La estrategia detrás de los triunfos de la izquierda en Nueva York y Berlin
Una plan para frenar a la ultraderecha
Por
Julieta Dussely- Julieta Dussel
27 de septiembre de 2026

Zohran Mamdani en campaña antes de ser electo alcalde de Nueva York. AFP -
Hace poco menos de un año, el joven socialista Zohran Mamdani sorprendió al mundo al ser electo alcalde de Nueva York. Y con esa victoria apareció una esperanza para el progresismo de Estados Unidos y de muchos lugares del mundo. El triunfo de Mamdani, su carisma y su entusiasmo por mejorar la vida de sus votantes permitían vislumbrar la posibilidad de encontrar otra manera de conectar con los electores y cortar la ola de ultraderecha que parecía imparable y venía extendiéndose por todo el planeta, de la mano del big data, con el apoyo de los ultrarricos. Morris Katz, el ideólogo de la campaña de Mamdani, tuvo un rol central en la elección que llevó a la izquierda alemana al triunfo en la capital.
Pero también planteaba el interrogante sobre si era posible replicar algo similar en otros lugares. Existía la duda sobre si otros candidatos podían conectar con los electores como lo hizo Mamdani, o si se trataba de un líder con un enorme carisma, imposible de emular.
Una primera respuesta apareció este último domingo cuando el partido Die Linke (literalmente “La izquierda”) ganó en las elecciones por la alcaldía de Berlín. Así, Elif Eralp, una abogada especialista en derechos de los trabajadores e hija de inmigrantes turcos, se impuso por el 25,7% de los votos. Por detrás quedaron la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU), el partido de Angela Merkel con el 18,8%, la ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) con 16,3%, los Verdes con el 14,3% y el tradicional partido Socialdemócrata (SPD) que sólo obtuvo el 12%.
Hace poco menos de un año, el joven socialista Zohran Mamdani sorprendió al mundo al ser electo alcalde de Nueva York. Y con esa victoria apareció una esperanza para el progresismo de Estados Unidos y de muchos lugares del mundo. El triunfo de Mamdani, su carisma y su entusiasmo por mejorar la vida de sus votantes permitían vislumbrar la posibilidad de encontrar otra manera de conectar con los electores y cortar la ola de ultraderecha que parecía imparable y venía extendiéndose por todo el planeta, de la mano del big data, con el apoyo de los ultrarricos. Morris Katz, el ideólogo de la campaña de Mamdani, tuvo un rol central en la elección que llevó a la izquierda alemana al triunfo en la capital.
Pero también planteaba el interrogante sobre si era posible replicar algo similar en otros lugares. Existía la duda sobre si otros candidatos podían conectar con los electores como lo hizo Mamdani, o si se trataba de un líder con un enorme carisma, imposible de emular.
Una primera respuesta apareció este último domingo cuando el partido Die Linke (literalmente “La izquierda”) ganó en las elecciones por la alcaldía de Berlín. Así, Elif Eralp, una abogada especialista en derechos de los trabajadores e hija de inmigrantes turcos, se impuso por el 25,7% de los votos. Por detrás quedaron la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU), el partido de Angela Merkel con el 18,8%, la ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) con 16,3%, los Verdes con el 14,3% y el tradicional partido Socialdemócrata (SPD) que sólo obtuvo el 12%.
Eralp aún no es alcaldesa, para eso necesita formar una coalición, pero todo apunta a que negociará con los Verdes y el SPD para formar gobierno. Si lo consigue sería la primera vez que un dirigente de Die Linke encabeza la alcaldía de Berlín desde la reunificación alemana, en 1990
¿Qué tienen en común este triunfo de Elif Eralp en Berlín con el de Zohran Mamdani en Nueva York?
¿Qué tienen en común este triunfo de Elif Eralp en Berlín con el de Zohran Mamdani en Nueva York?
Morris Katz, el estratega detrás de la campaña de Mamdani, tuvo un rol central en la elección que llevó a la izquierda alemana al triunfo. Al igual que Mamdani, Katz pertenece a la élite cultural de la costa este de Estados Unidos. Uno de los cuatro hijos de una familia judía de Nueva York, su padre David Bar Katz es dramaturgo, y guionista de exitosas series de televisión (Gigoló Americano, Ray Donovan). Su madre, Julie Merberg, escribe y edita libros infantiles, y su padrino era el fallecido actor Philip Seymour Hoffman.
