Entrevista a Marina Franco, autora de "La última dictadura (Argentina 1976-1983)"Contar la dictadura a las nuevas generaciones
Por Bárbara Schijman
23 de marzo de 2026

(VERONICA BELLOMO)
La historiadora y especialista en la última dictadura militar y en los procesos de violencia represiva de la historia argentina explica por qué es fundamental que los más jóvenes puedan entender qué fue la dictadura y la relevancia de pensar el presente en clave histórica. “Para los chicos y los adolescentes la dictadura es tan lejana como la crisis del 2001 o cualquier otro fenómeno de hace 20 años atrás. La dificultad consiste en explicar y que puedan entender por qué sigue siendo importante hablar de estos temas”, explica Marina Franco, historiadora e investigadora principal del Conicet.
“No es la historia por la historia, no es el pasado por el pasado; es el presente construido después de la dictadura y el presente que nos dejó la dictadura”, sostiene, y agrega: “Sigue siendo fundamental que las generaciones más jóvenes puedan entender hasta qué punto el país en el que vivimos es resultado de la dictadura. Además, es una historia que sigue abierta; hay heridas que no se cerraron y procesos de justicia que siguen su curso, productos de un proceso que cambió la historia argentina para siempre”.
Profesora de la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín (Idaes/Unsam), Franco se especializó en la última dictadura militar y en los procesos de violencia represiva de la historia argentina. Autora, entre otros, de Un enemigo para la Nación (FCE, 2012), El final del silencio (FCE, 2018), ESMA. El centro clandestino más emblemático de la última dictadura (coeditora; FCE, 2022) y La última dictadura (Pequeño Editor, 2026), un libro pensado para chicos y chicas desde los 10 años -con infografías, mapas, fotografías e ilustraciones de Pablo Lobato-, que afirma la vigencia de Memoria, Verdad y Justicia como pilares de la vida democrática y se propone como herramienta pedagógica para abrir preguntas, tender puentes entre generaciones y pensar el presente en clave histórica.
--¿Cómo surge la decisión de contar La última dictadura a chicos y adolescentes?
--Hace 25 años trabajo sobre distintos aspectos vinculados a la dictadura y básicamente a la represión en la historia argentina. En ese contexto, hace seis años aproximadamente empecé a trabajar más en la línea de lo que se llama “comunicación social de la ciencia”. El año pasado me planteé que hacía falta una historia de la dictadura para chicos, porque hay materiales sobre Memoria, sobre Abuelas, sobre Nietos, pero no una historia de la dictadura actualizada para ellos. Y la preocupación no es casual: surge de la sensación muy clara frente al avance de los discursos negacionistas sobre la dictadura, por un lado, pero además, porque en los últimos años empecé a descubrir que en las generaciones más jóvenes, incluidas las generaciones menores de 40 años, había mucho desconocimiento sobre el tema.
--¿Desconocimiento sobre qué aspectos, específicamente?
--Creíamos que había una serie de saberes y sentidos comunes instalados, que cuando hablábamos del tema lo hacíamos en un terreno conocido. Lo que empecé a sentir es que había mucho desconocimiento, que había ideas sueltas, pero no necesariamente una comprensión clara de lo que había sido el proyecto de la dictadura, de cómo se relacionaban, por ejemplo, el proyecto económico con el proyecto represivo. Advertí, al mismo tiempo, que en los últimos años la enseñanza de la dictadura se focalizó mucho en la dimensión memorial y que hay escuelas, sobre todo privadas, que ni siquiera ven la efeméride. Ahí falta todavía un terreno por construir. Entonces, entre la preocupación política frente al avance de los discursos negacionistas y la preocupación más pedagógica frente a la sensación de que faltaba conocimiento sobre el tema fue que decidí lanzarme a este proyecto.
--Hay sectores de la sociedad que consideran que es tiempo de dejar el pasado atrás. ¿Cómo transmitir a los más jóvenes los errores y riesgos de esa mirada?
--El primer punto es partir desde el presente. No es la historia por la historia, no es el pasado por el pasado, es el presente construido después de la dictadura y el presente que nos dejó la dictadura. Estamos hablando del país en el que vivimos; incluso el país contra el que combate Milei es el país construido en la herencia posdictatorial, el país de la democracia y los derechos humanos. El segundo punto es cómo nos enfrentamos a esos discursos y cómo llegamos a los chicos.
