prueba” Sin embargo como señala Iván Altesor, no pudo encontrar “su lugar” para militar dentro de su viejo partido al que dedicó la convicción comunista de toda su vida. Sobre eso debe reflexionar el mismo León Lev, que de ninguna manera es un “oportunista”. (2) A Iván Altesor, le pasa lo mismo que otros revolucionarios que no tienen pasado “comunista”. Mientras se mantengan en silencio, no critiquen y dejen a otros proseguir tejiendo sus mitos, mitologías, mitomanías, todo está bien Pero cuando hacen oír su voz de conocedores a fondo de “ciertos problemas y desaciertos” se les baja “el hacha condenatorio” Iván Altesor expresa sin embargo “fuerzas” sociales que están, que en última instancia dan fuerza a su voz. Esas fuerzas son las de los nuevos tiempos, donde las estructuras rígidas, piramidales, cerradas, con “seleccionados” intervinientes, tienen que ceder terreno ante la realidades de hoy día: los partidos, movimientos, son instrumentos creados por los hombres para sus luchas soci ales y no renuncian los miembros de los mismos, al aporte militante sacrificando su esencia humana, personal No son fetiches, son creaciones humanas. En síntesis, el fracaso definitivo y total, de las telarañas que quedan del viejo estalinismo. c.e.r. postaporteñ@ 1003 - 2013-08-04