25 mar 2026

ESTA VEZ ES MUY DIFERENTE

Ormuz, donde mueren las ilusiones de hegemonía


Pablo Rodríguez-CLAE
 Mar 25, 2026
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Pablo Rodríguez-CLAE


(Xinhua/Ahmed Gomaa)


Durante décadas, la arquitectura del poder global descansó sobre un supuesto no escrito: quien controlara la tecnología militar de punta y la proyección naval podía garantizar la circulación ininterrumpida de mercancías estratégicas, empezando por la energía. La crisis actual en el estrecho de Ormuz no desmiente esa premisa con una derrota militar clásica, sino con algo más incómodo para el hegemon: la paralización funcional de un cuello de botella por el que en 2024–2025 circulaban unos 20 millones de barriles diarios de crudo y condensados, alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos del petróleo.

No hay una declaración solemne de cierre, ni un bloqueo al estilo de manual; lo que sí existe es un colapso medible del tránsito, un amontonamiento de buques a ambos lados del estrecho y una subida sostenida del Brent por encima de los 100 dólares por barril desde principios de marzo de 2026. El golpe no se dirige solo contra un plan de guerra, sino contra la equivalencia entre “poder” y “fluidez perpetua”: el mensaje implícito es que la supremacía militar ya no basta para mantener abierto, en términos económicos, un pasillo por el que también transita cerca de una quinta parte del comercio global de gas natural licuado.

La economía del riesgo como campo de batalla

La innovación estratégica iraní en Ormuz consiste en sustituir la lógica del cierre físico por la de la incertidumbre calibrada. Drones que despegan desde la isla de Qeshm, minas navales en las aproximaciones a Larak y lanzamientos intermitentes de misiles no han destruido en masa petroleros, pero sí han elevado la percepción de riesgo hasta límites incompatibles con la operativa normal del comercio marítimo. El resultado se mide menos en barcos hundidos que en hojas de cálculo: las aseguradoras retiran coberturas de “war risk” o multiplican las primas hasta el punto de que el coste del seguro puede rivalizar con el valor del buque, y los grandes armadores —Maersk, Hapag-Lloyd, MSC, CMA CGM— optan por suspender o desviar tránsitos.

En este contexto, el estrecho no se “cierra” mediante una línea de bloqueo, sino mediante la revalorización privada del riesgo. Cuando un corredor por el que pasaban en torno a 114–144 buques diarios, de los cuales entre un 37% y un 60% eran petroleros o metaneros, deja de ser asegurables en condiciones razonables, la circulación cesa de facto. La disuasión iraní opera, por tanto, sobre probabilidades y primas, no sobre tonelaje hundido; el objetivo no es vencer a la US Navy en combate abierto, sino hacer políticamente y financieramente insostenible la promesa de “paso seguro” que Estados Unidos vendía a sus aliados desde la década de 1980.

Guerra litoral y poder de modulación

La clave técnica de esta estrategia se inscribe en una doctrina de guerra litoral desarrollada por Irán durante décadas: explotar la geografía estrecha, las aguas someras y la proximidad costera para convertir capacidades relativamente baratas —drones, lanchas rápidas, misiles antibuque, minas— en multiplicadores de influencia frente a fuerzas convencionales superiores. En un corredor de apenas 33–54 kilómetros de ancho en su punto más estrecho, donde los canales de aguas profundas discurren a pocos kilómetros de la costa iraní, la densidad de medios asimétricos convierte cada tránsito en una apuesta de alto riesgo.

La diferencia con crisis anteriores está en el propósito: no se busca un bloqueo total, sino modular los flujos. Informes del sector apuntan a que ciertos petroleros han seguido transitando con menos impedimentos, particularmente aquellos vinculados a acuerdos específicos o a liquidaciones en monedas distintas del dólar, mientras otros enfrentan un entorno prácticamente prohibitivo. El acceso deja de ser un bien homogéneo del “mercado global” para convertirse en una variable negociable, donde la combinación de riesgo físico y arreglos financieros abre la puerta a un deslizamiento incremental hacia esquemas de pago en yuanes, riales o monedas regionales.

