13 feb 2026

NORMAS DEL BUEN CIPAYO

ARGENTINA
Entre Caputo y Freud
El problema económico del masoquismo de los jeans


Por Martín Smud

12 de febrero de 2026


(Telam)


“Nunca compré ropa en Argentina porque es un robo”, dijo el ministro de Economía. No lo expresó en una sobremesa privada ni en un seminario liberal de posgrado. Lo dijo públicamente, con la naturalidad de quien cree estar enunciando una verdad obvia. Mientras tanto, la industria textil trabaja al 29 por ciento de su capacidad instalada. Dos de cada tres máquinas están apagadas. Quinientos establecimientos cerrados. Quince mil puestos menos. Pero el ministro no compra ropa acá. Nunca la compró. Hay algo más que economía en esa escena.

Hace cien años, Freud publicó a sus 68 años El problema económico del masoquismo. Intentaba explicar por qué el ser humano no sólo busca placer, sino que puede organizar su vida alrededor del sufrimiento. Descubrió algo inquietante: el padecer puede transformarse en un valor moral. El castigo puede convertirse en forma de pertenencia. Freud llamó a eso masoquismo moral. El sufrimiento deja de estar ligado al amor o al deseo y pasa a ser un fin en sí mismo. Se sufre porque se debe sufrir. Se paga porque se debe pagar.

Algo parecido ocurre cuando el ajuste económico se presenta como virtud. El argumento oficial es simple: si importás un jean a 25 dólares en vez de pagarlo 100 acá, te ahorrás 75 que “dinamizan la economía”. El dinero liberado irá, mágicamente, a otros sectores. La teoría ricardiana, citada con tono doctoral, asegura que los precios relativos harán el resto. David Ricardo (1772–1823) fue un economista inglés, uno de los grandes nombres de la llamada economía clásica, junto con Adam Smith y después Karl Marx (que lo leyó con lupa). 

Su obra más famosa es Principios de economía política y tributación. Ahí desarrolló varias ideas clave, pero la que suele invocarse en estos debates es la de las ventajas comparativas. Si un país es menos eficiente en producir algo, le conviene especializarse en lo que produce relativamente mejor y comerciar con otros.

Pero David Ricardo no gobernaba un país con 70 por ciento de capacidad ociosa. Y tampoco explicaba qué pasa cuando la apertura no expande exportaciones sino que contrae producción, empleo y salarios. Cuando el ahorro no se reinvierte, sino que se fuga. Cuando los 100 dólares que antes circulaban entre empresarios, obreros y rentistas locales ahora multiplican empleo en otro país. El trabajador despedido no compra ni el jean nacional ni el importado.

Freud diría que cuando el sufrimiento se convierte en mandato moral, el superyó se vuelve insaciable. Exige más sacrificio, más renuncia, más culpa. La pérdida de amor —en términos sociales, la pérdida de protección, de cuidado— se transforma en castigo interiorizado.

Hay algo profundamente sintomático en que quien administra la economía no participe de ella. El ministro declara tener el equivalente a 10.000 salarios textiles en el exterior y confiesa que jamás compró ropa nacional. Es decir: no habita el circuito del padecimiento que prescribe. En psicoanálisis, eso tiene nombre: escisión. La pregunta no es si un jean debe costar 25 o 100 dólares. La pregunta es qué modelo de lazo social se construye cuando el sacrificio se naturaliza y la desindustrialización se explica cómo pedagogía económica.

Freud descubrió que el masoquismo no era un desvío excepcional, sino un componente estructural del vínculo humano. También advirtió que la cultura puede organizarse alrededor de la sofocación de las pulsiones, incrementando la culpa. Tal vez el problema económico no sea solo de balanza comercial. Tal vez también sea de goce. Porque cuando el sufrimiento se convierte en virtud, alguien siempre paga. Y no siempre es quien decide el precio. Cuando el padecer deja de ser un efecto y se transforma en virtud, el superyó se vuelve voraz. Exige sacrificio como prueba de pureza. Cuanto más duele, más legítimo parece.

La frase del ministro tiene algo más que franqueza: tiene desafección y espíritu de clase “alta”. Administra la escasez del otro desde la exterioridad, la indiferencia y la opulencia. Las clases altas se suben al púlpito y nos enseñan el peor catecismo: ayudar al pobre es un costo innecesario, sólo se trata de defender los propios privilegios, el sumun de la suprema verdad del egoísmo capitalista. 

No se trata cómo decía Marx de que el capitalismo es como una fiesta infantil donde hay diez niños y diez pedazos de torta, y llega el primero y se come nueve pedazos, se trata de balanza comercial, de la pedagogía del sufrimiento de la mayoría pobre (hoy supera el 45 por ciento), de un goce frío, que se convierte en contable frente a las estadísticas de fábricas cerradas y falta de porciones de comida.

Mientras el ministro de Economía nos muestra sus ropas compradas en el extranjero, la mayoría usa lo que encuentra en la basura sin fijarse en la etiqueta y además debe escuchar sus sermones que darían culpa hasta al asesino serial más sanguinario.

Martín Smud es psicoanalista.