Juan Pablo Cárdenas S.
Como ya se ha hecho rutina, todos los años tenemos que lamentar voraces incendios que reducen a ceniza miles de hectáreas de bosques y poblaciones enteras de viviendas, de aquellas que generalmente habitan las familias más modestas del país. Durante este verano el fuego ha arrasado con pueblos enteros de nuestros bellos paisajes de Lirquén, Tomé y otras localidades sureñas. Más de 10 mil damnificados y, ciertamente, por sobre las mil quinientas casas completamente quemadas, lo que supone cultivos desbaratados, centenares de empleos perdidos, además de establecimientos educacionales, templos y otras construcciones.