Algunos lo han bautizado como “el Mozart de la comunicación política”, quizás por su talento con tan sólo 27 años (hasta 2025 se agregaba un par de años cuando tenía reuniones con clientes). Pero a pesar de su juventud, tiene experiencia en el tema. Su primera experiencia fue en 2020, con la campaña de Erica Smith al Senado. Con ella recorrió los 100 condados de Carolina del Norte, en una gira que duró 100 días. Él mismo admitió que allí empezó a valorar la importancia de encontrar una historia personal potente y convertirla en el eje de la campaña.
Años más tarde Morris, se unió a la agencia Fight (Lucha), que se dedica al asesoramiento de figuras políticas, la mayoría de ellas incipientes y absolutamente todas, de izquierda.
Su primera reunión con Mamdani fue en 2024 en Kabab King, un restaurante indio que era su base de operaciones en Queens, cuando el actual alcalde era prácticamente un desconocido y tenía menos del 1% de intención de voto. Según le contó Katz a la revista francesa Revue XXI, fue amor a primera vista: “Era extraordinariamente inteligente, muy empático. Lo que me impactó fue lo motivado que estaba por la idea de lo que Nueva York podría llegar a ser. Pensé que si yo podía sentir eso en unos minutos, entonces toda la ciudad también podría” .
Katz es sumamente frontal en sus opiniones. Para él su enemigo es “el establishment” y aclara “en su conjunto”, lo que implica “luchar contra los republicanos, pero también contra los demócratas cuando sea necesario”. Para el consultor político, “la lucha contra la oligarquía no se limita a Estados Unidos. La misma historia se repite en muchos lugares: las grandes tecnológicas y la clase multimillonaria se han organizado internacionalmente contra los trabajadores y la clase media. Por lo tanto, nosotros debemos unirnos globalmente para contraatacar”.
Quizás por eso cruzó el charco y durante este año visitó varias ciudades europeas. Tuvo reuniones en Bruselas invitado por la Alianza de Izquierda Europea (una agrupación de partidos de izquierda de distintos países de la Eurocámara), en Londres se entrevistó con una veintena de diputados y comunicadores laboristas, y a partir de enero comenzó a colaborar activamente como consultor externo en la campaña de Elif Eralp por la alcaldía de Berlín, delineando la estrategia de la campaña, mientras que el día a día fue manejado por la estructura del partido desde Alemania.
Pero entonces, ¿cuál es el método del joven Morris Katz? ¿En qué consiste? Aunque no ha escrito un libro donde lo explicite, es posible deducirlo a través de sus distintas intervenciones públicas:
-La disciplina del mensaje: Este es el pilar de su estrategia. Elegir pocas propuestas de alto impacto y obligar a que cada publicación, video o comunicado remita a ellas de forma obsesiva.
En las elecciones de Nueva York todo giró sobre el “costo de vida”. Allí identificaron que muchas personas en la ciudad tenían dificultades para llegar a fin de mes y poder pagar sus necesidades básicas (algo que nos suena muy familiar a los argentinos). Entonces, el mensaje central de la campaña se centró en el derecho de las personas a aspirar a una calidad de vida digna, y eso se tradujo en 3 mensajes clave: Renta controlada, guarderías gratuitas y colectivos gratis.
-Dejar “cocinar” al candidato (Let them cook)
Katz es extremadamente crítico del mundo de la consultoría política, sobre todo de quienes asesoran al progresismo. Considera que (a pesar de perder varias elecciones) muchos de ellos tienen su propio manual y tratan de que los candidatos se acomoden a él, cuando según su razonamiento “cualquier fan del deporte sabe que los mejores entrenadores son los que construyen el equipo alrededor de su estrella”.
Está convencido de que si, en su lugar, otro consultor político hubiera visto a Zohan Mamdani en 2024, lo primero que hubiera dicho es “¿cuán rápido podemos correrlo al centro?”, o “Estos temas no miden bien en las encuestas, descartémoslos”.
