Buena enseñanza o los “Ingenieros del Caos”
Por Adriana Puiggrós
08 de julio de 2026

Archivo
Como diría Giuliano da Empoli, si escuchas una explosión hay un “Ingeniero del Caos” (título de su conocido libro) con una caja de fósforos en el área. Desde 1832 (Doctrina Monroe) los Estados Unidos exhiben y usan cajas de cerillos destinadas a Latinoamérica. En Sillicon Valley, California, se producen fósforos de todo tipo, destinados a hacer cenizas los sistemas educativos como el argentino (Estado presente, sistema escolar y universidades públicas) y asegurar el poder de las empresas productoras de tecnología aplicada a la educación.
Como diría Giuliano da Empoli, si escuchas una explosión hay un “Ingeniero del Caos” (título de su conocido libro) con una caja de fósforos en el área. Desde 1832 (Doctrina Monroe) los Estados Unidos exhiben y usan cajas de cerillos destinadas a Latinoamérica. En Sillicon Valley, California, se producen fósforos de todo tipo, destinados a hacer cenizas los sistemas educativos como el argentino (Estado presente, sistema escolar y universidades públicas) y asegurar el poder de las empresas productoras de tecnología aplicada a la educación.
Fiel a los deseos del Imperio, la publicidad informa con dudosas estadísticas el fracaso de la escuela pública, la inutilidad de la inversión en la formación de profesionales y científicos latinoamericanos, y aconsejan no invertir en ellos. A continuación, los países ricos los importan e incorporan a sus equipos de investigación. Los ricos anuncian también nuestro supuesto atraso, “irrecuperable” en la acelerada carrera tecnológica, así como la antigüedad de nuestro “capital cultural” (dirían ellos): la “tradición cultural” a la que varias cajas de cerillos deberían destruir.
Para anarco-tecno-neoliberales, como Agustín Laje, el ideólogo de Javier Milei, es necesario dar una batalla cultural “destruyendo” la tradición “no solo en sus contenidos concretos, sino en sus funciones generales consistentes en mantener una sólida cohesión de los sistemas sociales de sentido”. Debe subsistir un solo “sistema social de sentido”: el WASP (White Anglo-Saxon Protestant).
Con cerillos encendidos el mercado vende ludopatía, desencanto de la vida, violencia, emprendedurismo, pornografía, desinterés y fracaso en el aprendizaje. Pero los celulares son únicamente los artefactos desde los que más se accede a plataformas proveedoras de esos programas, desde empresas como Google, Amazon, Youtube, Tik Tok e Instagram.
Suponiendo que nuestra capacidad de producción intelectual autónoma está hecha cenizas, los “ingenieros del caos” nos aturden con dudosos números y nos proporcionan una inteligencia que es artificial. Pero adviértase que esta última es un desarrollo humano, lo cual quiere decir que nos pertenece a todos. La cuestión es que el 1% de la humanidad no solo se apropió de la tecnología, sino especialmente de la técnica y la transmisión intergeneracional de saberes, y los modela de acuerdo a sus intereses.
Suponiendo que nuestra capacidad de producción intelectual autónoma está hecha cenizas, los “ingenieros del caos” nos aturden con dudosos números y nos proporcionan una inteligencia que es artificial. Pero adviértase que esta última es un desarrollo humano, lo cual quiere decir que nos pertenece a todos. La cuestión es que el 1% de la humanidad no solo se apropió de la tecnología, sino especialmente de la técnica y la transmisión intergeneracional de saberes, y los modela de acuerdo a sus intereses.
Sostener esa apropiación requiere librar la “batalla cultural”. Aquí surge una cuestión que afiebra a la educación. Varios países usualmente exitosos en los rankings internacionales de aprendizaje, han afirmado que el uso de los celulares es causal de sus fracasos recientes en las evaluaciones. Es una información que debe investigarse a fondo y tenerse en cuenta. Pero sin olvidar que fieles al aceleracionismo de la época, los niños/as y jóvenes han adquirido rápidamente saberes tecnológicos inaccesibles para la mayor parte de los adultos.
Tecnológicamente están en condiciones de llegar a una biblioteca de saberes universales, algo así como a la “Biblioteca de Alejandría” del siglo XXI. Sólo que el contenido de esa biblioteca está organizado de acuerdo a los intereses y vaivenes del mercado liderado por el 1% de la población mundial.
Los alumnos son doblemente perjudicados: se les sigue machacando con los programas “basura” cuando salen del horario o el espacio escolar de prohibición del celular; no se les enseña a seleccionar los programas, ni a escapar de los adictivos, ni a aceptar límites en el uso de la tecnología. La pedagogía también sufre porque queda estancada si no se reelabora incorporando los avances de la ciencia y la tecnología. Pero no dejemos de tener en cuenta una contradicción del tecnoneoliberalismo: vende programas adictivos, pero no consigue evitar que un plus de saberes sea apropiado por sus “clientes”. Éste es un tema clave para nuestra educación.
Es un error quitarles a los chicos los celulares, en lugar de enseñarles a usarlos con límites, de informarles del modelo económico en el que muchos programas se inscriben, de enseñarles los saberes y usos de la ciencia, la técnica y las tecnológicas del siglo XXI. Prohibir el uso de los celulares es una solución apresurada, es un castigo que, como tal, nada enseña, sólo reprime.
Los alumnos son doblemente perjudicados: se les sigue machacando con los programas “basura” cuando salen del horario o el espacio escolar de prohibición del celular; no se les enseña a seleccionar los programas, ni a escapar de los adictivos, ni a aceptar límites en el uso de la tecnología. La pedagogía también sufre porque queda estancada si no se reelabora incorporando los avances de la ciencia y la tecnología. Pero no dejemos de tener en cuenta una contradicción del tecnoneoliberalismo: vende programas adictivos, pero no consigue evitar que un plus de saberes sea apropiado por sus “clientes”. Éste es un tema clave para nuestra educación.
Es un error quitarles a los chicos los celulares, en lugar de enseñarles a usarlos con límites, de informarles del modelo económico en el que muchos programas se inscriben, de enseñarles los saberes y usos de la ciencia, la técnica y las tecnológicas del siglo XXI. Prohibir el uso de los celulares es una solución apresurada, es un castigo que, como tal, nada enseña, sólo reprime.
Nuestro país es objeto de destrucción de sus organismos de producción científico tecnológica.
La liberación no está a la vuelta de la esquina, pero aporta a ese horizonte educar a nuestros niños/as y jóvenes para que se apropien de los saberes de este siglo y discutan los proyectos del que vendrá. Necesitamos muchos saberes, liberar la imaginación, recuperar la confianza en nuestra inteligencia, para oponer con éxito una utopía humana a la distopía destructiva de los “ingenieros del caos”.