29 dic 2014

“Hace falta que los pueblos sean más dueños de su destino”

ALEIDA GUEVARA, LA HIJA MAYOR DEL CHE

Nació cuando la revolución apenas comenzaba. Tiene algunos pocos recuerdos de su padre, que desgrana en esta entrevista. Y todos sus ideales: como pediatra trabajó en varios países, brindando asistencia médica en condiciones extremas. Aquí defiende el camino cubano y traza un panorama sobre América latina. “Hay mucho todavía que resolver”, dice sobre el descongelamiento de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.



 Por Marcelo Justo

Página/12 En Gran Bretaña
Desde Londres
El descongelamiento de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos ha sido la gran noticia de fin de año, pero la hija del Che, la pediatra Aleida Guevara, recordó que queda mucho por recorrer. “José Martí decía que cultivaba una rosa blanca para su amigo, pero también para su enemigo. Nosotros tenemos todavía que aprender mucho de Martí. Hay un sentimiento de nuestro pueblo que no se va a borrar tan rápido, porque son muchos años en que el gobierno de Estados Unidos ha mantenido organizaciones terroristas que han actuado en nuestro país. Si hay respeto por la soberanía de nuestro pueblo, podemos comerciar libremente. Hay mucho todavía que resolver”, declaró a la prensa italiana. Página/12 dialogó con Aleida Guevara días antes del anuncio, a su paso por Londres para una conferencia en la Central de Trabajadores británica sobre América latina.
–¿Qué diría el Che hoy de Cuba y América latina?
–No puedo contestar por mi papá, porque él no está, no vivió en esta época. Pero seguramente estaría exigiendo mucho más y estaría peleando con nosotros por las cosas que dejamos de hacer. Eso seguro. Todavía el sueño latinoamericano no es realidad. Nos falta mucho para poder alcanzarlo. El ALBA: fíjate que estamos solamente Cuba, Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia. Ni siquiera Argentina y Brasil participan del ALBA. O sea que todavía estamos iniciando un proceso.
–¿Qué dice Aleida Guevara de América latina?
–Yo creo que estamos caminando. En los últimos años ha habido un renacimiento de la Patria Grande. Países como Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua han marcado la diferencia. Ahora Cuba no es una isla aislada desde el punto de vista político y económico. Formamos parte del ALBA, con lo que comienza una nueva etapa en la integración de América latina. Igual estaría de acuerdo con mi papá en que nos falta muchísimo. Hace falta más unidad dentro de nuestro continente. También nos hace falta que los pueblos sean más dueños de su destino y para eso necesitan ser dueños de lo que producen. Mientras las transnacionales nos sigan sacando nuestras reservas, nuestros productos, y mientras nuestros pueblos sigan pasando hambre, no estaremos llegando adonde de verdad tenemos que llegar. Y hay que recordar otra vez lo que decía el Che en cuanto a que también hay que transformar al hombre junto a los cambios en la producción. Necesitamos hombres que piensen en la solidaridad y en la grandeza que un ser humano siente cuando es útil a otro. Trabajo mucho con el MST, el Movimiento Sin Tierra de Brasil, dando conferencias, exponiendo las cosas de mi papá, discutiendo y aprendiendo de ellos. Me parece uno de los movimientos sociales más importantes de América latina por su coherencia, por su dinamismo, por lo que ha alcanzado viviendo en una sociedad capitalista. El MST ha logrado conquistar tierras, hacer cooperativas y producir muchísimo, pero no sólo para autoconsumo o para tener excedente para vender sino, también, en un excedente para alimentar al resto del movimiento. No sólo trabajan para ellos sino que son solidarios con otros movimientos sociales. Al principio del MST, los campesinos pensaban “yo sólo quiero la tierra para alimentar a mis hijos”. Hoy le pregunta uno lo mismo y dice que ahora se da cuenta de que la tierra no es un bien propio, es un bien colectivo.
–Dice que Cuba está menos aislada, pero la realidad es que sigue sufriendo el bloqueo.
–Está menos aislada gracias a esta nueva realidad en América latina, pero el bloqueo nos ha afectado desde el principio. A veces ha hecho que hombres o niños cubanos perdieran la vida porque no tenían los medicamentos correspondientes. Por suerte tenemos una gran solidaridad de muchas partes del mundo. Eso nos da fuerzas para saber que no estamos solos. Decía José Martí que el hombre que descubre las virtudes de otro es porque las lleva en sí mismo. Si son solidarios con Cuba es porque nos sienten cercanos, porque son capaces de reconocer las virtudes de nuestro pueblo. Pero hay situaciones muy duras por culpa del bloqueo. Le doy un ejemplo: un niño de pocos años de vida con una meningoencefalitis viral que, para curarse, precisa un medicamento que tiene patente en Estados Unidos. Hicimos lo imposible por obtener el medicamento. Cuando lo conseguimos después de muchos problemas con Estados Unidos, el niño había fallecido. ¿Cómo le explica eso uno a la madre? Por eso decimos que el bloqueo produce mucho desgaste económico, pero lo más importante no se puede palpar porque el costo humano que ha causado no se puede valorar en dinero.