Pero su estrategia es la opuesta. Implica abandonar los manuales rígidos y estandarizados de la consultoría tradicional, para permitir que el candidato se muestre auténtico, fiel a su propia identidad, que hable en su propio lenguaje sin filtros corporativos.
-La política no es persuasión, es entretenimiento y cultura.
Está convencido de que “a nadie le gustan los anuncios políticos”. La gente entra a las redes a pasarla bien, por lo que los spots deben camuflarse en la cultura pop y no ser aburridos o interrumpir el clima que la gente busca cuando entra a esas plataformas.
-Identificar y nombrar al “villano” claramente.
La campaña no puede limitarse a decir que las cosas están mal de manera abstracta; para ser creíble ante la clase trabajadora, hay que señalar a los responsables (las corporaciones, la clase multimillonaria, los monopolios). Katz sostiene que “no se le puede decir a la gente que la están perjudicando sin decirle quién fue el que la perjudicó. Si roban en tu casa, no quieres que un político venga a decirte “qué lástima que te robaron”, quieres saber qué va a hacer al respecto”.
-Hablarle a las mayorías.
La comunicación debe enfocarse en soluciones materiales que mejoren la vida diaria de las personas (salud, escuelas, transporte) y no enfrascarse en debates doctrinarios o identitarios. Katz quiere buscar votantes desencantados de otras fuerzas políticas, incluidos antiguos votantes de derecha.
-La pregunta: Otra de sus estrategias es tener una pregunta que permita entrar en la conversación, algo sobre lo que todos tengan una opinión. En las elecciones de Berlín fue “¿podes pagar el alquiler?”, en Argentina podría ser “¿podés llegar a fin de mes?”.
Elif Eralp fue una muy buena alumna de la disciplina del mensaje, y mientras el CDU y AfD se enredaron en el debate por el lenguaje inclusivo, ella articuló su campaña sobre el aumento de los alquileres. Berlín es una ciudad de inquilinos: 1,7 millones de hogares son habitados por inquilinos y solo 300 mil por propietarios. Un problema muy concreto para la mayoría de los berlineses, porque los alquileres aumentaron fuertemente en la última década, pasando de 8,80 euros por metro cuadrado en 2015 a 15,78 euros en 2025, una suba de casi el 80%.
En ese tema se centró la izquierda, con propuestas muy concretas: entre ellas, hacer cumplir el resultado de un referéndum realizado en 2021 en el que 59% de los votantes se pronunciaron a favor de transferir al sector público las viviendas de grandes empresas inmobiliarias con más de 3000 unidades. La medida afectaría a más de 220 mil viviendas.
Otro aspecto en el que existen similitudes con la estrategia de Mamdani fue el despliegue en el territorio. En los meses previos a las elecciones, bajo el eslogan “Nunca solos, siempre juntos” Die Linke llevó la campaña a los barrios y a las puertas de las casas. Organizó reuniones de inquilinos y ofreció herramientas concretas para enfrentar los problemas cotidianos, como asesoramiento a los vecinos, revisión de los contratos de alquiler abusivos y un servicio para controlar las facturas de calefacción (que aumentaron mucho en los últimos años). Así el discurso logró romper la distancia con los votantes y estuvo acompañado por herramientas prácticas que ayudaban a aliviar las dificultades del día a día.
Todo esto fue conseguido gracias a una importante movilización feminista y juvenil, en la que más de 2000 voluntarios golpearon 140 mil puertas y consiguieron aumentar la participación, que escaló del 62,9% al 74,2%. El esfuerzo dio sus frutos, Die Linke, un partido que en las elecciones de 2023 había sacado el 12,2% de los votos, en estas consiguió liderarlas con el 25,7%. Además, obtuvo el apoyo del 43% de los jóvenes entre 16 y 24 años, el 49% entre los de 25 y 34 años, y su mejor desempeño se dio entre las mujeres menores de 30 años, donde consiguieron un 54% de los votos.
