6 nov 2014

Neoautoritarismo en Paraguay

Por Rocco Carbone y Clyde Soto

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Cuando el poder no encuentra topes que lo contengan se desborda. Y es (casi) imposible que bajo tal circunstancia no se produzcan abusos: exabruptos destinados a reforzar la posición desde donde se posee la responsabilidad –convertida, por falta de límites, en privilegio– de determinar el curso de las cosas. El poder desbordado se convierte en abusivo y el poder abusivo desafiado suele transformarse en violento (violencia explicitada en símbolos o en materialidades), pues para sostenerse precisa neutralizar las resistencias. La violencia del poder abusivo vuelve dificultosa la convivencia humana bajo el signo de la cordura.
Si se mira al Paraguay actual no se puede menos que visualizar la escalada de hechos que ratifican la descomposición de la política (entendida en un sentido democrático) a expensas de un renovado autoritarismo. Es que el viejo poder reconcentrado bajo la figura y las huestes del dictador entre 1954 y 1989 nunca fue contestado de manera suficiente como para erradicarlo definitivamente o para siquiera matizarlo de manera estable bajo los límites democráticos. Preso de un proceso que nada más reacondicionó al sistema político para preservar el poderío de los sectores enriquecidos y beneficiados bajo el régimen, el Paraguay entre 1989 y 2008 vivió una transición sin alternancia. Después se vino el interregno del gobierno de Fernando Lugo, pero luego del golpe, en junio de 2012, el país volvió a una vieja y aparentemente imperecedera hegemonía: la del Partido Colorado (Asociación Nacional Republicana, ANR). Partido co(n)fundido con el Estado y que dentro de sus márgenes supo cobijar, también, al autoritarismo stroesnista.
Dado el contexto, el prefijo “neo” quizás ni siquiera sea necesario para identificar los rasgos comunes al conjunto de abusos autoritarios teñidos del estilo stroesnista que están asolando en estos días al Paraguay, tanto dentro como fuera de sus propias fronteras.
La violencia de ese stroesnismo que nunca se fue se hizo patentemente dolorosa con el asesinato de dos personas por parte de sicarios en el norte del país: un periodista, Pablo Medina, y una joven que lo estaba acompañando en su recorrido, Antonia Maribel Almada, de apenas 19 años. Como responsables se señala a sectores vinculados con el narcotráfico, que hacía ya tiempo venían amenazando al periodista. Lo más grave del caso es la supuesta vinculación de un intendente de la ANR con el crimen: y peor aún es que ya siendo candidato al cargo, en 2010, circulaban denuncias acerca de sus nexos con el crimen organizado en torno de las drogas. El stroesnismo debe ser señalado si se quiere poner a este crimen en su contexto de más largo plazo. Recordemos que a Santiago Leguizamón lo asesinaron hace 23 años, en 1991, apenas iniciada la transición a la democracia. Y no debe olvidarse quién fue el primer presidente de dicho período, un general que como mínimo fue seriamente sospechoso de tener relaciones con el macabro negocio del narco. La dictadura cayó cuando dicho negocio ya estaba floreciente, con participación o anuencia de poderes políticos enquistados en el Estado. Ninguna narcorrepública (palabra repetida en estos días de conmoción) nace de la nada. Cuando se hace plenamente patente es porque ya lleva tanto tiempo que ha ganado suficiente confianza como para mostrarse en su esplendor, sin tapujos. Así es ya en Paraguay, como en otras tantas latitudes de América latina.
