19 jul 2014

El día en que Nicaragua entró en la historia

Reseña histórica y análisis sobre la Revolución Sandinista

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El día en que Nicaragua entró en la historia

Desde los primeros días de julio de 1979 los diarios y noticieros de todo el mundo comenzaron a repetir nombres ignorados de una nación tal vez poco conocida. Nicaragua era noticia, pero esta vez no se trataba del azote de un huracán o las coléricas sacudidas de un sismo, y aunque la muerte viajaba en textos e imágenes, los relatos transpiraban la hazaña colectiva del fin de una prolongada tiranía y el renacimiento de millones de ilusiones sepultadas.
Masaya, Chinandega, Estelí, Rivas, empezaban a ser familiares y con la ayuda de un mapa se imaginaban amplios combates entre el ejército privado de la dictadura y un pueblo empeñado en torcer el rumbo y acabar con las abismales desigualdades. Una Revolución de rostro joven desfilaba con muchos sueños, aunada en la voluntad de escribir el futuro encabezado por un Sandino rojo y negro.
La Revolución popular cortaba la dictadura personalista y feudal del clan Somoza, construido sobre la miseria y dolor de una nación por más de cuatro décadas, en las que una farsa de Estado saqueaba al país sin ningún reparo, mientras en el centro de Managua, la estatua ecuestre del viejo Tacho certificaba la voluntad del asesino de Sandino y fundador de una dinastía, cuyo cinismo llegaba al extremo de proclamar al país como su única propiedad.
Y aunque los más viejos aseguran que el paso del tiempo lo borra todo, en esta tierra de lagos y volcanes no se olvidan las secuelas del somocismo y sus más allegados, beneficiarios de una plutocracia solo comparable con las dictaduras de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana o de Alfredo Stroessner en Paraguay.
Al triunfar la Revolución Sandinista, la nefasta herencia de los Somoza gravitaba como una ofensa. El índice de analfabetismo —uno de los mayores de América Latina— superaba el 50 por ciento y en algo más de dos años fue reducido a menos del 15. En la misma dirección, la atención sanitaria y el acceso a las universidades comenzaron a cambiarle el rostro al país, donde las campañas de vacunación masiva y la adopción de medidas sanitarias básicas limitaron los efectos de enfermedades y disminuyeron la mortalidad infantil.
Pero antes que se aplacara el ruido de las armas, los padrinos de la dictadura derrocada tramaban la venganza contra los que aspiraban a transformar el lucro minoritario en realidad colectiva. En poco menos de un año, Estados Unidos desató una agresión sostenida y sistemática contra una de las naciones más pobres del hemisferio occidental.
De nada valieron la enmienda Boland, los principios del derecho internacional o los más puros postulados religiosos, pues Nicaragua se convirtió en un objetivo estratégico de la política del Pentágono y ex represores somocistas en peones de una guerra sucia contra un pueblo privado de recursos.
Por una década, una guerra sucia desangró al país, la cual, organizada y financiada por la mayor potencia en la historia de la humanidad, intentó reducir a cero la existencia de millones de nicaragüenses, por el simple delito de esgrimir como bandera la rebeldía del Sandino vencedor de los invasores yanquis.
Según la sentencia dictada por un tribunal de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, integrado por 14 jueces de diferentes nacionalidades, incluido un norteamericano, la guerra desatada por el gobierno de Washington contra Nicaragua causó la muerte a 38 mil personas y daños en ataques a puentes, torres de transmisión de electricidad, represas, centros de salud, educación y producción agrícola por valor de 17 mil millones de dólares, cifra superior al actual producto interno bruto del país.
Las operaciones subversivas realizadas por la Agencia Central de Inteligencia contra Nicaragua incluyeron una larga cadena de atentados contra objetivos vitales, entre ellos el minado del puerto de Corinto, de lo cual el oficial CIA Duane Clarridge aseguró que, tras la acción,  la inteligencia norteamericana notificó al mercado de seguros británico Lloyd’s de Londres que advirtiera a todas las navieras mantenerse distantes de las costas de esta nación centroamericana.
Pese a la situación bélica impuesta por la agresión externa, el Gobierno convocó a elecciones en 1990 y, aunque los pronósticos eran favorables en las encuestas, el Frente Sandinista de Liberación Nacional perdió los comicios ante una coalición de 14 partidos de la más diversa filiación ideológica. Violeta Barrios de Chamorro alcanzó la presidencia, las demandas contra Estados Unidos fueron retiradas y una oleada de recomendaciones neoliberales cayó sobre Managua.
Pero el sueño de una Revolución posible siguió latente en el corazón de un pueblo que siempre tuvo confianza en el regreso -logrado en 2007-, ese que hace perenne el 19 de julio como el día en que Nicaragua entró en la historia.

