ARGENTINA: DEL ABANDONO GUBERNAMENTAL A LA MEMORIA COLECTIVA
Supuración de un triunfo que excede la pelota
La gesta que vuelve a exponer una herida
Por Pablo Amalfitano
16 de julio de 2026
THOMAS COEX. AFP
Hubo un instante que lo sintetizó todo. En medio de los festejos, en una parcela del campo de juego, mientras sus compañeros celebraban una victoria que es más que una victoria, Giovani Lo Celso tomó una bandera blanca, la abrió y la desplegó en el césped: “Las Malvinas son Argentinas”.
La Selección Argentina acababa de ganarle a Inglaterra la semifinal de un Mundial, a minutos de quedar nocaut, con el motor de un sentimiento que parece percibirse inagotable, nada menos que por el pase a otra final. Ya de por sí el cruce deportivo tenía peso propio. Pero la decisión del mediocampista reflejó la verdadera carga: Argentina había celebrado una gesta que excede la pelota. Incluso es más visceral: la victoria de Lionel Messi y sus compañeros tiene dimensiones gigantescas.
Los goles de Enzo Fernández y de Lautaro Martínez, materializados como la continuidad de un desquite divino que tuvo su primer episodio en la mano y en los pies de Diego Maradona, justificaron el kilaje real del enfrentamiento, el desahogo de un pueblo que observó, una vez más, cómo volvió a supurar una de sus más ardorosas heridas.
Porque ganarle una vez más a Inglaterra en el Mundial, ante los ojos de todo el mundo, con el corazón de una generación de futbolistas que no sufrieron Malvinas, que tampoco vieron a Maradona entronizarse en el cielo de los cielos mientras apilaba ingleses con la pelota pegada a la zurda y pensaba en los 649 soldados caídos cuatro años antes en medio de una guerra absurda, definitivamente no sutura ninguna herida. Es cierto: por más que el partido haya sido más que un partido, la realidad es que no cierra nada, pero sí lo vuelve a exponer.
Expone el dolor de un país que no sana ni olvida, que no perdona ni se reconcilia, que reconoce en la pelota una oportunidad acaso incalculable para golpear, de manera simbólica, donde más impacta: el fútbol, el terreno de una “religión” con más de 3500 millones de fieles alrededor de todo el planeta.
Lo dijo Messi, el que encarna los sueños de uno de los países con mayor proporción de todos esos fieles: con la entonación de los himnos, con el fervoroso y afamado cántico de los hinchas contra los ingleses, sintieron cosas especiales. Lo dijo sin esconderse: sabían que era un partido de fútbol, pero lo que vivieron fue increíble. “No era una victoria más, era una victoria importante que quería el pueblo argentino y nosotros también”.
Lo sabía Messi y lo sabían todos, por más que se cansaran de declarar lo contrario, para quitar presión en la previa o vaya a saber uno por qué motivo. Era un partido de fútbol, pero la victoria corporizaba la lucha más vivencial que une a todos los argentinos en la frase que exhibió Lo Celso, el hombre que condensó el mensaje del plantel después de la proeza: estaba escrita en un mapa, no en una bandera.
Descansaba en un trozo blanco que manifestaba las dimensiones del triunfo. Acababan de sacar del Mundial al seleccionado representativo de la potencia internacional que ocupa, de manera ilegal, un cuarto de su territorio. Según las estimaciones geopolíticas, el Reino Unido proyecta su posesión sobre tierra y mar argentinos que equivalen a una cuarta parte, un área que incluye las Islas Malvinas, las Islas Georgias del Sur, las Islas Sandwich del Sur y los espacios marítimos que las orbitan, una superficie mayor que la de países como Francia o España. Mantiene su dominio sobre ellas pese a que están en el Mar Argentino y pese a que, además, están a más de 13 mil kilómetros de su propio estado nación. El partido fue y será más que un partido.
pamalfitano@pagina12.com.ar
Hubo un instante que lo sintetizó todo. En medio de los festejos, en una parcela del campo de juego, mientras sus compañeros celebraban una victoria que es más que una victoria, Giovani Lo Celso tomó una bandera blanca, la abrió y la desplegó en el césped: “Las Malvinas son Argentinas”.
La Selección Argentina acababa de ganarle a Inglaterra la semifinal de un Mundial, a minutos de quedar nocaut, con el motor de un sentimiento que parece percibirse inagotable, nada menos que por el pase a otra final. Ya de por sí el cruce deportivo tenía peso propio. Pero la decisión del mediocampista reflejó la verdadera carga: Argentina había celebrado una gesta que excede la pelota. Incluso es más visceral: la victoria de Lionel Messi y sus compañeros tiene dimensiones gigantescas.
Los goles de Enzo Fernández y de Lautaro Martínez, materializados como la continuidad de un desquite divino que tuvo su primer episodio en la mano y en los pies de Diego Maradona, justificaron el kilaje real del enfrentamiento, el desahogo de un pueblo que observó, una vez más, cómo volvió a supurar una de sus más ardorosas heridas.
Porque ganarle una vez más a Inglaterra en el Mundial, ante los ojos de todo el mundo, con el corazón de una generación de futbolistas que no sufrieron Malvinas, que tampoco vieron a Maradona entronizarse en el cielo de los cielos mientras apilaba ingleses con la pelota pegada a la zurda y pensaba en los 649 soldados caídos cuatro años antes en medio de una guerra absurda, definitivamente no sutura ninguna herida. Es cierto: por más que el partido haya sido más que un partido, la realidad es que no cierra nada, pero sí lo vuelve a exponer.
Expone el dolor de un país que no sana ni olvida, que no perdona ni se reconcilia, que reconoce en la pelota una oportunidad acaso incalculable para golpear, de manera simbólica, donde más impacta: el fútbol, el terreno de una “religión” con más de 3500 millones de fieles alrededor de todo el planeta.
Lo dijo Messi, el que encarna los sueños de uno de los países con mayor proporción de todos esos fieles: con la entonación de los himnos, con el fervoroso y afamado cántico de los hinchas contra los ingleses, sintieron cosas especiales. Lo dijo sin esconderse: sabían que era un partido de fútbol, pero lo que vivieron fue increíble. “No era una victoria más, era una victoria importante que quería el pueblo argentino y nosotros también”.
Lo sabía Messi y lo sabían todos, por más que se cansaran de declarar lo contrario, para quitar presión en la previa o vaya a saber uno por qué motivo. Era un partido de fútbol, pero la victoria corporizaba la lucha más vivencial que une a todos los argentinos en la frase que exhibió Lo Celso, el hombre que condensó el mensaje del plantel después de la proeza: estaba escrita en un mapa, no en una bandera.
Descansaba en un trozo blanco que manifestaba las dimensiones del triunfo. Acababan de sacar del Mundial al seleccionado representativo de la potencia internacional que ocupa, de manera ilegal, un cuarto de su territorio. Según las estimaciones geopolíticas, el Reino Unido proyecta su posesión sobre tierra y mar argentinos que equivalen a una cuarta parte, un área que incluye las Islas Malvinas, las Islas Georgias del Sur, las Islas Sandwich del Sur y los espacios marítimos que las orbitan, una superficie mayor que la de países como Francia o España. Mantiene su dominio sobre ellas pese a que están en el Mar Argentino y pese a que, además, están a más de 13 mil kilómetros de su propio estado nación. El partido fue y será más que un partido.
pamalfitano@pagina12.com.ar