El asesinato es el despliegue extremo del poder autoritario instalado. Esto se ratifica en los 115 casos de campesinos asesinados en el marco de la lucha por la tierra entre 1989 y 2013 –incluidos los del caso Curuguaty–, documentados en el Informe Chokokue de la Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (Codehupy). Asesinato como forma nada singular, ya que el neoautoritarismo se manifiesta de manera diversa y apabullante en otros numerosos hechos. Se inscribe en el cuerpo de Rubén Villalba, que milita desde la cárcel de Tacumbú. Porque la militancia se hace con esa plataforma básica que es el cuerpo, que es el aparato político por excelencia: continente físico, espacio político, hábitat desde donde se produce la resistencia al poder. Y Rubén resiste con su cuerpo encarcelado, con su cuerpo que no pudo soportar la tercera huelga de hambre en 28 meses luego de la masacre de Marina Kue. La lucha de Rubén es la lucha de todx campesinx sin tierra. Y decir “sin tierra” es negar el derecho básico a la vida en el caso específico del campesinado.
El autoritarismo stroesnista se verifica también en ese Paraguay que está fuera de sus fronteras. En la Argentina, concretamente, en el Deportivo Paraguayo, situado en la ciudad de Buenos Aires, el 11 de este mes. Ese día se armó un panel del que participaron los senadores Víctor Bogado, Hugo Richer, Arnaldo Giuzzio y el ex diputado Salym Buzarquis (todos de diferentes partidos), con la finalidad de recordar la modificación del artículo 120 de la Constitución para habilitar el voto de las personas paraguayas residentes en el extranjero y también con vistas a expresar un compromiso político para que aumente la participación de migrantes en las elecciones. Esto: escenario Deportivo puertas adentro. Porque en el espacio público distintas organizaciones político-culturales estaban en pie de protesta en contra de las políticas autoritarias del gobierno Cartes. Frente a ellas, los militantes colorados presentes no supieron responder mejor que con amenazas, violencia física e insultos en contra de lxs compañerxs militantes, gestualidades entre las que circularon un “vos estás marcada” o un “vos no sabés quién soy, te voy a romper la cara para que te acuerdes toda la vida”. Son emergentes lingüísticos del neo o viejo autoritarismo: el ¿inconsciente? político habla.
¿Cómo puede olvidarse la nefasta herencia stroesnista cuando salen al conocimiento público los sistemas corruptos de tráfico de títulos, de notas y de puntos en diversas facultades e institutos universitarios, incluidas las facultades de Derecho de la Universidad Católica y de la Universidad Nacional de Asunción (UNA)? Quizás no tendría que sorprender todo esto, dado que nada menos que el actual rector fue electo a partir de una especie de batalla seccionalera del coloradismo. Estos hechos no deben ser mirados como meras anécdotas de la coyuntura: la corrupción en las carreras de Derecho alimentará un sistema judicial tan descompuesto como sus integrantes, puesto al servicio de la injusticia y del sostenimiento de los poderosos desbocados en sus apetencias.
Y ya que estamos en recuento: ¿cómo olvidar la ilegalidad del apresamiento, interrogatorio y procesamiento de un estudiante chileno? No más por haber estado registrando la manifestación de la Federación Nacional de Estudiantes Secundarios (Fenaes), que realizó una toma simbólica del Ministerio de Educación en demanda de una educación gratuita y de calidad. Entretanto, mientras un fiscal malgasta su tiempo pagado por lxs contribuyentes en perseguir y encarcelar a activistas, un diputado quedó libre –y aún conserva su cargo– pese a haber confesado autoría en el robo de recursos públicos por vía del pago a personas trabajadoras de su casaquinta, quienes supuestamente eran funcionarios públicos cuando en realidad eran parte de un esquema de corrupción entre congresistas.
Paraguay se sacude (casi) cotidianamente con este tipo de casos y noticias. Que remiten menos a un anecdotario que a lastres autoritarios vigentes en los confines nacionales del país y hacia afuera de sus fronteras, también; menos a procesos de ampliación de derechos –vigentes en varios países de la región– que a privilegios. ¿Hasta cuándo seguirá siendo ésta la forma del agua en el país mediterráneo?