A 35 años de la Insurrección Popular Sandinista - Por Luis Varese.

A Alejandro Guevara, Laureano Mairena, Elvis Chavarría, Donald Guevara, Mozote, los muchachos de Solentiname que  partieron. Al Compañero Ariel, nacido en Nabón, Azuay y caído en combate en León. A Tomás Borge, por su “paciente impaciencia” por la unidad.
La madrugada del 20 de julio de 1979, decenas de camiones y centenares de combatientes transitaban la carretera sur, rumbo a Managua. El 17 de julio, Día de la Alegría, Somoza había huido cargado de dinero y vergüenza, dejando detrás de sí a miles de muertos y 47 años de dictadura dinástica, fundada por su padre, el asesino de Sandino. Todo el apoyo de los gringos no había sido suficiente para contener la insurrección popular dirigida por el FSLN. El Frente Sur había sido parte del esfuerzo final de una brillante estrategia militar y guerrillera, desde allí venía el convoy. Muchachos nicaragüenses y combatientes internacionalistas con los ojos llenos de imágenes, la cara ennegrecida por la pólvora y el corazón lleno de orgullo. En ese convoy veníamos un compañero ecuatoriano, Fausto el Pollo Corral, y dos peruanos, repletos de ilusiones y de lodo. El lodo quedaría en una ducha unos días después, las ilusiones las seguimos teniendo.
Managua liberada aparecía llena de banderas rojinegras y las muchachas y señoras nos llenaban de besos y regalitos, la alegría popular nos mantenía en un estado de euforia que no puedo transmitir. La catedral semiderruida servía de fondo en esa tarde, la plaza se iba llenando para recibir a la Dirección Nacional del Frente y a la Junta de Gobierno. Guerrilleros, poetas, sacerdotes, estudiantes, monjas, la burguesía, los desposeídos de siempre, el pueblo entero en la calle. Aclamando y bendiciendo el inicio de una Revolución única, donde las posiciones se conjugaban y las ilusiones del futuro parecían al alcance de la mano, como frutos del paraíso. Los de la Teología de la Liberación estábamos convencidos del paraíso en la tierra, otros seguros de su propio socialismo, otros de su idea del comunismo. Todos amábamos la Revolución.
El Hotel Intercontinental aparecía lleno de guerrilleros y guerrilleras, periodistas, camarógrafos, cineastas. Llegó Regis Debray quien acababa de publicar un libro liquidando la opción armada y con cara de asombro y autosuficiencia pedía ser reconocido. Los míticos Comandantes de la Dirección Nacional se confundían en abrazos con la gente que rencontraban después de años. Había unas ganas locas de vivir y de agradecer por estar vivo. Había nostalgia por “estos muertos, nuestros muertos”. Esa y muchas noches se pasaron sin dormir, unos de guardia, otros de amores, nos  turnábamos. Con gran rapidez se constituyeron el Ejército Popular Sandinista y la Policía Sandinista,“los centinelas de la alegría del pueblo”, como los llamó Tomás. Se inició el Gobierno Popular y casi al mismo tiempo los estadounidenses armaron a la contra. La generosidad de liberar a los guardias somocistas que no habían cometido crímenes de lesa humanidad, se comenzó a pagar caro. La revolución acosada y el pueblo armado respondieron con fuerza y solidez a la guerra desatada por los estadounidenses y los contras.
Este 19 de Julio, 35 años después, la plaza volverá a estar llena, con los muchachos de la Juventud Sandinista, con los pobladores de los barrios, con obreros, amas de casa y todos aquellos que comparten el sueño de una Nicaragua, Nicaragüita  liberada. Cien mil banderas rojinegras saludarán a Daniel y cantarán. Este día, 35 años después, las ilusiones siguen vigentes, unos con más entusiasmo, otros con la nostalgia de aquel 19 de julio del 79. Nadie nos quitará lo conquistado, nadie nos quitará lo combatido, nadie nos quitará el sueño de la Patria Grande Liberada. Gracias a los caídos hoy tenemos 11 gobiernos con nuevas democracias en América Latina, tenemos el ALBA, UNASUR, la CELAC. Gracias compañeros por ofrecer sus vidas. Gracias combatientes por no retroceder.