--¿Cuál es el modo más eficaz de contrarrestar esos discursos?
--El libro establece un puente entre pasado y presente a partir de una apuesta muy específica y muy situada por la historia. En este contexto particular, mi estrategia fue que la historia muestre sin tener que adjetivar más, sin tener que politizar el discurso; que la historia muestre la atrocidad que fue el terrorismo de Estado en la Argentina y cuál fue su proyecto. Esto es importante frente a los discursos negacionistas de todo tipo. Mostrarles a los chicos que uno está hablando desde el conocimiento histórico y que no está bajando una consigna o un discurso político -más allá de la posición ética, por supuesto.
--¿Por qué habla de “estrategia”?
--La estrategia de acercamiento a las generaciones más jóvenes es efectivamente dejar que la historia narre lo que sucedió evitando toda sensación de que hay ahí una bajada de discurso político. Es una estrategia pensada en función de estos tiempos. En contextos donde está tan polarizada la discusión política, una apuesta por el conocimiento y por la verdad histórica ayuda a establecer un puente frente al descreimiento o la sospecha. Esa es la estrategia del libro: que las nuevas generaciones sientan que se les están contando los hechos con el rigor de la historia y de la verdad histórica, y no que se les está construyendo un discurso político que puede producir rechazo. Acá lo que hay es un discurso de verdad histórica.
--¿Qué desafíos implica explicar la dictadura a los más chicos?
--Uno de los mayores desafíos de narrar la dictadura es que, cuando se pone el acento en las cosas que dejó y lo que la sociedad argentina reconstruyó después, el foco se centra en los valores de la democracia y los derechos humanos. El libro aborda lo que fue la dictadura con el doble propósito de iluminar el valor de la democracia en el presente. Sin embargo, vivimos un momento en el que esos valores están tan relativizados, maltratados o incluso ninguneados, que eso dificulta transmitir su importancia a las generaciones más jóvenes. Uno de los desafíos del libro es cómo construir la oposición entre dictadura y democracia y no idealizar esa democracia que los pibes saben cotidianamente que no asegura nada, con el 50% de pobreza a la vista.
--Al respecto, la obra señala que el problema no es la democracia.
--El libro intenta mostrar que la democracia es el mejor modelo posible de convivencia política y de convivencia social que tenemos hoy. La democracia argentina es frágil, pero el problema no es la democracia sino las alternativas políticas que tenemos, que no logran garantizar crecimiento ni disminuir la desigualdad. Creo que la dictadura cambió la historia argentina y que hoy todos los valores y todas las formas del juego político y social que se construyeron en los 40 años que siguieron están en riesgo. A la vez, las condiciones materiales y subjetivas para el neoliberalismo que construyó la dictadura hoy alcanzan su cénit. Estamos otra vez en un momento bisagra.
--¿A qué se refiere con ello?
--Creo que todo lo que dábamos por sentado, construido y aceptado para la vida en común está en riesgo. Hoy están en riesgo la idea del “no a la violencia política”, del “no a la violencia estatal” --porque la represión se ha vuelto moneda corriente--, así como la propia idea de libertades democráticas y la división de poderes, pero también la supervivencia material de millones de personas. Entonces, por un lado, no podemos idealizar nada del contexto actual para contraponer a la dictadura; por otro, hablar de la dictadura permite mostrar los diálogos con el presente y hasta qué punto el presente constituye una amenaza para la convivencia democrática y la inclusión social.
--¿Qué sucede con el consenso alrededor del Nunca Más?
--Empecé a pensar bastante antes de Milei que la fragilización de la democracia en términos sociales y económicos se estaba llevando puestos todos los valores de la democracia y los derechos humanos. Entonces, empecé a pensar que efectivamente ahí había algo que estaba absolutamente en peligro. La otra señal de sorpresa y alarma que tuve fue a partir de toda la reacción social que se gestó en torno a la película Argentina, 1985.
--¿Por qué?
--A raíz de la película tuve numerosas conversaciones con estudiantes universitarios y de escuelas secundarias que se mostraron muy sorprendidos por lo que se contaba allí. Empecé a pensar que estábamos trabajando con la idea de que había unos sentidos comunes y un conocimiento construido y que eso no era tan así, por múltiples razones, y que había que contarlo de vuelta. Creo que hubo un discurso muy fuerte sobre el valor de la memoria y de la justicia, que si bien está instalado en sectores amplios, en otros produce rechazo o sospechas por razones político-ideológicas, y en otros sectores hay desconocimiento. Una cuestión que me parece importante: si el discurso de los derechos humanos no es hegemónico, el negacionismo tampoco. No estamos girando a otra hegemonía nueva, en absoluto.
