25 dic 2014

Diálogo Cuba-EEUU en 1963

La misión de paz de Jean Daniel

23 diciembre 2014 
Jean Daniel y Fidel en 1963.
Jean Daniel y Fidel en 1963. Foto: Marc Riboud
En 1963, entre los distintos cursos de acción que se valoraban de política hacia Cuba en las más altas esferas de poder de los Estados Unidos, surgió en varias oportunidades la idea de la «dulce aproximación a Castro». Se tenía ya un grupo de informes de inteligencia que mostraban el interés de Cuba de establecer al­gún tipo de comunicación que pudiera derivar en una mejoría de las relaciones y el presidente J.F. Kennedy autorizó una exploración discreta con el objetivo de conocer en qué puntos es­taba el gobierno cubano dispuesto a ceder en caso de llegarse a un modus vivendi, aunque sin renunciar en ningún momento a la política de corte más agresivo contra la Isla. Fue lo que se llamó la «política de Múltiple Vía».
De esta manera Willliam Atwood, funcio­nario de los Estados Unidos ante las Nacio­nes Unidas, sostuvo varios contactos con el embajador cubano Carlos Lechuga. Al mismo tiempo, tanto Atwood como la periodista Lisa Howard, conversaron telefónicamente con René Vallejo, en esos momentos ayudante personal del Comandante en Jefe, Fidel Cas­tro. Todos estos contactos tuvieron lugar entre septiembre y noviembre de 1963, hasta el 22 de noviembre, en que ocurre el fatídico asesi­nato del presidente en Dallas. Pero la historia que en este caso nos ocupa es la de cómo el periodista francés Jean Daniel, editor del semanario L´Observateur, se convirtió también en un mediador entre Kennedy y Fidel.
Atwood, amigo personal de Jean Daniel, al enterarse que éste pensaba entrevistar al líder de la Revolución Cubana, se le ocurrió la idea de que el periodista francés fuera an­tes a Washington a conversar con Kennedy. Atwood contactó de inmediato al correspon­sal de la revista Newsweek, Ben Bradlee, que era amigo del Presidente y visitaba frecuen­temente la Casa Blanca para que coordinara un encuentro.[i]
El 24 de octubre tuvo lugar la entrevista en la Casa Blanca. Según relató posteriormente Jean Daniel, Kennedy le había señalado que los Estados Unidos estaban pagando por los pecados cometidos por su país durante el ré­gimen de Batista y que él estaba de acuerdo con los planteamientos iniciales de la Revolu­ción, pero que «Castro había aceptado ser un agente soviético en América Latina» y por su culpa «el mundo había estado al borde de una guerra nuclear en octubre de 1962». También cuenta el periodista francés que el presidente estadounidense le añadió:
Los rusos entendieron muy bien, al menos des­pués de nuestra reacción, pero en lo que se refiere a Fidel Castro, debo decir que no sé si se da cuenta de esto […]. Usted me puede decir si lo hace cuando regrese. En cualquier caso las naciones de América Latina no van alcanzar la justicia y el progreso de esa manera, quiero decir a través de la subversión comunista. […]
Los Estados Unidos tienen ahora la posibi­lidad de hacer todo el bien en América Latina como lo han hecho mal en el pasado […]. En cualquier caso, no podemos permitir que gane la subversión comunista en los demás países del continente. Dos diques son necesarios para contener la expansión soviética: el bloqueo, por un lado, un enorme esfuerzo hacia el progreso, por el otro. Este es el problema en pocas pala­bras. Ambas batallas son igualmente difíciles.[ii]
Según Jean Daniel, Kennedy hizo un último comentario: «La continuación del bloqueo depende de la continuación de las activida­des subversivas».[iii] En una clara referencia al apoyo que el gobierno cubano brindaba a los movimientos de liberación al sur del Río Bravo. Décadas después, en una entrevista brin­daba para un documental de la televisión estadounidense, Jean Daniel ofreció sus im­presiones de este encuentro: «Salí de la Oficina Oval de la Casa Blanca con la impresión de que yo era un mensajero de la paz. Yo estaba convencido de que Kennedy quería un acercamiento; quería que yo regre­sara y le dijera que Castro deseaba un acer­camiento».[iv]
Narra también Jean Daniel que estando en Cuba, cuando prácticamente había perdido las esperanzas de entrevistarse con Fidel, el día antes de su partida hacia México, exac­tamente el 19 de noviembre, el líder de la Revolución se le apareció en el hotel Habana Riviera donde estaba hospedado y estuvieron conversando desde las 10 de la noche hasta las 4:00 de la mañana del día siguiente.
Según su testimonio, Fidel le habló largamente de la Crisis de Octubre y le explicó el por qué se habían instalado los misiles en Cuba y tam­bién dio sus valoraciones sobre la Alianza para el Progreso. El periodista francés citó las siguientes palabras de Fidel: «En lo que respecta a nosotros, todo puede volver a la normalidad sobre la base del respeto mutuo a la soberanía». Sin embargo, este no sería el único encuentro que Jean Daniel sostendría con el Comandante en Jefe. El día 22 volverían a reunirse en Varadero. Mientras esto sucedía en La Habana, Ken­nedy, en un discurso pronunciado en Miami el 18 de noviembre, enviaba un nuevo mensaje: Una cuadrilla de conspiradores –dijo– había hecho de Cuba instrumento de un esfuerzo di­rigido por potencias externas para subvertir el orden de las restantes Repúblicas americanas.
Esto y sólo esto nos divide –enfatizó Kennedy–. Mientras esto siga siendo así, nada es posible; sin ello, todo es posible. Una vez que se haya suprimido esta barrera, estaremos dispuestos a trabajar de todo corazón con el pueblo cubano para alcanzar esos objetivos de progreso, que hace muy pocos años despertaron las esperan­zas y las simpatías del hemisferio.[v]
El libro de Jean Daniel publicado en 1973.
El libro de Jean Daniel publicado en 1973, donde narra las conversaciones sostenidas con Fidel.
Cuatro días después, el 22 de noviembre, se produjo el asesinato de Kennedy en Dallas, el mismo día en que Jean Daniel conversaba con Fidel Castro en Varadero. Sobre esta entrevis­ta amplió también el líder de la Revolución Cu­bana en la conferencia internacional celebrada en La Habana en 1992, al conmemorarse el 30 aniversario de la Crisis de Octubre:
Se presenta en nuestro país un periodista fran­cés, era conocido, que acababa de tener una reunión con Kennedy. Vino muy impresionado de Kennedy, bien impresionado, decía que era una máquina, tal como lo tenía organizado todo, todas las cosas. Él me trasmite que se hospeda en un hotel de La Habana, y tan pronto recibo la noticia le digo que sí, que me voy a reunir con él, y él dijo que traía como un mensaje de Kennedy.
