Joe nunca se fue, siempre está volviendo
Por Gustavo Campana
16 de marzo de 2026 - 0:01

(Archivo -)
José Alfredo Martínez de Hoz era descendiente de un comerciante, contrabandista y esclavista, un madrileño que no dudó en traicionar a su corona cuando manejó la aduana de Beresford, durante la primera invasión inglesa (1806). Luego de la derrota británica, José recuperó su “orgullo español” y fue uno de los defensores de Cisneros en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810. “Joe” como le decía su niñera inglesa, nació el 13 de agosto del 25. Abogado egresado de la UBA en 1949, luego profesor de Derecho Agrario y Minero y vicedecano de la Universidad de El Salvador.
El ministro de Economía de Videla comenzó a militar en las inferiores del liberalismo local cuando el peronismo ganó las elecciones del 46. Casi como un acto reflejo ante el peligro que encarnaba esa promesa de distribución de la riqueza, derechos laborales y desarrollo industrial, fue uno de los fundadores, junto a Carlos Blaquier, del Ateneo de la Juventud Democrática Argentina. En 1963, cuando Martínez de Hoz era ministro de Economía de Guido, la empresa azucarera jujeña fue declarada de “interés nacional”.
José Alfredo Martínez de Hoz era descendiente de un comerciante, contrabandista y esclavista, un madrileño que no dudó en traicionar a su corona cuando manejó la aduana de Beresford, durante la primera invasión inglesa (1806). Luego de la derrota británica, José recuperó su “orgullo español” y fue uno de los defensores de Cisneros en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810. “Joe” como le decía su niñera inglesa, nació el 13 de agosto del 25. Abogado egresado de la UBA en 1949, luego profesor de Derecho Agrario y Minero y vicedecano de la Universidad de El Salvador.
El ministro de Economía de Videla comenzó a militar en las inferiores del liberalismo local cuando el peronismo ganó las elecciones del 46. Casi como un acto reflejo ante el peligro que encarnaba esa promesa de distribución de la riqueza, derechos laborales y desarrollo industrial, fue uno de los fundadores, junto a Carlos Blaquier, del Ateneo de la Juventud Democrática Argentina. En 1963, cuando Martínez de Hoz era ministro de Economía de Guido, la empresa azucarera jujeña fue declarada de “interés nacional”.
Con esa resolución, el ingenio quedó liberado de pagar impuestos, tuvo acceso a créditos blandos en bancos oficiales y prioridad entre los proveedores del Estado. “José Mercado”, como lo bautizó la canción urgente de Charly en 1981, dirigió la revista “Demos” (1946-1956) y buscando institucionalizar su rol político a través de una estructura partidaria, estuvo entre los creadores de la Democracia Cristiana en el 54. Apareció por primera vez ocupando un cargo estatal en Salta, como titular de Economía (1956-1957) y más tarde estuvo al frente de la Junta Nacional de Granos (1957-1958).
Se convirtió en vicepresidente de la Acción Coordinadora de Instituciones Empresarias Libres (1958-1962) y conductor del Centro Azucarero Regional del Norte (1958-1976). Secretario de Agricultura y Ganadería (1962-1963) y por primera vez estuvo a cargo del Palacio de Hacienda en el 63. Regresó al Estado como jefe de los asesores de Krieger Vasena, durante la dictadura de Onganía.
Abogado de Esso y Siemens e integrante de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas desde 1970 hasta el 74. Director de Petrosur 1964-1972, responsable de Acindar 1966-1976, asesor del Chase Manhattan Bank (David Rockefeller) y titular de la Compañía Italo Argentina de Electricidad, hasta el 28 de marzo de 1976. Después de la muerte de Perón, el Grupo Azcuénaga aceleró la discusión sobre su inserción en la conducción económica del país. La gran diferencia con otros sueños liberales fue que esa vez pensaron un plan con sentido de eternidad y medidas irreversibles.
Los conspiradores se reunían en un petit hotel de Blaquier, en el corazón del Barrio Norte porteño (Azcuénaga 1673). Un equipo integrado por cuadros liberales y conservadores que aspiraban a reemplazar la democracia de masas por un régimen elitista. Hablaban de seis décadas de decadencia, desde la aprobación de la Ley Sáenz Peña. Martínez de Hoz incorporó a su colaborador más directo como el número dos de Celestino Rodrigo: Ricardo Mansueto Zinn. El objetivo fue escribir el “Rodrigazo”, para hacer implosionar nuestro estado de bienestar. Con la excusa del “sinceramiento”, Economía ordenó a mediados de 1975 un aumento de tarifas del 300% y una devaluación del 180%.
