25 mar 2015

Ya nadie quiere ser Nisman

Un sector numeroso de la clase media argentina suele subirse a cualquier carro con tal de expresar su odio de clase. Al no tener consignas propias (o, mejor dicho, al tenerlas pero sin poder expresarlas, puesto que dichas consignas son de lo más retrógrado que hay en el mercado), hacen suyas las consignas de cuanto movimiento golpista y de derecha se les presente. Aquí tenemos tres ejemplos recientes.

En el año 2004, ya en los albores del kirchnerismo y cuando los intentos de generar un proceso de igualdad eran aún incipientes pero se veían venir, el medio pelo no dudó en subirse al carro del “ingeniero” Blumberg. Al cabo de algún tiempo, quedó demostrado que lo de Blumberg (y el propio Blumberg) era una farsa, uno que pretendió usar a la memoria de su hijo para construir una carrera política ex nihilo.Blumberg cayó en desgracia y ya nadie fue Blumberg.
Cuatro años después, en el 2008, salieron con carteles “El campo somos todos”. No tenían ni siquiera una maceta en el balcón, pero no dudaron tampoco en marchar a la par con los grandes terratenientes que históricamente han retrasado el desarrollo del país. El tiempo pasó, quedó en evidencia cómo la Sociedad Rural manipuló (con el apoyo de los medios) la verdad y el gobierno no cayó, sino que se fortaleció. Ya nadie fue “el campo” y a otra cosa, mariposa.

Este año volvieron con sus cacerolas y carteles del tipo “Yo soy Nisman”. Hasta insinuaron que se trataba nada menos que de un prócer, la “reserva moral de la patria” que se había atrevido a enfrentar al “poder” y que por ello lo habían asesinado. En menos de dos meses quedó claro que Nisman era, en realidad, un instrumento del poder real y un tipo que utilizaba fondos públicos para pasarla bien en fiestas descontroladas y vacaciones lujosas, además de otros manejos turbios con su no menos turbio “asistente” Lagomarsino y hasta con la CIA, el MOSSAD y servicios secretos locales. Ya nadie quiere ser Nisman, por supuesto.

¿Cuál será la próxima cortina de humo que envolverá a la clase medio pelo por dos o tres meses? ¿O bien se animarán finalmente a confesar que no se trata de Blumberg, del “campo” ni de Nisman, sino que en realidad lo que no soportan es el ascenso imparable de las clases populares? Esta es la verdad: no soportan que los negros, los cabecitas y los descamisados tengamos heladera y televisor, casa propia, que podamos viajar en avión y otras cosas que, hasta el 2003, eran exclusividad suya por absoluta miseria de las clases subalternas.

El mediocre no mide su éxito por lo que logra conquistar, sino más bien por el fracaso de los que socialmente están por debajo suyo. Cuando ese fracaso se convierte en el éxito de millones, el mediocre se siente atacado y usurpado. Esta es la clase media que tenemos en nuestro país premoderno. A ella también hay que darle batalla cultural.