La Revolución Sandinista en Nicaragua, reseña histórica

Introducción
Revolución Nicaragüense, proceso protagonizado por los sandinistas que dio comienzo en 1978, por medio del cual se puso fin a la dictadur ejercida en Nicaragua por la familia Somoza, a la cual se reemplazó por un gobierno de izquierdas. La rebelión fue encabezada por fuerzas de la guerrilla de izquierdas, el Frente Sandinista de Liberación nacional, que contó con un amplio respaldo popular, depuso al corrupto dictador Anastasio Somoza Debayle, hijo de Anastasio Somoza, y tomó el poder en julio de 1979.
Los nuevos gobernantes trataron de introducir cambios políticos, sociales y económicos. El gobierno revolucionario consiguió llevar a cabo parcialmente la reforma agraria y estableció programas de alfabetización y un plan sanitario; sin embargo, su gestión se vio obstaculizada por su inexperiencia, los graves problemas económicos y la fuerte oposición de Estados Unidos. A mediados de la década de 1980, los esfuerzos del gobierno estuvieron dedicados casi por entero a combatir a los rebeldes contrarrevolucionarios (la llamada contra) que, apoyados por Estados Unidos, intentaron tomar el poder. En 1990, cuando el país se hallaba al borde del colapso económico, los sandinistas perdieron las elecciones generales; esto supuso el fin de un experimento revolucionarioque, sin embargo, dejó una profunda huella en el país
Orígenes del Sandinismo
El FSLN fue fundado en 1962 por un grupo de estudiantes universitarios encabezados por Carlos Fonseca, Silvio Mayorga y Tomás Borge. Éstos recibieron el apoyo del dirigente revolucionario cubano Fidel Castro, ofrecido en parte por el papel que había desempeñado Luis Somoza Debayle en el desembarco de bahía de Cochinos de 1961. A pesar de la influencia de la ideología marxista y leninista, el FSLN no tenía un vínculo directo con el Partido Comunista de Nicaragua. Los sandinistas se oponían a la familia Somoza y a la presión de Estados Unidos sobre Nicaragua, y reclamaban una reforma política y económica radical que condujera a la redistribución de la riqueza y el poder. Su proyecto era respaldado por estudiantes y campesinos, pero fueron derrotados por la Guardia Nacional en las primeras acciones de la guerra de guerrillas, que costaron la vida a Fonseca y Mayorga
La Revolución
A mediados de la década de 1970, destacados miembros del mundo empresarial y de la Iglesia católica comenzaron a compartir el descontento ya manifestado por otros grupos sociales ante el régimen de Anastasio Somoza Debayle. La mayor parte de la oposición política se unió en un solo frente encabezado por Pedro Joaquín Chamorro, asesinado en Managua en enero de 1978, probablemente por encargo del propio Somoza. Este acontecimiento provocó desórdenes y manifestaciones contra el gobierno durante semanas, además de una huelga nacional e intentos aislados de levantamientos armados. A pesar de que Somoza mantenía el control, su régimen se tambaleaba y la oposición internacional aumentaba progresivamente. En el mes de agosto, un grupo de comandos sandinistas asaltó el Palacio Nacional de Managua y tomó como rehenes a varios miembros del Congreso nicaragüense. Los sandinistas negociaron la liberación de varios prisioneros del FSLN y solicitaron un rescate, la publicación de su llamada a la rebelión y un salvoconducto para que los integrantes del comando abandonaran el país.
El éxito de la incursión sandinista alentó a las fuerzas contrarias a Somoza y estallaron levantamientos en todo el país. Las fuerzas somocistas aplastaron estas rebeliones con gran brutalidad, bombardeando incluso objetivos civiles. Estas operaciones fueron la causa de que cientos de nicaragüenses se unieran al FSLN y de que aumentara la presión internacional para encontrar una solución negociada al conflicto. Al tiempo que Estados Unidos impuso ciertas sanciones económicas a Somoza, Costa Rica, Venezuela y Panamá brindaron su apoyo a los sandinistas.
