Dos tipos de oprimidos
Por Jorge Majfud
02 de agosto de 2026 - 00:05

Patrice Lumumba AFP
Una observación que siempre me impactó en África fue conocer a dos personas de la misma etnia, de la misma aldea, que eran como el día y la noche como resultado de una misma historia trágica que produce rebeldes y futuros traidores, por acción o por omisión. Estos recuerdos me asaltan siempre que veo las imágenes de la humillante detención de Patrice Lumumba en 1960, la dignidad del revolucionario anticolonialista y el sadismo de los soldados de Mobutu, obligándolo a comerse su propio discurso.
Uno de ellos era un animal domesticado, colonizado, obediente, producto de una profunda corrupción histórica, moral, siempre listo para tomar la mínima ventaja personal adulando a cualquiera que estaba sobre él, ya sea el arquitecto director de obra, el oficial de provincia o el ministro de la capital. Ese mismo hombre que, en cada pueblo al que llegábamos, en cada reunión con los líderes de la aldea, no perdía la oportunidad para decirme, aparte, que ellos preferían “jefes blancos” porque eran “menos corruptos que los negros”.
El otro tipo de hombre era el rebelde, el que no creía cualquier cosa que se le decía sin una explicación. Era aquel que parecía un ser humano completo, inteligente no solo porque lo fuese, sino porque tenía algún tipo de educación, casi siempre autodidáctica. Era aquel capaz de manejar datos y argumentos y que cuando preguntaba no era por adulación.
Una observación que siempre me impactó en África fue conocer a dos personas de la misma etnia, de la misma aldea, que eran como el día y la noche como resultado de una misma historia trágica que produce rebeldes y futuros traidores, por acción o por omisión. Estos recuerdos me asaltan siempre que veo las imágenes de la humillante detención de Patrice Lumumba en 1960, la dignidad del revolucionario anticolonialista y el sadismo de los soldados de Mobutu, obligándolo a comerse su propio discurso.
Uno de ellos era un animal domesticado, colonizado, obediente, producto de una profunda corrupción histórica, moral, siempre listo para tomar la mínima ventaja personal adulando a cualquiera que estaba sobre él, ya sea el arquitecto director de obra, el oficial de provincia o el ministro de la capital. Ese mismo hombre que, en cada pueblo al que llegábamos, en cada reunión con los líderes de la aldea, no perdía la oportunidad para decirme, aparte, que ellos preferían “jefes blancos” porque eran “menos corruptos que los negros”.
El otro tipo de hombre era el rebelde, el que no creía cualquier cosa que se le decía sin una explicación. Era aquel que parecía un ser humano completo, inteligente no solo porque lo fuese, sino porque tenía algún tipo de educación, casi siempre autodidáctica. Era aquel capaz de manejar datos y argumentos y que cuando preguntaba no era por adulación.
El típico perdedor.
Como joven arquitecto en Mozambique, hice más amigos entre este tipo de obreros que tenían una actitud hostil hacia el blanco venido de América―mulucu ncunha. Fácilmente pude haber prescindido de sus servicios, no por no cumplir alguna de mis órdenes en la construcción (algo que nadie hacía) sino porque podía hacerlo a gusto y quedarme solo con los domesticados.
Cuando dejé la profesión de arquitecto por las humanidades, volví a ver esta misma situación a lo largo y ancho del presente y de la historia de América Latina, de África, y de todas aquellas colonias que habían sido corrompidas por generaciones. Lo entendí mejor leyendo a Frantz Fanon y a Walter Rodney, o escuchando a Malcolm X, quien ya había observado la existencia de dos tipos de oprimidos: “el negro de la casa” y “el negro del campo”.
Casi treinta años después, releo aquellas mismas palabras que escribí en Mozambique, sobre la futura militarización del mundo para evitar una democratización real: “Pero antes de la gran revolución civil habrá una profundización de la crisis de este orden obsoleto. Esta crisis será en casi todos los ámbitos, desde el orden político hasta el económico, pasando por el militar… En este momento de quiebre, Occidente se debatirá entre un mayor control militar o en la desobediencia civil… Será la primera revolución del individuo de la historia que se opondrá al individualismo, así como la libertad se opondrá al liberalismo”.
No imaginé tan poca resistencia. Abundan memes de fotografías de alguna ciudad sucia y pobre en África con leyendas como “Ciudad africana sin blancos”. Nadie, o pocos, muestra Manhattan o Atlanta con leyendas como “Ciudad construida sobre el robo y genocidio de los nativos y la sangre de los africanos secuestrados”. O de cualquier otra ciudad europea con la leyenda: “Belleza y prosperidad construida sobre el despojo y la destrucción del resto del mundo”. Más bien lo contrario.