--¿Hay un discurso menos arraigado de lo que se pensaba y otro más extendido de lo que se creía?
--Creo que el discurso de los derechos humanos, los valores de la Memoria, la Verdad y la Justicia están menos instalados de lo que creíamos, incluso generó saturación en algunos espacios, y que además, como quedaron demasiado asociados a una fuerza política, cuando esa fuerza política generó rechazo, eso contagió al discurso de los derechos humanos. Ahí hay un problema gravísimo, porque faltó autonomía por fuera de las líneas partidarias. Y, a la vez, mientras eso sucedía, pero de manera paralela, fueron avanzando las derechas, con discursos promilitares que justifican la dictadura y que siempre estuvieron presentes.
--¿Eran más subterráneos o el discurso oficial negacionista les dio visibilidad?
--Eran discursos subterráneos, sin espacio de audibilidad social. Lo que sucede ahora es que el ascenso de las derechas, con su “batalla cultural”, les da espacio e integra estos discursos negacionistas sobre la dictadura. Es decir, no es que la sociedad argentina se haya vuelto negacionista, sí que viró a la derecha en términos generales, y eso da espacio para que esos discursos sobre la dictadura tengan amplificación social. Pero no es que hayamos pasado de una sociedad con hegemonía del discurso del Nunca Más a la hegemonía del discurso negacionista. Pasamos a una sociedad más heterogénea, más polarizada políticamente y donde hay espacio o audibilidad para todos estos discursos. Pero el consenso por Memoria, Verdad y Justicia o el Nunca Más no desapareció, sino que no es tan absoluto o hegemónico como quisimos creer.
--¿Cómo transmitir a los más chicos el valor de la justicia frente a los rumores de un indulto a responsables de crímenes de lesa humanidad?
--Creo que ahí hay que explicar que la justicia es un valor, pero que, en la Argentina, la justicia ha sido un resultado de los avatares de la política. Es decir, que en el año 85 se pudiera juzgar a las Juntas Militares es resultado de una presión social y una decisión política para que eso fuera posible. Que en los 90 se indultara fue un resultado de la política de ese momento, que en los 2000 se reiniciaran los procesos de justicia también fue un resultado de la política de ese momento. La historia supone transformaciones y ciclos históricos, y efectivamente estamos en un ciclo histórico donde la justicia por los valores más básicos está permanentemente puesta en cuestión. Es la historia la que nos permite comprender cómo las sociedades tienen ciclos y van cambiando y cómo a un ciclo de injusticia puede suceder un ciclo de justicia, pero eso no es automático. Es un resultado de las demandas y las movilizaciones sociales. Y eso sí me parece que es fundamental remarcarlo porque es un aprendizaje del pasado para el presente.
--El libro puede leerse como un recorrido histórico o a través de grandes temas, como la Guerra de Malvinas y el Mundial 78. ¿Hasta qué punto las generaciones más jóvenes relacionan estos hechos al pensar la dictadura?
--La Guerra de Malvinas no hubiera tenido lugar sin la dictadura y sin los dictadores. El libro tiene como lema “contemos esta historia haciéndonos cargo de sus dimensiones incómodas”. Y una de las dimensiones incómodas de esta historia es cómo buena parte de la sociedad argentina aceptó, consensó y fue indiferente a la dictadura, a la violencia dictatorial y a la represión. Entonces, hablar de Malvinas y hablar del Mundial de Fútbol es una de las maneras de entrar a la pregunta de qué hacía la sociedad argentina mientras sucedía todo esto.
--¿Qué preguntas suelen hacer los chicos cuando se les cuenta sobre la dictadura?
