23 nov 2014

El poder del Gobierno Invisible




Kennedy fue asesinado el 22 de noviembre. Foto: BBC
Este 22 de noviembre se cumplen 51 años del asesinato de John F. Kennedy.
Han transcurrido ya los 50 años del plazo que unilateralmente se dio la CIA para desclasificar la información  exigida por el Comité Selecto del Congreso (HSCA), cuando al in­vestigar el magnicidio llegó a la con­­clusión de que hubo más de un asesino.
A pesar de que ese resultado convertía el crimen en una temible cons­piración, escuché al entonces subdirector de la CIA, Frank Carlucci, ne­garse en el último periodo de sesiones del comité, el 11 de diciembre de 1978, “a permitir el acceso a una serie de documentos secretos, pues vienen de fuentes altamente sensitivas que deben ser protegidas”.
Ante las evidencias halladas, se conminó por el HSCA a continuar investigando. Pero Carlucci dijo que se “ha dado acceso al Comité a mu­chos secretos sabiendo que (los se­cretos) serán conservados mientras la historia completa no pueda ser dicha”.
Nada menos que 36 años después, la CIA sigue inconmovible en el ominoso secreto que oculta el crimen de Dallas, aunque esa investigación oficial del Congreso reveló la imposibilidad de que Lee Harvey Oswald, el supuesto autor del asesinato, hubiese tirado él solo las cuatro balas que se ad­mite fueron disparadas en menos de cinco segundos. Otras muchas evidencias han reclamado atención.
Pero algunos de los implicados materiales e intelectuales, aún están vivos y aferrados al Complejo Mi­litar Industrial y Congresional, es de­cir, al llamado Gobierno Invisible.
David Sánchez  Morales, el Indio, el asesino preferido de la CIA, es según propia confesión uno de los principales implicados. Fue reclutado para la inteligencia del ejército en el batallón 82 aerotransportado en 1946, en Alemania, al final de la  Segunda Guerra Mundial. Luego in­gresó en la CIA, fundada por el presidente Harry Tru­man mayormente para  operar  contra gobiernos no afines, tras la súbita muerte del presidente estadounidense Franklin De­lano Roosevelt en abril de 1945.
Morales trabajó en 1955 en la embajada de Caracas y vino a la del malecón de La Habana en 1958.
Muchos le temían, según el in­vestigador del HSCA Gaetano Fon­zi, pues era grande y musculoso, vio­lento y agresivo.
Morales bebía sin freno y el alcohol le soltaba la lengua para contar desde detalles del complot para el derrocamiento de Jacobo Ár­benz en Guatemala, hasta los hombres rana que pensaba utilizar en la bahía de Guantánamo para volar al­gunas de sus instalaciones y provocar la intervención de las fuerzas ar­madas de Estados Unidos en Cuba.
Morales fue designado jefe de operaciones de la CIA contra Cuba. Sus actividades centrales eran entrenar a los reclutados en acciones te­rroristas. Durante la investigación del periodista Gaetano Fonzi para el comité de la Cámara, las evidencias llevaron a sospechar que Morales podría ha­ber sido la persona de aspecto latino que algunos testigos dijeron haber  visto en la ventana del sexto piso del edificio de almacén de libros en Dallas, desde donde se dice que disparó Oswald.
Existen fuertes indicaciones de que Sánchez Morales y otro tirador actuaron desde el almacén de libros escolares. Morales fue citado para declarar ante el Comité de investigaciones pero antes de que pudiese ha­cerlo murió, de un “ataque al co­razón”. Había ingresado en el hospital el 8 de mayo de 1978.
Hubo muchas misteriosas muer­tes de personas involucradas de un modo u otro; la investigación del HSCA provocó otra racha. Una fue la de John Rosselli, el mafioso que iba a ser una de las primeras personas en declarar al Comité. En julio de 1976 su cuerpo fue hallado dentro de un barril, en aguas de Miami; Sam Giancana fue acribillado a balazos en su residencia; Wi­lliam Pawley, dueño con Carlos Prío en Cuba de Autobuses Mo­dernos S.A., fue citado en 1977 y se suicidó.
Los agentes de la CIA Rip Ro­bertson, Carl Jen­kins  y Tony Sforza también murieron sin poder declarar ante la HSCA.
Las críticas y cuestionamientos no han cesado a pesar del esfuerzo de la CIA por ocultarlo con la bendición del Gobierno Invisible, ese que retomó las riendas desde la repentina muerte de Roosevelt en 1945, con un breve y controvertido lapso de pocos años abruptamente sepultados.