Para poder hablar con más calma, le dije: «lo recojo y lo llevo a Varadero», para crear un ambiente relajado, pudiéramos decir, en que él pudiera explicar las ideas y el mensaje que traía. No era un mensaje en el sentido formal de la pa­labra, sino le dijo que quería que viniera. Le ha­bló mucho de la crisis, de los peligros enormes de que estallara una guerra […] las consecuen­cias de esa guerra, y que él quería que hablara conmigo, que analizara esta cuestión, que me preguntara si yo estaba consciente de hasta qué punto había sido grande ese peligro. La esencia del mensaje era que hablara conmigo largamente sobre todos estos temas, que des­pués volviera a Estados Unidos, a Washington, y le informara de la conversación. Por lo tanto el periodista lo interpretó como un gesto, con el deseo de establecer un contacto, un deseo de explorar qué pensábamos nosotros sobre todo esto y, además, establecer una cierta comuni­cación. Le dijo: «vaya, hable, analice todo este problema y vuelva»; eso era en esencia.
Voy a decir que prácticamente el periodista ni terminó de explicarme todo lo que tenía que decirme, porque fue temprano, no recuerdo si eran las 11:00 a.m., hora de Dallas. No había llegado siquiera el mediodía, íbamos a almorzar, no habíamos almorzado, y estando en estas con­versaciones, en estos análisis, llega por radio allí mismo la noticia de que han atentado contra la vida de Kennedy. Vea usted qué casualidad.
Yo lo interpreté, realmente, como un gesto tendiente a establecer alguna comunicación, al­gún intercambio, porque como Kennedy había quedado con tanta autoridad dentro de su país después de la crisis, podía hacer las cosas que quizás anteriormente no había hecho. A mi juicio tenía el valor de hacerlo, porque se necesitaba cierto valor para desafiar estados de opinión en todas estas cuestiones.
[…]
Pero no podría decirles muchos más datos, se trató de un mensaje escrito, o un mensaje ver­bal de decir: «Queremos mejorar las relaciones», sino que le habló de mí en términos respetuosos, conversó largamente sobre eso; le pidió que me viniera a ver y que hablara conmigo, y que des­pués regresara a Washington y le informara.[vi]
El 7 diciembre de 1963, Jean Daniel escribió para el periódico New Republic su testimonio de la reacción que había tenido el líder histó­rico Fidel Castro, al recibir la noticia de que el presidente Kennedy había sido asesinado y, el 14 de diciembre, amplió sobre sus encuentros con ambos mandatarios y cómo él se había convertido en un mediador. A continuación presentamos traducidos al español ambos trabajos del periodista francés.
Notas
[i] Tomás Diez Acosta: Los últimos 12 meses de J.F.Kennedy y la Revolución Cubana, Editora Política, La Habana, 2011, p.203.
[ii] Jean Daniel: «Unoficial Envoy. An Historic Re­port from Two Capitals», The New Republic, De­cember, 14th, 1963, pp. 15-20.
[iii] Ibídem.
[iv] Citado por Tomás Diez Acosta: ob. cit., p.207.
[v] Citado por Arthur M. Schlesinger: Los Mil Días de Kennedy, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1970, p.810.
[vi] James G. Blight, Bruce J. Allyn, and David Lewis: Cuba On The Brink. Castro. The Missi­le Crisis and the Soviet Collapse, Rowman & Littlefield Publishers, INC, New York, 2002, pp. 236-237
fidel new republic

Enviado no oficial. Un reporte histórico desde dos Capitales

Por Jean Daniel Bensaid
14 de diciembre de 1963, pp. 15-20.
Un reciente viaje a los Estados Unidos, seguido por un viaje a Cuba, hizo posible que yo contribuyera a establecer un cierto «diálogo» entre el fallecido presidente Kennedy y el Primer Ministro Fidel Castro. Desde mi llegada a México, donde escribo este artículo, me han preguntado si las impresiones que derivan de estas entrevistas podría arrojar alguna luz sobre el asesinato del Presidente y sobre las futuras relaciones entre Lyndon B. Johnson y Castro.
La semana pasada respondí en estas páginas a la primera pregunta mediante la descripción de las reacciones de Fidel Castro, a quien visitaba en el momento de la muerte de John Kennedy. Aquí voy a explorar la segunda cuestión, a partir de la reconstitución del diálogo Kennedy- Castro desde el punto de vista de alguien que fue testigo de ello. Jean Daniel.
El presidente Kennedy me recibió en la Casa Blanca el jueves 24 de octubre. La cita estaba programada para las 5:30 p.m. Esperé en la Sala de Conferencias del Gabinete, a las 5:45 y el Presidente, según su costumbre, vino a buscarme para acompañarme hasta su oficina. Se disculpó por el retraso, no tanto como una cortesía o para halagarme, sino para explicar la programación de su tiempo, que parecía estar muy estrictamente organizado. Al pasar por la pequeña sala donde estaba su secretario de trabajo, alcanzamos a ver a través de una ventana francesa a Mrs. Kennedy caminando hacia el jardín privado de la Casa Blanca. El Presidente la llamó para presentarme.
Aún era verano caliente en Washington. El clima era muy cálido, y tanto el Presidente y la señora Kennedy fueron muy ligeros de ropa, mejorando así la impresión de la juventud, encanto y sencillez que contrasta bastante sorprendente a la solemnidad de entrar en estas cámaras de agosto. El Presidente busca en su traje sastre, hablando con rápidos gestos bruscos y con una expresión que por momentos se congela, y llega a ser desconcertante, casi completamente inexpresiva, me invitó a sentarse en el sofá circular que estaba en medio de su oficina. Se sentó en un sillón frente al mismo. La entrevista duraría entre 20-25 minutos, y sólo sería interrumpida por una llamada telefónica breve.
El presidente me preguntó de inmediato cómo estaba la situación en Francia. Después de mi respuesta, habló sobre el general De Gaulle. Lo hizo de una manera relajada, como quien finalmente ha encontrado la paz en la indiferencia después de haber estado por largo tiempo exasperado y fascinado. John Kennedy era un hombre al que le gustaba llegar al corazón de las cosas con rapidez, y tomar decisiones incluso más rápidamente. Pero esto no era posible en lo referido a De Gaulle, quien era más difícil de manejar que Khrushchev. Un día, impaciente y sin poder comprender las razones del General, en un intento por llegar a él y convencerlo, Kennedy llamó directamente a De Gaulle. Todo fue en vano. Curiosamente, sin embargo, a partir de la reciente visita del ministro de relaciones exteriores de De Gaulle, Couve de Murville, a Washington, Kennedy ha dejado de estar tan profundamente preocupado por las relaciones franco-estadounidenses. La verdad es que se ha hecho a la idea de no preocuparse por ellas. De acuerdo con él, hacerlo había sido una pérdida de tiempo.
«Couve de Murville y yo hemos verificado que no estamos de acuerdo en nada», me dijo el Presidente. «Y acordamos que ese tipo de desacuerdo total era difícilmente calculado para crear una floreciente amistad entre dos grandes naciones de Occidente. Llegué a la conclusión de que la estrategia del general De Gaulle, que es incomprensible para mí, requiere una cierta tensión con los Estados Unidos. Al parecer, solo a través de esta tensión es posible restaurar para Europa el deseo de pensar por sí misma y renunciar a su torpe dependencia a la ayuda del dólar norteamericano y la orientación política».