La lucha se reanudó en mayo de 1979: los sandinistas anunciaron una ofensiva final e hicieron una llamada a la rebelión nacional. En esta ocasión, la Guardia Nacional no consiguió controlar la situación y los rebeldes se apoderaron de numerosas zonas del país. Se produjeron batallas en las principales ciudades, como León, Masaya y Managua, donde los aviones de la Guardia Nacional bombardearon los barrios en los que la población apoyaba a los sandinistas. La Organización de Estados Americanos (OEA) convocó una reunión de emergencia para pedir a Somoza que abandonara el poder y rechazó el ofrecimiento de Estados Unidos de enviar fuerzas de paz a Nicaragua. Cuando la capital del país, Managua, se encontraba rodeada por las tropas revolucionarias, Somoza abandonó el país y la Guardia Nacional, tan poderosa en otros tiempos, quedó desarticulada. El 19 de julio, los sandinistas entraron en Managua y se hicieron con el control en Nicaragua
Gobierno Revolucionario
Desde que los sandinistas tomaron el poder, tuvieron que hacer frente a una oposición armada. En un principio se trataba únicamente de pequeños grupos de antiguos miembros de la Guardia Nacional, instalados en su mayoría en Honduras. A finales de 1981, estas fuerzas recibieron formación militar a cargo de oficiales argentinos y cierto apoyo encubierto de Estados Unidos. Cuando aumentó la oposición a la política del FSLN, se unieron otras formaciones al movimiento armado rebelde. Entre ellos, se incluían líderes empresariales descontentos, hacendados conservadores (sobre todo, del norte del país) e incluso sandinistas desengañados. A este heterogéneo grupo se le denominó “contra” (contrarrevolucionarios).
La guerra de la contra
A partir de 1981, el gobierno de Reagan incrementó progresivamente su apoyo a la contra. Se enviaron más de 300 millones de dólares en ayuda y equipamiento, y los contrarrevolucionarios recibieron formación militar desde 1982 hasta 1990. Estados Unidos también impuso un embargo comercial sobre Nicaragua y bloqueó los préstamos de muchas instituciones financieras internacionales.
Estas medidas debilitaron la frágil economía nicaragüense, a la vez que los ataques de la contra ocasionaban pérdidas en la agricultura, el comercio y dañaban la infraestructura del país. Cuando el conflicto entre el gobierno y la contra se agravó y los enfrentamientos se generalizaron en todo el territorio, decenas de miles de nicaragüenses se exiliaron y muchos más fueron obligados a abandonar sus hogares y trasladarse a otras zonas del país a causa de la violencia.
Los sandinistas respondieron a las amenazas de la contra organizando un ejército; recibían armas de la URSS y Cuba y, en 1983, instituyeron el servicio militar obligatorio. A mediados de la década de 1980, el gobierno sandinista comenzó a desviar fondos destinados a programas sociales y económicos al presupuesto de defensa. Bajo el estado de excepción, se suspendieron algunas libertades civiles y en ocasiones se encarceló a los opositores políticos y se restringió la libertad de prensa.
El apoyo de Reagan a la contra provocó una gran disputa política en Estados Unidos, que culminó con el escándalo conocido como Irangate, un escándalo que tuvo lugar en 1985 y 1986 en el que varios altos cargos del gobierno de Reagan se vieron implicados en una venta ilegal de armas.
Negociaciones de paz
A pesar del conflicto, se celebraron elecciones en Nicaragua en noviembre de 1984. Gran parte de la oposición boicoteó los comicios alegando que los sandinistas habían manipulado el proceso. Éstos obtuvieron una aplastante victoria en la votación para la presidencia y los representantes del Congreso. Daniel Ortega fue elegido presidente con el 67% de los votos, y el FSLN obtuvo la mayoría de los escaños en la Asamblea Nacional. Para muchas naciones, estas elecciones otorgaron legitimidad al régimen sandinista, opinión no compartida por el gobierno de Reagan. En 1987 había más de 10.000 contras armados luchando contra el gobierno de Nicaragua.
A pesar de su preocupación por la política sandinista, la mayoría de los países latinoamericanos se oponían a los intentos de Estados Unidos por derrocar al gobierno de Nicaragua. En 1987, el presidente costarricense, Óscar Arias Sánchez, promovió un encuentro de presidentes centroamericanos para buscar soluciones a los conflictos de Nicaragua y El Salvador que culminó en el llamado Acuerdo de Esquipulas de agosto de ese año. El resultado de este plan de paz fueron las negociaciones celebradas entre el FSLN y la contra en 1988.