Como joven arquitecto en Mozambique, hice más amigos entre este tipo de obreros que tenían una actitud hostil hacia el blanco venido de América―mulucu ncunha. Fácilmente pude haber prescindido de sus servicios, no por no cumplir alguna de mis órdenes en la construcción (algo que nadie hacía) sino porque podía hacerlo a gusto y quedarme solo con los domesticados.
Cuando dejé la profesión de arquitecto por las humanidades, volví a ver esta misma situación a lo largo y ancho del presente y de la historia de América Latina, de África, y de todas aquellas colonias que habían sido corrompidas por generaciones. Lo entendí mejor leyendo a Frantz Fanon y a Walter Rodney, o escuchando a Malcolm X, quien ya había observado la existencia de dos tipos de oprimidos: “el negro de la casa” y “el negro del campo”.
Casi treinta años después, releo aquellas mismas palabras que escribí en Mozambique, sobre la futura militarización del mundo para evitar una democratización real: “Pero antes de la gran revolución civil habrá una profundización de la crisis de este orden obsoleto. Esta crisis será en casi todos los ámbitos, desde el orden político hasta el económico, pasando por el militar… En este momento de quiebre, Occidente se debatirá entre un mayor control militar o en la desobediencia civil… Será la primera revolución del individuo de la historia que se opondrá al individualismo, así como la libertad se opondrá al liberalismo”.
No imaginé tan poca resistencia. Abundan memes de fotografías de alguna ciudad sucia y pobre en África con leyendas como “Ciudad africana sin blancos”. Nadie, o pocos, muestra Manhattan o Atlanta con leyendas como “Ciudad construida sobre el robo y genocidio de los nativos y la sangre de los africanos secuestrados”. O de cualquier otra ciudad europea con la leyenda: “Belleza y prosperidad construida sobre el despojo y la destrucción del resto del mundo”. Más bien lo contrario.
El patriotismo colonial es amor al poder de una clase que suele estar en un país lejano, el imperio. El patriotismo colonizado es odio ciego a su propia patria, sobre la que proyectan todas las frustraciones de nunca ser igual al colono imperial.
Estas demostraciones de ignorancia se venden como popcorn en un cine, en una cultura que no sólo ha perdido la educación ilustrada, con su calmo reconocimiento de la complejidad del mundo, sino que también ha perdido la calma, la inteligencia y la habilidad de conectar dos eslabones de una cadena de bicicleta debido a la hiperfragmentación de la atención, propio de la publicidad del siglo XX y, de forma más radical, de las redes sociales del siglo XXI―ver Moscas en la telaraña. Historia de la comercialización de la existencia y sus medios (2023) y “La cultura de la hiperfragmentación” (2010).
Con las excepciones de racistas orgullosos e impunes como Elon Musk, estos memes proceden de blancos pobres, empobrecidos o frustrados por la falta de una vida de CEO que ellos consideran que se merecen por ser blancos o por ser “negros de la casa”. Son esos mismos que justifican su racismo y su xenofobia con teorías supremacistas, como la de la raza unida a una tierra (del alemán Blut und Boden; “sangre y suelo”), la que ya no sólo se aplica a Europa, donde sus primeros habitantes tenían la piel más oscura que Obama, sino a la misma África, como es el caso de los hijos más exitosos del apartheid sudafricano: Elon Musk y el CEO de Palantir, Peter Thiel, ambos supremacistas-clasistas y sexistas, porque el combo, como en McDonald’s, siempre incluye los mismos elementos de consumo; los otros componentes son Dios, patria y familia, como si Dios tuviese preferencia por algún pasaporte; como si Abraham, Moisés, Jesús y casi cualquier otro habitante de la Torá, la Biblia y el Corán hubiese nacido de una “familia tradicional”.
Este odio racial tiene un patrón común: donde no hay conciencia de clase, hay odio de razas. Cuando los pobres se consideran “clase media” porque no viven debajo de un puente, pero no pueden dejar de trabajar para sobrevivir o para ahorrar para su vejez, entonces odian a sus vecinos, a aquellos que les impiden la justicia de ser millonarios.