--Más allá de la pregunta sobre el número de desaparecidos que sigue siendo central, cuando uno le cuenta a un chico sobre los centros clandestinos, las desapariciones, los vuelos de la muerte o los partos clandestinos, las preguntas que suelen hacer son: ¿qué estábamos haciendo cuando esto pasó? ¿Cómo pudo pasar? ¿Cómo aceptamos que pasara? Narrar el Mundial del 78 o Malvinas tiene que ver con volver a la pregunta de: ¿y qué estábamos haciendo mientras esto pasaba? Esta es una pregunta que también interpela sobre el presente, porque, ¿qué estamos haciendo mientras está pasando todo lo que está pasando? Entonces, el libro no habla del presente, pero establece los puentes para hacerse preguntas sobre el presente.
--A 50 años del golpe de Estado, ¿cómo explicarles a las nuevas generaciones que esta historia sigue abierta?
--Me parece que casos como la aparición e identificación de restos humanos en La Perla, 50 años después, es una de las mejores maneras de mostrar y de explicar que esta historia sigue abierta y que sigue sucediendo. A su vez, que en la sociedad actual se siga discutiendo el número de desaparecidos o si lo que sucedió fue una guerra, muestra hasta qué punto ese pasado es un pasado presente, porque lo que se está discutiendo son las formas del orden social, las admitidas y las deseadas, y eso es actualidad, no es pasado. Por último, también me parece que mostrar desde el punto de vista de la enseñanza hasta qué punto la dictadura reconfiguró la sociedad en la que vivimos hoy es mostrar que la historia sigue abierta y sigue sucediendo.
--¿Cómo pueden las Ciencias Sociales responder a los discursos negacionistas de la extrema derecha?
--Las Ciencias Sociales están siendo sumamente atacadas porque son las que pueden tener una mirada crítica y pueden desmontar los mecanismos político-ideológicos detrás de los discursos de la extrema derecha sobre la memoria y el pasado dictatorial, como para tantos otros temas. El aporte más lúcido que podemos hacer es mostrar que, cuando las derechas están hablando del pasado, cuando están justificando la represión o cuando están diciendo que fue una guerra, lo que están impugnando es cualquier forma de protesta y desafío al orden social. Cuando están defendiendo que fue una guerra, están defendiendo las formas autoritarias del poder y de gobierno. Esto habla del presente y del proyecto de sociedad que nos proponen, no del pasado. Por eso, creo que las Ciencias Sociales pueden iluminar estos puentes entre pasado y presente y mostrar hasta qué punto hoy, a través de la forma en que las derechas quieren construir y reconstruir nuestro país, está en discusión el orden social democrático y la vida en común.
La historiadora y especialista en la última dictadura militar y en los procesos de violencia represiva de la historia argentina explica por qué es fundamental que los más jóvenes puedan entender qué fue la dictadura y la relevancia de pensar el presente en clave histórica. “Para los chicos y los adolescentes la dictadura es tan lejana como la crisis del 2001 o cualquier otro fenómeno de hace 20 años atrás. La dificultad consiste en explicar y que puedan entender por qué sigue siendo importante hablar de estos temas”, explica Marina Franco, historiadora e investigadora principal del Conicet.
“No es la historia por la historia, no es el pasado por el pasado; es el presente construido después de la dictadura y el presente que nos dejó la dictadura”, sostiene, y agrega: “Sigue siendo fundamental que las generaciones más jóvenes puedan entender hasta qué punto el país en el que vivimos es resultado de la dictadura. Además, es una historia que sigue abierta; hay heridas que no se cerraron y procesos de justicia que siguen su curso, productos de un proceso que cambió la historia argentina para siempre”.
Profesora de la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín (Idaes/Unsam), Franco se especializó en la última dictadura militar y en los procesos de violencia represiva de la historia argentina. Autora, entre otros, de Un enemigo para la Nación (FCE, 2012), El final del silencio (FCE, 2018), ESMA. El centro clandestino más emblemático de la última dictadura (coeditora; FCE, 2022) y La última dictadura (Pequeño Editor, 2026), un libro pensado para chicos y chicas desde los 10 años -con infografías, mapas, fotografías e ilustraciones de Pablo Lobato-, que afirma la vigencia de Memoria, Verdad y Justicia como pilares de la vida democrática y se propone como herramienta pedagógica para abrir preguntas, tender puentes entre generaciones y pensar el presente en clave histórica.
--¿Cómo surge la decisión de contar La última dictadura a chicos y adolescentes?
