29 ene 2015

Cuartos cerrados, preguntas abiertas

La muerte de Nisman


La muerte del fiscal Alberto Nisman, más allá de las olas, tipo tsunami, en el campo político, ha despertado al Sherlock Holmes que muchos llevan adentro. El descubrimiento de su cadáver obstruyendo por dentro la puerta del baño se acerca mucho a las características básicas de lo que tradicionalmente se conoce como “crimen de cuarto cerrado”. Esa categoría nació con la narración de Edgar Allan Poe “Los crímenes de la calle Morgue”, que Gastón Leroux reforzó con su relato “El misterio del cuarto amarillo”. Un espacio cerrado, donde nadie ha podido entrar normalmente y donde se produce una muerte o se ha manifestado la intención de asesinar a alguien.
Haciendo la autopsia de esos “cuartos cerrados” se produce, inevitablemente, el descubrimiento de que se trata de un juego de engaño, una charada, resuelta siempre por uno de dos caminos, o el muerto, por alguna razón, disfrazó el hecho de intento de asesinato, o la solución llega por lo inverosímil, como el mono con navaja que ingresa por un ventanuco en “Los crímenes de la calle Morgue”; algo que se nos hace creíble sólo gracias al talento gótico de Poe. Es que la literatura policial es un juego de sobremesa y el detective el avatar del lector en ese juego. De modo que analizar la muerte de Nisman desde un cuarto cerrado no conduce a nada. A nada que no sea un mero juego.
Lo que no quiere decir que no se pueda especular o, si se quiere, “jugar”, pero con otras reglas, las reglas de un modo narrativo que se aparta sustancialmente de la ficción policíaca para navegar en aguas de una sociedad en que las reglas son otras: la novela negra. Para dejar claro el desde dónde cabe citar a Jorge Luis Borges, admirador de la novela policíaca y detractor de la novela negra. Decía que la diferencia estaba en que en la novela policial, producido el crimen, alterado el orden, introducido el caos, el investigador daba con la solución y restauraba el orden. En cambio, en la novela negra, todo intento de investigar, de destapar las razones del caos, conduce a mayor caos y al cuestionamiento del orden.
Para reducirlo a lo esencial, en la novela policial se busca quién fue al autor de la muerte, ya sea la propia o la de un tercero, en tanto que en la novela negra la pregunta es por qué lo hizo. Qué razones, qué presiones, qué circunstancias llevaron a que alguien se mate o mate a un tercero. Y esa pregunta, en tanto que los humanos son entes sociales, lleva al entorno, a la sociedad y a los grupos de poder que compiten por el control, desde reglas de juego que no son las del acertijo ni las del marqués de Queensberry, que reglamentan el boxeo y prohíben pegar por debajo del cinturón, morder o patear los testículos del adversario.
Por estas cuestiones, que ponen en tela de juicio las imparcialidades, resulta sensato, utilitario y más en contacto con la realidad, no jugar a los cuartos cerrados, sino a las preguntas abiertas. ¿Durante los diez años de la investigación en torno al atentado a la AMIA nadie reparó en que no había avances? ¿La permanencia, en el circuito oficial, de agentes de inteligencia ligados a la última dictadura, es producto de la desidia y la falta de control? ¿La inconsistencia de las denuncias del fiscal, previas a su muerte, indican que alguien lo usó como torpedo? Si es así, ¿con qué lo apretaron para que diera ese paso, si él, por su profesión, sabía que era un disparo de humo? ¿Cuál fue su rol en un juego de poderes que lo puso en el rubro “use y tire”, de propia mano o de mano ajena?
De todas maneras, cualquiera que sea el punto de partida para ver el caso Nisman, y hacerse preguntas, conviene recordar que las sociedades que conocemos y habitamos son pirámides discontinuas, y esto vale tanto para la economía como para la aplicación de la justicia y las leyes. En términos económicos, una gran base tiene poco, mientras el vértice de la pirámide, mucho más pequeño, tiene tanto o más que toda la base en su conjunto. En términos de justicia, a cierta altura, cerca del vértice, la pirámide se corta, se discontinua, hay un vacío. Desde abajo hasta el corte, todos estamos sujetos a las leyes y todos somos investigables y procesables; todos estamos al alcance de la policía y los jueces. Del corte hacia arriba las reglas son otras, y se modifican, atenúan o ignoran en relación con el poder real –político y económico– de quien o quienes son sospechados de cometer el delito.
Algunos casos internacionales corroboran esa realidad. Por ejemplo, que las mentiras del general Colin Powell sobre armas de destrucción masiva que justificaron la invasión de Irak, nunca lo llevaron ante un tribunal. Por ejemplo, el suicidio, luego caratulado como homicidio, de Roberto Calvi, “el banquero de Dios”, que apareció colgado de un puente en Londres. Detrás y en torno al personaje, se movían el Banco Ambrosiano, el Banco del Vaticano y la logia Propaganda Due, de la que son aún parte Licio Gelli, conocido en Argentina por sus relaciones con Emilio Eduardo Massera, protagonista del golpe genocida de 1976, y el muy conocido Silvio Berlusconi. O, por ejemplo, las operaciones de entidades de inteligencia que actúan por sus propios intereses, o los de sus mandantes, que no siempre son los gobiernos de sus países. Un caso que lleva a esa franja de hechos fue la invasión de Cuba por Bahía de los Cochinos. Una jugada inconsulta de la CIA, ligada en ese tiempo a sectores del petróleo, para colocar entre la espada y la pared al presidente John F. Kennedy. El mismo Kennedy que reaccionó cuestionando la dirección de la CIA, para ser poco más tarde asesinado en Dallas, supuestamente por un desequilibrado Lee Oswald, que fue convenientemente silenciado con la muerte, como también lo sería luego su asesino, Jack Ruby.
El caso de Kennedy, a quien no mataron en un cuarto cerrado sino en una plaza de Dallas, a pleno sol, aún espera una respuesta que niegue la multiplicidad de datos que conducen a un asesinato programado. La sospecha, una vez que instalada, es muy difícil de erradicar. Desde la muerte de John F. Kennedy hasta hoy han pasado 52 años.

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