El presidente Kennedy llegó a resumir, con concisión y vigor, los puntos de desacuerdo entre los Estados Unidos y Francia. Sobre el tema de Alemania, la política nuclear, Europa, la idea de «independencia» me dijo lo que desde entonces ha sido de dominio público. Añadió, sin embargo, que Francia tenía una extraña forma de manifestar su independencia, en particular, por ejemplo, en relación al tema de Vietnam y Cuba. Parecía irónico e irritante para él que el Jefe Ejecutivo francés se empeñara en decirle lo que Estados Unidos debe proceder, sin asumir ningún riesgo para sí mismo. Me dijo que no había nadie más agradecido que él de asesoramiento, información, e incluso críticas, pero que eran aún de mayor valor si los amigos que se las ofrecían, se comprometían a su vez en un programa de acción.
Entonces le pregunté a Kennedy lo que cabía esperar de la propuesta del General de Gaulle acerca de su visita los Estados Unidos en febrero próximo. Él respondió: «Absolutamente nada». Pero siguió a esto inmediatamente y con una amplia sonrisa, como si de antemano saboreara el placer de la inminente reunión: «Será emocionante, igualmente. El General de Gaulle es una figura histórica, que es decididamente el hombre más extraño de nuestro tiempo».
Relaciones con Cuba
En este punto, tomé la iniciativa y traje a colación el tema de Vietnam y Cuba, diciendo que los gaullistas no fueron los únicos en Francia que deploraban ciertas erróneas políticas de EE.UU. Señalé que la primera vez que tuve la oportunidad de conocer a John Kennedy, él era senador y acababa de hacer un discurso contundente sobre el tema de Argelia. ¿Las ideas expuestas en ese discurso se han aplicado fielmente en Saigón y La Habana? Aquí mis notas son muy específicas, y voy a dejar que el difunto Presidente hable a través de ellos:
«No tenemos tiempo suficiente para hablar de Vietnam, pero me gustaría conversar contigo acerca de Cuba. Por cierto, nuestra conversación será mucho más interesante a tu regreso, porque Ben Bradlee [periodista de The Newsweek] me dice que estás de paso en tu camino a Cuba.
»De vez en cuando leo algunos artículos de la prensa europea que señalan que nosotros los norteamericanos estamos ciegos a lo que está sucediendo con Cuba. He conocido que el mismo General De Gaulle considera al comunismo en Cuba como nada más que una forma accidental y temporal del deseo de independizarse de los Estados Unidos. Por supuesto, es muy fácil de entender esta “voluntad de independencia” en torno al presidente De Gaulle».
John Kennedy reunión entonces toda su fuerza persuasiva. Puntualizó cada oración con el corto, mecánico gesto que se ha hecho famoso:
«Le digo esto: sabemos perfectamente lo que ha sucedido en Cuba, para desgracia de todos. Desde el principio he seguido con creciente preocupación personalmente el desarrollo de estos acontecimientos. Hay pocos temas a los que he dedicado tan esmerada atención. Mis conclusiones van más allá de los análisis europeos. Esto es lo que creo:
»Creo que no hay país en el mundo, incluyendo las regiones africanas, incluyendo cualquiera y todos los países bajo dominación colonial, donde la colonización económica, la humillación y la explotación fuera peor que en Cuba, en parte debido a las políticas de mi país durante el régimen de Batista. Creo que nosotros creamos, construimos y manufacturamos el movimiento de Castro fuera de toda medida y sin darnos cuenta. Creo que la acumulación de estos errores ha puesto en peligro a toda Latinoamérica. El gran objetivo de la Alianza para el Progreso es revertir esta política desafortunada. Este es uno, sino el más importante de los problemas de la política exterior norteamericana. Puedo asegurarle que he comprendido a los cubanos. Aprobé la proclamación hecha por Fidel en la Sierra Maestra, cuando él justificadamente hizo un llamado a la justicia y especialmente su anhelo de liberar al país de la corrupción. Iré más allá: en cierto grado es como si Batista fuera la encarnación de un número de pecados de los Estados Unidos. Ahora debemos pagar por ellos. En lo relacionado con el régimen de Batista coincido con los primeros revolucionarios cubanos. Eso está perfectamente claro».
Después de un silencio durante el cual fue capaz de notar mi sorpresa e interés, el presidente continuó: « Pero también está claro que el problema ha dejado de ser un problema cubano, y se ha convertido en un problema internacional –es decir, que se ha convertido en un problema con la Unión Soviética-. Soy el presidente de los Estados Unidos y no soy un sociólogo; soy el presidente de una nación libre que tiene ciertas responsabilidades con el Mundo Libre. Sé que Castro traicionó las promesas hechas en la Sierra Maestra, y que ha estado de acuerdo con ser un agente soviético en Latinoamérica. Sé que a través de su error –ya sea sus “ansias de independencia”, su locura o comunismo- el mundo estuvo en el borde de una guerra nuclear en octubre de 1962. Los rusos comprendieron esto muy bien, al menos después de nuestra reacción; pero hasta ahora en lo que concierne a Fidel Castro, debo decir que no sé si él se ha dado cuenta de esto, o incluso si se preocupa por esto». Una sonrisa, entonces: «Puedes decirme si lo ha hecho no cuando regreses. En cualquier caso, las naciones de Latinoamérica no lograrán obtener justicia y progreso por esta vía, quiero decir, por la vía de la subversión comunista. Ellos no llegarán allí yendo de la opresión económica a la dictadura marxista que el propio Castro ha denunciado pocos años atrás. Ahora los Estados Unidos tienen la posibilidad de hacer mucho bien por Latinoamérica, así como el mal que hizo en el pasado; yo diría incluso que solo nosotros tenemos ese poder –bajo la condición esencial de que el comunismo no asuma el poder allí.
Entonces Kemmedy se levantó para indicar que la entrevista había terminado. Yo me disculpé por retenerlo y preguntarle dos preguntas rápidas. La primera: ¿Podría tolerar los Estados Unidos el colectivismo económico? Él respondió: «¿Qué hay sobre Sekou Turé? ¿Y Tito? Recibí al Mariscal Tito hace tres días, y nuestras discusiones fueron muy positivas. Segunda pregunta: ¿Qué espera ganar el gobierno norteamericano del bloqueo? ¿El aislamiento económico a Cuba es un castigo o una maniobra política?
La respuesta de Kennedy: «¿Estás sugiriendo que la efectividad política dle bloqueo es incierta?, [sonríe]. Pronto verás si es o no efectivo cuando vayas a Cuba. En cualquier caso, no podemos permitir que la subversion comunista gane en otros países de América Latina. Se necesitan dos diques para contener la expansión soviética: el bloqueo por una parte, y un esfuerzo tremendo orientado al progreso por la otra. Este es el problema en pocas palabras. Ambas batallas son igualmente difíciles». [Silencio] Entonces, un último comentario: «La continuación del bloqueo depende de la continuación de las actividades subversivas».