Esto probó que la izquierda puede ganar respaldo popular cuando pone en el centro de la discusión el costo de vida y la crisis de los alquileres. Allí se termina la brecha entre la clase trabajadora tradicional y los jóvenes precarizados. Todos tienen los mismos problemas.
Frente al avance global de la derecha, el triunfo de la izquierda en Berlín abre esperanzas para el progresismo. Parte de la importancia de este triunfo reside en que fue la primera gran capital europea en la que ganó una candidata que buscó expresamente el consejo de Morris Katz. Eso cambia el peso de su influencia y permite pensar que otros candidatos de izquierda (o progresistas) pueden triunfar en distintas latitudes aplicando su método.
Pero tampoco hay que ser exitista. Aún no se ha probado que esta estrategia funcione fuera de las grandes ciudades. En las áreas rurales, la vivienda no es un tema tan central, hay mayor porcentaje de propietarios. En esas zonas, los conflictos tienen más que ver con el desmantelamiento de los servicios, la desindustrialización y la falta de futuro para los jóvenes.
Pero no se trata de copiar un manual, sino de adaptarse a las circunstancias, rescatar la autenticidad y no perder el norte, en palabras de Katz “para mantener este sistema, la extrema derecha está lanzando guerras culturales como distracción. Por eso debemos ser disciplinados en los mensajes que transmitimos. Esto es lo que permite que la gente nos escuche cuando hablamos de poder adquisitivo o salarios, incluso cuando la extrema derecha quiere hablar de todo menos de eso”.
Esta idea no es totalmente nueva en la consultoría política. En 2004 el lingüista cognitivo George Lakoff publicó el libro “No pienses en un elefante: Lenguaje y debate político”, donde explicó cómo los marcos conceptuales (framing) moldean el razonamiento: la manera en que se presenta un hecho puede modificar por completo su interpretación.
Un experimento de los psicólogos Paul Thibodeau y Lera Boroditsky puso a prueba esa idea. A un grupo de personas se le dio la misma información sobre el aumento de la delincuencia en una ciudad ficticia, pero con una única diferencia: a unos se les habló del delito como una “bestia” que acechaba la ciudad, y a otros como un “virus” que la infectaba. Ese pequeño cambio bastó para diferenciar las soluciones que cada grupo consideró más apropiadas: quienes leyeron la metáfora de la “bestia” prefirieron medidas asociadas a castigos, capturas y vigilancia; quienes leyeron la del “virus” prefirieron la prevención y las reformas sociales.
No se trata de que una palabra cambie mecánicamente una opinión, sino de algo más sutil: la misma información puede activar maneras distintas de interpretarla y así ciertas respuestas terminan pareciendo más razonables que otras. El lenguaje no sólo describe el problema: también organiza la manera en que lidiamos con él y las soluciones que creemos viables.
Un análisis de FrameLab, la consultora que fundó Lakoff, concluyó que uno de los factores del éxito de Mamadani fue que evitó caer en el marco de sus oponentes. No adoptó ni se defendió con el vocabulario que le imponía la oposición, sino que reencuadró el debate y lo enfocó en su mensaje (basado en necesidades materiales concretas): alquiler, transporte gratuito, guardería para niños pequeños. Una vez más, lo que Katz denomina la disciplina del mensaje.
Pero esto no se traduce en un manual que deban seguir todos los candidatos. Para Katz, la clave está en la autenticidad y coherencia del candidato, no en fabricar un personaje siguiendo un manual. Eso se vio claramente en la manera original, disruptiva y libre de complejos en la que Mamdani respondió a los ataques. Cuando lo criticaron por su juventud,respondió con ironía en un video en el que anunciaba que para satisfacer los reclamos “iba a cumplir años”. Cuando lo cuestionaron por su religión y pretendieron arrastrarlo al clásico marco defensivo de “soy musulmán, pero no soy terrorista”, Mamdani se negó a pedir disculpas, visibilizó la islamofobia y reivindicó su identidad. Ahí está la autenticidad real de la que habla Katz, una forma de hacer política que desarma los prejuicios con sinceridad, que reivindica con orgullo quién es y en qué valores cree.
