20 sept 2015

La geopolítica del papa Francisco

Thomas Wenski, arzobispo católico de Miami, ha calificado a Cuba como “geopolíticamente” importante. Esa aseveración es redundante a la vista de la crucial historia del país que es el único en el hemisferio occidental todavía regido por un regimen marxista-leninista. Pero ese etiquetado es relevante al iniciar su visita a Cuba, entre el 19 y el 22 de septiembre, para luego pasar cinco días en Estados Unidos.

JOAQUIN ROY / Resumen Latinoamericano 
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Esta semana papal en América, para usar los términos de Wenski, revela unas intenciones geopolíticas.
A estas alturas de la evolución del papado del arzobispo argentino Jorge Mario Bergoglio, de filiación jesuita, ya pocas cartas se mantienen cubiertas.
Por un lado, Francisco sigue fiel a las obligaciones de la empresa sagrada y “el reino que no es de este mundo”. Pero resulta obvio que ha estado priorizando los temas “de este mundo”, que al parecer son más urgentes y graves que los de la otra vida.
Francisco ha estado señalando en cada una de sus decisiones recientes la persistencia de uno de los “pecados mortales” (que generan condena) en este valle de lágrimas, con la imposición de una existencia inaguantable para millones de fieles, agnósticos, y creyentes de otras inclinaciones religiosas.
Antes de recalar en las ciudades cubanas y estadounidenses, Francisco ha sorprendido, agradado y escandalizado por igual a católicos y gentiles con una serie de medidas de alto alcance mediático. Ha suavizado el procedimiento de anulación del matrimonio, ha propuesto el perdón para las mujeres que decidieron en su momento el aborto, y ha renunciado a juzgar la conducta de los homosexuales.
Para más travesuras, ha arremetido contra el capitalismo, al que ha acusado del vergonzoso estado de pobreza e inaceptable desigualdad, además de señalar el desarrollo desenfrenado como la raíz del amenazante cambio climático, cuyas consecuencias afectan con más saña a “los de abajo”.
Es perfectamente congruente que se le haya señalado (erróneamente) como integrante de la Teología de Liberación.  Por otra parte, ha dejado sin empleo a choferes, sastres, mujeres de limpieza y zapateros, al rechazar vivir como un papa y optar por comportarse como un ciudadano normal.
Pero, también se ha comportado con una alarmante facilidad como un político terrenal, despreciando el aura celestial y despojándose del peso de la púrpura, una carga muy molesta al estar equipado por un solo pulmón funcional.
En su agotadora semana, Francisco se dedicará a una operación política imponente en dos países americanos de impacto universal. Del éxito que consiga depende en cierta manera que la historia no solamente le absuelva (como en su día temerariamente predijo Fidel Castro), sino que lo reconozca por sus logros.
Pero Francisco no solamente va a Cuba y Estados Unidos con una agenda acorde con sus obligaciones del cargo “del otro mundo”, sino que acude para consolidar la presencia católica en el continente americano, donde los retos de mantener la membresía son imponentes.
En Cuba, Francisco sabe que la Iglesia Católica paradójicamente aumentó su influencia en el castrismo, en comparación con la modesta importancia en la época republicana. Entonces ya sufrió la competencia del surgimiento de los ritos africanos y el desdén de la liturgia republicana, además de la implantación de las denominaciones protestantes.
Durante el castrismo, la jerarquía católica supo de sus limitaciones y se restringió a cumplir con sus labores de confort y esperanza, recibiendo calladamente el escarnio de los sectores radicales del exilio.
Los recientes logros en la liberación de presos y en la mediación de la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y el régimen cubano solamente recibirán su calificación con la historia. El cardenal cubano Jaime Ortega se sentiría muy desilusionado si algún día debiera lastimosamente confesar que “contra Castro vivíamos mejor”.
En Estados Unidos, Francisco se enfrenta a otro descomunal desafío. Deberá aumentar o, por lo menos, conservar la feligresía no solamente de los católicos conservadores, sino también de los liberales y no practicantes.
Además, tendrá que recabar el necesario apoyo a los más necesitados de la inmigración latinoamericana, numéricamente de raíz católica. Una atronadora mayoría ha recalado en Estados Unidos, más que huidos de regímenes políticos autoritarios, escapados de la pobreza y la desigualdad, la discriminación de género y racial en niveles de ignominia.
La perspectiva de recibir una recompensa en un “reino más allá de este mundo”  no es un canto que los convenza. De ahí que Francisco deberá ejercer una presión conveniente para que el sistema por el que los recién llegados (“los pobres de la tierra” de José Martí) han optado, sea justo y generoso.
Es, por lo tanto, en América, donde la Iglesia Católica, con o sin Francisco, se juega su futuro. Con promesas de recompensa en otro mundo no va a bastar para lograr el apoyo de esa inmensa mayoría. Están esperando una oferta que, para decirlo en terminología angloamericana, no puedan rechazar.
Editado por Pablo Piacentini