¿Derrota (electoral) de la derecha?

Por Aram Aharonian

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En los procesos electorales que se vienen dando en Sudamérica, se juega bastante más que el cambio o la continuidad del proyecto político de un gobierno, se juega la definición del mapa geopolítico regional, y es parte de un proceso en el que debe incluirse la contundente victoria de Evo Morales en Bolivia, la segunda vuelta electoral en Uruguay dentro de un mes, y las elecciones presidenciales en Argentina el año próximo.
Días atrás, el Partido de los Trabajadores en Brasil y el Frente Amplio en Uruguay no solo derrotaron el intento de restauración neoliberal, sino también al terror y la manipulación mediáticas del poder empresarial-comunicacional. Hoy, ambos partidos se quejan de la manipulación mediática (incluyendo su colateral, las encuestadoras), pero hete aquí que en 12 años de gobierno el PT no logró aprobar una Ley de Medios que rompiera el monopolio y fue precisamente Tabaré Vázquez quien pidió al Congreso uruguayo que pospusiera su aprobación hasta después de las elecciones… Es más, Dilma acaba de prometer que no lo hará.
Y  siguen presentes las presiones de las  desgastadas ideas e inciativas retrógradas para  avanzar en acuerdos rápidos de liberalización económica con países desarrollados, sin contemplar la necesidad prioritaria de revertir asimetrías  y  promover  la  diversificación  productiva  para ampliar la inclusión laboral  y evitar ahondar la condicionalidad a mercados mundiales inestables que provoca la dependencia  en el mercado mundial a   la oferta de productos primarios a las que condenan los tratados de libre comercio. Pareciera que alguno quieren exhumar el cadáver del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), sepultado por los presidentes americanos (con Chávez, Lula, Kirchner como motores) en Mar del Plata en 2005.
Quizá más importante que resaltar un triunfo de la izquierda, debiéramos hablar de una derrota de la derecha nacional y global. Poco antes, la aplastante victoria de Evo Morales, hablaba del triunfo del modelo de estado plurinacional, que desterró  la Bolivia, racista, colonial y colonizada, clasista, invisibilizadora de las grandes mayorías, hoy convertidas en sujetos (y no meros objetos) de política, de la construcción de una nueva democracia ya no declamativa sino participativa.
En América latina estamos construyendo nuevas democracias, nuevas sociedades. Y no hay un modelo a imitar, sino a crear, de acuerdo a la historia, idiosincrasia, realidad de cada país. Más allá de las presiones para la restauración neoliberal (en nombre de la modernidad y el pragmatismo, muletillas que se pronuncian traición), sino de la socialdemocracia europea (en especial francesa), para abandonar “la locura” del camino al socialismo, más allá de la presión por una mayor injerencia de la diplomacia vaticana entre los movimientos populares.
Quizá sea cierto que las políticas de Lula y Dilma en Brasil y sobre todo las de Tabaré Vázquez en Uruguay hayan sido de las más tímidas de los proyectos transformadores en Latinoamérica, y algunas políticas neoliberales de sus gobiernos progresistas han desilusionado a muchos de sus antiguos simpatizantes y desmoralizado y desmovilizado a otros.
En realidad no hay ya una fuerte izquierda en el PT ni el FA, partidos que pagaron el precio de la burocratización, la demovilización popular y la cooptación de los dirigentes sociales para la gestión gubernamental. En Brasil, los movimientos sociales, que llevaron a Lula y a Dilma al poder, perdieron la calle ante la ofensiva social de una derecha fortalecida principalmente por el apoyo del gran capital extranjero y los medios comerciales de comunicación endógenos y extranjeros. Pero hay algo más grave y es el vacío de ideas y propuestas desde la izquierda para salir de la crisis capitalista.
El triunfo de Dilma se debe a varios factores: a) logró recordar a las clases menos pudientes que los gobiernos del PT lograron importantes transformaciones: sacó a 40 millones de personas de la pobreza, redujo el desempleo a mínimos históricos, benefició a la clases medias y logró significativos avances contra el hambre en el país, aún uno de los de mayor desigualdad del mundo. b) el liderazgo incuestionable de Lula y su compromiso con Dilma y, especialmente, c) la gran movilización de la militancia joven del PT y de los otros partidos de izquierda (incluido el Psol), de los movimientos sociales, culturales y populares, los medios (¿es esa hoy la izquerda brasileña?.
El aumento tremendo de la bancada de diputados de la derecha más retrógrada (¿giro conservador?) y la movilización de una clase media histérica e histerizada continuamente por los medios comerciales de comunicación, jaquean el segundo mandato de Dilma. A en su primer discurso tras las elecciones, prometió diálogo… como si alguna vez la derecha hubiera siquiera dejado opinar.
El triunfo del FA se debe a la movilización casa por casa hecha por sectores juveniles y de los movimientos sociales, ninguneados casi siempre en sus partidos, para impedir el retorno de la derecha “pituca”. Esa movilización inorgánica logró también impedir –en otra gesta popular- que se bajara la edad de inimputabilidad judicial de los menores. Y la derrota, dentro del FA, fue para el sector másneoliberal del zar de la política económica, Danilo Astori.
A Dilma le queda ahora no solo medir bien cuál es la situación y abandonar la resistencia a la ofensiva de la derecha para avanzar en la construcción no solo de una alternativa, sino del poder popular que impida estos sustos. Estaríamos más tranquilos si el PT, en su cuarta administración consecutiva, logra no solo avanzar en las transformaciones que aún le debe a su pueblo, construyendo un verdadero poder popular, con el apoyo de los movimientos sociales, los trabajadores, los campesinos, los estudiantes, los jóvenes, que hicieron posible este triunfo.
Estas experiencias quedan para ser analizadas en Argentina, de cara a las elecciones del año próximo. ¿No le parece?