La entrevista había terminado. No quise sugerir nada, dado que nunca había estado en Cuba y, por otra parte, había oído desde todos los lados historias acerca de las privaciones que sufrían los cubanos debido a la situación de aislamiento económico. Pero pude ver con claridad que John Kennedy tenía sus dudas, y estaba buscando una salida.
Ese misma noche le conté en detalle la conversación a un colega norteamericano –un amigo cercano al presidente Kennedy, a través de quien conseguí esta entrevista- y al editor de The New Republic. Ambos, que conocían al Presidente mil veces mejor que yo, coincidieron en que John F. Kennedy nunca había manifestado con tanta especificidad y con tanta emoción su comprensión de la primera época de la revolución de Castro. Dudaron en esbozar cualquier conclusión política a partir de sus observaciones. Sin embargo, no se sorprendieron de la invitación de Kennedy de volver a verlo a mi regreso de Cuba.
En efecto, John Kennedy desplegó dos características en su ejercicio del poder: primero, un abrumador grado de empirismo y realismo. Un hombre sin una doctrina particular, reaccionaba decididamente ante los acontecimientos, y solo ante los acontecimientos. Nada, excepto el efecto de chocar con un problema, era suficiente para hacerlo llegar a una decisión, y debido a esto, sus decisiones eran impredecibles. En ese sentido, tenía una insaciable necesidad de información, y esta necesidad había aumentado mucho pues la experiencia le había enseñado a no confiar únicamente en los canales oficiales.
Después de esto, me fui a La Habana.
Sesión nocturna
En la «Perla de las Antillas, perfumada por el ron y empapada por una triunfante sensualidad», como se describe a Cuba en los folletos turísticos norteamericanos que todavía quedan en los hoteles de La Habana, pasé tres semanas intensas, pero pensando para mí mismo que nunca tendría la posibilidad de encontrarme con Fidel Castro. Conversé ocn campesinos, escritores y pintores, militantes y contrarrevolucionarios, ministros y embajadores, pero Fidel seguía inaccesible. Fui advertido: él está atiborrado de trabajo; debido al huracán, el gobierno cubano se vio obligado a revisar todo su programa de planificación; y además, no tiene deseos de recibir a ningún periodista, mucho menos uno del Occidente. Prácticamente había renunciado a la esperanza cuando, la noche de lo que pensé sería mi fecha de partida (el caprichoso avión que conecta La Habana con México afortunadamente no salió al día siguiente después de todo), Fidel vino a mi hotel. Había oído de mi entrevista con el Presidente [Kennedy]. Subimos a mi habitación a las 10 de la noche y no la dejamos hasta pasadas las 4 de la mañana siguiente. Aquí comparto solo un pequeño recuento de la parte de la entrevista que constituye la respuesta a las observaciones de John F. Kennedy.
Fidel escuchó con devorador y apasionado interés: se acarició la barba, se encajó la boina hasta los ojos, ajustó su túnica maqui, todo esto mientras me hacía blanco de miles de chispas maliciosas emitidas por sus profundos, vívidos ojos. En algún momento me sentí como si estuviera jugando el rol del compañero/socio con quien se tiene tanto un fuerte deseo de confesarse como de batallar; como si yo mismo personificara en una manera mucho más modesta a ese enemigo íntimo en la Casa Blanca a quien Krushchev describió a Fidel como alguien con quien «es posible hablar». Me hizo repetir tres veces ciertas observaciones, particularmente aquellas en las que Kennedy expresó su crítica al régimen de Batista, aquellas en las que Kennedy expresó su impaciencia en relación a los comentarios atribuidos al general De Gaulle, y finalmente, aquellos en los que el Presidente norteamericano acusaba a Fidel de casi haber provocado una Guerra fatal para toda la humanidad.
Cuando dejé de hablar esperaba una explosión. En cambio, me esperaba un largo silencio, y al final de ese largo silencio, comenzó una calmada, pensada, con frecuencia humorística exposición. No sé si Fidel había cambiado, o si las caricaturas que lo presentan como un hombre malhumorado en la prensa occidental corresponden con la realidad. Solo sé que en ningún momento de aquellos dos días que pasé con él (en los cuales sucedió algo impactante), Castro abandonó su postura y su pose. Aquí también, debo dejar a Castro que hable por sí mismo, reservándome solamente la posibilidad de corregir algunos juicios relacionados con estos dos líderes, basado en mis propias experiencias en Cuba. «Creo que Kennedy es sincero», declaró Fidel. «También creo que expresar hoy esa sinceridad puede tener una significación política. Le explicaré lo que quiero decir. No he olvidado que Kennedy centró su campaña electoral contra Nixon en el tema de mantener la firmeza hacia Cuba. No he olvidado las tácticas maquiavélicas y la equivocación, los intentos de invasión, las presiones, el chantaje, la organización de la contrarrevolución, el bloqueo y, sobre todo, todas las medidas vengativas que impusieron antes, mucho antes de que existiera el pretexto del comunismo. Pero siento que él heredó una situación difícil: no creo que el Presidente de los Estados Unidos sea realmente libre alguna vez, y creo que Kennedy está en estos momentos sintiendo el impacto de su falta de libertad. También creo que él entiende ahora el grado en el que ha sido engañado, en especial, por ejemplo, con la respuesta de Cuba durante la invasión de Bahía de Cochinos. Creo además que es realista: está registrando ahora que es imposible sacudir una varita mágica y hacer que nosotros, y la situación explosiva en toda América Latina, desaparezcan.
¿Por qué se instalaron los misiles?
«Hay un punto en el que quiero darte nueva información. Me he abstenido de hacerlo hasta ahora; pero hoy se intenta asustar a la humanidad con la propagación de la idea de que Cuba, en particular, puede provocar una guerra nuclear, así que siento que el mundo debe conocer la verdadera historia del emplazamiento de los misiles.
»Seis meses antes de que los misiles fueran instalados en Cuba, habíamos recibido un cúmulo de información de que se preparaba una nueva invasión a la isla bajo el patrocinio de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), cuyos administradores habían sido humillados con el desastre de Bahía de Cochinos y el espectáculo de haber sido ridiculizados ante los ojos del mundo, y que fueron asi mismo reprendidos dentro de los círculos gubernamentales. También sabíamos que el Pentágono estaba suplantando los preparativos de la CIA con el manto de su autoridad a la CIA con el manto de su autoridad, pero teníamos dudas en cuanto a la actitud del Presidente. Hubo entre nuestros informantes quienes incluso pensaron que sería suficiente con alertar al Presidente y darle así una razón para preocuparse y detener los preparativos. Entonces, un día el yerno de Khrushev, Adzhubei, nos visitó antes de seguir camino hacia Washington por invitación de algunos amigos de Kennedy. A su llegada a Washington, Adzhubei fue recibido por el Jefe Ejecutivo estadounidense y su conversación se centró particularmente en Cuba. Una semana después de esta entrevista, recibimos en La Habana una copia del informe enviado por Adzhubei a Khruschev. Este fue el informe que desencadenó toda la situación.
