3 ago 2026

LOS GESTORES, IMPUNES A TODO

ARGENTINA: UN SIMBOLO DE LA ENTREGA
Ricardo Arriazu, de la tablita al carry trade
“No tengo la menor idea”


Por Gustavo Campana

03 de agosto de 2026


Marcelo Capece


A los 85, es el mismo de siempre. Durante los últimos 50 años, no se escuchó ninguna autocrítica de uno de los grandes responsables del primer proceso ruinoso en el que la “patria financiera” fue instalada como valor superior al país industrial. Con orgullo profesional, se presenta como uno de los hombres clave en la creación de aquel tristemente célebre calendario de devaluaciones que comenzó a operar poco antes de la Navidad de 1978. Es el gran sobreviviente de los economistas que al servicio del poder real cambió la matriz económica de la mano del proyecto colonial durante la última dictadura.

Un esquema custodiado por el terrorismo de Estado para frenar las consecuencias del primer industricidio a base de apertura indiscriminada de importaciones, especulación mesadinerista, desregulación y dependencia del endeudamiento externo. En esa geografía, donde la ausencia de derechos constitucionales era necesaria para parir la Ley de Entidades Financieras, fue el creador de “la tablita”, aquel mecanismo maquiavélico que posibilitó fabulosas ganancias especulativas, con altísimas tasas de interés en pesos y posterior fuga de divisas.

La indestructible síntesis de Walsh en la Carta a la Junta Militar del 77 enfrenta el negacionismo de los Arriazu y analiza a Milei con medio siglo de anticipación: el plan “sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales”.

Su vigencia como asesor estrella del establishment fue ratificada por Caputo, primero con Macri y ahora con LLA, a través de la misma bicicleta financiera a la que se subió Martínez de Hoz. La única diferencia con relación a aquella herramienta es que para ocultar la vejez de la maniobra, ahora la City la llama carry trade.

El libertario lo escucha y lo respeta, pero como a todos los que pretendan corregirle una coma, a Ricardo Arriazu también lo ama de a ratos. El veterano no experimenta las sensaciones de una sobredosis de sensibilidad social, sino que está preocupado por la salud del plan de negocios.

El presidente está absolutamente convencido de que, en su carácter de enviado de Dios, en esta ocasión el neoliberalismo logrará el milagro y, con la misma receta ruinosa de siempre, esta vez el ajuste nos regalará el paraíso. Entonces, cuando el sabio de la tribu está por relatarle el final del cuento, Javo prefiere escuchar a Conan.

Contó Arriazu que en todo el mundo le preguntan por qué esta vez va a ser distinto y dijo que siempre contesta lo mismo: “No tengo la menor idea”.

La semana pasada, como si se tratara de un tipo con poderes especialísimos para adivinar el futuro, el “Chicago boy” tucumano alertó por la peligrosidad que puedan representar para el Gobierno nacional los “bolsones de desempleo y pobreza” que están creciendo en el Gran Buenos Aires. Nada distinto a lo que generó el ataque a la línea de producción local en las anteriores experiencias de los fundamentalistas del mercado.

Sostuvo que la apertura económica reconfigurará el mapa productivo del país, que el plan generará ganadores y perdedores y finalmente aseguró que habrá una mayor presión sobre el dólar durante el año electoral. Está relatando, a mediados de 2026, el resultado final de la dictadura, el menemismo, la Alianza y el macrismo.

Como gurú de la obviedad, se acordó tarde de prevenir que el importado afectará principalmente a la industria bonaerense, mientras que sectores como la energía, la minería y el agro serán los más beneficiados. Y por las dudas le avisó a Milei que ese cambio no implicará un traslado automático de la población hacia las nuevas zonas de crecimiento, porque parece que el esclavo es terco. “La gente no se mueve”, afirmó y agregó que no están haciendo las valijas para ser protagonistas de la fiebre del petróleo y que esta situación puede derivar en “descontento, desempleo y pobreza, justo en la zona políticamente más intensa del país”.

No dijo que a la Argentina sin industria nacional le sobran más o menos 15 millones de habitantes, que dependen directa o indirectamente de la fábrica, pero él lo sabe.

Aseguró que será necesario implementar políticas públicas para acompañar la transición y entonces habló de caridad en lugar de recuperar el trabajo a través de la producción nacional, planteó limosna para reemplazar los salarios justos y fuertes y, sin mencionarlos, reclamó más planes sociales para cubrir la ausencia de un mercado interno vigoroso.

Para Arriazu, la Argentina será Vaca Muerta, minería, agro, economía del conocimiento, apertura comercial y un tipo de cambio real más bajo. En otras palabras, el 80 por ciento de la población restante. Los perdedores tendrán que adaptarse al hambre y la miseria y acortar su calidad de vida.

No con la exactitud del vocero presidencial que habló de un dólar a 1.800 pesos mucho más temprano que tarde, anticipó una posible corrida cambiaria, pero estimó que ocurrirá hacia el final del proceso electoral. Recordó que en el último año los argentinos compraron unos 40.000 millones y proyectó para el 27 una demanda de dólares que seguirá siendo muy elevada.

En esa marea de predicciones viejas y proyecciones oscuras, abusó de la mala memoria del mercado, cuando dijo que la Argentina de Milei tendrá superávit gemelos, una combinación que consideró inédita en la historia económica reciente del país. Se olvidó de que Néstor Kirchner lo logró antes, pero con crecimiento, con trabajo e industria nacional, sin deuda nueva y pagándole al Fondo.

A Don Arriazu el genocidio económico no le interesa, como antes tampoco le importaron 30 mil desaparecidos y más de 600 centros clandestinos para que su proyecto de privilegios para minorías pudiera llevarse a cabo.

Aquella auditoría en tiempo presente de Walsh, cuando se cumplió el primer año de la tiranía de Videla, es un espejo que le devuelve al dinosaurio una imagen que no quiere volver a ver: reducción del salario real de los trabajadores al 40 por ciento, disminución de su participación en el ingreso al 30 por ciento y elevado a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar.

Congelamiento de salarios, abolición del reclamo colectivo, prohibiendo asambleas y comisiones internas, elevando la desocupación al 9 por ciento y regresando las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial. “Cuando los trabajadores quisieron protestar, los calificaron de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos y en otros no aparecieron”. Se acuerda Arriazu...