29 dic 2014

Temas de estrategia política, no de mercado

La crisis del petróleo y un debate interno que pretende eludir su contenido político. La geopolítica de Estados Unidos y la especulación financiera en la determinación del precio.



 Por Raúl Dellatorre

Las explicaciones sobre la causa del descalabro en el precio del petróleo son tan diversas como los pronósticos sobre la duración del hundimiento del valor del barril. El fenómeno de la volatilidad de la cotización no es nuevo, aunque no deja de ser sorprendente cómo algunos análisis se siguen aferrando a la incuestionabilidad de “las leyes del mercado” y cómo, desde allí, critican que el país no siga ese mandato soberano y permita que los precios locales también caigan libremente, de lo que supuestamente se derivarían “las bondades” de tener un combustible barato. En un país que pelea por recuperar su soberanía energética, seguir esos mandatos del “libre mercado” equivaldría a quebrar lisa y llanamente el camino iniciado con la recuperación de YPF en abril de 2012. Algunos datos del actual contexto internacional y otros que dejan revisar lo acontecido con los precios del petróleo en los últimos años permiten echar luz sobre razones de especulación financiera, de geopolítica militar y de mercado (producción y consumo) que aportan a la formación del precio internacional del crudo. Y revelan que no son justamente las razones económicas de mercado, las que definen la cotización.
Si se observa la evolución del precio del petróleo a lo largo de la última década, es fácil concluir que no aparece a la vista algo que se pueda definir como “valor de equilibrio”, ya que la cotización se mantuvo en permanente movimiento y con saltos del 20 al 40 por ciento, para abajo y para arriba, de año tras año, con picos de máxima y de mínima que acentúan mucho más esas diferencias. Desde cotizaciones de 25 dólares el barril durante el año 2003, a los 40 dólares como valor promedio en 2004, 55 dólares en 2005, 70 dólares en 2007 para llegar al infartante 2008, en el que el valor del crudo alcanzó a 145 dólares el 4 de julio, para caer pocos meses después por debajo de 40 dólares. El rebote fue violento, ya que los tres años siguientes fueron de escalada permanente, llegando a promediar 60 dólares en 2009, 80 en 2010 y 95 en 2011. Recién en estos valores, entre 95 y 105 dólares, el crudo reconoció una nivelación relativamente duradera, a lo largo de 2012, 2013 y hasta junio de 2014, antes del brusco salto a 110 dólares en julio y la más abrupta caída posterior, hasta los 55 dólares por barril de WTI de la última semana.
Ninguna de las “razones de mercado” que se esgrimen para explicar la baja del precio del crudo estaba ausente antes de junio de 2014. La disminución de la demanda de energía de la Eurozona y de Japón por estancamiento económico se arrastra desde hace varios años (no menos de tres), cuando el precio seguía subiendo. El aumento de las reservas de crudo de Estados Unidos por el impacto de la producción de shale oil ya se verificaba a fines de 2013 (36.500 millones de barriles al 31 de diciembre, con un incremento del 9,3 por ciento sobre el año anterior); la producción de la OPEP se mantiene en torno de los 31 millones de barriles de crudo diarios desde por lo menos diciembre de 2011. La desaceleración de la economía china no afectó su demanda mundial de petróleo, que siguió aumentando.
Las causas habrá que buscarlas en otro lado, y un buen indicio para encontrarlas es tener en cuenta dos factores. Primero, el precio del crudo se define en un mercado global en el que las operaciones financieras con derivados (apuestas especulativas a futuro, sin intervención del producto físico: es decir, quien compra a seis meses juega a que el precio al contado para entonces esté más caro que el que contrató, y el que vende a futuro apuesta a lo contrario; y al vencimiento el que pierde paga la diferencia) superan, en volumen, en una proporción de 500 a 1, a las que se realizan sobre operaciones reales (con entrega física del producto del vendedor al comprador). Segundo, no hay paridad de fuerzas entre los países que intervienen. Estados Unidos es el mayor consumidor mundial de crudo, y por muchos años fue el mayor comprador (importador) en el mercado. Esa situación lo ponía en cierta paridad con la OPEP, que actuaba como bloque (“cartelizados”). Pero desde que la producción de petróleo en Estados Unidos lo acercó al nivel de autoabastecerse, puede entrar o salir del mercado cuando le plazca, por “razones estratégicas”.
El mercado financiero de Nueva York (Nymex), asociado a Londres, controla la plaza especulativa de materias primas, particularmente el petróleo. La política monetaria de la Reserva Federal no es ajena al actual retiro de los capitales especulativos neoyorquinos del mercado especulativo del crudo (ver aparte). Por otro lado, Estados Unidos hace pesar sus razones o intereses geopolíticos sobre sus decisiones de operación en el mercado petrolero. Entre los integrantes de la OPEP tiene amigos y enemigos. No es casual que, justamente, un miembro “amigo”, Arabia Saudita, se haya prestado al juego de no aceptar una baja en la oferta –como le reclaman los otros socios no tan “amigos” Irán, Venezuela y Ecuador–, convalidando de ese modo la brutal caída del precio. Como gran reservorio de crudo (y de dólares), los saudíes tienen más espaldas que ningún otro miembro de la OPEP para soportar una crisis prolongada.
Otros exportadores extra OPEP, como Rusia, también salen mal parados por la caída del precio. Justamente tres países que están en la mira y “sancionados” por EE.UU. (Irán, Venezuela y Rusia), son los más perjudicados por la “coyuntura” petrolera. Lo que no logró con las sanciones económicas, Washington lo está logrando por el impacto de la crisis petrolera. No es la primera vez en las últimas décadas de historia económica que la “coyuntura” petrolera juega a favor de los intereses geopolíticos de Estados Unidos. Además de su poderío bélico, la globalización financiera se ha convertido en otra arma letal para quienes tienen capacidad de usarla.
Por todo ello, y así como en su momento se concluyó que librarse del yugo de la deuda externa significaba ganar indispensables grados de libertad en materia de soberanía económica y también política, ¿cabe alguna duda, frente a este escenario, de la importancia de tomar las decisiones de política energética al margen de los vaivenes del mercado, para poder liberar al país de la dependencia energética?
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