19 sept 2018

HISTORIAS PARA SER CONTADAS

Quiénes fueron los esclavos que se animaron a contar en primera persona el racismo de Estados Unidos

Por Gonzalo León

19 de septiembre de 2018



Frederick Douglass, fotografía hoy colgada en la Universidad de Hillsdale, Estados Unidos, una institución que tuvo una temprana reputación anti esclavitud
Narraron sus experiencias de vida en el siglo XIX constituyendo así un “contragénero”, como lo definió el crítico Henry Louis Gates: autobiografías entre la novela sentimental y la picaresca europea
En 1951 el escritor afroamericano Willard Motley publicó una novela llamada Pescamos toda la noche, en la cual relataba la vida de inmigrantes y norteamericanos pobres en un barrio pobre de Chicago.
Antes había saltado a la fama por su primera novela, Llamad a cualquier puerta, que fue llevada al cine por Nicholas Ray y protagonizada por Humphrey Bogart en 1949. Sin embargo, el final de la historia de este ilustre autor afroamericano es triste, ya que terminó exiliado en México por la persecución que en la década de los 50 el Comité de Actividades Anti Norteamericanas implementó sobre actores, escritores, directores de cine y guionistas. Motley en vida fue criticado por ser afroamericano y escribir sobre personajes blancos y por ser un escritor homosexual que escribía sobre heterosexuales; al leer Pescamos toda la noche estas supuestas contradicciones pasan inadvertidas y el lector cree que quien escribe es un blanco. Pese a ello Motley ha quedado en la historia de la literatura de su país como un gran escritor afroamericano. Que no haya querido hacerse cargo de su raza, porque como decía él, su raza era la humana, es otra cosa.


Las críticas por retratar a personajes blancos pobres y heterosexuales no eran descabelladas, porque la literatura afroamericana precisamente había arrancado por hacerse cargo de su raza, de su condición de esclavos y del espíritu abolicionista con las "narraciones de esclavos", que se dieron con mayor intensidad entre 1820 y 1860. Vida de un esclavo americano (escrita por él mismo), de Frederick Douglass, es un gran ejemplo de este tipo de narraciones. En la introducción de este libro, fechada en su reedición al inglés en 1982, Houston A. Baker explica que estos textos eran buena parte "ampliaciones de los papeles activos, oratorios y dramáticos, que desempeñaban los ex esclavos en el movimiento abolicionista. La presencia más importante en cualquier acto público abolicionista era la del antiguo esclavo". Dicho de otro modo, la presencia del ahora fugitivo, porque además era fugitivo de la ley, junto al relato pormenorizado de los horrores a los que había sido sometido, eran la justificación para instaurar otro orden, donde los afroamericanos tuvieran, si no los mismos derechos, al menos algunos, entre ellos el principal era que dejaran de ser considerados propiedad privada.


"Fue en marcos agitados como los descritos aquí", precisa Baker, "donde pasaron su aprendizaje como narradores muchos antiguos esclavos". Y es que muchos oradores pasaron a escribir sus narraciones, algunos las escribían los mismos fugitivos y otros los blancos del movimiento abolicionista: "La mayoría de los autores de narraciones de esclavos habían contado sus historias innumerables veces en reuniones abolicionistas antes de ponerlas por escrito. Tenían que ser realmente muy hábiles en el uso del idioma para transmitir su mensaje con eficacia a esas asambleas". Pero no era fácil el clima en esas asambleas ya que se desarrollaban en un ambiente informal donde a alguna parte del público le resultaba difícil escuchar en silencio. Y más difícil aún era pasar ese relato por escrito. La autobiografía de Henry Bibb fue famosa en esta época. En el prólogo se preguntaba por qué había escrito esa obra habiendo tantas narraciones publicadas y su respuesta fue que "en ningún sitio he expuesto oralmente con detalle mi narración y algunos de los acontecimientos más interesantes de mi vida no han llegado nunca a oídos del público". El relato escrito permitía dejar, como el mismo Bibb, "testimonio contra este sistema destructor del hombre, para que lo lean las generaciones futuras cuando mi cuerpo yazca pudriéndose…". Sin embargo, Bibb no aspiraba a ninguna pretensión literaria, porque los textos cumplían otra tarea.



Pese a ello, y tal vez sin querer, este tipo de relatos sin pretensiones literarias se convirtieron en el único género propiamente estadounidense, y así lo dijo Theodore Parkera mediados del siglo XIX: "Tenemos una serie de producciones literarias que nadie podría haber escrito más que estadounidenses, y sólo aquí: me refiero a las vidas de esclavos fugitivos". El crítico Henry Louis Gates afirmó, por su parte, que estas narraciones eran un "contragénero", que se caracterizaba por ser "una forma intermedia" entre la novela sentimental y sobre todo de la picaresca europea. Esta forma, según Baker, se enriqueció en 1852 con la publicación de La cabaña del Tío Tom, popular novela de Harriet Beecher Stowe. Los mismos autores de narraciones de esclavos leyeron esta novela, por lo que Houston Baker niega que los narradores esclavos carecieran de pretensiones literarias; para él, "eran al mismo tiempo lectores y tímidos autores de narraciones que se planteaban como obras de arte literarias, como obras autobiográficas realizadas tanto al servicio de la posteridad literaria como en nombre de la masa contemporánea de afroestadounidenses esclavizados".