Ante la reacción del movimiento obrero, llegaron las renuncias de Rodrigo y López Rega y dos meses después, el Azcuénaga generó la creación de la Asamblea Permanente de Entidades Gremiales Empresarias. La APEGE, una agrupación de federaciones empresarias, creada para ser la otra cara de la moneda de la CGE de Gelbard. La Asamblea operó como una alianza liberal, agraria e industrial, para confrontar con los pequeños y medianos empresarios nacionales y generar el golpe de Estado.
El país previo al golpe del 24 de marzo de 1976 tenía una deuda externa de casi 7 mil millones de dólares, poco más de 2% de desocupación, aparato productivo trabajando a pleno con fábricas a tres turnos, el 80% de los laburantes en blanco y sindicalizados y el 47% del PBI para los trabajadores, después de 18 años de proscripción de la mayoría.
El gran objetivo económico de la última dictadura fue convertir a la Argentina industrial en “patria financiera”, mientras volvía a consagrar su exclusividad productiva a la oligarquía terrateniente. Milton Friedman ordenaba terminar con el perfil manufacturero para instalar un reino especulativo y así dejar al país en un pantano de subdesarrollo eterno. Sin fábricas, ni ciencia y tecnología propia.
Martínez de Hoz y los militares entendían que la línea de producción le daba vida política a la militancia sindical y que el pleno empleo generaba una puja distributiva alentada por el peronismo. El “poder real” y los uniformados hablaban de impedir que el movimiento de masas más grande de nuestra historia se transformara en la expresión de la izquierda nacional. Había que apagar su versión revolucionaria e impedir que se convirtiera en la locomotora de la profundización de la reforma social.
El proyecto presentado el 2 de abril de 1976 guardó como medida invisible a la más importante: el terrorismo de Estado. Sin la cacería de comisiones obreras enteras era imposible destruir a esa Argentina. El primer laboratorio represivo en unidades de producción se montó a partir del 20 de marzo de 1975, en la planta de Acindar en Villa Constitución. Martínez de Hoz, como director de la empresa, negoció la “ilegalidad” de la medida de fuerza con el Ministerio del Interior.
Se convirtió en vicepresidente de la Acción Coordinadora de Instituciones Empresarias Libres (1958-1962) y conductor del Centro Azucarero Regional del Norte (1958-1976). Secretario de Agricultura y Ganadería (1962-1963) y por primera vez estuvo a cargo del Palacio de Hacienda en el 63. Regresó al Estado como jefe de los asesores de Krieger Vasena, durante la dictadura de Onganía.
Abogado de Esso y Siemens e integrante de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas desde 1970 hasta el 74. Director de Petrosur 1964-1972, responsable de Acindar 1966-1976, asesor del Chase Manhattan Bank (David Rockefeller) y titular de la Compañía Italo Argentina de Electricidad, hasta el 28 de marzo de 1976. Después de la muerte de Perón, el Grupo Azcuénaga aceleró la discusión sobre su inserción en la conducción económica del país. La gran diferencia con otros sueños liberales fue que esa vez pensaron un plan con sentido de eternidad y medidas irreversibles.
Los conspiradores se reunían en un petit hotel de Blaquier, en el corazón del Barrio Norte porteño (Azcuénaga 1673). Un equipo integrado por cuadros liberales y conservadores que aspiraban a reemplazar la democracia de masas por un régimen elitista. Hablaban de seis décadas de decadencia, desde la aprobación de la Ley Sáenz Peña. Martínez de Hoz incorporó a su colaborador más directo como el número dos de Celestino Rodrigo: Ricardo Mansueto Zinn. El objetivo fue escribir el “Rodrigazo”, para hacer implosionar nuestro estado de bienestar. Con la excusa del “sinceramiento”, Economía ordenó a mediados de 1975 un aumento de tarifas del 300% y una devaluación del 180%.
Ante la reacción del movimiento obrero, llegaron las renuncias de Rodrigo y López Rega y dos meses después, el Azcuénaga generó la creación de la Asamblea Permanente de Entidades Gremiales Empresarias. La APEGE, una agrupación de federaciones empresarias, creada para ser la otra cara de la moneda de la CGE de Gelbard. La Asamblea operó como una alianza liberal, agraria e industrial, para confrontar con los pequeños y medianos empresarios nacionales y generar el golpe de Estado.