–Pero, a pesar del bloqueo, el servicio de salud en Cuba es un referente mundial y Cuba ha exportado doctores.
–La salud del hombre es un derecho. Si uno le pregunta a cualquier ser humano cuánto pagaría por la vida de su hijo, no hay cifra porque es algo que no tiene precio. No se puede negociar con la salud del ser humano. Este principio nos permite mostrar a los pueblos lo que somos. No somos diferentes como seres humanos sino porque nos han educado en una sociedad socialista. Por eso necesitamos dar el ejemplo de que es posible vivir en una forma diferente. En nuestro sistema de salud hemos llegado a tener un doctor por cada 190 familias. Hoy muchos de estos doctores están en otras partes del mundo. Hay pacientes cubanos que están acostumbrados a tocar la puerta y tener un médico a su servicio. Pero el pueblo sabe dónde está su médico y se siente orgulloso de su sistema de salud. Y no es la salud únicamente. Estamos hablando de que todos tengan viviendas dignas, transporte garantizado, seguridad, que estén libres de drogas, de violencia, que todos puedan realizarse como seres humanos. ¿Por qué hemos llevado adelante tantos programas de alfabetización? No sólo en la lengua de la colonización, español, inglés, portugués. También en las lenguas de nuestros pueblos, quechua, guaraní, aymara, para tratar que muchos pueblos puedan leer y escribir. ¿Por qué hacemos esto? Primero, porque la educación es fundamental para que un pueblo sea realmente libre y para que nadie pueda manipularlo y utilizarlo. La educación nos da libertad de elegir. El Che nos recordaba mucho estas cosas. Decía que nosotros podemos decirles a los demás lo que hay que hacer, pero si no mostramos con el ejemplo, no tiene la gente por qué seguirnos.
–Usted tenía cuatro años cuando el Che se fue al Congo y estaba por cumplir siete cuando lo asesinaron en Bolivia. ¿Qué recuerdos tiene de él?
–Tengo muy pocos recuerdos de mi papá. Hice un documental hace poco que se llama Ausencia presente porque todo el mundo me pregunta lo mismo, y yo quiero un día contarles a mis nietas y mis nietos los poquitos recuerdos que me quedan de su bisabuelo y me gustaría que no perdieran la magia que tienen.
–Su padre vivió una gran transformación desde el médico que dejó la Argentina y el revolucionario cubanizado. ¿Tiene algún recuerdo del Che vinculado con la Argentina?
–El único argentino que conocía mi mamá era mi papá. Y mi papá era mal hablado, tenía costumbre de jurar, como todos los argentinos (risas). Mi mamá era de origen campesino y los campesinos en Cuba son muy educados. Entonces ella decía: “Delante de mis niños no puedes decir esas malas palabras”. Y cuando mi hermano Camilo empezó a decir esas malas palabras en la escuela, mamá lo retó a mi papá: “¿Ves? Esas son las consecuencias”. Entonces papá le escribió un cuento a Camilo que se llamaba “Pepe el Caimán”, y papá le contaba que tenía un amigo que se llamaba Pepe el Caimán y que cuando se enteraba de que Camilo decía malas palabras en la escuela, Pepe el Caimán se ponía tan molesto que le mordía la pata a mi papá, así que Camilo se tenía que portar bien para que no le mordiera la pata. Dio resultado. Hoy, Camilo es un hombre hecho y derecho... y no dice malas palabras (risas).
–El mundo en que vivió el Che es diferente al de hoy. Para muchos jóvenes, que pueden compartir las aspiraciones e ideales del Che, resulta incomprensible el camino de la lucha armada y la violencia. ¿Cómo ve esto? ¿Qué les diría?
–Yo pienso que eso depende del momento que uno vive y del momento que está viviendo un pueblo determinado. Yo estoy formada en una sociedad diferente. En nuestra sociedad se valora mucho la vida. Pero nosotros estamos preparados militarmente para defender nuestra patria hasta las últimas consecuencias. Entonces no queremos la violencia, pero tampoco le tenemos miedo. La enfrentamos si hay que enfrentarla. Es una manera de ver el mundo. Está demostrado que “un pueblo unido jamás será vencido”, pero también que “un pueblo armado jamás será aplastado”. Esa es Cuba. Esa es la realidad cubana. Si quieren tenerla en cuenta, bien. Cada cual es dueño de sacar sus propias conclusiones. Yo muchas veces le pregunto a la gente qué haría si viviera en Palestina, en Irak o en Afganistán, hasta qué punto bajarían los manos y no tomarían las armas para defenderse.