Aún no sabemos si ese método puede funcionar en nuestro país. Pero después de Nueva York y Berlín, la pregunta ya no es si el progresismo puede ganar hablando del bolsillo, sino si alguien se anima a intentarlo en Argentina.
Algunos lo han bautizado como “el Mozart de la comunicación política”, quizás por su talento con tan sólo 27 años (hasta 2025 se agregaba un par de años cuando tenía reuniones con clientes). Pero a pesar de su juventud, tiene experiencia en el tema. Su primera experiencia fue en 2020, con la campaña de Erica Smith al Senado. Con ella recorrió los 100 condados de Carolina del Norte, en una gira que duró 100 días. Él mismo admitió que allí empezó a valorar la importancia de encontrar una historia personal potente y convertirla en el eje de la campaña.
Años más tarde Morris, se unió a la agencia Fight (Lucha), que se dedica al asesoramiento de figuras políticas, la mayoría de ellas incipientes y absolutamente todas, de izquierda.
Su primera reunión con Mamdani fue en 2024 en Kabab King, un restaurante indio que era su base de operaciones en Queens, cuando el actual alcalde era prácticamente un desconocido y tenía menos del 1% de intención de voto. Según le contó Katz a la revista francesa Revue XXI, fue amor a primera vista: “Era extraordinariamente inteligente, muy empático. Lo que me impactó fue lo motivado que estaba por la idea de lo que Nueva York podría llegar a ser. Pensé que si yo podía sentir eso en unos minutos, entonces toda la ciudad también podría” .
Katz es sumamente frontal en sus opiniones. Para él su enemigo es “el establishment” y aclara “en su conjunto”, lo que implica “luchar contra los republicanos, pero también contra los demócratas cuando sea necesario”. Para el consultor político, “la lucha contra la oligarquía no se limita a Estados Unidos. La misma historia se repite en muchos lugares: las grandes tecnológicas y la clase multimillonaria se han organizado internacionalmente contra los trabajadores y la clase media. Por lo tanto, nosotros debemos unirnos globalmente para contraatacar”.
Quizás por eso cruzó el charco y durante este año visitó varias ciudades europeas. Tuvo reuniones en Bruselas invitado por la Alianza de Izquierda Europea (una agrupación de partidos de izquierda de distintos países de la Eurocámara), en Londres se entrevistó con una veintena de diputados y comunicadores laboristas, y a partir de enero comenzó a colaborar activamente como consultor externo en la campaña de Elif Eralp por la alcaldía de Berlín, delineando la estrategia de la campaña, mientras que el día a día fue manejado por la estructura del partido desde Alemania.
Pero entonces, ¿cuál es el método del joven Morris Katz? ¿En qué consiste? Aunque no ha escrito un libro donde lo explicite, es posible deducirlo a través de sus distintas intervenciones públicas:
-La disciplina del mensaje: Este es el pilar de su estrategia. Elegir pocas propuestas de alto impacto y obligar a que cada publicación, video o comunicado remita a ellas de forma obsesiva.
En las elecciones de Nueva York todo giró sobre el “costo de vida”. Allí identificaron que muchas personas en la ciudad tenían dificultades para llegar a fin de mes y poder pagar sus necesidades básicas (algo que nos suena muy familiar a los argentinos). Entonces, el mensaje central de la campaña se centró en el derecho de las personas a aspirar a una calidad de vida digna, y eso se tradujo en 3 mensajes clave: Renta controlada, guarderías gratuitas y colectivos gratis.
-Dejar “cocinar” al candidato (Let them cook)
Katz es extremadamente crítico del mundo de la consultoría política, sobre todo de quienes asesoran al progresismo. Considera que (a pesar de perder varias elecciones) muchos de ellos tienen su propio manual y tratan de que los candidatos se acomoden a él, cuando según su razonamiento “cualquier fan del deporte sabe que los mejores entrenadores son los que construyen el equipo alrededor de su estrella”.
Está convencido de que si, en su lugar, otro consultor político hubiera visto a Zohan Mamdani en 2024, lo primero que hubiera dicho es “¿cuán rápido podemos correrlo al centro?”, o “Estos temas no miden bien en las encuestas, descartémoslos”.