Untmra intervino para cambiar licitación clave


DRAGA. LOGRÓ QUE SE PIDA PORCENTAJE DE COMPONENTE LOCAL


El sindicato metalúrgico (Untmra) operó fuertemente para que el gobierno dejara sin efecto una licitación de la Administración Nacional de Puertos (ANP) para construir una enorme draga e incidió para modificar el diseño del llamado.
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El gobierno da prioridad al dragado del Río Uruguay. Foto: Daniel Rojas

JUAN PABLO CORREA


La Untmra gestionó y logró que se reformulara el llamado de forma de incrementar el porcentaje de componentes nacionales que tendrá la draga que la ANP pondrá a trabajar en la profundización del canal de acceso a Montevideo y el río Uruguay que definió como prioritaria.

En el primer llamado, la empresa holandesa IHC, una de las principales del mundo en su rubro, se perfilaba como ganadora con una oferta que rondaba los US$ 42 millones, pero el sindicato intervino y se reformuló el llamado el cual fue abierto el pasado 23 de octubre, según supo El País.

Sindicalistas metalúrgicos plantearon sus inquietudes al presidente de la ANP, Alberto Díaz. Como consecuencia de sus planteos, el nuevo llamado establece que la draga deberá tener un 20% de componentes nacionales. La empresa IHC, que originalmente tenía previsto construir la parte más importante de la draga en Holanda, accedió a cambiar sus planes y asociarse con empresas locales. Algunos de sus ejecutivos se reunieron hace poco en la sede del Pit-Cnt con los dirigentes de la Untmra, Marcelo Abdala y Julio Perdigón.

Ahora IHC debe competir con Astilleros de Murueta S.A. (una empresa vasco-española con más de 60 años de trayectoria y más de 200 buques construidos) y con Galictio Tiferey S.A. (una asociación de una empresa gallega con otra uruguaya que construyó barcazas para Montes del Plata). El presidente José Mujica tiene la intención de adjudicar la construcción antes de que termine su mandato.

El sindicato metalúrgico sigue muy de cerca esta nueva etapa. Perdigón dijo a El País que el tema "ha tenido muchas idas y venidas" y que el sindicato estará "controlando" que se cumplan los requisitos de componente nacional a la hora de adjudicar. El sindicalista explicó que la obra daría trabajo en forma directa a por lo menos 150 personas durante dos años y generaría millones de dólares en salarios y aportes. La obra se podría realizar en el Servicio de Construcciones, Reparaciones y Armamento de la Armada, al oeste del Cerro. "Es una draga importante, quizás la mayor embarcación que se ha construido en Uruguay y tiene motor propio. Es más que una simple barcaza", señaló el sindicalista metalúrgico.

Para la Untmra es esencial esta licitación porque puede ser el paso inicial de una revitalización de la industria naval local. Uruguay tiene un acuerdo con Brasil por el cual las empresas nacionales podrían participar en condiciones ventajosas en las licitaciones de ese país.


La licitación es estratégica y muy importante para IHC que fabrica más de la mitad de las dragas de arrastre del mundo, dijo a El País Guillermo Pagliettini, asesor técnico de la compañía que factura anualmente alrededor de US$ 1.290 millones anuales y tiene 3.000 empleados. "Es la primera licitación para comprar una draga de esta magnitud en 30 años en América Latina", aseguró. Las dragas se fabrican tomando en cuenta las características específicas de cada lugar, como, por ejemplo, la relativa baja profundidad de los ríos de la Plata y Uruguay. "Queremos fabricar lo más que se pueda en Uruguay. Y esto lo tenemos que hacer con la gente y por eso nos reunimos con el sindicato del que recibimos buena voluntad", dijo Pagliettini.

Las dragas tienen una larga vida útil. De hecho, la draga D7 que se comenzó a utilizar esta semana para profundizar el río Uruguay es utilizada hace más de 40 años por la ANP. El dragado del canal de acceso a Montevideo lo hace la empresa china Shangai Dredging Corporation pero la ANP quiere hacerlo por sí misma para bajar costos.
Montos ofertados difieren mucho

El monto de las tres ofertas para construir la draga difiere sustancialmente. La empresa Astilleros de Murueta S.A ofertó alrededor de US$ 41 millones, Galictio unos US$ 57 millones e IHC unos US$ 61 millones. Esta situación preocupa a IHC que entiende que la disparidad se debe a que Astilleros de Murueta construirá el casco de la draga y su estructura básica en Europa y lo traerá a remolque desde Europa. "Nos inquieta que se cumplan los criterios establecidos en cuanto a componentes nacionales", señaló Pagliettini.