–En la Argentina hubo no hace mucho un debate sobre la figura del Che Guevara desde la misma izquierda, y una estudiante dijo que ella lo admiraba, pero al mismo tiempo estaba en contra de la pena de muerte y por eso sentía un verdadero conflicto personal sobre los fusilamientos de La Cabaña en 1959. ¿Cómo ve usted esto hoy?
–Mi papá era presidente de un tribunal. El no ordenaba los fusilamientos. El acataba la decisión de un pueblo. Y la decisión del pueblo era fusilar a los asesinos, torturadores, a la gente que hizo desaparecer a 20 mil cubanos. Esa fue la decisión del pueblo. Mi papá hizo que se cumpliera. Y yo lo hubiera hecho igual. Yo soy médico. Defiendo la vida, la vida de la gente que respeta esa vida. Porque la gente que viola la vida de otra gente, no respeta la vida. Los que hicieron desaparecer 30 mil personas en Argentina y quizás los mejores jóvenes de ese país, ¿cómo hago con ellos? Ojalá estén pudriéndose en la cárcel, ojalá todos estén presos. Sería muy bueno. A mí me preocupa la sentencia de muerte, aunque habría que preguntarles a los padres de esos desaparecidos qué sienten. Es una decisión de un pueblo. Lo que el pueblo decida, hay que acatarlo.
–Como cubana, la influencia del Che tiene algo especial porque además es su padre. Pero hay otras dos influencias que usted siempre menciona: José Martí y Fidel Castro.
–Martí es el maestro desde los primeros momentos de mi vida. Aprendí a leer con él. Aprendí sus poemas desde chica. Hay uno que siempre recuerdo que es “Yugo y estrella”, donde la madre de Martí brinda dos instancias de vida. El yugo, bajar la cabeza y comportarte como un animal de carga, un buey, o la estrella que ilumina y mata en la frente. Con la estrella hay mucha luz. Ilumina y mata: para poder limpiar la costra de una sociedad muchas veces hay que pelear, si no, no lo logras. Martí estaba hablando en aquel momento de la lucha contra los españoles. Y esto no se hacía echándoles aire. Había que echar bala o machete. Esa era su realidad. Ilumina porque va marcando un sendero, y mata porque va eliminando a los enemigos del pueblo. La elección es de cada uno, si eres yugo o estrella.
–¿Y Fidel Castro?
–Fidel Castro es el hombre que lleva a la práctica a José Martí, el que hace realidad la obra de muchos hombres magníficos del país, el que hace que el pueblo cubano tenga por primera vez la posibilidad de llamarse cubano sin presencia extranjera, el que nos ayuda a analizar las cosas. Es también el que nos enseña que somos no sólo latinoamericanos sino afroamericanos, que le debemos al continente africano muchísimo. Fidel inspira, es el que me ha enseñado a mí, junto al ejemplo del Che, a ser internacionalista.
–Este concepto de solidaridad internacional resulta muy difícil de entender en el mundo actual para muchos países, en particular los desarrollados. La realidad es que, con la crisis del ébola, unos 15 mil médicos cubanos se han ofrecido como voluntarios. Su experiencia misma como médica está marcada por este internacionalismo.
–Cuba ha enviado una brigada médica, personal científico y personal auxiliar para tratar de eliminar esta nueva pandemia que está asolando a la humanidad. Estamos trabajando como equipo, que es la mejor manera de trabajar, viendo no sólo la enfermedad sino viendo cómo prevenir, es decir, no sólo en la cura sino en la prevención, para que no haya contagio. Cuba siempre ha tenido misiones especiales médicas. Hemos estado muchos años trabajando con los pueblos africanos. Es un poquito de lo que les debemos. Porque la cultura cubana es eso: la mezcla de afro, español y un poquito de asiático. Hoy hay algunos países que nos pueden pagar por esos servicios, como Qatar o Sudáfrica, y ese dinero lo usamos para las misiones de países como Haití, que no pueden pagar por estos servicios. Pero la razón por la que un médico cubano va es por la solidaridad internacional. No hay dinero que pague el sacrificio humano que representa esto.
–¿Cómo fue su experiencia personal con las misiones?