Pero su estrategia es la opuesta. Implica abandonar los manuales rígidos y estandarizados de la consultoría tradicional, para permitir que el candidato se muestre auténtico, fiel a su propia identidad, que hable en su propio lenguaje sin filtros corporativos.
-La política no es persuasión, es entretenimiento y cultura.
Está convencido de que “a nadie le gustan los anuncios políticos”. La gente entra a las redes a pasarla bien, por lo que los spots deben camuflarse en la cultura pop y no ser aburridos o interrumpir el clima que la gente busca cuando entra a esas plataformas.
-Identificar y nombrar al “villano” claramente.
La campaña no puede limitarse a decir que las cosas están mal de manera abstracta; para ser creíble ante la clase trabajadora, hay que señalar a los responsables (las corporaciones, la clase multimillonaria, los monopolios). Katz sostiene que “no se le puede decir a la gente que la están perjudicando sin decirle quién fue el que la perjudicó. Si roban en tu casa, no quieres que un político venga a decirte “qué lástima que te robaron”, quieres saber qué va a hacer al respecto”.
-Hablarle a las mayorías.
La comunicación debe enfocarse en soluciones materiales que mejoren la vida diaria de las personas (salud, escuelas, transporte) y no enfrascarse en debates doctrinarios o identitarios. Katz quiere buscar votantes desencantados de otras fuerzas políticas, incluidos antiguos votantes de derecha.
-La pregunta: Otra de sus estrategias es tener una pregunta que permita entrar en la conversación, algo sobre lo que todos tengan una opinión. En las elecciones de Berlín fue “¿podes pagar el alquiler?”, en Argentina podría ser “¿podés llegar a fin de mes?”.
Elif Eralp fue una muy buena alumna de la disciplina del mensaje, y mientras el CDU y AfD se enredaron en el debate por el lenguaje inclusivo, ella articuló su campaña sobre el aumento de los alquileres. Berlín es una ciudad de inquilinos: 1,7 millones de hogares son habitados por inquilinos y solo 300 mil por propietarios. Un problema muy concreto para la mayoría de los berlineses, porque los alquileres aumentaron fuertemente en la última década, pasando de 8,80 euros por metro cuadrado en 2015 a 15,78 euros en 2025, una suba de casi el 80%.
En ese tema se centró la izquierda, con propuestas muy concretas: entre ellas, hacer cumplir el resultado de un referéndum realizado en 2021 en el que 59% de los votantes se pronunciaron a favor de transferir al sector público las viviendas de grandes empresas inmobiliarias con más de 3000 unidades. La medida afectaría a más de 220 mil viviendas.
Otro aspecto en el que existen similitudes con la estrategia de Mamdani fue el despliegue en el territorio. En los meses previos a las elecciones, bajo el eslogan “Nunca solos, siempre juntos” Die Linke llevó la campaña a los barrios y a las puertas de las casas. Organizó reuniones de inquilinos y ofreció herramientas concretas para enfrentar los problemas cotidianos, como asesoramiento a los vecinos, revisión de los contratos de alquiler abusivos y un servicio para controlar las facturas de calefacción (que aumentaron mucho en los últimos años). Así el discurso logró romper la distancia con los votantes y estuvo acompañado por herramientas prácticas que ayudaban a aliviar las dificultades del día a día.
Todo esto fue conseguido gracias a una importante movilización feminista y juvenil, en la que más de 2000 voluntarios golpearon 140 mil puertas y consiguieron aumentar la participación, que escaló del 62,9% al 74,2%. El esfuerzo dio sus frutos, Die Linke, un partido que en las elecciones de 2023 había sacado el 12,2% de los votos, en estas consiguió liderarlas con el 25,7%. Además, obtuvo el apoyo del 43% de los jóvenes entre 16 y 24 años, el 49% entre los de 25 y 34 años, y su mejor desempeño se dio entre las mujeres menores de 30 años, donde consiguieron un 54% de los votos.
Esto probó que la izquierda puede ganar respaldo popular cuando pone en el centro de la discusión el costo de vida y la crisis de los alquileres. Allí se termina la brecha entre la clase trabajadora tradicional y los jóvenes precarizados. Todos tienen los mismos problemas.