En el caso de Galictio e IHC ambas se comprometieron a fabricar el casco y la estructura básica en Uruguay.

Pagliettini comentó también que Astilleros de Murueta no tiene experiencia en la construcción de dragas y que IHC es la única que está en construcciones de cumplir con los requerimientos específicos de la licitación.

El dragado del río Uruguay hasta Paysandú y del canal de acceso a Montevideo son una prioridad por el gobierno que pretende dinamizar al puerto sanducero y al de Fray Bentos. Su intención es que, con la profundización del río, puedan recibir buques de mayor calado y así aliviar a la congestionada terminal de Nueva Palmira.

Vidas paralelas

Estos días asistimos a un momento de la historia contemporánea brasileña encarnado por dos hombres: Lula y Fernando Henrique Cardoso. El primero se expresa en Dilma Rousseff, el segundo en José Serra, el gobernador del estado de San Pablo Alkmin, y ahora Aécio Neves, el “señorito”, el filhinho de papai.


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Lula. Foto: AFP, Evaristo Sa

Hace muchos años, cuando Lula recién surgía con su gorrito de ferroviario (era metalúrgico y hasta el momento sólo organizaba las fiestas de su sindicato), vociferando discursos en los que mezclaba el sentido común reivindicativo y una peculiar intuición política (hablaba en estadios repletos de obreros de las automotrices alemanas en los suburbios paulistas), Fernando Henrique Cardoso intentaba sus primeros escarceos en la política electoral. Era un prestigioso intelectual al que la dictadura militar le había impedido dar clases en la universidad, que había publicado en el exilio chileno lo que serían sus famosas tesis sobre la “teoría de la dependencia”, y que tiempo antes –si las fotos sirven de extraño emblema que congela un instante de vida para tornarlo arquetipo– se lo veía escuchando a Sartre en su visita a Brasil, sentado en primera fila.
Cardoso había hecho su tesis por la Universidad de San Pablo sobre la esclavitud en el sur de Brasil; había sido auspiciado por Florestan Fernandes, viejo maestro de la sociología marxista, años después diputado por el PT. Luego, en sus conocidos trabajos sobre la dependencia, se había inspirado en Prebisch y el pensamiento desarrollista más refinado, arraigado muy explícitamente en la academia y los intelectuales brasileños.
Cardoso coqueteaba también con algunos despuntes de un desarrollismo populista, nunca exactamente definidos así, pero su idea de “dependencia” muy tempranamente había revelado que –al no ser el imperialismo sólo externo sino una “categoría interna” de la sociedad de cada país– debería haber entonces un tipo de alianza social que en cada caso pudiera aprovechar la complejidad de la relación entre las clases sociales, para producir rupturas culturales y políticas en un marco histórico no determinista.
Los inicios de Lula, como dirigente obrero de masas, están marcados por la tensión con Fernando Henrique Cardoso, que aspira a saltar de la alta academia a la laboriosa e intrincada arena política brasileña, y para eso considera el surgimiento del nuevo proletariado brasileño –que rompía con la herencia de Vargas, que en su costado más democrático social representaba Brizola– como su natural aliado. Son tiempos en que busca a Lula; lo imagina como la porción de esa gran alianza social democratizadora que no podría encabezar un obrero nordestino “sin preparación”, como diría después cuando las campañas electorales los enfrentaban. Cardoso ya actuaba aplicando explícitamente el giro neodesarrollista liberal que potencialmente estaba encerrado en los pliegues íntimos de su “dependentismo”, habiendo adquirido entonces el poderoso aspecto de una tesis sobre la “sociedad civil activa”, que tenía remotos rasgos gramscianos de derecha.