¿Qué fue lo que le dijo Kennedy a Adzhubei? Escucha ahora cuidadosamente, porque es muy importante: le dijo que la nueva situación en Cuba era intolerable para los Estados Unidos, que el gobierno norteamericano había decidido que no la toleraría por mucho más tiempole dijo además que la coexistencia pacífica estaba seriamente comprometida debido a que las «influencias soviéticas» en Cuba habían alterado el balance de fuerzas, que destruía el equilibrio acordado [en este punto Castro enfatizó su discurso pronunciando cada sílaba por separadamente] Kennedy le recordó a los rusos que los Estados Unidos no habían intervenido en Hungría, en lo que constituyó una demanda obvia de no intervención rusa en caso de una posible invasión. Para asegurarse, la palabra «invasión» no fue mencionada y Adzhubei, en ese momento, sin tener ninguna información de contexto, no pudo llegar a las mismas conclusiones a las que llegamos nosotros. Pero cuando le enviamos a Khrushchev toda la información previa que teníamos, los rusos comenzaron a interpretar la conversación Kennedy-Adzhubei de la forma en que nosotros la veíamos y fueron hasta la fuente de nuestra información. A fines de mes, los gobiernos ruso y cubano habían llegado a la convicción definitiva de que podía tener lugar una invasión de un momento a otro. Esa es la verdad.
»¿Qué podía hacerse? ¿Cómo podíamos prevenir la invasión? Descubrimos que Khrushchev estaba preocupado por los mismos asuntos que nos preocupaban a nosotros. Nos preguntó qué queríamos. Le respondimos: haga lo que sea necesario para para convencer a los Estados Unidos de que cualquier ataque contra Cuba es lo mismo que un ataque contra la Unión Soviética. ¿Y cómo conseguir ese objetivo? Todas nuestras reflexiones y discusiones giraron alrededor de este punto. Nosotros pensamos en una declaración, una alianza, ayuda militar convencional. Los rusos nos explicaron que su inquietud tenía dos partes: primero, querían salvar a la revolución cubana (en otras palabras, su honor socialista ante los ojos del mundo), y al mismo tiempo, querían evitar un conflicto mundial. Ellos razonaron que si su apoyo llegaba al grado de la ayuda militar convencional, los Estados Unidos no dudarían en inicial una invasión, en cuyo caso Rusia se vería obligada a tomar represalias y esto inevitablemente daría inicio a una guerra mundial.
En este punto, le interrumpí para preguntarle cómo Cuba podría estar absolutamente segura de la intervención soviética. Después de todo, le dije, Stalin «abandonó» a Markos, el jefe de la Resistencia Comunista griega, porque una ayuda de ese tipo traería conflictos con la predominancia de las zonas de influencia.
«Lo sé», respondió Castro, «pero las dos situaciones no pueden compararse». Entonces continuó:
«Rusia estaba profundamente comprometida con nosotros. Además, desde entonces hemos tenido todas las pruebas de la inmensa solidaridad del pueblo soviético y sus dirigentes. Puedes ver pro ti miso cuán claramente se manifiesta esa solidaridad. Hay algo más, espacialmente relacionado con Stalin. Cuando estuve en la Unión Soviética y otros fuera de Rusia le reprocharon a Khrushchev por tomar una posición más conciliadora que Stalin hacia los capitalistas, él [Khrushchev] me confió varios ejemplos, que no te repetiré, ejemplificando la prudencia, incluso la renuncia de Stalin. Él me dijo –y yo le creo- que Stalin nunca hubiera emplazado los misiles en Cuba.
»Es verdad que entonces otras facciones decían que la verdadera razón por la que se habían instalado los misiles se debía a algunos problemas internos que estaban llevando a los rusos a usarnos para provocar a los Estados Unidos». Estoy aquí para decirte que los rusos no querían y no quieren hoy la Guerra. Solo se necesita visitarlos en su territorio, mirarlos en el trabajo, compartir sus preocupaciones económicas, admirar los intensos esfuerzos para elevar las condiciones de vida de los obreros, para comprender claramente que ellos están lejos, muy lejos, de cualquier idea de provocación o dominación. Sin embargo, la Rusia soviética confrontó dos alternativas: una Guerra absolutamente inevitable (debido a sus compromisos y sus posiciones en el mundo socialista), si la Revolución Cubana era atacada; o el riesgo de una guerra si los Estados Unidos, al rehusarse a retirarse frente a los misiles, no renunciara al intento de destruir Cuba. Ellos eligieron la solidaridad socialista y el riesgo de guerra.
»Bajo estas circunstancias, ¿cómo podríamos habernos rehusado los cubanos a compartir los riesgos que tomaban para salvarnos? Esto fue, en el análisis final, una cuestión de honor, ¿no crees? ¿No crees que el honor tiene importancia en la política? Piensas que somos románticos, ¿no?, ¿y por qué no? En cualquier caso, somos militantes. En una palabra, nosotros aceptamos el emplazamiento de los misiles. Y puede añadirse aquí que para los cubanos no representaba mucha diferencia morir por el bombardeo tradicional que por alguna bomba de hidrógeno. Sin embargo, nosotros no jugamos con la paz mundial. Fueron los Estados Unidos quienes amenazaron la paz de la humanidad al utilizar la amenaza de guerra para contener las revoluciones.
Así, en junio de 1962, mi hermano Raúl Castro y Che Guevara fueron a Moscú a discutir las vías y medios de instalación de los misiles. El convoy llegó por el mar en tres semanas. Los Estados Unidos pudieron enterarse de que las armas habían sido embarcadas, por supuesto; pero les llevó dos meses descubrir que estas armas eran misiles guiados. Dos meses… en otras palabras, más tiempo de lo que habíamos calculado. Debido, por supuesto, a que nuestra intención era intimidar, no agredir.
Alianza para el Progreso
La conversación giró ahora hacia la Alianza para el Progreso. «De cierta forma», dijo Castro, «era una buena idea, que marcó una suerte de progreso. Incluso si se puede decir que era algo que debió hacerse hace mucho tiempo, que fue tímido, concebido bajo presión en el fragor del momento… a pesar de todo so estoy dispuesto a aceptar la idea de que constituye un esfuerzo para adaptarse al extraordinariamente rápido curso de los eventos en Latinoamérica. Como, por ejemplo, lo que leímos en los periódicos esta mañana –¿viste las noticias?-. ¿Que Argentina está nacionalizando su industria petrolera? ¡El gobierno argentino! ¿Comprendes lo que eso significa? Esto provocará más conmoción en la bolsa de Nueva York que el castrismo. ¡La Iglesia Católica y los militares conservadores en Argentina, las facciones más estrechamente ligadas a los intereses norteamericanos! Se habla de nacionalizar las industrias allí, de reforma agraria acá…Si la Alianza para el Progreso provoca esos desarrollos, entonces no lo está haciendo tan mal; todas estas cosas están en consonancia con las aspiraciones del pueblo. Puedo mirar atrás a los días de Eisenhower, o de Nixon, y recordar el furor que se desató en Estados Unidos cuando Cuba decretó la reforma agraria que iba a aplicarse, recuerde esto, solo a los latifundistas dueños de más de 200 000 hectáreas de tierra. Y sin embargo la reacción de los monopolios fue terrible en aquel momento. En la actualidad, en otros países de Latinoamérica, debido a que se utiliza la bandera del comunismo como si fuera el coco, la reacción de los monopolios norteamericanos es más astuta. Ellos van a elegir a un testaferro, y gobernar indirectamente. Pero habrá dificultades.