--Hace 25 años trabajo sobre distintos aspectos vinculados a la dictadura y básicamente a la represión en la historia argentina. En ese contexto, hace seis años aproximadamente empecé a trabajar más en la línea de lo que se llama “comunicación social de la ciencia”. El año pasado me planteé que hacía falta una historia de la dictadura para chicos, porque hay materiales sobre Memoria, sobre Abuelas, sobre Nietos, pero no una historia de la dictadura actualizada para ellos. Y la preocupación no es casual: surge de la sensación muy clara frente al avance de los discursos negacionistas sobre la dictadura, por un lado, pero además, porque en los últimos años empecé a descubrir que en las generaciones más jóvenes, incluidas las generaciones menores de 40 años, había mucho desconocimiento sobre el tema.
--¿Desconocimiento sobre qué aspectos, específicamente?
--Creíamos que había una serie de saberes y sentidos comunes instalados, que cuando hablábamos del tema lo hacíamos en un terreno conocido. Lo que empecé a sentir es que había mucho desconocimiento, que había ideas sueltas, pero no necesariamente una comprensión clara de lo que había sido el proyecto de la dictadura, de cómo se relacionaban, por ejemplo, el proyecto económico con el proyecto represivo. Advertí, al mismo tiempo, que en los últimos años la enseñanza de la dictadura se focalizó mucho en la dimensión memorial y que hay escuelas, sobre todo privadas, que ni siquiera ven la efeméride. Ahí falta todavía un terreno por construir. Entonces, entre la preocupación política frente al avance de los discursos negacionistas y la preocupación más pedagógica frente a la sensación de que faltaba conocimiento sobre el tema fue que decidí lanzarme a este proyecto.
--Hay sectores de la sociedad que consideran que es tiempo de dejar el pasado atrás. ¿Cómo transmitir a los más jóvenes los errores y riesgos de esa mirada?
--El primer punto es partir desde el presente. No es la historia por la historia, no es el pasado por el pasado, es el presente construido después de la dictadura y el presente que nos dejó la dictadura. Estamos hablando del país en el que vivimos; incluso el país contra el que combate Milei es el país construido en la herencia posdictatorial, el país de la democracia y los derechos humanos. El segundo punto es cómo nos enfrentamos a esos discursos y cómo llegamos a los chicos.
--¿Cuál es el modo más eficaz de contrarrestar esos discursos?
--El libro establece un puente entre pasado y presente a partir de una apuesta muy específica y muy situada por la historia. En este contexto particular, mi estrategia fue que la historia muestre sin tener que adjetivar más, sin tener que politizar el discurso; que la historia muestre la atrocidad que fue el terrorismo de Estado en la Argentina y cuál fue su proyecto. Esto es importante frente a los discursos negacionistas de todo tipo. Mostrarles a los chicos que uno está hablando desde el conocimiento histórico y que no está bajando una consigna o un discurso político -más allá de la posición ética, por supuesto.
--¿Por qué habla de “estrategia”?
--La estrategia de acercamiento a las generaciones más jóvenes es efectivamente dejar que la historia narre lo que sucedió evitando toda sensación de que hay ahí una bajada de discurso político. Es una estrategia pensada en función de estos tiempos. En contextos donde está tan polarizada la discusión política, una apuesta por el conocimiento y por la verdad histórica ayuda a establecer un puente frente al descreimiento o la sospecha. Esa es la estrategia del libro: que las nuevas generaciones sientan que se les están contando los hechos con el rigor de la historia y de la verdad histórica, y no que se les está construyendo un discurso político que puede producir rechazo. Acá lo que hay es un discurso de verdad histórica.
--¿Qué desafíos implica explicar la dictadura a los más chicos?
--Uno de los mayores desafíos de narrar la dictadura es que, cuando se pone el acento en las cosas que dejó y lo que la sociedad argentina reconstruyó después, el foco se centra en los valores de la democracia y los derechos humanos. El libro aborda lo que fue la dictadura con el doble propósito de iluminar el valor de la democracia en el presente. Sin embargo, vivimos un momento en el que esos valores están tan relativizados, maltratados o incluso ninguneados, que eso dificulta transmitir su importancia a las generaciones más jóvenes. Uno de los desafíos del libro es cómo construir la oposición entre dictadura y democracia y no idealizar esa democracia que los pibes saben cotidianamente que no asegura nada, con el 50% de pobreza a la vista.
--Al respecto, la obra señala que el problema no es la democracia.
