25 oct 2017

LA ILUSION DEL DERRAME

Uruguay/Chile: el pragmatismo de los tratados de libre comercio “progresista" 

Eduardo Camín
25 octubre, 2017




Tres horas estuvo reunido el canciller Rodolfo Nin Novoa con el Secretariado del Frente Amplio para defender el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Chile, el cual —dijo— si no se aprueba “es una mala señal”. Ante los cuestionamientos internos aseguró que el acuerdo es parte de una agenda “progresista”.La aristocracia del dinero, encabezada por el pragmático canciller progresista en defensa del sistema económico es feroz y no tiene reglas. El progresismo ha pasado de ser productor de ideas e ideales a consumidor de bienes materiales, donde el ser humano se convierte en un simple engranaje de la gran maquinaria del consumo.

La actitud asumida por las burguesías nacionales bajo el manto de los gobiernos progresistas, frente a la nueva oleada neocolonial del capitalismo no constituyo, una anomalía para su desarrollo y complicidad. En la medida que la presencia económica y política del imperialismo se fue haciendo más presente y el proceso de transnacionalización de las economías de la región, se hizo más intenso y salvaje la burguesía nacional quedo comprometida con los intereses extranjeros perdiendo su desarrollo independiente y autonómico abandonando así las posturas nacionalistas y en muchos casos antiimperialistas.

No obstante e independientemente de los ritmos y efectos de cada nación, se ha ido fortaleciendo la opinión en un número cada vez mayor de sectores sociales de que el neoliberalismo no es, como han pretendido hacer creer sus ideólogos, una estrategia de desarrollo para la región, sino una doctrina concebida para legitimar el individualismo y la desigualdad en una etapa de crisis del mundo capitalista de producción, en la que los monopolios transnacionales y los estados injerencistas con que estos se encuentran en simbiosis están obligados a recurrir a una concentración externa y acelerada de la propiedad y la riqueza independientemente de los costes sociales que estos provocan. Y es en este sentido que cobra toda su esencia los Tratados de Libre Comercio.

En realidad, lo que necesitamos es una década diferente de crecimiento auténtico, de crecimiento vertiginoso que arranque desde lo social, con la participación del pueblo y los trabajadores de conciencia. Un crecimiento que cuide el medio ambiente, pero un crecimiento que no sea sostenible por las transnacionales que solo obtienen sus ganancias si se les permite explotar al máximo, hasta agotar nuestras reservas y riquezas naturales. Ellos sólo buscan producir más, pero con nuestras materias primas y así nos terminan la tierra, el agua dulce, y los recursos naturales sin dejarnos siquiera los salarios. Por el contrario, nos exigen la flexibilización laboral, rebajas salariales, no aumentar los impuestos, tener zonas francas, rebajar los aportes sociales, tercerizaciones, nuevas regulaciones, y proteccionismo de las leyes parlamentarias o incorporadas en la constitución, que los protegerán en el futuro.

Nuestros prestamistas seguirán diciéndonos: hagan muchos TLC no queden fuera del mundo, produzcan más y exporten más para que la torta crezca y así, poder repartirla entre todos, otra vieja zanahoria del imperialismo y de los ricos.

La única y verdadera riqueza surge del trabajo digno y para ello se deberá gobernar de una vez por todas con la participación real del pueblo, que conoce la realidad y la padece en carne propia.

Somos conscientes que los problemas económicos y sociales son muchos y difíciles, en nuestra América. Una mayoritaria parte de la población está excluida de la democracia, el mercado y la modernización. La dependencia, el subdesarrollo, el desempleo, la marginalidad, el analfabetismo y la pobreza no son lacras del pasado; ya que nos amenazan con acompañar a una gran parte de estos pueblos en el presente siglo.

Las políticas neoliberales con sus efectos alienantes dominan gran parte del escenario latinoamericano. Los esfuerzos integracionistas materializados en los últimos años son síntomas positivos que expresan una voluntad identificativa por parte de los gobiernos de la región. Sin embargo, los esfuerzos realizados en este sentido son insuficientes, frenado todavía en lo esencial, por los niveles de dependencia de los centros de poder hegemónicos del gran capital.

América Latina muestra las huellas de la prolongada política neoliberal impuesta por el imperialismo y sus aliados de la globalización. Al cabo de décadas perdidas para el desarrollo con justicia social, el continente sigue sometido a nuevas formas cada vez más crueles de dependencia y pisoteo de la soberanía. Cualquier reflexión seria y comprometida acerca de la necesidad de transformar el Estado en las actuales circunstancias debe partir de la influencia a esta altura trágica del neoliberalismo en crisis. El nuevo orden mundial de la globalización arrasa con toda noción que recurra a la identidad y a la tradición de una nación, ya que oponerse a la globalización es oponerse al progreso. Haciendo pasar aquellos partidos, organizaciones sociales ointelectuales – e incluso a los pocos gobiernos que reivindican la lucha anticapitalista y de explotación del colonialismo global – como elementos radicales o marginales que sufren una crisis de identidad.

Como si el valor del individuo lo fija cuando produce y cuanto consume. Exento de toda otra valoración de su identidad, se entrega a la argolla de la unificación a través de los tratados del conformismo. En la sociedad contemporánea, el individuo adoctrinado en el Tener parece el héroe, el espejo donde mirarnos, pero en realidad es una ficción, y es esclavo de las reglas del consumo. Pero el hombre que escoge Ser y rechaza las trampas del capital, es señalado como el antihéroe, una cuestión bien paradójica quien escoge una vida autentica es acusado de no adecuarse al mundo que lo rodea. Parece que así es el pragmatismo de nuestros políticos progresistas.

(*) Periodista uruguayo. Jefe de redacción internacional del Hebdolatino, Ginebra.