»Es por eso que las buenas ideas de Kennedy no van a producir ningún resultado. Eso es fácil comprenderlo, y en este punto seguramente él está consciente de esto porque, como le dije, es realista. Durante año la política norteamericana – no el gobierno, sino los monopolios y el Pentágono- han apoyado las oligarquías latinoamericanas. Todo el prestigio, los dólares y el poder han sido manejados por una clase que Kennedy ha descrito al hablar de Batista.
»De repente llega un Presidente a escena que intenta apoyar los intereses de otras clases (que no tienen los mismos niveles de acceso al poder) para darle varios países de Latinoamérica la impresión de que Estados Unidos ya no apoya a los dictadores, de manera que no se necesita empezar otras revoluciones del tipo de la de Castro. ¿Qué sucede entonces? Los monopolios ven que sus intereses están un poco comprometidos (solo un poco, pero comprometidos); el Pentágono piensa que las bases estratégicas estás en peligro; las poderosas oligarquías en todos los países latinoamericanos alertan a sus amigos norteamericanos; sabotean la nueva política; y en poco tiempo, Kennedy tiene a todo el mundo en su contra. Los pocos presidentes liberales, o supuestamente liberales, que fueron elegidos como instrumentos de la nueva política, son expulsados de sus oficinas, como sucedió con Bosch en Santo Domingo, o si no, sufren una transformación. Betancourt, por ejemplo, no era un Batista; ahora se ha convertido en uno.
»Viendo todas estas cosas, ¿cómo puede pensar seriamente el gobierno norteamericano que la subversión de Cuba es la raíz de las explosiones que se están sucediendo en el sur del continente? En Venezuela, por ejemplo, ¿estás familiarizado con la situación allí? ¿Crees que los venezolanos nos necesitan para comprender lo que está sucediendo en su país? ¿Crees que no tenemos suficientes problemas de nuestra parte? Ahora mismo solo pido una cosa: Déjennos en paz para mejorar la situación económica de nuestro país, para llevar a la práctica lo que hemos planeado, para educar a nuestros jóvenes. Esto no quiere decir que nosotros no seamos solidarios con las naciones que se encuentran luchando y sufriendo, como el pueblo venezolano. Pero de esas naciones depende decidir lo que quieren, y si ellos eligen otro tipo de gobierno diferente del nuestro, eso no es asunto nuestro».
Siempre hemos vivido en peligro
Le pregunté a Fidel a dónde iría a parar todo esto. ¿Cómo se desarrollaría la situación? Incluso si los Estados Unidos utilizan contra ustedes el fantasma del comunismo, de todas formas, sigue siendo cierto que ustedes han elegido el comunismo, que su economía y su seguridad dependen de la Unión Soviética, y que aun si no tienen otros motives para esta asociación, los Estados Unidos consideran que ustedes forman parte de una estrategia internacional, que constituyen una base soviética en un mundo donde la paz depende del respeto mutuo por la tácita división de las zonas de influencia.
«No quiero hablar de nuestros vínculos con la Unión Soviética», me interrumpe Fidel Castro. «Lo encuentro indecente. No tenemos nada más que sentimientos de fraternidad y una profunda y total gratitud hacia la URSS. Los rusos están haciendo esfuerzos extraordinarios en bien nuestro, esfuerzos que a veces les cuestan mucho. Pero nosotros tenemos nuestras propias políticas que tal vez no siempre sean iguales (esto lo hemos probado) a las de la URSS. Me niego a detenerme en este punto, porque pedirme que diga que no soy un peón en el tablero de ajedrez soviético es algo así como pedirle a una mujer gritar en voz alta en la plaza pública que no es una prostituta.
»Si los Estados Unidos ven el problema de la manera en que tú lo has expuesto, entonces tienes razón, no hay salida. ¿Pero quién es el perdedor en ese último análisis? Ellos lo han intentado todo contra nosotros, todo, absolutamente todo, y todavía seguimos vivos y mejorando día a día; todavía estamos de pie, y tenemos previsto celebrar con más festividades de lo habitual, el 1ro. de enero de 1964, ¡el quinto aniversario de la Revolución Cubana! La política norteamericana de aislarnos económicamente es menos efectiva cada día que pasa; estamos incrementando nuestro comercio con el resto del mundo. ¡Incluso con España! Recién hemos vendido un cargamento de 300 000 toneladas de azúcar a los españoles. Lejos de desanimarnos, el bloqueo está manteniendo la atmósfera revolucionaria que necesitamos para fortalecer la columna vertebral del país. ¿Estamos en peligro? Siempre hemos vivido con el peligro. Sin decir nada del hecho de que no tienes idea de cuántos amigos uno encuentra en el mundo cuando eres perseguido por los Estados Unidos. No, realmente, por todas esas razones, nosotros no somos los suplicantes, no le pedimos nada. Te diré algo más: desde la ruptura y el bloqueo, nos hemos olvidado de los Estados Unidos. No sentimos ni odio ni resentimiento más, simplemente no pensamos en los EE.UU. ¡Cuando pienso en todos os problemas que las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos pueden provocar! El embajador suizo representa a los EE.UU. en la actualidad. Yo prefiero lidiar con él que con 200 miembros de una embajada, entre los que seguramente se infiltrarán algunos espías.
»He conversado contigo como un revolucionario cubano. Pero también debo hablarte como un amante de la paz, y desde este punto de vista creo que los Estados Unidos son un país muy importante como para no influir en la paz mundial. No puedo evitar tener la esperanza, por tanto, de que un líder vendrá a la delantera en América del Norte (Kennedy, ¿por qué no?, tiene muchas cosas a su favor) que tendrá el coraje de lidiar con la impopularidad, combatirá a los monopolios, dirá la verdad y, lo más importante, dejará a las naciones actuar como ellas decidan. No pido nada: ni dólares, ni asistencia, ni diplomáticos, ni banqueros ni militares, solo la paz, y ser aceptados como somos. Somos socialistas, los Estados Unidos son un país capitalista, los países latinoamericanos elegirán lo que quieren ser. Al mismo tiempo, que los Estados Unidos venden trigo a los rusos, Canadá está comerciando con China, De Gaulle respeta a Ben Bella, ¿por qué tiene que ser imposible hacer entender a los norteamericanos que el socialismo lleva, no a la hostilidad contra ellos, sino a la coexistencia? ¿Por qué no soy Tito o Sekou Touré? Debido a que los rusos no nos han hecho ningún perjuicio, como los yugoslavos y los guineanos se han quejado en el pasado, y porque los estadounidenses no nos han dado ninguno de los beneficios para los que estas dos naciones se felicitan hoy.