--El libro intenta mostrar que la democracia es el mejor modelo posible de convivencia política y de convivencia social que tenemos hoy. La democracia argentina es frágil, pero el problema no es la democracia sino las alternativas políticas que tenemos, que no logran garantizar crecimiento ni disminuir la desigualdad. Creo que la dictadura cambió la historia argentina y que hoy todos los valores y todas las formas del juego político y social que se construyeron en los 40 años que siguieron están en riesgo. A la vez, las condiciones materiales y subjetivas para el neoliberalismo que construyó la dictadura hoy alcanzan su cénit. Estamos otra vez en un momento bisagra.
--¿A qué se refiere con ello?
--Creo que todo lo que dábamos por sentado, construido y aceptado para la vida en común está en riesgo. Hoy están en riesgo la idea del “no a la violencia política”, del “no a la violencia estatal” --porque la represión se ha vuelto moneda corriente--, así como la propia idea de libertades democráticas y la división de poderes, pero también la supervivencia material de millones de personas. Entonces, por un lado, no podemos idealizar nada del contexto actual para contraponer a la dictadura; por otro, hablar de la dictadura permite mostrar los diálogos con el presente y hasta qué punto el presente constituye una amenaza para la convivencia democrática y la inclusión social.
--¿Qué sucede con el consenso alrededor del Nunca Más?
--Empecé a pensar bastante antes de Milei que la fragilización de la democracia en términos sociales y económicos se estaba llevando puestos todos los valores de la democracia y los derechos humanos. Entonces, empecé a pensar que efectivamente ahí había algo que estaba absolutamente en peligro. La otra señal de sorpresa y alarma que tuve fue a partir de toda la reacción social que se gestó en torno a la película Argentina, 1985.
--¿Por qué?
--A raíz de la película tuve numerosas conversaciones con estudiantes universitarios y de escuelas secundarias que se mostraron muy sorprendidos por lo que se contaba allí. Empecé a pensar que estábamos trabajando con la idea de que había unos sentidos comunes y un conocimiento construido y que eso no era tan así, por múltiples razones, y que había que contarlo de vuelta. Creo que hubo un discurso muy fuerte sobre el valor de la memoria y de la justicia, que si bien está instalado en sectores amplios, en otros produce rechazo o sospechas por razones político-ideológicas, y en otros sectores hay desconocimiento. Una cuestión que me parece importante: si el discurso de los derechos humanos no es hegemónico, el negacionismo tampoco. No estamos girando a otra hegemonía nueva, en absoluto.
--¿Hay un discurso menos arraigado de lo que se pensaba y otro más extendido de lo que se creía?
--Creo que el discurso de los derechos humanos, los valores de la Memoria, la Verdad y la Justicia están menos instalados de lo que creíamos, incluso generó saturación en algunos espacios, y que además, como quedaron demasiado asociados a una fuerza política, cuando esa fuerza política generó rechazo, eso contagió al discurso de los derechos humanos. Ahí hay un problema gravísimo, porque faltó autonomía por fuera de las líneas partidarias. Y, a la vez, mientras eso sucedía, pero de manera paralela, fueron avanzando las derechas, con discursos promilitares que justifican la dictadura y que siempre estuvieron presentes.
--¿Eran más subterráneos o el discurso oficial negacionista les dio visibilidad?
--Eran discursos subterráneos, sin espacio de audibilidad social. Lo que sucede ahora es que el ascenso de las derechas, con su “batalla cultural”, les da espacio e integra estos discursos negacionistas sobre la dictadura. Es decir, no es que la sociedad argentina se haya vuelto negacionista, sí que viró a la derecha en términos generales, y eso da espacio para que esos discursos sobre la dictadura tengan amplificación social. Pero no es que hayamos pasado de una sociedad con hegemonía del discurso del Nunca Más a la hegemonía del discurso negacionista. Pasamos a una sociedad más heterogénea, más polarizada políticamente y donde hay espacio o audibilidad para todos estos discursos. Pero el consenso por Memoria, Verdad y Justicia o el Nunca Más no desapareció, sino que no es tan absoluto o hegemónico como quisimos creer.
--¿Cómo transmitir a los más chicos el valor de la justicia frente a los rumores de un indulto a responsables de crímenes de lesa humanidad?
