23 oct 2026

LO ANORMAL COMO COTIDIANO

ARGENTINA: LA DERECHA SIEMPRE REPRIME Y EMPOBRECE
El fascismo y el espumante

PorCarlos Barragán
22 de octubre de 2026


AFP -


Mi hija se despierta al día siguiente de la Marcha Universitaria y me pregunta si puede ir a bancar a una compañera que quedó detenida. ¿Quién es? No la conozco, me dice. O sí, pero de vista. Es más chica que yo, debe tener 18 o 19. ¿Y a dónde vas a ir? Es en el tribunal. ¿Y vas sola? No, vamos con otros compañeros. Bueno, pero andá con cuidado, mirá bien cómo está la cosa, le digo. Que lleve los documentos, dice la madre. Y mirá el celular por si te llamamos. Me la imaginé en la puerta del tribunal rodeada por la policía. Tené cuidado, mirá que estos hijos de puta son capaces de cualquier cosa, le digo.

No le pregunté qué había hecho la chica para no quedar como un estúpido y ahorrarle a mi hija el comentario “¡nada, qué iba a hacer!”. Porque todos sabemos que los policías se comportan de esa manera, detienen a cualquiera en una marcha, y se suben a los colectivos a pedir documentos y a revisar bolsos cuando quieren. 

Y le pegan palazos a los jubilados nada más que por estar ahí un miércoles, y tiran escopetazos a quien les parezca cuando quieren, y retienen a adolescentes cuando salen del colegio si tienen ganas, y te mandan a la cárcel cuando necesitan entregar un número de detenidos, y se llevan a los vendedores de paltas o de tortillas, y les roban la mercadería. Y si tienen más ganas o están más duros que de costumbre, te muelen a palazos. Estos hijos de puta son capaces de cualquier cosa.

La posibilidad de que mi hija terminara detenida en la puerta de un juzgado por estar ahí esperando que liberaran a otra chica que no había cometido ningún delito conocido me pareció de lo más probable y normal. Normal es una buena palabra cuando asumimos como parte cotidiana de nuestra vida el estado permanente de las cosas por más excepcionales que sean. Ocurre hasta en las guerras, que las personas siguen peinando a sus hijos y haciendo la cama aunque caigan bombas. 

Acá no caen bombas, pero cayeron unos tipos que nos quitaron derechos muy básicos y nosotros aprendimos a vivir sin eso. Y aprendimos a no reclamarlos como deberíamos. Y aprendimos a esperar que se vayan. Y aprendimos que la tolerancia la podemos aplicar no sólo para incluir en nuestras vidas a los marginados, sino también a quienes nos persiguen. Es como una buena onda que tenemos y no la podemos cortar. Parece que somos buenos para la tolerancia.

Hace unos días volví a asistir a la discusión sobre si este gobierno es fascista o no lo es. Para quienes estudiaron seriamente el fascismo, parece que no. Y les molesta sobre todo que se use esa categoría que tiene su raíz y su lógica en Europa, que no aplica acá en nuestros países. Como yo no estudié al fascismo, y además mido mi entusiasmo por el respeto académico, me resulta parecido a la diferencia que hay entre el champán, el cava y el espumante. 

Y no tengo problema en aceptar y decirle espumante. Lo que sé es que no vivimos en una democracia desde que nuestros políticos decidieron que las instituciones de la democracia podían seguir funcionando para lo contrario de lo que están hechas esas instituciones. Y como en el caso del espumante, también aprendí a aceptarlo. Pero me quejo, y por eso digo que estos hijos de puta son capaces de hacer cualquier cosa.

Al principio, cuando todo era confusión y tinieblas, muchos queríamos sacar a Milei del gobierno porque detectamos inmediatamente que lo suyo no era democrático. Sin embargo nuestros representantes nos dijeron que sí lo era, que había ganado en las urnas y que había que comerse esa galletita con una buena dosis de espumante. La tolerancia democrática aplicada a quien no es democrático es como el chiste de comerse al caníbal. Una alta vara moral que nos lleva a dejar que el caníbal nos coma para morirnos siendo vegetarianos. La democracia se volvió vegetariana cuando llegó el caníbal. Y aprendimos que normal puede ser cualquier cosa.

Cuando Clarín nombró a la dictadura de los genocidas como Total Normalidad –esto que ya es un cliché- descubrió la bomba atómica. Y el poder del átomo lo tiene hasta hoy cuando le pone una K de anormal a los jueces que no les gustan, y son normales los jueces que duermen la siesta en la casa de un político, o en un lago del sur. Sé que la repetición de este argumento es cansadora, y hasta a mí me cansa, pero no por eso dejó de ser verdadera. 

Estoy convencido de que si un día se les ocurriera escribir que lo que el gobierno hace, lo que el gobierno destruye, lo que el gobierno roba, lo que el gobierno entrega a las corporaciones, y lo que Milei piensa, dice, toma, come, hace, miente, grita, usa, viste y gesticula no es normal, entonces las cosas dejarían de estar como están. Lo anormal y lo inaceptable de una cartera cara de Cristina. Lo normal y lo aceptable de Milei con la cara pintada como un mimo, tocando un piano en el aire, en las sombras, desencajado, gritando que los periodistas son soretes mal cagados y mierdas humanas. 

Y de cuestiones políticas, ni hablar. Sé que van a decirme que un diario no es el todo. Y es cierto, no es el todo, pero es una pieza fundamental para que en este país algo funcione o deje de funcionar.

El día después de la última marcha universitaria mi hija, entonces, se fue al tribunal a esperar que liberaran a su compañera –detenida por estar en una marcha con otros estudiantes- y yo me fui a la radio. Me fui muy preocupado porque soy su papá. Pero según el programa fue avanzando me olvidé del tema, se me fue, lo negué, el temor y la preocupación se desvanecieron. De eso quería hablar, de que recién me acordé unos minutos antes de que el programa se terminara y habían pasado cuatro horas desde que me despedí de ella. 

La total normalidad me hospedó, me dio cobijo, y no le escribí para ver si estaba bien, y tampoco le pregunté a su mamá. Fue una mañana normal para mí, como cualquier mañana, con personas –entre ella mi hija- que andaban libres por la calle hasta que un policía decidiera que ya no. Y dejé de preocuparme.

La normalidad nunca es normal, claro. Es lo que somos capaces de construir entre todos, los malos y los que nos creemos buenos. Pero hay normalidades mejores y peores. Algunas te permiten vivir con bastante dignidad y garantías de respeto, y otras no. Esta normalidad es de las que no. Y si no es fascismo, debe ser un espumante. Un espumante que virtualmente nos tiene a todos perseguidos y tranquilos. A lo mejor deberíamos empezar por acá, por rechazar este hospedaje, este cobijo que nos da la normalidad que construimos entre todos. 

Sentirnos perseguidos si estamos perseguidos. Sentirnos amenazados si estamos amenazados. Sentirnos hostigados si estamos hostigados. Y también sentirnos capaces de dejar de aceptar el convite a la vida normal de todos los días. Porque si estos hijos de puta son capaces de hacer cualquier cosa, hagamos que no sean capaces de acostumbrarnos.