23 ago 2026

DUELE TANTO EL HORROR COMO EL SILENCIO

GENOCIDIOS EN TIEMPO REAL
Los monstruos, Ben-Gvir y la condición humana

Por Gustavo Veiga

23 de agosto de 2026


EFE


No hay monstruos mejores ni peores que otros. Existen monstruos de apariencia humana que deberían ser condenados cada día que pasa con más énfasis. Este presente distópico requiere frenar la secuencia indetenible de crímenes que cometen. El mundo es hoy un semillero de monstruos con distintas trayectorias de poder. Los hay al frente de estados, de corporaciones, de monarquías. Fungen de ministros, tecnócratas, fabricantes de armas y señores feudales del algoritmo y la inteligencia artificial al servicio de los asesinatos masivos. Son propaladores de fake news, mercenarios mediáticos y todos se creen impunes mientras no caigan.

Cuando atacan y de inmediato se guarecen –los une la cobardía de su relato que estigmatiza a los más débiles– suelen usar una coartada. La inventaron ahora, como en el macartismo de los años ’50. Es la construcción de un otro, tan viejo como conocido: la extrema izquierda, o aún peor, el terrorista de extrema izquierda.

A ese calificativo lo combinaron con el de narco, y el resultado es narcoterrorista. Usan su dedo flamígero a discreción para estigmatizar primero, condenar después y matar sin dar explicaciones o justificar la acción como ocurre en Gaza, Irán, la frontera sur de Estados Unidos, la gran fosa común del Mediterráneo o las barriadas excluidas de Latinoamérica. Lo mismo da.

No importa si el sujeto a exterminar es palestino, persa, magrebí, latino, inmigrante, negro subsahariano, desesperado por hambre o blanco caucásico con ideas progresistas. Lo que se dice un comunista clásico en su versión reduccionista. La discriminación racial o religiosa es otro pretexto en su cruzada de la fe que les funciona.

En Occidente fueron elevados a una categoría satánica los clérigos iraníes por su Estado teocrático y porque rechazan la existencia de Israel, pero el rabino jefe de este país, David Yosef, acaba de negar al pueblo palestino y afirmó que “no tiene derechos”. Agregó también que Gaza y Cisjordania pertenecen a la comunidad que representa. Un discurso que alimenta la lista de monstruos adentro y afuera de Israel. Como el ministro de Seguridad de Israel, Itamar Ben-Gvir (foto).

La lista de monstruos de renombre se amplió en los últimos años, en paralelo al declive del Occidente capitalista, la aceleración del desastre ecológico y lo que Naomi Klein llama en su último ensayo de 2025 –que escribió en coautoría con Astra Taylor-, “El fascismo del fin de los tiempos”.

Los monstruos no tienen pudor en mostrarse tal cual son. Viven la era de la crueldad sin anestesia con naturalidad. Caben en un párrafo de 1984, la novela distópica de Orwell, cuando describe el ritual de “los dos minutos de odio”. Un ejercicio diario de catequesis ideológica donde los miembros del Partido se reúnen frente a una pantalla. La tarea consiste en gritar insultos contra Emmanuel Goldstein, el enemigo número uno del Estado, y terminar alabando al Gran Hermano.

Escribe el novelista inglés y voluntario internacionalista en la Guerra Civil Española, una experiencia que lo marcó para siempre: “Un éxtasis horrendo de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar, de destrozar caras a martillazos, parecía recorrer a todo el grupo como una corriente eléctrica, convirtiendo a cualquiera, incluso contra su voluntad, en un lunático que hacía muecas y gritaba”. 

Y se detiene en el perfil de uno de sus personajes anónimos de esa práctica violenta: “La chica de cabello oscuro detrás de Winston había empezado a gritar: ‘¡Cerdo! ¡Cerdo! ¡Cerdo!’. De repente, ella agarró un pesado diccionario de Neolengua y lo arrojó contra la pantalla. Le dio en la nariz a Goldstein y rebotó; la voz continuó inexorablemente”.

Los seres despiadados que hoy abundan en lugares de poder tampoco salieron del elenco de dos obras cumbre del neorrealismo italiano: Los monstruos (1963) y Los nuevos monstruos (1977), la primera dirigida en soledad por Dino Risi y la segunda por él, Ettore Scola y Mario Monicelli. Las películas retratan las vidas de personas corrientes que cultivan la hipocresía y todo tipo de inmoralidades que exhiben sin pudor, hasta de modo bizarro. Pero son monstruos citadinos, casi inofensivos, simpáticos, productos de una etapa de posguerra en la Italia que se había liberado del yugo del fascismo y el nazismo que la ocupó.

Cuando la realidad supera a la ficción, ¿quién podría interpretar a Donald Trump que no fuera él mismo? ¿A sus magnates tecnológicos favoritos como Elon Musk, Peter Thiel, los hermanos Koch o Jeff Bezos, odiado en su primer mandato y amado en el segundo en una relación rebosante de pragmatismo? ¿Qué actor podría ponerse en la piel de un genocida como Benjamin Netanyahu, un dictador cool como Nayib Bukele –así se autodefine– o el secretario de Estado de EE.UU, Narco Rubio, la materia gris detrás de la asfixia por hambre de millones de cubanos?

En la teatralización de la crueldad obscena, de la manipulación de los peores significantes, de un presente que sigue y seguirá en carne viva para varias generaciones de palestinos, Ben-Gvir es el malvado que juega a ser el peor de todos. En la semana que pasó, dejó dos señales más que pulieron su perfil como criminal de guerra. André Malraux en una novela histórica o Hannah Arendt en un ensayo filosófico podrían haberlo incluido en dos de sus libros más célebres que llevan el mismo título: La condición humana. Ben-Gvir representa lo peor de ella.

Declaró el domingo 16 de agosto: “Creo que se deberían llevar a cabo asesinatos selectivos en Gaza” y explicó en qué consistía su propuesta. Cada noche se debería “eliminar” a treinta o cuarenta palestinos porque “ni siquiera son personas”. Días más tarde, se filmó en video recorriendo los patíbulos con miradores que mandó construir para seguir en vivo y en directo las ejecuciones judiciales de palestinos que van a venir. Se lo permite el nuevo régimen penal de Israel que impulsó y fue aprobado en la Knesset en marzo, por 62 votos a favor y 48 en contra.

Cualquier acto que el estado sionista considere terrorista será pasible de la pena capital por ahorcamiento. Es indispensable un requisito: ser palestino. Una forma de ejecutar que hace del exhibicionismo un ritual deshumanizante y que según la ley del Parlamento israelí no alcanza a los colonos extremistas que ocupan de manera violenta y sistémica las tierras de Palestina en Cisjordania.

“Prometí aprobar la ley de pena de muerte para terroristas, y lo hicimos. Y ahora el corredor de la muerte y las instalaciones para la horca también están empezando a tomar forma”, dijo frente a la cámara el monstruo de lentes, panza prominente y desaliñado que celebró sus 50 años en mayo de 2026 con una torta que por decoración llevaba la imagen de una horca y la frase en hebreo: “A veces los sueños se hacen realidad”.

gveiga@pagina12.com.ar