--Creo que ahí hay que explicar que la justicia es un valor, pero que, en la Argentina, la justicia ha sido un resultado de los avatares de la política. Es decir, que en el año 85 se pudiera juzgar a las Juntas Militares es resultado de una presión social y una decisión política para que eso fuera posible. Que en los 90 se indultara fue un resultado de la política de ese momento, que en los 2000 se reiniciaran los procesos de justicia también fue un resultado de la política de ese momento. La historia supone transformaciones y ciclos históricos, y efectivamente estamos en un ciclo histórico donde la justicia por los valores más básicos está permanentemente puesta en cuestión. Es la historia la que nos permite comprender cómo las sociedades tienen ciclos y van cambiando y cómo a un ciclo de injusticia puede suceder un ciclo de justicia, pero eso no es automático. Es un resultado de las demandas y las movilizaciones sociales. Y eso sí me parece que es fundamental remarcarlo porque es un aprendizaje del pasado para el presente.
--El libro puede leerse como un recorrido histórico o a través de grandes temas, como la Guerra de Malvinas y el Mundial 78. ¿Hasta qué punto las generaciones más jóvenes relacionan estos hechos al pensar la dictadura?
--La Guerra de Malvinas no hubiera tenido lugar sin la dictadura y sin los dictadores. El libro tiene como lema “contemos esta historia haciéndonos cargo de sus dimensiones incómodas”. Y una de las dimensiones incómodas de esta historia es cómo buena parte de la sociedad argentina aceptó, consensó y fue indiferente a la dictadura, a la violencia dictatorial y a la represión. Entonces, hablar de Malvinas y hablar del Mundial de Fútbol es una de las maneras de entrar a la pregunta de qué hacía la sociedad argentina mientras sucedía todo esto.
--¿Qué preguntas suelen hacer los chicos cuando se les cuenta sobre la dictadura?
--Más allá de la pregunta sobre el número de desaparecidos que sigue siendo central, cuando uno le cuenta a un chico sobre los centros clandestinos, las desapariciones, los vuelos de la muerte o los partos clandestinos, las preguntas que suelen hacer son: ¿qué estábamos haciendo cuando esto pasó? ¿Cómo pudo pasar? ¿Cómo aceptamos que pasara? Narrar el Mundial del 78 o Malvinas tiene que ver con volver a la pregunta de: ¿y qué estábamos haciendo mientras esto pasaba? Esta es una pregunta que también interpela sobre el presente, porque, ¿qué estamos haciendo mientras está pasando todo lo que está pasando? Entonces, el libro no habla del presente, pero establece los puentes para hacerse preguntas sobre el presente.
--A 50 años del golpe de Estado, ¿cómo explicarles a las nuevas generaciones que esta historia sigue abierta?
--Me parece que casos como la aparición e identificación de restos humanos en La Perla, 50 años después, es una de las mejores maneras de mostrar y de explicar que esta historia sigue abierta y que sigue sucediendo. A su vez, que en la sociedad actual se siga discutiendo el número de desaparecidos o si lo que sucedió fue una guerra, muestra hasta qué punto ese pasado es un pasado presente, porque lo que se está discutiendo son las formas del orden social, las admitidas y las deseadas, y eso es actualidad, no es pasado. Por último, también me parece que mostrar desde el punto de vista de la enseñanza hasta qué punto la dictadura reconfiguró la sociedad en la que vivimos hoy es mostrar que la historia sigue abierta y sigue sucediendo.
--¿Cómo pueden las Ciencias Sociales responder a los discursos negacionistas de la extrema derecha?
--Las Ciencias Sociales están siendo sumamente atacadas porque son las que pueden tener una mirada crítica y pueden desmontar los mecanismos político-ideológicos detrás de los discursos de la extrema derecha sobre la memoria y el pasado dictatorial, como para tantos otros temas. El aporte más lúcido que podemos hacer es mostrar que, cuando las derechas están hablando del pasado, cuando están justificando la represión o cuando están diciendo que fue una guerra, lo que están impugnando es cualquier forma de protesta y desafío al orden social. Cuando están defendiendo que fue una guerra, están defendiendo las formas autoritarias del poder y de gobierno. Esto habla del presente y del proyecto de sociedad que nos proponen, no del pasado. Por eso, creo que las Ciencias Sociales pueden iluminar estos puentes entre pasado y presente y mostrar hasta qué punto hoy, a través de la forma en que las derechas quieren construir y reconstruir nuestro país, está en discusión el orden social democrático y la vida en común.