Las presiones para que se pusiera fin a la guerra eran cada vez mayores. La economía de Nicaragua estaba hundida; se calculaba que la inflación era del 2.000 al 36.000% en 1988 y el país se había convertido en la nación más pobre de Centroamérica. El coste humano de la lucha fue atroz: decenas de miles de muertos, heridos y refugiados. Los ambiciosos programas de educación y sanidad de los sandinistas no pudieron llevarse a cabo debido a que la mitad del presupuesto fue destinado a la defensa del régimen, y la producción agrícola se vio reducida por los ataques de la contra.
El panorama internacional también había cambiado. La URSS tenía que hacer frente a la agitación política y económica que recorría el país, por lo que recortó su ayuda a los sandinistas. A su vez, con el escándalo del Irangate y el ascenso en 1989 del republicano George Bush a la presidencia de Estados Unidos, este país se mostró más propenso a encontrar una solución negociada al conflicto.
Los sandinistas acordaron celebrar elecciones bajo supervisión internacional a principios de 1990 como una condición de las negociaciones de paz. Confiaban en obtener la victoria y en que Daniel Ortega fuera elegido presidente. Los catorce partidos de la oposición se unieron para formar la Unión Nacional Opositora (UNO), que apoyaba la candidatura a la presidencia de Violeta Chamorro y ofrecía una lista unificada de candidatos al Congreso. La oposición generalizada al servicio obligatorio y la esperanza de conquistar la paz llevaron a la victoria a la UNO, que obtuvo el 55% de los votos, mientras que los sandinistas obtuvieron únicamente el 41 por ciento.
Después de varias negociaciones, el FSLN aceptó su inesperada derrota. Los sandinistas se convirtieron en el principal partido de la oposición y aún controlaban gran parte de las Fuerzas Armadas. El gobierno de Chamorro trató de colaborar con los dirigentes sandinistas, pero esta actitud conciliadora provocó el descontento de los grupos más conservadores y motivó la ruptura de la coalición gubernamental. El FSLN conservó una considerable influencia política, pero su candidato, Daniel Ortega, fue nuevamente derrotado en las elecciones de 1996 (que llevaron al conservador Arnoldo Alemán a presidir la República) y apenas obtuvieron escaños en el Congreso
Legado de la Revolución
La Revolución provocó cambios profundos y duraderos en Nicaragua. La “dinastía” somocista, que había gobernado el país como una hacienda privada durante 40 años, fue derrocada, y la poderosa Guardia Nacional desarticulada. El nivel de analfabetismo se redujo significativamente y los grupos marginados, como las mujeres, los jóvenes y la población rural participaron más activamente en la vida del país. Las regiones de la costa atlántica, pobladas por misquitos, alcanzaron un cierto grado de autogobierno, hasta el punto de que en 1989 se crearon dos regiones autónomas: Atlántico Norte y Atlántico Sur. Después de décadas de dictadura y de guerra civil, emergió un gobierno democrático que logró realizar el primer proceso pacífico de transición política de la historia de Nicaragua. Sin embargo, el intento de reestructurar la economía estableciendo un sistema mixto de empresa privada y de control estatal al estilo socialista resultó desastroso.
Nicaragua se vio transformada radicalmente por la experiencia de la Revolución, que la convirtió en una nación más libre, pero también más pobre y más dividida. Más de seis años después de que los sandinistas abandonaran el poder, la nación aún trataba de recuperarse del caos económico y de alcanzar la reconciliación nacional tras la agitación política de la década de 1980.

Hace 35 años huyó Somoza

Los nicaragüenses celebran este jueves el Día de la Alegría, una fecha que recuerda la huida del país del dictador Anastasio Somoza hace 35 años.
La Coordinadora del Consejo de Comunicación y Ciudadanía, Rosario Murillo, destacó la gran cantidad de actividades que se están realizando en la celebración.
La dirigente dijo que este jueves por la tarde se efectuarán decenas de miles de fiestas infantiles en todo el país.
“Sólo en Managua son más de 15 mil piñatas en barrios y comunidades del departamento”, explicó Rosario a través de los Medios del Poder de las Familias y Comunidades.
Añadió que en la noche se vivirá toda una fiesta en la Avenida de Bolívar a Chávez donde se instalarán los tiangues de León con las comidas, los bailes, los cantos, las artesanías, es decir, con la alegría de vivir en paz.