El país previo al golpe del 24 de marzo de 1976 tenía una deuda externa de casi 7 mil millones de dólares, poco más de 2% de desocupación, aparato productivo trabajando a pleno con fábricas a tres turnos, el 80% de los laburantes en blanco y sindicalizados y el 47% del PBI para los trabajadores, después de 18 años de proscripción de la mayoría.
El gran objetivo económico de la última dictadura fue convertir a la Argentina industrial en “patria financiera”, mientras volvía a consagrar su exclusividad productiva a la oligarquía terrateniente. Milton Friedman ordenaba terminar con el perfil manufacturero para instalar un reino especulativo y así dejar al país en un pantano de subdesarrollo eterno. Sin fábricas, ni ciencia y tecnología propia.
Martínez de Hoz y los militares entendían que la línea de producción le daba vida política a la militancia sindical y que el pleno empleo generaba una puja distributiva alentada por el peronismo. El “poder real” y los uniformados hablaban de impedir que el movimiento de masas más grande de nuestra historia se transformara en la expresión de la izquierda nacional. Había que apagar su versión revolucionaria e impedir que se convirtiera en la locomotora de la profundización de la reforma social.
El proyecto presentado el 2 de abril de 1976 guardó como medida invisible a la más importante: el terrorismo de Estado. Sin la cacería de comisiones obreras enteras era imposible destruir a esa Argentina. El primer laboratorio represivo en unidades de producción se montó a partir del 20 de marzo de 1975, en la planta de Acindar en Villa Constitución. Martínez de Hoz, como director de la empresa, negoció la “ilegalidad” de la medida de fuerza con el Ministerio del Interior.
Ese dato autorizó el envío de las fuerzas de seguridad federales, apuntaladas por la policía provincial y los parapoliciales encabezados por Aníbal Gordon (Triple A). Había que terminar con la “subversión industrial”. Cerca de 300 huelguistas fueron torturados en el primer centro clandestino de detención, que funcionó en el albergue para solteros que existía en las instalaciones de la fábrica. Permanecen desaparecidos 20 trabajadores.
La serpiente dejó dos huevos, que aún padecemos. El 4 de febrero de 1977, la dictadura confirmó la reglamentación de la Ley de Inversiones Extranjeras y el 14 de febrero fue presentada la Ley de Entidades Financieras. Creó la “plata dulce”, basada en el dólar barato contenido por la “tablita” cambiaria, altos intereses bancarios y viajes masivos al exterior, de la mano del tristemente célebre “deme dos”.
Martínez de Hoz murió un día como hoy pero de 2013 a los 87 años, cuando cumplía prisión domiciliaria por el caso Federico Gutheim, el empresario textil al que obligaron a “renegociar” un “contrato de exportación de algodón” que había sido incumplido y restaurar lazos comerciales con Hong Kong.
La dictadura dejó 45 mil millones de dólares de deuda, multiplicando por 6,4 la existente. Sembró, con la publicidad de la silla, la muerte de la industria nacional; con la bicicleta financiera instaló la Argentina de las tasas de interés y generó a través de la estatización de la Italo una de las atrocidades más fuertes de la historia de nuestro neoliberalismo.
La serpiente dejó dos huevos, que aún padecemos. El 4 de febrero de 1977, la dictadura confirmó la reglamentación de la Ley de Inversiones Extranjeras y el 14 de febrero fue presentada la Ley de Entidades Financieras. Creó la “plata dulce”, basada en el dólar barato contenido por la “tablita” cambiaria, altos intereses bancarios y viajes masivos al exterior, de la mano del tristemente célebre “deme dos”.
Martínez de Hoz murió un día como hoy pero de 2013 a los 87 años, cuando cumplía prisión domiciliaria por el caso Federico Gutheim, el empresario textil al que obligaron a “renegociar” un “contrato de exportación de algodón” que había sido incumplido y restaurar lazos comerciales con Hong Kong.
La dictadura dejó 45 mil millones de dólares de deuda, multiplicando por 6,4 la existente. Sembró, con la publicidad de la silla, la muerte de la industria nacional; con la bicicleta financiera instaló la Argentina de las tasas de interés y generó a través de la estatización de la Italo una de las atrocidades más fuertes de la historia de nuestro neoliberalismo.
Nunca se fue, siempre está volviendo.