Fue así en 1976: una gran parte de la sociedad argentina estuvo de acuerdo y aplaudió la represión durante un largo tiempo. Sostenía que los militantes que eran reprimidos y desaparecían “algo habían hecho” y que, por lo tanto, se merecían lo que les estaba pasando. Años más tarde tuvimos la dimensión exacta de aquella represión, que había dejado un rastro de sangre y luto de 30.000 desaparecidos y alrededor de 500 bebés secuestrados.
Aquello solo fue posible porque el genocida contó con legitimidad social. ¿Y cómo obtuvo la Junta Militar de 1976 dicha legitimidad? Mediante la construcción de un relato: en su discurso, los guerrilleros aparecían como los que habían prendido fuego al país sin ningún motivo y por eso debían ser reprimidos hasta las últimas consecuencias. Lo que fue una represión necesaria para la aplicación de un modelo de país neoliberal de miseria y exclusión, se presentaba como la “salvación nacional”.