»En cuanto a este asunto de temer las intenciones soviéticas en América Latina a través de actividades subversivas en Cuba, esto es sólo la atribución a los demás del propio deseo de dominar. Usted mismo ha dicho hace un rato que los rusos habían tenido suficiente de su involucración con los cubanos. Económicamente es algo obvio, hablando desde un punto de vista militar, es mejor no forzar a las naciones a buscar la ayuda rusa. Realmente, me parece que un hombre como Kennedy es capaza de comprender que no es interés de los Estados Unidos proseguir una política que solo puede llevar a un punto muerto. Hasta donde nos interesa, todo puede ser restaurado a la normalidad sobre bases del mutuo respeto y la soberanía».
En conclusión, Fidel Castro me dijo: «Puesto que usted va a ver Kennedy, de nuevo, ser un emisario de la paz, a pesar de todo. Quiero ser claro: no quiero nada, no espero nada, y como un revolucionario la situación actual no me desagrada. Pero como hombre y como estadista, es mi deber indicar cuáles son las bases para la comprensión puede ser».
Todo esto se dijo que dos días antes de la muerte del presidente Kennedy.

Cuando Castro supo la noticia

Fidel Castro y Jean Daniel en La Habana. Marc Ribaud.
Fidel Castro y Jean Daniel en La Habana. Marc Riboud.
Por Jean Daniel Bensaid
Como por décima ocasión, le preguntaba al líder cubano los detalles acerca de las negociaciones con Rusia antes de la instalación de los misiles el año anterior. El teléfono sonó, un secretario en uniforme verde olivo anunció que el señor Dorticós, presidente de la República de Cuba, tenía una comunicación urgente para el Primer Ministro. Fidel levantó el teléfono y pude oírle decir: «¿Cómo? ¿Un atentado?». Se viró hacia nosotros para decirnos que Kennedy había sido fulminado en Dallas. Entonces regresó al teléfono y exclamó a gritos «¿Herido? ¿Muy gravemente?».
7 de diciembre de 1963, pp. 7-9.
Era alrededor de la 1:30 de la tarde, hora de Cuba. Estábamos almorzando en el comedor de la modesta casa de verano que posee Fidel Castro en la magnificente playa de Varadero, a 20 kilómetros de La Habana. Como por dé­cima ocasión, le preguntaba al líder cubano los detalles acerca de las negociaciones con Rusia antes de la instalación de los misiles el año anterior. El teléfono sonó, un secretario en uniforme verde olivo anunció que el señor Dorticós, presidente de la República de Cuba, tenía una comunicación urgente para el Primer Ministro. Fidel levantó el teléfono y pude oírle decir: «¿Cómo? ¿Un atentado?»[1] Se viró ha­cia nosotros para decirnos que Kennedy ha­bía sido fulminado en Dallas. Entonces regresó al teléfono y exclamó a gritos «¿Herido?, ¿muy gravemente?».[2]
Regresó, se sentó, y repitió tres veces las palabras: «Es una mala noticia». Estuvo en silencio por un momento, aguardando otra lla­mada con nuevas noticias. Mientras esperaba, remarcó que había una franja lunática alarman­temente considerable en la sociedad estadou­nidense y que este hecho podría igualmente haber sido obra de un loco o un terrorista. ¿Tal vez un vietnamita?, ¿o un miembro del Ku Klux Kaln? La segunda llamada llegó: se tenía la esperanza de que pudieran anunciar que el presidente de los Estados Unidos estaba vivo todavía. La reacción inmediata de Fidel fue: «si pudieran, él será reelegido». Pronunció estas palabras con satisfacción.
Esta frase fue una secuela de una conver­sación que habíamos mantenido una noche anterior y que se había convertido en una sesión de toda la noche. Para ser precisos, duró desde las 10 de la noche hasta las 4 de la mañana. Una buena parte de la charla giró alrededor de las impresiones que le resumí de una entrevista que el presidente Kennedy me había concedido el 24 de octubre anterior, y sobre las reacciones de Fidel Castro a estas impresiones. Durante esta discusión nocturna, Castro había elaborado una acusación im­placable de la política de EE.UU., añadiendo que en el pasado reciente, Washington había tenido amplia oportunidad de normalizar sus relaciones con Cuba, pero que en lugar de eso había tolerado un programa de la CIA para entrenar, equipar y organizar la contrarrevolu­ción. Él me había dicho que no tenía el más mínimo temor por su vida, ya que el peligro era su medio natural, y si llegara a convertirse en una víctima de los Estados Unidos esto sim­plemente haría aumentar su radio de influencia en América Latina, así como en todo el mundo socialista.
Él estaba hablando, dijo, desde el punto de vista de los intereses de la paz, como del continente americano. Para lograr este objeti­vo, tendría que surgir un líder en los Estados Unidos que fuera capaz de comprender las realidades explosivas de América Latina y en­contrarse con ellas a mitad de camino. Enton­ces, de repente, tomó el rumbo menos hostil:
«Kennedy podría ser este hombre. Él todavía tiene la posibilidad de convertirse, a los ojos de la historia, en el más grande presidente de los Estados Unidos, el líder que puede por fin entender que puede haber coexistencia entre capitalistas y socialistas, incluso en el continen­te americano. Sería entonces un presidente aún mayor que Lincoln. Sé, por ejemplo, que para Khrushchev, Kennedy es un hombre con quien se puede hablar. He recibido esta impresión de todas mis conversaciones con Khrushchev. Otros líderes me han asegurado que para alcan­zar este objetivo, primero tenemos que esperar a su reelección. Personalmente, lo considero responsable de todo, pero voy a decir esto: él ha llegado a entender muchas cosas durante los últimos meses; y luego también, en último aná­lisis, estoy convencido de que cualquier otro sería peor».
Entonces Fidel añadió con una sonrisa amplia y juvenil: «Si lo ves de nuevo, puedes decirle que estoy dispuesto a declarar Goldwater mi amigo si eso va a garantizar la reelección de Kennedy».
Esta conversación tuvo lugar el 19 de noviem­bre. Ahora eran casi las dos y nos levantamos de la mesa y nos sentamos frente a la radio. El comandante Vallero, su médico, ayudante de campo y amigo íntimo, localizó con facilidad las emisiones de la cadena NBC en Miami. Vallero traducía para Fidel a medida que llega­ban las noticias: Kennedy herido en la cabeza; búsqueda del asesino; asesinato de un policía; finalmente el anuncio fatal: El Presidente Ken­nedy ha muerto. Entonces Fidel se puso de pie y me dijo: «Todo ha cambiado. Todo va a cambiar. Los Estados Unidos ocupan una posición tal en los asuntos mundiales que la muerte de un presi­dente de ese país afecta a millones de personas en todos los rincones del globo. La guerra fría, las relaciones con Rusia, América Latina, Cuba, la cuestión negra… todo tendrá que ser repen­sado. Te diré una cosa: al menos, Kennedy era un enemigo al que nos habíamos acostumbra­do. Este es un asunto serio, un asunto extrema­damente serio».
Después de este primer cuarto de hora de silencio mantenido por todas las estaciones de radio norteamericanas, sintonizamos con Miami; el silencio sólo se había roto por una retransmisión del himno nacional estadouni­dense. Extraña en verdad fue la impresión de oír sonar este himno en la casa de Fidel Castro, en medio de un círculo de caras preocupadas.