Estas demostraciones de ignorancia se venden como popcorn en un cine, en una cultura que no sólo ha perdido la educación ilustrada, con su calmo reconocimiento de la complejidad del mundo, sino que también ha perdido la calma, la inteligencia y la habilidad de conectar dos eslabones de una cadena de bicicleta debido a la hiperfragmentación de la atención, propio de la publicidad del siglo XX y, de forma más radical, de las redes sociales del siglo XXI―ver Moscas en la telaraña. Historia de la comercialización de la existencia y sus medios (2023) y “La cultura de la hiperfragmentación” (2010).
Con las excepciones de racistas orgullosos e impunes como Elon Musk, estos memes proceden de blancos pobres, empobrecidos o frustrados por la falta de una vida de CEO que ellos consideran que se merecen por ser blancos o por ser “negros de la casa”. Son esos mismos que justifican su racismo y su xenofobia con teorías supremacistas, como la de la raza unida a una tierra (del alemán Blut und Boden; “sangre y suelo”), la que ya no sólo se aplica a Europa, donde sus primeros habitantes tenían la piel más oscura que Obama, sino a la misma África, como es el caso de los hijos más exitosos del apartheid sudafricano: Elon Musk y el CEO de Palantir, Peter Thiel, ambos supremacistas-clasistas y sexistas, porque el combo, como en McDonald’s, siempre incluye los mismos elementos de consumo; los otros componentes son Dios, patria y familia, como si Dios tuviese preferencia por algún pasaporte; como si Abraham, Moisés, Jesús y casi cualquier otro habitante de la Torá, la Biblia y el Corán hubiese nacido de una “familia tradicional”.
Este odio racial tiene un patrón común: donde no hay conciencia de clase, hay odio de razas. Cuando los pobres se consideran “clase media” porque no viven debajo de un puente, pero no pueden dejar de trabajar para sobrevivir o para ahorrar para su vejez, entonces odian a sus vecinos, a aquellos que les impiden la justicia de ser millonarios.
Como casi todos los frustrados se creen más inteligentes y más sacrificados de lo que realmente son (exceso de expectativas individuales), entonces resulta que su esfuerzo individual nunca es compasado en su justa medida. Para este tipo social y psicológico, la “justicia social” es inmoral, porque le impide la “justicia individual” de ser uno de los elegidos bajo el foco de las luminarias, recibiendo el aplauso de los perdedores.
Como muchos alienados de la clase trabajadora, se autoperciben millonarios estafados, exitosos injustamente robados (por los pobres, por los inmigrantes, por el Estado, por los comunistas, por los hechiceros), pese a ser pequeños empresarios, asalariados o desocupados, reemplazan su falta de conciencia de clase con sus fantasías ideológicas o de sangre, algo que sólo funciona en la nobleza.
El odio racial, de género, de clase sustituye a la conciencia étnica, de género, de clase―y de humanidad. Un enroque perfecto para distraer a las masas y mantenerlas odiándose entre ellos, mientras la elite dominante radicaliza el timón de la historia hacia la Edad Media (ver “Cuando los de abajo se odian”, 2016).
Como muchos alienados de la clase trabajadora, se autoperciben millonarios estafados, exitosos injustamente robados (por los pobres, por los inmigrantes, por el Estado, por los comunistas, por los hechiceros), pese a ser pequeños empresarios, asalariados o desocupados, reemplazan su falta de conciencia de clase con sus fantasías ideológicas o de sangre, algo que sólo funciona en la nobleza.
El odio racial, de género, de clase sustituye a la conciencia étnica, de género, de clase―y de humanidad. Un enroque perfecto para distraer a las masas y mantenerlas odiándose entre ellos, mientras la elite dominante radicaliza el timón de la historia hacia la Edad Media (ver “Cuando los de abajo se odian”, 2016).
O hacia algo peor, porque se trata de una Edad Media donde los consumidores no son solo vasallos que viven en las nubes feudales de las tecnológicas, sino que tampoco dejan de ser esclavos asalariados, como en tiempos del imperio Romano.
Esta es la expresión cultural de un capitalismo que ha dejado de producir cosas en las industrias llenas de esclavos blancos y en las minas del resto del mundo llenas de esclavos negros, sino que se ha dedicado a succionar de forma más acelerada capitales en el juego abstracto y exclusivo de las bolsas de valores, donde el negocio de la destrucción, de las guerras es, por lejos, el más lucrativo.
Esta es la expresión cultural de un capitalismo que ha dejado de producir cosas en las industrias llenas de esclavos blancos y en las minas del resto del mundo llenas de esclavos negros, sino que se ha dedicado a succionar de forma más acelerada capitales en el juego abstracto y exclusivo de las bolsas de valores, donde el negocio de la destrucción, de las guerras es, por lejos, el más lucrativo.