Con ello, Ormuz deja de ser solo un punto geográfico vulnerable y se convierte en un nodo donde logística y finanzas se entrecruzan. La hegemonía del dólar en el comercio energético —uno de los pilares del poder estructural estadounidense— empieza a ser testada en el único terreno donde realmente duele: la capacidad de garantizar acceso físico a un checkpoint que canaliza en torno al 20% del petróleo y del GNL del planeta.

El límite de la fuerza y la erosión del orden

La reacción estadounidense ha consistido en desplegar grupos de portaaviones, intensificar bombardeos de precisión y promover, con poco entusiasmo ajeno, operaciones de escolta multinacional. Sin embargo, el indicador relevante —la restauración de un tránsito seguro, asegurado y predecible— no se ha recuperado: la acumulación de más de 150 petroleros en los accesos, las subidas diarias del Brent y la decisión de 32 países de liberar 400 millones de barriles de reservas estratégicas muestran que los mercados han dejado de ver la crisis como una perturbación breve.



La propia arquitectura atlántica exhibe síntomas de fatiga. Europa, que importa en torno al 14% de su petróleo de la región afectada y que ya había sufrido el shock del gas ruso tras Ucrania, ha respondido con preocupación, pero sin voluntad de embarcarse en una escalada militar que podría disparar aún más los precios y alimentar la inflación. Los estados del Golfo, dependientes del corredor para colocar su crudo, miden cada gesto ante la posibilidad de quedar atrapados en una guerra abierta; China, que recibe alrededor del 80% del petróleo que pasa por Ormuz, apuesta por acuerdos bilaterales discretos con Teherán antes que por una coalición naval bajo paraguas estadounidense.

Frente a este cuadro, Washington alterna amenazas de intensificación militar con medidas defensivas en el frente interno, como el uso de reservas estratégicas y alivios fiscales selectivos, sin un relato coherente sobre el objetivo final: ¿se trata de castigar a Irán, estabilizar precios, tranquilizar a aliados o demostrar credibilidad?. Esa ambigüedad política contrasta con la claridad iraní: aceptar costes significativos en sus propias exportaciones a corto plazo a cambio de demostrar que no se puede diseñar un orden energético regional con Irán reducido a actor marginal.

De la fluidez como dogma a la circulación como campo en disputa

El impacto estructural de Ormuz no reside solo en la volatilidad de los precios o en los millones de barriles diarios temporalmente perdidos; radica en el cuestionamiento de una narrativa fundacional del orden de posguerra: la de un “mercado global” sostenido por rutas seguras y abiertas garantizadas por la supremacía naval occidental. La disrupción actual muestra que esa seguridad era, en gran medida, una ficción sostenida mientras ningún actor local tuviera tanto que ganar como para ponerla a prueba.

Irán ha demostrado que se puede ejercer poder no tanto controlando territorios como modulando flujos. Al introducir un grado de incertidumbre que desborda la capacidad estabilizadora del músculo militar, convierte un estrecho de menos de 60 kilómetros de ancho en un multiplicador global de riesgo, capaz de alterar decisiones de 
bancos centrales, reabrir debates sobre dependencia energética en Europa y obligar a Asia a revisar sus supuestos de seguridad de suministro. Lo que hoy se erosiona no es tanto la infraestructura material del orden —oleoductos, flotas, bases— como la creencia de que la mercancía estratégica por excelencia, la energía, circularía siempre, en todas partes y a un coste asegurable.



En ese sentido, Ormuz se revela como un experimento a escala real sobre el futuro de la globalización: un mundo donde la circulación ya no es un trasfondo neutro, sino un espacio de disputa en el que actores regionales, apoyados en ventajas geográficas y herramientas financieras, pueden hacer pagar muy caro al hegemon su pretensión de que nada, ni siquiera la guerra, detendrá el movimiento.