24 feb 2026

ALLA VAMOS

El impacto de la inteligencia artificial como herramienta cotidiana. Preguntas de fondo que dispara el avance de la IA

Por Federico Kucher

22 de febrero de 2026


Nadie puede anticipar cómo será el mercado laboral en diez años.

Lo que está en juego es cómo se reorganiza una economía cuando las palabras empiezan a ser producido por las máquinas.
La discusión sobre la inteligencia artificial se hace cada vez más intensa a medida que deja de ser una promesa y se convierte en una herramienta cotidiana. Se usa para escribir, programar, diseñar, analizar datos. Y genera miedos que van en aumento: ¿reemplazará empleos? ¿transformará todos los modelos de negocio? ¿es una mejora incremental o un cambio estructural? En este clima, concentrarse en cuánto suben o bajan las acciones de las tecnológicas es quedarse en la superficie. Lo relevante es mucho más profundo.

Hacer futurología no tiene sentido. Nadie puede anticipar con precisión cómo será el mercado laboral en diez años. Pero sí es imprescindible pensar escenarios y ordenar la discusión. En ese punto resulta útil la mirada del historiador Yuval Noah Harari.

Su idea fuerza es atrapante, provocadora e incómoda en porciones casi equivalentes. La inteligencia artificial no es solo una máquina que automatiza tareas. Es una tecnología que interviene en el lenguaje. Y el lenguaje es el motor que mueve la cultura y el día a día de las sociedades.


En las economías donde predominan los servicios en el PIB, el trabajo consiste en procesar información y producir textos coherentes. Abogados, contadores, periodistas, docentes, analistas financieros, programadores concentran sus tareas en ordenar palabras en argumentos, informes, contratos o diagnósticos.

El problema es que la inteligencia artificial ya compite en ese terreno de forma impactante. Puede redactar documentos, resumir expedientes, elaborar reportes técnicos o diseñar campañas de marketing en segundos. No necesita comprender el sufrimiento humano para estructurar una demanda judicial. No necesita convicciones personales para escribir un discurso persuasivo. Reconoce patrones lingüísticos y los reproduce con eficiencia imponente.

Harari tiene un punto filosófico. Considera que cada revolución tecnológica desplazó empleos y creó otros nuevos. La diferencia ahora es que el impacto alcanza ocupaciones cognitivas, donde estudios jurídicos, redacciones, oficinas públicas y consultoras incorporan sistemas que realizan buena parte del trabajo que antes requería años de formación. ¿De qué otra cosa van a trabajar las personas si no es en servicios y con la industria en los niveles de automatización más elevados de las últimas décadas?

Siguiendo con la lógica del historiador, las preguntas son concretas. ¿Cuántas tareas basadas en lenguaje pueden automatizarse? ¿Quién capturará la productividad que eso genere? ¿Se concentrará en pocas plataformas globales o se distribuirá entre trabajadores y empresas?

No existen respuestas evidentes. Lo que sí parece seguro es que la inteligencia artificial no es un moda pasajera. Parafraseando a Harari, esta tecnología interviene sobre la materia prima con la que se montan las instituciones y los mercados: el lenguaje. 

Lo que está en discusión no es solo el valor bursátil de algunas compañías, sino cómo se reorganiza una economía cuando las palabras (el orden imaginado) empieza a ser producido por las máquinas.