–En los ’80, Nicaragua no tenía muchos médicos, así que Fidel nos preguntó a los estudiantes del último año de Medicina si queríamos ir allí. Fuimos muchos estudiantes. Hicimos el último año de la carrera allá. Fue una experiencia extraordinaria, porque yo nací con la Revolución Cubana y por tanto crecí siempre muy protegida en mi país, y fue extraordinario salir a otro país y ver cosas que ni me imaginaba que podían pasar, la discriminación con otros seres humanos, la división en un país por ser católico o no, porque la misma Iglesia nicaragüense estaba dividida, el trato con los indígenas... Yo estaba acostumbrada a trabajar con hombres y mujeres negros que son como yo, temperamentales, y decimos lo que pensamos; pero fue la primera vez que tuve contacto con los indígenas. El indígena, para poder sobrevivir durante siglos, bajaba la cabeza y después hacía lo que se le daba la gana. Aprendí muchísimo. Creo que ese último año en Nicaragua me preparó para ser un médico que podía enfrentarme a muchas cosas. Hice más de cien partos. Pero las primeras nicaragüenses que me tuvieron de médico todavía me deben de andar buscando por ahí por los desastres que pude haber hecho (risas). Una cosa que aprendí es lo importante que es lograr entender que hay culturas distintas de las nuestras, olvidarnos del yo y pensar en el nosotros. Años más tarde tuve el privilegio de hablar con parteros quechuas en el norte de Ecuador. Me hubiera gustado tener ese privilegio antes, porque esas mujeres nicaragüenses no me estarían buscando. Cuando le pregunté a una mujer indígena por qué no quería atenderse con un médico blanco, ella respondió: “No entiendo qué tiene que ver mi nombre, apellido y dirección con el dolor que yo siento”. Y es verdad. Nosotros preguntábamos todas esas cosas. Una mujer indígena me enseñó a ser una mejor profesional de la salud. A partir de ese momento, cuando viene un paciente a mi consulta, lo primero que pregunto es en qué puedo serle útil. Y después, si me acuerdo todo lo demás, del nombre y la dirección. Hay muchas cosas de nuestras culturas que pueden ser utilizadas. La manera que se hace el parto. Nosotros ponemos a las mujeres acostadas y sin moverse, y tienen que hacer así sus necesidades fisiológicas; cuando todas las poblaciones del continente y de Africa saben que la mejor manera de parir es sentada o arrodillada.
–¿Cómo fue su experiencia en Angola?
–Fue entre el ’86 y el ’88, los años más difíciles y duros de mi vida. La discriminación racial, lo que significa la colonización de otro pueblo, fueron cosas que aprendí muy duramente allí. No puedo contar todo lo que se sufre allí. Yo trabajaba con niños tuberculosos. Recuerdo mucho a Fátima, una niña tuberculosa a la que tuvimos que sacarle un pulmón porque no había remedio. Y cómo se recuperó después. Recuerdo que lo último que vio aquella niña antes de ir a la operación fue mi rostro, y lo primero que vio después fue también mi cara. Esas memorias quedaron para siempre conmigo. Es muy crudo, sufrí mucho. Recuerdo un día en que teníamos que hacer guardia en el edificio donde vivíamos porque estaba Unita atacando y tocaba mi turno de hacer guardia. En la esquina de mi edificio había un niño tapado con un bulto de periódico, y en eso la guardia va caminando y toca un pie y de abajo de ese bulto sale un niño desnudo y ni siquiera protestó; fue muy difícil para mí poder aceptar eso y entonces lo llamé. Le pedí a una compañera que me guardara el puesto un momento, me quité un pulóver que llevaba puesto y cuando se lo puse, el niño me miró y me dijo: “Mamá”. Es algo que queda con uno el resto de la vida. Cosas en que tú te dices “no hay derecho que exista esto” (se le quiebra la voz y se le humedecen los ojos). Eso me hizo mejor ser humano y mejor médico también, pero por sobre todas las cosas me llenó de fuerzas para darme cuenta de que por mucho que pensemos que hacemos, no es suficiente.
–¿Qué va a pasar en Cuba cuando no estén Fidel Castro ni su hermano Raúl?
–Hay que conocer al pueblo cubano. Es un pueblo que luchó siglos por su soberanía e independencia. Una vez que la obtuvo, ¿la va a perder? Nunca. Fidel y Raúl son especiales. No cabe duda de que Fidel es el guía del pueblo cubano. Pero lo más importante que han hecho es facilitar la educación del pueblo cubano para que nadie los pueda utilizar, manipular o engañar. En ese sentido, el pueblo cubano es un pueblo libre y tiene conciencia de lo que vive y porta en sus manos. Es una decisión del pueblo. Seguimos adelante.