Algunas de las tantas ediciones de “La cabaña del Tío Tom” de Harriet Beecher Stowe


Pero ¿cuál es la importancia de Vida de un esclavo americano (1845), de Frederick Douglass? Primero se convirtió en un éxito de ventas: a cinco años de su publicación ya había vendido treinta mil ejemplares sólo en Estados Unidos. En lengua inglesa logró más de nueve ediciones, pero además fue traducida al francés y al holandés. Según cuenta Baker, "la reacción de la crítica fue abrumadoramente entusiasta". Una de éstas destacó que "pese a ser conmovedor y estar lleno de la elocuencia más ardiente, es sencillo y desapasionado. Su elocuencia es la elocuencia de la verdad". Este punto, el de la verdad, fue crucial no sólo en el relato de Douglass sino en el de la mayoría de las narraciones de esclavos, ya que no faltaba el antiabolicionista que señalaba que el relato era falso, entre las más recurrentes estaba el argumento de que un esclavo no podía escribir nada. De ahí que a Douglass lo hayan tildado también de fraude. Un tal A.C.C. Thompson escribió en el Delaware Republican: "No siento ninguna animosidad hacia los que urdieron Vida, y no sé quiénes son, pero afirmo taxativamente que es toda una sarta de falsedades, de principio a fin". La autobiografía de Douglass, sin embargo, logró imponerse porque precisamente no contó con "ninguna colaboración de los colegas abolicionistas blancos del autor", y eso se notaba en su "vigor oratorio excepcional", que se traspasó a lo escrito.


“Vida de un esclavo americano (escrita por él mismo)” de Frederick Douglass (Edición española de Alba, 1995).


La vida de este ex esclavo estuvo marcada por la intensidad, la violencia, el aprendizaje y las peripecias. Se podría aventurar que no era difícil transformar esta experiencia vital en experiencia literaria. Bastaba un poco de talento, y Frederick Douglass lo tenía. Sólo tenía que darles una organización a esas peripecias que comenzaron con su nacimiento en 1818; en esa época era costumbre que la madre estuviera un año con sus hijos y luego se la mandara lejos. Pese a ello, Douglass consiguió verla cuando tenía seis o siete años (lo otro que desconocían los esclavos era su edad exacta y menos su fecha de nacimiento), y para ello su madre tenía que recorrer veinte kilómetros a pie. Su padre, supone, fue blanco. En las primeras páginas de Vida de un esclavo americano (escrito por él mismo) el autor deduce que en vista de que la ley indicaba que los hijos de las esclavas tenían "que seguir manteniendo sin excepción la condición de sus madres" era claro que los amos/propietarios "querían sacar provecho de su propia lujuria". De este modo, además de poder satisfacer sus deseos con las esclavas cuando quisieran, para estos propietarios la mejor consecuencia de este hecho, que a veces constituía una violación, era que quedara embarazada.


Lo peor que le podía pasar a cualquier esclavo –varón o mujer– era que le tocara una vida en una plantación, allí las condiciones eran más duras y era casi imposible aprender a leer, por ejemplo. La suerte estuvo con Douglass y a los siete años fue enviado a Baltimore. "El traslado a la ciudad", cuenta Baker en el prólogo del libro, "permitió a Douglass no sólo eludir el trabajo embrutecedor del campo… sino que le proporcionó también una perspectiva de posibilidades humanas y de oportunidades de progreso".


En la casa de los Auld aprendió a leer y con el tiempo llegó a ser lector de periódicos, algo impensado para un esclavo en esa época. Sin embargo, a los quince años su suerte cambió y cayó en manos de un adiestrador de esclavos. Fueron tiempos muy duros para Douglass, en los que decidió que, "por mucho tiempo que pudiera seguir siendo esclavo oficialmente, había quedado atrás para siempre el día en que pudiese ser un esclavo de hecho. No vacilaría en dejar que se supiera de mí que el blanco que esperase conseguir azotarme debía conseguir antes matarme". En 1835 tuvo una tentativa frustrada de fuga, pero en 1838, disfrazado de marinero, escapó en un tren de Baltimore a Filadelfia y de ahí llegó a Nueva York.


Mural de Frederick Douglass en la ciudad irlandesa de Belfast


Lo que vino fue muy vertiginoso: se casó ese mismo año, se trasladó a Massachussetts, y en 1841 destacó en una reunión del movimiento abolicionista y de inmediato fue contratado como conferenciante por la Sociedad Antiesclavista de Massacussetts. Entre 1842 y 1844 recorrió varias ciudades como conferenciante, pero a los propios abolicionistas les parecía inconcebible que alguien se expresara en el modo en que él lo hacía, algunos incluso dudaban de su pasado como esclavo. En la primavera de 1845 publicó este libro de 125 páginas, que contaba con comentarios introductorios de dos miembros de la Sociedad Antiesclavista.


Pero la vida de Douglass no quedó ahí, siguió superándose. Fue propietario y director de medios que llevaban su nombre y se convirtió en un dirigente afroamericano, que le preocupaba tanto la exclusión de los negros en las iglesias para blancos como toda práctica de segregación racial. Fue alguacil, embajador y cónsul de su país en Haití. Murió en Washington en 1895, aproximadamente a la edad de 77 años.