Lula es su propio teórico. “La clase obrera precisa su propio partido.” Y al formarse el PT y presentarse en las elecciones para el fundamental municipio de San Pablo, le resta a Cardoso –el candidato natural de la “democratización y apertura” con la que comenzaba la retirada del régimen militar– los votos necesarios para su triunfo, permitiendo que asumiera la intendencia el populista, derechista e histrión Jânio Quadros. Allí Lula se convierte en el fantasma de Cardoso, el discípulo que no pudo ser, y su adversario más contundente. Venía Lula de la experiencia de los migrantes nordestinos de los años sesenta, con su sabiduría socrática obtenida mientras viajaba en la caja de los camiones, y el mote prejuicioso contra el movimiento intelectual (“obrero en fábrica; intelectual en universidad”), luego urgentemente corregido. Así, en los comienzos del PT se vuelca a su favor buena parte de la Universidad de San Pablo, y la desde entonces fiel aliada de Lula, la importantísima filósofa Marilena Chauí; también se pueden recordar las charlas de formación política que en su viaje por Brasil daba a las huestes iniciáticas del PT el filósofo francés Félix Guattari con sus “máquinas productoras de subjetividad”.
Sobre la contraposición Lula-Cardoso y sus diversas proyecciones simbólicas se jugó la política brasileña en las décadas siguientes, a la manera perseverante de los eternos duelistas. Cardoso había completado el giro que ya insinuaban sus primeras teorizaciones, hacia un neoliberalismo globalizante, enemigo de lo que llamaba con desprecio “el tercermundismo revolucionario” (lo he escuchado decir esa frase alojada en el énfasis que describo) y que tenía razón al decir que rechazaba haber dicho “rechazo todo lo que escribí antes”. No era verdad que se había apartado tanto de sus comienzos, ni de su herencia familiar –las campañas por el nacionalismo petrolero de los cincuenta, aunque medio siglo después el privatizador haya sido él–, y por momentos seguía diciendo –en frase que había tomado de otros– que “antes de escribir cualquier cosa que sea, consulto el 18 Brumario de Marx”.
Lula, en cambio, se convirtió en un agudo dirigente que enseguida captó el sentido que le daba Cardoso al duelo personal y colectivo que estaba en curso. Su respuesta era: los obreros pueden y deben gobernar, no deben aceptar el chantaje de los estamentos intelectuales que realizaron su transformismo –tan complejo como fuere– hacia los dominios de las fuerzas económicas, financieras y comunicacionales que antes repudiaban como malas fórmulas de la “modernización”. Construyó Lula una gran maquinaria electoral (a la que al principio aportaron los “setentismos” vacantes, las comunidades eclesiásticas de base y las diversas izquierdas sociales, en donde brillaba su chispeante expresividad surgida de un humanismo social realista), en la que su jefatura era la de un primus inter pares y donde aún hoy es el encargado de responder a las pobres temeridades de Cardoso (“los nordestinos no votan mal por ser pobres sino por estar mal informados”), afirmando con gracia lo que es su especialidad: el despliegue de una autoafirmación de lo popular que pasa por evocar otras sabidurías de la “escuela del sentido común”, sostenida por una espontánea emotividad y con otros lenguajes que el PT contiene, como la crítica a la “invención de tradiciones” de Marco Aurélio Garcia.
Dilma Rousseff es otra interesante biografía que aporta su itinerario propio a este “18 Brumario brasileño”. Se inicia en los más conocidos grupos insurgentes de los años sesenta, se inscribe luego en el partido de Brizola en Río Grande del Sur y después, como “economista de la planificación”, pasa al PT. Posee seriedad y fuerza argumentativa de gran administradora, y lo que falta en emotividad espontánea, lo aporta la agudeza de la “dramatis persona” de Lula. Fue castigada por arduos procesos de corrupción en su propio partido, hoy un archipiélago de tendencias donde domina el lulismo de los orígenes. Aquel es un flanco débil que obedece a los nunca resueltos temas de financiamiento de los grandes partidos de países como Brasil, donde el concepto de “potencia” no es ajeno al lenguaje petista.
Cardoso nunca tuvo la exquisitez como economista que sí caracterizó a Celso Furtado. Su relación con Aécio Neves es patriarcal, y tiene que conformarse con haberle sustraído a Lula una pieza fundamental, pero que revela la complejidad del tapiz político brasileño: la volátil Marina Silva, ecologista de izquierda y apoyada por la derecha financiera y los poderosos lenguajes pastorales. La relación de Lula con Dilma, no exenta de problemas, es en cambio de naturaleza igualitaria y apunta, en germen, a ser el símbolo de la reconstrucción de los interlazos personales en los dirigentes políticos más encumbrados del más que enmarañado movimiento popular brasileño.
Tomado de Página 12 por convenio. Brecha publica fragmentos.