«Ahora -dijo Fidel- tendrán que encontrar al asesino rápidamente, pero muy rápido, de lo contrario, mira y verás, los conozco, van a intentar culparnos por esta cosa. Pero dime, ¿cuántos presidentes han sido asesinados?, ¿cuatro? ¡Esto es lo más inquietante! En Cuba, solo uno ha sido asesinado. Ya sabes, cuando nos escondíamos en la Sierra había algunos (no en mi grupo, en otro) que quería matar a Batista. Ellos pensaron que podían acabar con un régimen decapitándolo. Siempre he estado violentamente opuesto a tales métodos. En primer lugar desde el punto de vista de los in­tereses políticos, porque en lo que se refiere a Cuba, si Batista hubiera sido ajusticiado, habría sido sustituido por una figura militar que habría tratado de hacer pagar a los revolucionarios el martirio del dictador. Pero también me opuse por motivos personales: el asesinato es repul­sivo para mí».
Las emisiones se reanudaron. Un periodista sintió que debía mencionar que la señora de Kennedy estaba teniendo dificultades para deshacerse de sus medias manchadas de sangre. Fidel explotó: «¡Qué clase de mente es esta!». Repitió la frase varias veces:
«¡Qué clase de mente es esta! Hay una diferencia en nuestras civilizaciones, después de todo. ¿Ustedes son así en Europa? Para nosotros, los latinoamericanos, la muerte es un asunto sagra­do, no solo marca el término de las hostilidades, sino que también impone la decencia, la digni­dad, el respeto. Incluso hay niños de la calle que se comportan como reyes cuando enfrentan la muerte Por cierto, esto me recuerda algo más: si escribes todas esas cosas que te dije ayer contra la política de Kennedy, no utilices su nombre ahora, en su lugar habla de la política del gobierno de Estados Unidos».
Hacia las 5, Fidel Castro declaró que, dado que no había nada que pudiéramos hacer para alterar la tragedia, debíamos tratar de aprove­char nuestro tiempo al máximo, a pesar de ello. Él quería acompañarme personalmente en una visita a una granja de pueblo (granja estatal), donde se habían estado llevando a cabo en algunos experimentos. Su obsesión actual es la agricultura. Él lee nada más que los estudios e informes agronómicos. Él vive líricamente en el suelo, fertilizantes, y las posibilidades que darán a Cuba suficiente caña de azúcar para 1970 para lograr la independencia económica. «¿No te lo dije?»
Íbamos en coche, con la radio encendida. La policía de Dallas ahora estaba tras la pis­ta del asesino. Él es un espía ruso, dice el comentarista de noticias. Cinco minutos más tarde, la corrección: él es un espía casado con una rusa. Fidel dijo: «No, no lo que yo te digo, mi turno será el siguiente». Pero no to­davía. La siguiente palabra fue: el asesino es un desertor marxista. Entonces la palabra lle­gó, en efecto: el asesino era un hombre joven que fue miembro del «Comité Pro Trato Justo a Cuba», era un admirador de Fidel Castro. Fidel declaró: «Si hubieran tenido la prueba, habrían dicho que era un agente, un asesino a sueldo. Al de­cir simplemente que es un admirador, es para tratar de hacer una asociación en la mente de las personas entre el nombre de Castro y la emoción despertada por el asesinato. Este es un método de publicidad, un dispositivo de propaganda. Es terrible. Pero ya sabes, estoy seguro de que esto va a revertirse contra ellos. Hay demasiadas políticas que compiten en los Estados Unidos para que solo una se imponga universalmente por mucho tiempo».
Llegamos a la granja de pueblo, donde los agricultores dieron la bienvenida a Fidel. En ese mismo momento, un orador anunció por la radio que se sabía ahora que el asesino era «marxista procastrista». Un comentarista seguía a otro; las observaciones se hicieron cada vez más emocionales, cada vez más agresivas. Fidel y luego se excusó: «Vamos a tener que renunciar a la visita a la granja». Fuimos hacia Matanzas desde donde podía llamar por teléfono el presidente Dorticós. En el camino me hizo varias preguntas: «¿Quién es Lyndon Johnson?, ¿cuál es su reputación?, ¿cuáles eran sus relaciones con Kennedy?, ¿con Khrushchev?, ¿cuál fue su posición en el momento de la invasión a Cuba?». Por último y más importante de todas: «¿Qué autoridad puede ejercer sobre la CIA?». Luego, brusca­mente, miró el reloj y vio que sería una media hora antes de llegar a Matanzas y, práctica­mente en el acto, se durmió. Después de pasar Matanzas, donde debe haber decretado el estado de alerta, regresa­mos a Varadero para la comida. Citando las palabras que le dijo una mujer poco antes, él me dijo que era una ironía de la historia para los cubanos, en la situación a la que habían sido reducidos por el bloqueo, a tener que llo­rar la muerte de un Presidente de los Estados Unidos. «Después de todo –añadió-, hay tal vez algunas personas en el mundo para los que esta noticia es motivo de regocijo. Los guerrilleros sudvietnamitas, por ejemplo, y también, me imagino, Madame Nhu».
Pensé en la gente de Cuba, acostumbrados a ver carteles como el que representa al ejérci­to rojo con Maquis superpuestos delante y los pies de foto gritando «HALT, MR. KENNEDY. CUBA no está sola…»
Pensé en todos los que habían llegado a asociar sus privaciones con las políticas del presidente John F. Kennedy.
Durante la cena pude hacer todas mis pre­guntas. ¿Qué había motivado a Castro a poner en peligro la paz del mundo con los misiles en Cuba? ¿Cuán dependiente era Cuba de la Unión Soviética? ¿No es posible concebir las relaciones entre Cuba y Estados Unidos en los mismos términos que los que existen entre Finlandia y los rusos? ¿Cómo se transitó desde el humanismo de la Sierra Maestra al marxismo-leninismo de 1961? Fidel Castro, de nuevo en plena forma, tenía una explicación para todo. Entonces me preguntó una vez más sobre Kennedy, y cada vez que elogié las cua­lidades intelectuales del presidente asesinado, sentí que despertaba mayor interés en él.
Los cubanos han vivido con los Estados Unidos en esa cruel intimidad tan familiar para mí de los colonizados con sus colonizadores. Sin embargo, era una intimidad. En esa ciudad tan seductora de La Habana a la que regresa­mos por la noche, donde los letreros lumino­sos con consignas marxistas han sustituido a la Coca Cola y las carteleras de pasta de dien­tes, en medio de exposiciones soviéticas y camiones checoslovacos, una cierta emoción estadounidense vibró en la atmósfera, com­puesta de resentimiento, de preocupación, de ansiedad, pero también, a pesar de todo, de un misterioso acercamiento casi impercepti­ble. Después de todo, mientras estaba vivo, el presidente estadounidense fue capaz de llegar a un acuerdo con nuestros amigos rusos, me dijo un joven intelectual cubano poco antes de irme. Era casi como si estuviera pidiendo dis­culpas por no alegrarse por el asesinato.
Notas
[1] En español en el original.
[2] En español en el original.