Frente al avance global de la derecha, el triunfo de la izquierda en Berlín abre esperanzas para el progresismo. Parte de la importancia de este triunfo reside en que fue la primera gran capital europea en la que ganó una candidata que buscó expresamente el consejo de Morris Katz. Eso cambia el peso de su influencia y permite pensar que otros candidatos de izquierda (o progresistas) pueden triunfar en distintas latitudes aplicando su método.
Pero tampoco hay que ser exitista. Aún no se ha probado que esta estrategia funcione fuera de las grandes ciudades. En las áreas rurales, la vivienda no es un tema tan central, hay mayor porcentaje de propietarios. En esas zonas, los conflictos tienen más que ver con el desmantelamiento de los servicios, la desindustrialización y la falta de futuro para los jóvenes.
Pero no se trata de copiar un manual, sino de adaptarse a las circunstancias, rescatar la autenticidad y no perder el norte, en palabras de Katz “para mantener este sistema, la extrema derecha está lanzando guerras culturales como distracción. Por eso debemos ser disciplinados en los mensajes que transmitimos. Esto es lo que permite que la gente nos escuche cuando hablamos de poder adquisitivo o salarios, incluso cuando la extrema derecha quiere hablar de todo menos de eso”.
Esta idea no es totalmente nueva en la consultoría política. En 2004 el lingüista cognitivo George Lakoff publicó el libro “No pienses en un elefante: Lenguaje y debate político”, donde explicó cómo los marcos conceptuales (framing) moldean el razonamiento: la manera en que se presenta un hecho puede modificar por completo su interpretación.
Un experimento de los psicólogos Paul Thibodeau y Lera Boroditsky puso a prueba esa idea. A un grupo de personas se le dio la misma información sobre el aumento de la delincuencia en una ciudad ficticia, pero con una única diferencia: a unos se les habló del delito como una “bestia” que acechaba la ciudad, y a otros como un “virus” que la infectaba. Ese pequeño cambio bastó para diferenciar las soluciones que cada grupo consideró más apropiadas: quienes leyeron la metáfora de la “bestia” prefirieron medidas asociadas a castigos, capturas y vigilancia; quienes leyeron la del “virus” prefirieron la prevención y las reformas sociales.
No se trata de que una palabra cambie mecánicamente una opinión, sino de algo más sutil: la misma información puede activar maneras distintas de interpretarla y así ciertas respuestas terminan pareciendo más razonables que otras. El lenguaje no sólo describe el problema: también organiza la manera en que lidiamos con él y las soluciones que creemos viables.
Un análisis de FrameLab, la consultora que fundó Lakoff, concluyó que uno de los factores del éxito de Mamadani fue que evitó caer en el marco de sus oponentes. No adoptó ni se defendió con el vocabulario que le imponía la oposición, sino que reencuadró el debate y lo enfocó en su mensaje (basado en necesidades materiales concretas): alquiler, transporte gratuito, guardería para niños pequeños. Una vez más, lo que Katz denomina la disciplina del mensaje.
Pero esto no se traduce en un manual que deban seguir todos los candidatos. Para Katz, la clave está en la autenticidad y coherencia del candidato, no en fabricar un personaje siguiendo un manual. Eso se vio claramente en la manera original, disruptiva y libre de complejos en la que Mamdani respondió a los ataques. Cuando lo criticaron por su juventud,respondió con ironía en un video en el que anunciaba que para satisfacer los reclamos “iba a cumplir años”. Cuando lo cuestionaron por su religión y pretendieron arrastrarlo al clásico marco defensivo de “soy musulmán, pero no soy terrorista”, Mamdani se negó a pedir disculpas, visibilizó la islamofobia y reivindicó su identidad. Ahí está la autenticidad real de la que habla Katz, una forma de hacer política que desarma los prejuicios con sinceridad, que reivindica con orgullo quién es y en qué valores cree.
Aún no sabemos si ese método puede funcionar en nuestro país. Pero después de Nueva York y Berlín, la pregunta ya no es si el progresismo puede ganar hablando del bolsillo, sino si alguien se anima a intentarlo en Argentina.