Lacalle Pou y la utopía racista del Uruguay

Por: Martín Delgado Cultelli
El 1º de junio de 2014 observe por la televisión al igual que muchos uruguayos como sorpresivamente el candidato Luis Lacalle Pou derrotaba sorpresivamente a Jorge Larrañaga en las elecciones internas del Partido Nacional. El joven (joven para los conceptos políticos del Uruguay ya que tiene 41 años) apuesto derroto con una diferencia de 9% al veterano Larrañaga. Quede sorprendido al igual que muchos compatriotas y especialmente politólogos por la carrera meteórica de este muchacho. Pero lo que me impacto más visualmente fue cuando en los festejos de su triunfo, subió al escenario con su familia. Su esposa e hijos parecían sacados de una novela norteamericana de los años 50. Ese hecho me hizo madurar una serie de conjetura que ahora plasmo.
¿Como fue que dentro del electorado del Partido Nacional (417.768 personas votaron en dichas elecciones a alguno de los candidatos del PN) caracterizado por la tradición de la estancia ganadera y el interior, gano un candidato que se mire por donde se mire es sumamente urbano? ¿Cómo fue que el “Guapo” Larrañaga, gaucho entre los gauchos, perdió con un cheto? ¿Por qué el electorado blanco prefirió a un rubio y su familia aria y no a un criollo de ley? ¿Por qué simbólicamente en los festejos de su triunfo fue importante presentar a su familia? Estas preguntas no son fáciles de contestar, pero creo haber llegado a algunas respuestas.
Esta claro que Lacalle Pou y Pedro Bordaberry representa un cambio en los conceptos clásicos de la derecha uruguaya. El caudillismo tradicionalista no sirve para enfrentar al Frente Amplio y por lo tanto necesitan reformularse. También se evidencia que los grupos conservadores ya no se radican tanto en las zonas rurales sino más que nada en las ciudades. Lacalle Pou ganó con los votos de Montevideo y Canelones y Pedro Bordaberry nada más perdió en los departamentos norteños (Rivera por ejemplo es un bastión de José Amorin Batlle). Por supuesto la desigualdad demográfica del Uruguay hace que a la hora de las elecciones tengan más peso Montevideo, Canelones y Maldonado que el resto del país. Pero esto también significa que los bastiones conservadores están en los centros urbanos. Actualmente la dicotomía que estableció el Frente Amplio (debido a que durante 15 años solo ganaba en la capital) basada en que los sectores urbanos son progresistas y los rurales conservadores no tiene ningún fundamento. Un ejemplo de esto es la campaña a favor de la Baja de la Edad de Imputabilidad y varias manifestaciones de vecinos que reclaman más represión y control policial. También se puede ver en la progresiva guethización de las clases pudientes en Maldonado. Los ricos y la clase media alta tienen una tendencia a afincarse en barrios privados y separarse del resto de la sociedad. También hay ejemplos de la progresiva movilización social en las zonas rurales. Desde hace un par de año se vienen organizado los pequeños productores rurales para preservar las variedades de semillas nativas y orgánicas, se esta gestando un movimiento de chacreros en contra de las multinacionales del agro-negocio. Además se debe mencionar la creciente organización y movilización de los sindicatos de asalariados rurales. Si bien la histórica UTAA esta a la cabeza han aparecido otros sindicatos que también están cimbrando las estructuras del latifundismo como OSDOR y UNATRA. Como vemos ser del campo no significa ser de derecha y ser de la ciudad no significa tener una conciencia más abierta. Las posiciones de derecha e izquierda dependen más de factores relacionados con las estructuras sociales del capital y de las hegemonías socio-culturales que de si uno vive en el campo o la ciudad.
El simbolismo de la familia de Lacalle Pou es representativo de la utopía que tiene una porción importante de los uruguayos sobre lo que debe ser una “familia constituida”. Recordemos los conceptos discriminatorios hacía las poblaciones marginales por no tener la organización de la “familia nuclear” y recordemos los argumentos de quienes se manifestaron en contra del matrimonio igualitario y del aborto. Las formas diferentes a la “familia nuclear” son consideradas como aberrantes. Es por eso que un papá que se preocupa por sus dos nenitos y una esposa que acompaña fielmente a su esposo son los prototipos idílicos de lo que debe ser una familia.
