Pablo Rodríguez-CLAE
(Xinhua/Ahmed Gomaa)
Durante décadas, la arquitectura del poder global descansó sobre un supuesto no escrito: quien controlara la tecnología militar de punta y la proyección naval podía garantizar la circulación ininterrumpida de mercancías estratégicas, empezando por la energía. La crisis actual en el estrecho de Ormuz no desmiente esa premisa con una derrota militar clásica, sino con algo más incómodo para el hegemon: la paralización funcional de un cuello de botella por el que en 2024–2025 circulaban unos 20 millones de barriles diarios de crudo y condensados, alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos del petróleo.