Y a este prototipo se le agrega el factor étnico-racial. No es casualidad que sean rubios, tipo arios, ejemplarizantes de la familia norteamericana de los años 50. Recordemos que uno de los grandes paradigmas sociales de nuestro país fue el concepto de la “Suiza de América”, la pretensión de la europeización de nuestra sociedad. Durante mucho tiempo los uruguayos nos pensamos a nosotros mismos como caucásicos, herederos de la cultura greco-latina. Fue en parte al movimiento latinoamericanista de los años 60 y más que nada a la movilización de los colectivos de afro-descendientes y de indígenas a partir de los años 80 que se ha roto esta visión elitista y racista de nuestra sociedad. Pero quienes hemos estado en la interna de los movimientos afros e indígenas y hemos luchado para romper los conceptos racistas y clasistas de nuestra sociedad nos sorprendemos al ver como un estereotipo de familia, basado en conceptos racistas y machistas, convence a un número importante de uruguayos. Es como si los más de 25 años de lucha afro e indígena no hayan cambiado nada en las mentalidades uruguayas.
Es así que yo me pregunto ¿Cómo es que sigue vigente la utopía racista del Uruguay? ¿Cómo es que la Suiza de América no termina de morir y vuelve? Es aquí donde vuelvo a releer el “Discurso sobre el Colonialismo” de martiniques Aimé Césaire. Este poeta y luchador anti-imperialista y anti-racista nos dice que la moral burguesa guarda en su esencia al fascismo. Critica fuertemente a la sociedad francesa, muchas veces denominada como “la cuna de los derechos humanos” y encumbrada como una sociedad progresista, ya que por más democracia y derechos humanos que haya las estructuras elitistas del capitalismo y la expansión imperialista del Estado generan las condiciones básicas del fascismo. Uruguay es una sociedad muy parecida a la francesa (pretendidamente democrática, igualitaria y culta) y por lo tanto estas conjeturas pueden plasmarse a nuestra realidad. ¿Cómo vamos a eliminar la discriminación a los afro-descendientes si estamos de acuerdo en tener tropas militares en el Congo y en Haití? ¿Cómo vamos a respetar a los pueblos originarios si tenemos una estatua enorme de Fructuoso Rivera y un Parque Rivera? ¿Cómo no vamos a ser racistas si se da por natural que Europa es la máxima expresión de la sabiduría y de la cultura y que las expresiones filosóficas y culturales de charrúas, africanos y musulmanes (por dar solamente ejemplos de grupos minoritarios de nuestro país) son secundarias? Es aquí donde complemento mis reflexiones con los planteos del intelectual peruano Aníbal Quijano. La expansión imperialista de Occidente desde el siglo XVI produjo por consiguiente la jerarquización de la humanidad en razas. Es por eso que la cultura greco-latina y los rasgos fenotipicos nor-europeos están en la cumbre de la pirámide social. Es así también como surgen los “negros” y los “indios”. Mientras el mundo este jerarquizado en base al Imperialismo va a seguir habiendo racismo. Es por eso que los “negros de mierda” no solo son los afro-descendientes sino que también son las personas de los barrios marginales (sean o no sean afro-descendientes). Y si no hay un fuerte proceso de descolonización, por más que haya un Estado Bienestar al estilo escandinavo, van a seguir habiendo personas que exijan más represión policial y van a aparecer candidatos presidenciables con una estética racista y clasista y van a tener éxito electoral.
Esta vuelta a la utopía racista del Uruguay plasmada principalmente en Luis Lacalle Pou pero también en Pedro Bordaberry nos hace reflexionar en las dimensiones reales de cambio del Estado de Bienestar. Recordemos que el Estado de Bienestar al estilo europeo nunca ha sido garante de descolonización ni de que no sea un caldo de cultivo del fascismo. Recordemos que durante el gobierno del social-demócrata alemán (tan encumbrado por algunos en el Uruguay) Friedrich Ebert surgió el Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores (NAZI por sus siglas en alemán) liderado por Adolf Hitler. Al final de su periodo de gobierno Ebert tuvo que enfrentar el levantamiento nazi de Munich. Si del modelo del Estado de Bienestar no pasamos al de un Estado Plurinacional no nos sorprendamos si nos sucede lo mismo que a la Alemania de los años 20. El germen del fascismo uruguayo esta latente y ha encontrado en las figuras de los líderes jóvenes del Partido Nacional y del Partido Colorado y en los discursos sobre la inseguridad el caldo de cultivo necesario para su reaparición.
La sociedad uruguaya que durante mucho tiempo se vanaglorio de haber acabado con sus pueblos originarios, de no tener nada en común con los otros países de Latinoamérica y que perdono a los torturadores de las dictaduras de Terra y de Bordaberry padre no desapareció. Fue arrinconada por el avance de los movimientos sociales y de la izquierda en la década del 2000, pero no murió. Ahora vuelve su utopía racial, política y económica basada en el liberalismo conservador. Es por eso que ahora los grupos de izquierda y los movimientos sociales tienen que estar más atentos que nunca. Si no queremos tener un periodo basado en el liberalismo económico y en el conservadurismo político necesitamos pasar del Estado de Bienestar al Estado Plurinacional. 

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